Isla de Perros: Los asuntos de familia de Wes Anderson

Sevilla, 20 de abril de 2018. En el cine de Wes Anderson, la perfecta simetría de sus planos contrasta con el desorden emocional que poseen sus protagonistas. Esta semana se estrena su última película, Isla de perros, filmada mediante la técnica de stop-motion. En ella, un niño se juega la vida para encontrar a su perro perdido, en una cinta cuyo tema principal es la relación que tenemos con aquellos a quienes amamos.

Las películas de Wes Anderson son fáciles de identificar. Entre sus características más visibles están el amor a lo retro o los guiones pensados para actores muy específicos, algo ya presente desde Bottle Rocket (1996), su primera película, que lanzó la carrera de los hermanos Luke y Owen Wilson. Otras características, como el uso de una paleta de colores determinada que predomina en cada uno de sus films o la obsesión por la simetría, ya aparecen claramente en Rushmore (1998) o en The Royal Tenenbaums (2001). Pero si hay un hilo que une todas las historias contadas por Wes Anderson, incluyendo sus éxitos como Viaje a Daarjeling (2007), Moonrise Kingdom (2012) o El gran Hotel Budapest (2014), ese es el tema de las relaciones familiares, que sobrevuela todas sus películas y guiones.

Isla de perros no es una excepción. Está situada en una ciudad japonesa ficticia llamada Megasaki. Allí, el gobierno local, liderado por el alcalde Kobayashi, decide exiliar a todos los perros de la ciudad debido a una gripe que se ha dispersado entre los caninos. El protagonista de la película es, sin embargo, su sobrino, un niño de 12 años llamado Atari Kobayashi. Huérfano de padres y bajo el cuidado de su tío el alcalde, Atari tiene a su perro Spots como único ser querido. Pero todo se tuerce cuando Spots se convierte en el primer perro en ser deportado por mandato del alcalde a una isla llena de basura en la que pronto se verá acompañado por el resto de perros de la ciudad. La tesitura en la que se encuentra Atari, traicionado por su tío, a la vez su protector y causante de su desgracia, es la dinámica que mueve la historia de la película.

La decisión de filmar la película en stop-motion ha sido un gran un acierto. En una época en la que todo el cine de animación imita hasta la saciedad la estética de las cintas de Pixar y Disney, es imposible no rendirse ante la belleza visual de Isla de perros, en la que todo está hecho a mano, incluso la niebla, las olas del mar o los detalles más insignificantes de cada uno de los escenarios. No es la primera experiencia del director con el stop-motion, pues ya filmó Fantastic Mr. Fox - una película basada en el cuento del mismo título escrito por Roald Dahl, en 2009 con resultados similares.

Isla de perros demuestra que Wes Anderson es un gran contador de historias, basando sus films en la mezcla de una estética atractiva con historias protagonizadas por personajes que se encuentran en la línea entre lo frágil y lo heroico. En ese sentido, para mí, ver Isla de perros ha sido una delicia tanto visual como emocional.

Amor y odio, dos palabras demasiado similares

El hecho de que en el trasfondo de Isla de Perros se encuentre la traumática relación de Atari con su tío, en esa dualidad entre el amor y el odio, no es casualidad. Las relaciones disfuncionales son el tema favorito de las películas de Wes Anderson. No es la única relación reflejada en la película, en la que la dinámica entre amo y esclavo juega también un papel crucial. Algunos de los perros, a quienes ponen voces en su versión original Bryan Cranston, Edward Norton, Bill Murray, Jeff Goldblum o Scarlett Johansson, tienen serios problemas para aceptar que su voluntad no es siempre la predominante.

El tema del amor y odio en las relaciones también lo trató Wes Anderson en Rushmore, una película en la que Max, un mal estudiante de instituto, logra mantener la imagen de que es un estudiante brillante mediante su participación en todo tipo de actividades extraescolares, personaje interpretado por Jason Schwartzman, que supuso su debut en el cine (es, además, uno de los guionistas de Isla de perros). Max, por otro lado, está enamorado de una de sus profesoras, y compite con Herman, padre de unos matones del instituto (interpretado por Bill Murray), por el cariño de esta profesora. Entre ellos, sin embargo, hay a la vez una relación de admiración y competencia. Lo que más me llamó la atención es ver cómo la identidad de Max está fundamentada en la imagen que proyecta ante los demás más que en las cosas que hace, lo cual muestra cómo las relaciones con otras personas determinan más nuestras vidas que los mismos actos que realizamos.

Mi película favorita de Wes Anderson es, sin embargo, The Royal Tenenbaums. En ella se cuenta la relación disfuncional de la familia Tenenbaum y los especiales nexos que mantienen todos sus miembros entre ellos. Cada uno de los hijos, interpretados por Luke Wilson, Ben Stiller y Gwyneth Paltrow, son genios desde pequeños: uno es tenista profesional; el otro, un genio de los negocios; y la última, una galardonada escritora de obras de teatro. La familia, sin embargo, se encuentra desecha desde la separación de los padres. Los errores de los progenitores acaban transmitiéndose a los hijos, quienes a su vez transmiten sus traumas y fallos a la siguiente generación. Wes Anderson reconocía en los comentarios del DVD que, al gestar esta película, se basó en el divorcio de sus padres, aunque las similitudes acaban ahí. Vemos, por tanto, que los problemas familiares es un continuo que se repite en toda la filmografía de Anderson.

Extraña simetría

Como decía en la entrada de este artículo, la obsesión por la simetría es una de las características del cine de Wes Anderson (quien toma mucho del cine de Kubrick en este aspecto). Y esta simetría contrasta enormemente con el desastre emocional que presenta en cada una de sus cintas.

El mismo día que vi en el cine Isla de perros, había escuchado en Boston a un predicador decir que todos los cristianos querrían tener una familia siguiendo el modelo bíblico, pero que, si miramos las familias que aparecen en la Biblia, éstas nos presentan un panorama desolador. Por poner tan sólo unos ejemplos, podemos hablar de Abraham teniendo un hijo con su sierva, de las mentiras de Jacob y su madre para robarle la primogenitura a Esaú por un guiso de legumbres, o también de la envidia y el odio de Caín hacia Abel. ¿Quién quiere que su familia sea así?

Según los manuales de psicología, existen familias funcionales y familias disfuncionales, catalogadas según los roles que tienen los distintos miembros de la familia, que son a veces alterados por diferentes circunstancias como divorcios o traumas. Pero si salimos del ámbito descriptivo de las ciencias y miramos a nuestro alrededor, no es difícil llegar a la conclusión de que, en el fondo, todas las familias son disfuncionales, pues por mucho que lo intentemos, y ya seamos hijos, padres, abuelos o tíos, continuamente caemos en el error e incluso hacemos daño a aquellos a quienes más amamos aun cuando creemos estar haciendo lo mejor por ellos.

Por lo tanto, creo que esa armonía y perfección que en teoría debe encontrarse en la familia, en realidad no existe en este mundo. Esto no es una excusa para que justifiquemos nuestros fallos, sino que debe tomarse como un ejercicio de humildad, como una forma de aceptar que somos altamente falibles y que el misterio del amor es imposible de comprender y de racionalizar.

Para mí, el hecho de que la Biblia (al igual que en este caso hace el cine de Wes Anderson) nos muestre la imperfección de las familias sin omitir detalle alguno, es una esperanza, a la vez que un recordatorio de que no somos perfectos ni jamás lo seremos. El amor en la familia es como esa extraña simetría del cine de Anderson: perfección en la imperfección. Tan sólo hay una perfecta simetría, a la que todos los relatos bíblicos apuntan: la única relación no disfuncional, que es el amor incondicional de Jesucristo hacia nosotros.

Miguel Palomo
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