De la exploración del perdón y su complejidad se ha dicho y escrito mucho. Mucho de artificial y simple. No es el caso de Marilynne Robinson, que aborda con un profundidad singular esta cuestión en el marco de su universo (no es para llamarlo menos) ficticio de Gilead.
Estudio de Jonatán Soriano
escrito en Tarragona el 10 de Diciembre de 2023
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Si con la primera novela de su tetralogía, que lleva el mismo nombre que el pueblo en el que transcurre la acción, Robinson ya da muestras del maravilloso testamento literario que está abriendo ante la mente del lector, con el segundo libro, Home (traducido al castellano como En casa, por la edición que publica Galaxia Gutenberg), la escritora se reafirma en su carácter sensible y capacitado para desarrollar un análisis exhaustivo de lo tan particularmente humano como es el hecho de tratar de resolver nuestros errores.
Como le ha ocurrido a otros autores, con Gilead (su primera novela de la serie; mucho antes había escrito Housekeeping, o Vida hogareña en castellano, en 1980) Robinson llamó la atención del mundo literario y obtuvo sus mayores reconocimientos (por ejemplo, el Premio Pulitzer de 2005). No obstante, En casa le valió ser la finalista del Premio Nacional del Libro de Estados Unidos en 2008. Y es que, lejos de ser una segunda entrega continuista y que sobrevive en tanto que recuerda al primer libro, la obra constituye en realidad una unidad literaria perfectamente independiente, bien narrada, con una serie de personajes diseñados desde el genio literario de Robinson, pero para ser entendidos por el corazón del lector.
Y es que, si las primeras páginas de Gilead prácticamente brotaron tal cual de la mente de Robinson, tal y como explicaba la autora al expresidente Barack Obama en al entrevista que le hizo y que publicó en dos partes The New York Book Review, el caso de En casa tampoco parece muy diferente, según lo que decía la escritora a una periodista de The Paris Review en una entrevista:
La verdad es que no planifico mis novelas [] Había un marco, por supuesto, para ′En casa′, porque tenía que ser simbiótico con ′Gilead′. Aparte de eso, nada. Creo firmemente que la acción se genera a partir del personaje. Y no doy a nada más prioridad que al personaje. Lo único consistente entre mis novelas es que hay un personaje que permanece en mi mente. Es un personaje complejo que quiero conocer mejor.
Si Gilead es el desarrollo de una continua meditación íntima del reverendo congregacionalista John Ames, En casa recoge uno de los últimos fragmentos de la historia de la familia Boughton, con el ministro presbiteriano y anciano padre demacrado por la vejez, la hija pequeña, Glory, de vuelta al hogar familiar después de una serie de desengaños en la vida, y la compleja e incómoda figura de Jack, quizá el personaje más célebre creado por Robinson, que ya aparece en la primera novela.
A partir de esos elementos generales, el libro se sostiene, como decía Robinson en la entrevista, por el marcado realismo de sus personajes y conversaciones, con una narradora general que se sitúa principalmente en la óptica de Glory. Es su personaje el que resume en pocas líneas, en uno de sus pensamientos, el carácter de la obra:
Hay un refrán que dice que comprender es perdonar, pero eso es un error, según papá. Para comprender hay que perdonar. Hasta que perdonas, te defiendes de la posibilidad de perdonar.
Y Robinson, con En casa, sacude precisamente la concepción del perdón que pudiera tener el lector para exponerlo a un escenario y a unas personas ficticias, pero que bien pudieran ser reales, e invitarle a autoexaminarse en lo insondable y lo temible, aquello que a nadie le gustaría vivir en realidad, pero que le podría ocurrir a cualquier padre, o hijo, o hija, o mejor amigo, etc.
Dios, el Padre
Aunque quizá de forma involuntaria, con su libro En casa Robinson esboza una versión de la parábola del hijo pródigo contemporánea y de marcado acento estadounidense, aunque profundamente humana. Si muchos se han estremecido al ver el cuadro que Rembrandt dedica a la misma parábola, con la figura del hijo arrodillado ante el abrazo de un padre inclinado en presencia de los acusadores, la lectura de En casa puede sorprender fácilmente al lector en sus pensamientos sobre esta historia al margen del texto de la novela de forma frecuente. El problema, pienso yo, sería intentar trazar paralelos en todo. Creo que eso, incluso, debería irritar a Robinson, que no se ha referido a su libro en este sentido.
Existen las similitudes entre la novela y la parábola, como en toda la escenificación del regreso de Jack a casa, pero también diferencias notables. La figura del hermano mayor es variante. Al principio parece recaer más sobre Glory, pero luego se desplaza hacia Ames, con los vecinos del pueblo como jueces omnipresentes a lo largo de la trama.
Por otro lado, el personaje de Jack reconoce en parte el mal que ha hecho y la mala vida que ha llevado, pero esto le lleva más a una irritante autocompasión que al arrepentimiento. También el padre de los Boughton ejemplifica a esa figura paterna cargada de misericordia y deseosa de dar su perdón, pero al mismo tiempo condescendiente y abatida, con un cierto aire de superioridad en ocasiones.
Precisamente, es en la figura del cansado Boughton padre donde se sitúa una notable carga de la tensión en la particular ′parábola′ que relata Robinson. Su figura es el fundamento del recuerdo del hijo descarriado, al mismo tiempo que ese umbral en el que comienza la bondad y ese horizonte de rectitud al que cualquiera debería aspirar en esta vida. ′Si hay algo que la fe nos enseña claramente es que todos somos pecadores y nos debemos perdón y misericordia′, dice en unos de los diálogos el padre Boughton a su hijo Jack y a Ames.
Su problema es que parece darse cuenta de que, en el fondo, es un padre limitado. Como todos. Sus expresiones de gozo exuberante ante la presencia del descarriado, se ven opacadas por la fragilidad de su salud, el abatimiento de su cuerpo y de su mente, y ese aire de desaliento general ante la vida que, como al predicador de Eclesiastés, parece perseguir a muchos al final de sus días. De hecho, es el mismo Boughton padre el que también dice que ′la esperanza es una cosa muy valiosa ya que en esta vida no siempre hay mucho de lo que regocijarse′.
Cuando en el evangelio Jesús, el Hijo encarnado, habla del Padre, no plantea ambigüedades acerca de su persona, sino que nos invita a experimentar una confianza y una dependencia plenas, dado que no hay proceso vital que pueda apagar su fortaleza: ′El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él′ (Juan 14:23). Es el Padre en cuya presencia no vamos a encontrar ninguna limitación, ni siquiera la de nuestro propio pecado.
Lo que se había perdido
Es curioso que Martin Scorsese haya dicho que quiere adaptar al cine la novela de Robinson, En casa. Como en otras de sus películas, como Taxi Driver, Silencio o El irlandés, imagino que debe encontrar un factor especialmente poderoso en el factor personaje. En este caso pienso en Jack Boughton. Y es que, en realidad sería un buen protagonista para alguna de sus películas.
Representa al cínico descarriado, el escéptico conocedor de las Escrituras, hasta el punto de poder recitar versículos tanto de los profetas como de las cartas de Pablo de memoria. Es ese personaje que acompleja y que genera lástima, al mismo tiempo. Que irrita y mueve a misericordia. Esta suerte de hijo pródigo es al que Robinson da un rol destacado en su tetralogía, hasta el punto de que le dedica su última novela (2021), titulada con un sobrio Jack.
De Jack, Robinson ha dicho cosas como que ′está pensando todo el tiempo′ y que lo acabaría perdiendo como personaje ′si intentara acercarse demasiado a él como narrador′. ′Está alienado de una forma complicada. Los demás no lo encuentran comprensible y él no los encuentra comprensibles′, ha señalado la autora.
De nuevo, hay elementos que recuerdan al hijo de la parábola que explica Jesús. De entrada, la capacidad de reconocer en su hogar el lugar en el que poder empezar a restaurar las cosas. También una especie de sentido del honor que se enfoca especialmente en querer contentar a un padre que sabe herido. Su peculiar complejidad emana de las declaraciones que Robinson le atribuye en sus diálogos. Por ejemplo, cuando le dice a Glory que ′a los ladrones los crucifican y a los hipócritas, no′, lamentándose de la pátina de religiosidad superficial con la que parece haber tenido que lidiar toda su vida. Sin embargo, es llamativo que su lamento suela conducir a una irónica autocompasión, en lugar de a la búsqueda de una mayor profundidad: ′Toda una vida más o menos dedicada a la falta de integridad y de qué poco me ha servido′, dice en otro momento de la trama.
Quizá uno de los momentos más brillantes de la novela (y cabe pensar si de la literatura de ficción del siglo XXI) es cuando se sincera ante su padre acerca de su escepticismo. Elementos como la culpa, la autocompasión, la comprensión de las propias limitaciones y un amor mutuo e inmanente entre los dos personajes brotan del padre y del hijo, que se asemejan más a una especie de antihéroes en comparación con los de la parábola que explica Jesús. Precisamente porque ambos representan, como todos, aquello que se había perdido y que ha sido o puede ser hallado. El tapiz queda perfectamente entretejido a partir de la narración en base a los pensamientos de Glory, quizá el personaje más amable de la historia.
De qué forma tan insólita lo sagrado se situaba entre las cosas del mundo, de qué manera tan interminable la creación se retorcía y se tensaba bajo el peso de su propio significado [] Por cansados, amargados o confundidos que estemos, Dios es leal. Permite que nos extraviemos para que sepamos lo que significa volver a casa.
Es maravilloso reconocer que Dios no se satisface en amarnos desde lo hipotético de nuestra bondad (que no es real, sino una aspiración, en todo caso), sino que nos ha esperado como un padre, en el umbral de la puerta de casa, y que incluso se ha aproximado al camino cuando nos ha visto en el horizonte. Sin ambigüedades ni desvaríos, sin grandilocuencia ni tampoco alimentando fantasías superficiales. Es maravilloso comprobar la línea de luz que traza ese amor suyo hasta nosotros, y que penetra en nuestras acostumbradas rutinas, en nuestros hábitos cínicos, en nuestras conversaciones cargadas de religioso escepticismo y en aquellas expectativas a las que nos sujetamos, casi sin pensarlo. Y Robinson, con su novela, ilustra con maestría esa escena.
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Estudio escrito en Tarragona por Jonatán Soriano el .
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