Estudio

Vampyr: La humana espiritualidad de Carl Theodor Dreyer

Barcelona, 21 de Noviembre de 2019. La película del director danés Carl Theodor Dreyer titulada “Vampyr” (1932) ha recibido la atención de muchos directores como Guillermo del Toro, Lars von Trier o Alfred Hitchcock, que llegó a decir de ella que era la única película que merecía la pena verse dos veces. Según la revista TimeOut es una de las cincuenta mejores películas de terror de todos los tiempos pero la audiencia no siempre ha opinado lo mismo. El día de su estreno en Viena, por ejemplo, los espectadores salieron del cine tan enfurecidos que la policía tuvo que intervenir y restablecer el orden a golpes. El director danés estaba definitivamente demasiado adelantado a su tiempo y sufrió entonces una crisis nerviosa tan grave que le obligó a pasar tres meses hospitalizado en Clinique Jeanne d-Arc de París y nada menos que once años sin volver a dirigir una nueva película.



Carl Theodor Dreyer guardaba una única foto de su madre. La atesoraba junto al recuerdo de las amables descripciones que había escuchado acerca de su carácter. Josefine Bernhardine Nilsson era sirviente y le tuvo a él de una relación ilegítima con su jefe, el dueño de una granja en la frontera entre Suecia y Dinamarca. Ella era demasiado pobre y murió demasiado pronto para poder hacerse cargo de su educación. El futuro director de cine adoptó su nombre y apellidos del padre adoptivo, Carl Theodor Dreyer, tipógrafo de profesión, y recibió muy poco cariño por parte de la madre adoptiva Marie. Según el propio testimonio de Dreyer, que rara vez utilizaba para hablar de sí mismo, Marie le reprochaba siempre que “no tenía derecho a reclamar nada y que todos los favores que le hacían debía devolverlos cuanto antes”.

Carl Theodor Dreyer hizo la confirmación en la iglesia St. Thomas el 19 de abril de 1903 con catorce años. Los padres adoptivos tenían su propio hijo ilegítimo y según Jonathan Rosenbaum apenas pisaban la iglesia. Conservaban sin embargo una religiosidad figurada bastante inhumana que contrastaba con la actitud de un quinto miembro de la familia con mucha menos autoridad. El único familiar que le demostró cariño en su casa, según el testimonio de Martin Askfelt, fue la madre de Marie Dreyer. Esta mujer mayor aficionada al ocultismo también le prestaba los libros de su colección hasta que su madre adoptiva se lo prohibió. Ella bien podría haber inspirado personajes como Herlof-s Marte, la anciana quemada viva en “Dies Irae” o “Vredens dag” (1943). Soñaba entonces con irse al extremo oriente pero esperó a terminar sus estudios, algo que hizo con unos resultados impecables. Rechazó un puesto de dirección en la industria del telégrafo al comprobar lo aburrido que era el mundo de la contabilidad y con veinte años ya aparece como un intrépido periodista en los noticiarios de su época.

Copenhagen apenas tenía tres meses de verano al año para grabar las películas pero estaba entonces en la vanguardia de la industria del cine gracias en parte a Nordisk Films. Sólo había en el mundo tres estudios de cine anteriores a Nordisk Films y este danés es además el único que sigue en funcionamiento y generando beneficios todavía hoy. Carl Theodor Dreyer encontró en la tipografía de los letreros, la redacción de guiones o la edición de las películas una escuela profesional de cinco años ideal, por medio de la cual pudo llegar a dirigir su primera película titulada “El Presidente” o “Præsidenten” (1919). Menos de diez años después Carl Theodor Dreyer se codeaba con los grandes directores de su tiempo y con la subvención de Société Générale de Films buscaba en las calles de París a la protagonista de su primera gran película titulada “La pasión de Juana de Arco” o “La Passion de Jeanne d-Arc” (1928).

Principio de la carrera internacional de Dreyer

El papel transgresor y singular de la valiente y religiosa protagonista que había creado Carl Theodor Dreyer asustó a muchas jóvenes aspirantes, antes de poder encontrar casi accidentalmente, en un teatro, a una muy maquillada Maria Falconetti. Dreyer había estudiado en profundidad la época y los detalles de la historia durante un año pero quiso respetar como guión la transcripción literal del histórico juicio, un juicio entonces legal por medio del cual la iglesia había quemado viva a Juana de Arco. Los actores entonces solían verbalizar bromas durante el rodaje, mientras interpretaban sus papeles. Estaban seguros de que ninguna de aquellas ordinarieces iban a hacerse públicas. Al fin y al cabo las películas entonces eran mudas. Obviamente ese no era el estilo de Carl Theodor Dreyer y el director danés hacía siempre uso de su habitual estilo amable e imperativo de corregir, por medio del cual los actores acabaron leyendo literalmente las dramáticas actas. Dreyer era exigente, desconfiado y muy trabajador pero guardaba lo mejor de sí mismo para sus actores, especialmente aquellos que consideraba más débiles.

Dreyer tuvo la idea de hacer una película sobre Jesús durante este rodaje y algunas escenas evocan el trato que debió sufrir de los soldados romanos. Société Générale de Films eliminó las escenas que consideró más arriesgadas y tras estrenarse la película fue inicialmente considerada por la crítica como una obra maestra. No obstante recibió también la dura oposición de organismos poderosos que obviamente se daban por aludidos como la Iglesia Católica y el gobierno de Inglaterra. Los rollos de la película se habían descuidado y una posible versión completa ya se había dado por imposible cuando en 1981 fue encontrada una copia casi íntegra en el psiquiátrico Gaustad Hospital de Oslo. La copia nos ha permitido acceder sin apenas restricciones a esta obra maestra de la que Mordaunt Hall de The New York Times escribe que “comparada con ella, las otras películas simplemente resultan triviales”. “Bien podría ser la mejor actuación jamás registrada en una película”, asegura por su lado la crítica de Pauline Kael.

Carl Theodor Dreyer dijo que eligió entonces una historia sobre vampiros para su próxima película con el objetivo de evitar así ser encasillado como un director religioso. Lo que pasa es que el resultado final acaba igualmente dejando entrever a una persona con las mismas inquietudes artísticas y espirituales. El director danés fue acorralado muchas veces con la misma pregunta sobre su posición personal en materia de religión pero siempre sin éxito. Alguien escribió en The Guardian que Ib Monty, el director de Danish Film Archive, había logrado de él la confesión de que “no era especialmente religioso”. Lo que pasa es que esa fuente de terceras personas es bastantante pobre y no añade nada que no sea transparente en sus películas. El problema no es que falte documentación, se conservan más de cuatro mil cartas suyas. Carl Theodor Dreyer definitivamente se enfrentó a la religión para defender una espiritualidad que por mucho que nos pese tenía entonces un alto contenido que todavía es y seguirá siendo siempre personal.

El trasfondo religioso de Vampyr

El trasfondo religioso es igualmente evidente en el autor de “In a glass darkly” (1872), la colección de historias que hay detrás de “Vampyr” (1932). Su autor Sheridan Le Fanu era de hecho hijo de un pastor anglicano y estudió usando la enorme biblioteca que había en casa, antes de convertirse en un popular escritor de historias de fantasmas, terror o misterio y precursor del vampirismo. Sheridan Le Fanu estudió después derecho en el prestigioso Trinity College pero su padre sufrió graves dificultades económicas hasta que muere en 1845. Adicionalmente su esposa comenzó a tener continuas crisis de fe y ataques nerviosos hasta que muere también en extrañas circunstancias en 1858. El sentimiento de culpa y pérdida crecen entonces de forma exponencial en Sheridan Le Fanu hasta que un año antes de su muerte publica su colección de relatos titulada “In a glass darkly” (1872). El título es realmente una referencia explícita al texto bíblico que asegura que ahora sólo "vemos por espejo, oscuramente". Su relato “Carmilla” muestra a un hombre atrapado por el amor de una persona que está a medio camino entre el fantasma y el vampiro pero en cuya relación perdura un alto contenido sensual.

El sonido era entonces una nueva tecnología que se abría camino en el cine y "Vampyr" contiene apenas unas fantasmales frases. Allan Gray, su protagonista, es un joven absorto en el estudio de la demonología y las tradiciones vampíricas. Su interés por las ideas extravagantes de siglos pasados le han convertido en un soñador que no diferencia demasiado bien el límite entre lo real y lo sobrenatural. Un día, deambulando a altas horas de la noche, llega a una posada aislada cerca de la aldea de Courtempierre, no demasiado lejos de París, que es lo que la productora había pedido a Carl Theodor Dreyer. “Decir que soy un místico no tiene sentido”, decía Carl Theodor Dreyer. “¿Qué entiende la gente por místico? Vampyr es una película completamente realista, aunque eso sí ambientada en una atmósfera extraña. No podemos separar el misticismo de la realidad, como si el misticismo fuese algo sobrenatural más allá de la lógico o la psicología”.

El espectador descubrirá poco a poco que en el pueblo se producen extraños sucesos como asesinatos, enfermedades repentinas o presencia de extrañas criaturas. En realidad nada de lo que le ocurre a los protagonistas es necesariamente imposible desde un punto de vista racional. Todo ocurre entre la niebla o los sueños y sin embargo prevalece la seguridad de que acecha algo maligno. Los vampiros apenas dan la impresión de ser apariciones de fantasmas y en un sentido una persona podría racionalizar los hechos e interpretarlos como producto de su imaginación. Lo que sí queda claro es que como dice Guillermo del Toro, esta es una película sobre el deseo de la vida más allá de la muerte. No en vano el protagonista Allan Gray se ha identificado también como un figura de Cristo en Vampyr. Muchas de las claves que serán refinadas más adelante en su película “La Palabra” o “Ordet” (1955), están ya de hecho experimentadas en “Vampyr” (1932). En ambos casos, por poner otro ejemplo, ocurre un milagro pero ¿para qué? El objetivo principal del milagro es claramente que disfruten de salud no en el espíritu o el misticismo sino en la carne.

La contagiosa locura del divino burlador

Sören Kierkegaard se había enfrentado directamente a lo que él llamaba la Cristiandad por haber ella desprovisto a la persona de Cristo de su humanidad. Según el filósofo danés la mayor parte de los cristianos de su tiempo habrían negado su fe si hubiesen tenido que defenderla en la contemporaneidad de Cristo porque en esas circunstancias Cristo era perseguido y considerado un loco. Los daneses de su tiempo aseguraba él que se identificaban fácilmente como cristianos porque el cristianismo era la más prestigiosa de las alternativas de su tiempo. "¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mí!”, decía Jesús, pero ¿cómo escandalizarse de quien ha sido reducido a un cómplice del bienestar? ¿No es esa falta de escándalo un engaño realmente? Es imposible negar el interés que despertaba Cristo en el filósofo danés y sin embargo él decía que prefería hacer el ridículo en la calle disfrazado de soldado que participar en las actividades de esa Cristiandad.

La postura decididamente anti religiosa y profundamente espiritual al mismo tiempo, inevitablemente había llamado la atención de Carl Theodor Dreyer. Decide entonces hacer los preparativos de una película sobre Jesús con un marcado énfasis en su humanidad y de hecho consigue financiación pero no la llegará a rodar nunca. Sören Kierkegaard, sin embargo, sí había iniciado una pequeña revolución reciéntemente y precisamente en Copenhagen. Kaj Munk, el autor de la novela que hay detrás de la película “Ordet” (1955), había estudiado en el seminario con toda seguridad a Sören Kierkegaard. Adicionalmente Kaj Munk mantuvo una relación de amistad con Eduard Geismar, profesor de la Universidad de Copenhagen y autor de una biografía de seis tomos sobre Sören Kierkegaard titulada "Sōren Kierkegaard: His life Development And Authorship" (1926-1928). Eduard Geismar, además, a diferencia de su biógrafo contemporáneo Georg Brandes, hacía un claro énfasis en la religiosidad de Sören Kierkegaard. Kaj Munk termina sus estudios y se establece precisamente en Jutlandia, que es de donde procede Sören Kierkegaard, y escribe allí la novela titulada “Ordet” (1925) que luego utilizará Carl Theodor Dreyer.

Carl Theodor Dreyer visitaba a un posible protagonista para su película sobre Jesús cuando estableció la característica y singular impronta de Johannes, el protagonista de “Ordet” que cree ser Jesús después de haber leído en el seminario a Sören Kierkegaard. Fue la peculiar forma de hablar de esta extraña persona, este posible aspirante que realmente nunca llegaría a hacer el papel de Jesús, la que marcó eso sí el estilo que debía adoptar Preben Lerdorff Rye alias Johannes. Este actor llamado Preben trabajó en noventa y dos películas a lo largo de su vida y fue uno de los pocos profesionales que colaboró más de una vez con Carl Theodor Dreyer. Aseguraba que daban juntos largos paseos. Cuenta también que una vez sonó su teléfono sobre las dos de la mañana y que al preguntar descubrió que era Carl. El director quería que Preben mirase unas páginas del guión y se sorprendió de que no las tuviese justo al lado. "Son las dos de la mañana y estoy acostado", le dijo pausadamente Preben. "¿Las dos? ¡Qué rápido pasa el tiempo!", contestó entonces Dreyer, antes de seguir dándole indicaciones.

El mayor de ellos es el amor

"Gertrud" (1965) será la decimotercera y última película de Carl Theodor Dreyer y en ella el ya anciano director danés vuelve a retomar el tema del amor como el valor más importante. El amor es de nuevo el valor que realmente da sentido a la vida, que es por supuesto espiritual y física al mismo tiempo, tal y como está explícito también en el decimotercero capítulo de la Primera carta de Pablo a los Corintios. Precisamente el mismo texto bíblico que había dado título a la obra que estaba detrás de la historia de “Vampyr” (1932): "Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará", dice el apóstol. "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor."

“Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio”, decía en otro momento el mismo apóstol Pablo. “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.”

¡Qué lejos ha estado la religión de este lenguaje tan profundamente humano con el que el apóstol se dirige a los atenienses! Según las detalladas investigaciones del médico y evangelista Lucas el apóstol añadía: “Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres.”, seguía diciendo Pablo. “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”. ¡Quiera Dios que seamos de esos pocos que, según este mismo texto, no se escandalizaron y se quedaron a escuchar más de aquel Jesús!


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Pablo Fernández
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