Estudio

Pickpocket y la sorpresa de la gracia en Robert Bresson

Sevilla, 16 de Noviembre de 2019. “Fue la película que me abrió la puerta para darme cuenta de que quizá había un lugar para mí en el cine” dice Paul Schrader al hablar de “Pickpocket” (1959). Este próximo mes de diciembre la famosa película de Robert Bresson (1901-1999) alcanzará los sesenta años, en el mismo mes que se cumplen veinte años de la muerte del artista francés. La repercusión cinematográfica de este film no sólo tuvo un gran impacto en el guionista de “Taxi Driver” (1976). Autores como Andrei Tarkovski e Ingmar Bergman también reconocieron haber encontrado inspiración en “Pickpocket” y en toda la innovadora obra desarrollada por Bresson a mediados del siglo veinte. Sin embargo, poco tenían que ver sus películas con la Nouvelle Vague de sus contemporáneos franceses.



Como recordaba Derek Malcolm en una reseña para The Guardian, la obra y el estilo de Robert Bresson encuentran sus bases en la tradición católica en la que crece el director y en los dieciocho meses que pasó en un campo de prisioneros durante la segunda guerra mundial. Por ello, todos los protagonistas de Bresson siempre manifiestan ese encierro espiritual que producen el tormento moral de sus almas y las desgracias que les acaecen. Pero como vemos en “Pickpocket” con tanta fuerza, todas estas historias de prisión terminan siempre con una redención inexplicable e inmerecida. Tanto los personajes como la audiencia de Robert Bresson acaban descubriendo la sorpresa de la gracia.

“Pickpocket” fue todo un hito para Bresson ya que sería la primera película cuyo guión no era la adaptación de una novela. Él mismo sería el creador de este relato cinematográfico que nos cuenta la historia de Michel (Martin LaSalle), un ladrón de poca monta que descubre con entusiasmo su razón de vivir convirtiéndose en carterista. Sus desventuras legales y el encuentro con una joven llamada Jeanne (Marika Green) le llevarán a una situación en la que el amor cambiará drásticamente su visión de la vida. Esta historia única con más imágenes que palabras, llevaría a Bresson a ser nominado al Oso de Oro en el décimo Festival de Cine Internacional de Berlín y a su vez, a terminar por sentar las bases definitivas de su estilo artístico.

No obstante, críticos como el respetado Roger Ebert, creen que aunque el contexto de la historia sea radicalmente distinto, el mundo interno de Michel es muy similar al del protagonista de “Crimen y castigo” (1866), la aclamada novela de Fiódor Dostoievski. Teniendo en cuenta que Bresson ya había trabajado con textos del autor ruso en otras películas y que siempre se consideró un gran admirador de Dostoievski, no es extraño pensar que los diálogos internos de Rodión Raskólnikov fueran inspiradores para crear la psicología de Michel. Aun así, la originalidad de la obra de Bresson permanece intacta, no tanto por las características de su personaje, sino por la manera en la que el director francés compone su relato: a través de sus conocidos primeros planos a las manos, la inexpresividad facial de los personajes e incluso el ritmo y la musicalidad de los ruidos que componen la banda sonora de esta película, “Pickpocket” plasma a la perfección la peculiar manera de entender el arte de Robert Bresson y su estilo único para manifestarlo en pantalla.

Actores y modelos: huyendo del teatro

A través de las entrevistas recogidas por su mujer, Mylène Bresson, en “Bresson por Bresson. Entrevistas (1943-1983)” (Intermedio, 2015) y sus escritos en “Notas sobre el cinematógrafo” (Árdora, 2017) publicado en los años setenta y editado a modo de notas casi inconexas, uno se percata fácilmente de que al igual que Tarkovski, Bresson estaba seguro de que el cine tenía su propio lenguaje artístico y que los cinematógrafos debían respetarlo si querían que sus películas fuesen más que un mero entretenimiento o un “arte artificial” que copia al teatro o a la literatura.

Así, en lugar de llamar “actores” a las personas sin formación teatral que contrata para sus películas, Bresson les llamaba “modelos”. El director francés intentaba saber lo mínimo de sus vidas, manteniendo una distancia que le permitiese verter sobre ellos sus personajes sin tener prejuicios y a su vez, mantener el espíritu espontáneo de sus películas. Pero lo más importante para Bresson era eliminar cualquier vestigio de teatralidad, esa “perfomance” que despoja de todo misterio al cine. Es así como durante el rodaje de “Un condenado a muerte se ha escapado” (1956), Bresson obligó a Francois Leterrier a repetir la misma escena más de cincuenta veces hasta borrar de su rostro toda emotividad. Por esto Bresson considera tan atractivo trabajar con Martin, el joven uruguayo que encarna a Michel en “Pickpocket”, un estudiante de dirección que nunca había actuado.

La expresión monótona e insensible de modelos como Martin LaSalle “tiene el efecto paradójico de generar una expresión emocional extrema en la audiencia”, afirma Gary Morrison en un artículo para “Bright Lights Film Journal”. Ante el vacío del rostro del actor, el espectador se ve forzado a colocar las emociones en los rostros de los protagonistas. Este proceso mantiene presente a la audiencia, “fija al espectador en el presente, en lo inmediato”, según las propias palabras de Bresson. Por tanto, la tensión emocional y en cierto modo sexual, que experimentamos cada vez que Michel abre un bolso, no provienen de los gestos exagerados del actor, sino de la propia historia y esa expresión vacía tan inquietante que mantiene LaSalle a lo largo de todo el film.

El arte no se prepara

Estas ideas en torno a la actuación son bastante coherentes con la idea de espontaneidad e inmediatez tan importantes para el proceso creativo de Robert Bresson. “Quiero espontaneidad, no sé qué haré al día siguiente”, afirma el director francés en una entrevista durante el Festival de Cannes para un breve documental que él mismo edita en 1983. Las conversaciones en estas entrevistas editadas mantienen cortes extraños y parecen manifestar esa cualidad de lo inesperado que tanto fascinaba a Bresson.

Para el director de “Pickpocket” el arte no se puede preparar de antemano. Bresson no sabía cómo iba a ser su película hasta finalizar el proceso de edición, ya que para él, aunque debe existir un arduo trabajo previo en la preparación de ideas (no debe olvidarse que sólo realizó trece películas en cuarenta años en activo), sólo es durante el proceso de creación cuando el artista sabe cómo acabará la pincelada, la frase o la escena. Y para Bresson cuanto más inesperado o espontáneo sea este proceso, más cerca de la verdadera belleza se está. Ya que “la belleza sólo es belleza cuando es algo novedoso”, según el director francés. Y esto es así porque al igual que ocurre con lo trascendente en la vida, Bresson piensa que “el arte no puede existir sin sorpresa”.

Por ello nos conmueve de forma tan especial el final de “Pickpocket”. La escena en la prisión que protagonizan Jeanne y Michel sorprende tanto por su espontaneidad como por el afecto y la sinceridad escondidos en el silencio de sus personajes, tras una historia plagada de desgracias y rostros inexpresivos. Como menciona Schrader, “de repente la frialdad de la película se levanta y se evapora, y la película se vuelve luminosa.”

La sorpresa de la gracia

En una interesante entrevista de Paul Schrader a Bresson en 1976 y publicada un año más tarde en “Film Comment”, el joven Schrader hace referencia a la teología detrás de las películas del director francés y conversan sobre el jansenismo que muchos identifican en el trabajo de Bresson. El jansenismo es un movimiento religioso surgido en el siglo diecisiete dentro de la iglesia católica que con el tiempo adquirió un carácter cada vez más ascético y puritano. Con cierta irritación, Bresson le recuerda a Schrader que si existen rasgos de esta doctrina en su cine no es por su teología, sino por la frialdad y el ascetismo que presentan sus obras.

A pesar de ello, la curiosidad de Schrader por las ideas religiosas de Bresson no es gratuita; no en vano se le ha llamado al artista francés “el más cristiano de todos los directores”. Todas sus películas están de alguna forma u otra relacionadas con la redención, el pecado y la gracia, y “Pickpocket” es la mejor muestra de ello. Como describe tan bien Ebert, Michel “es un hombre que de forma deliberada y consciente intenta actuar fuera de los límites de lo moral”. Podría tener un trabajo digno pero decide abrazar su narcisismo leyendo en su desván y continuar delinquiendo por motivos en contradicción: primero, porque al igual que el protagonista de “Crimen y castigo”, Michel piensa que es mejor que los demás. Su razonamiento es inmoral pero como Raskólnikov, reclama “privilegios que están por encima y más allá de la moral”. Y en segundo lugar, roba porque “temiendo ser peor [que lo demás], busca el castigo”. Por todo ello, su encuentro con una joven verdaderamente justa y bondadosa como Jeanne se convierte en una auténtica amenaza para él. Sin embargo, Michel descubre con sorpresa y entre rejas el amor que libera su alma: “Oh, Jeanne, para llegar hasta ti, qué extraño camino tuve que tomar.”

“No puedo entender cómo hay gente que afirma que Dios no existe ¿Qué significa eso? ¿Todo es natural [material] para ellos?” le pregunta Bresson a Schrader. En su “búsqueda de la verdad”, Bresson afirmaba ser un “ateo cristiano” y hablaba de Dios para referirse a lo trascendental e inexplicable, al verdadero misterio de la vida cuya presencia sólo podía atisbar alejado de todo el materialismo que le rodeaba. Pero curiosamente, a través de sus historias de redención, su cine apunta a una verdad mucho menos enigmática, al Dios que encontramos en La Biblia, al misterio revelado: Cristo Jesús y su obra redentora.

Como ocurre con los protagonistas de Bresson, el texto bíblico nos afirma que todos nosotros también nos hallamos prisioneros del orgullo que intenta justificar nuestro pecado y de la culpabilidad que todo ello conlleva. En lugar de humillarnos ante la verdad y la bondad del que no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca (1 Pedro 2:22-23), le crucificamos y como Michel, intentamos huir torpemente del castigo que merecemos (Romanos 6:23). Por eso, al leer el Nuevo Testamento descubrimos “el asombro del perdón”, como dice José de Segovia. En la cruz de Jesús de Nazaret la frialdad de nuestro corazón se levanta y su luz resplandece como un glorioso amanecer (Isaías 60:1). En Cristo, Dios mismo ha visitado las prisiones del alma humana y ha cumplido su condena, haciéndose obediente hasta la muerte para volvernos hacia él (Filipenses 2:8). ¡Qué extraño camino! Es la sorpresa de la gracia.


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Dani Sazo
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