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Estudio

WandaVision, fuerte como la muerte es el amor

La serie WandaVision nos descubre que si nos encantan las sitcoms es porque muchos preferiríamos vivir en una de ellas antes que despertarnos cada día en este mundo gris, repleto de dolor

WandaVision, fuerte como la muerte es el amor

Modificado el 2021/04/03

Si nos encantan las sitcoms es porque muchos preferiríamos vivir en una de ellas antes que despertarnos cada día en este mundo gris, repleto de dolor. Esta es la sencilla premisa detrás de “WandaVision” (“Bruja Escarlata y Visión” en España), la miniserie de Disney+ que finalizó a principios de este mes y que ha sorprendido a reconocidos críticos de la televisión como Alan Sepinwall. El magnífico trabajo del equipo dirigido por Jacqueline Schaeffer (Los Ángeles, 1978) logra escapar de los manidos relatos del Universo Cinematográfico de Marvel (UCM) con un asombroso relato de duelo, pérdida y el deseo permanente de acabar con ese último gran villano que es la muerte. En esta semana en la que millones de cristianos meditan en la muerte y resurrección de Cristo, no he podido evitar encontrar ecos de la esperanza cristiana en esta conmovedora historia de amor entre una bruja y un androide.






Comencé a ver "Bruja Escarlata y Visión" por recomendación de un amigo y he de reconocer que no lo hice con mucho entusiasmo. La industria ha encontrado en el UCM la gallina de los huevos de oro y muchos ya empezamos a cansarnos de su épica. Sin embargo, esta miniserie ha logrado distanciarse lo suficiente del UCM para crear una entidad propia (a pesar de su final) con personajes complejos y psicológicamente mucho más interesantes que los protagonistas cinematográficos del universo Marvel. Con la colaboración de guionistas de la talla de Matt Shakman (“A Dos Metros Bajo Tierra”, “Mad Men”, “Game of Thrones”), la directora, Jac Schaeffer, invita al espectador a un simpático viaje por la historia de las sitcoms estadounidenses mientras reflexiona en torno a la muerte y el duelo.

Homenaje a la sitcom

“Un día la lengua inglesa desaparecerá […] y será como el latín, una lengua que sólo aprenden unos cuantos”, comenta el protagonista de la novela de Nicholson Baker, “The Anthologist” (Simon & Schuster, 2010), “y los académicos escribirán sobre “Larry Sanders” y “Friends””, continúa diciendo el personaje, “entonces todos sabrán que la sitcom es la máxima expresión del arte americano”. Aunque la frase pueda ser una hipérbole, lo cierto es que estas “comedias de situación” no dejan de cautivar al público, aun cuando su formato apenas ha cambiado en décadas. Sus innovaciones vienen más por los movimientos de cámara que por las historias o los personajes que nos presentan.

Como bien dice Saul Austerlitz en su enciclopédico trabajo “Sitcom: A History in 24 Episodes from I Love Lucy to Community” (Chicago Press, 2014), “la sitcom es preservación del equilibrio; volver al orden establecido, el eterno retorno”. Todo ello tiene que ver, por supuesto, con el conformismo estadounidense que aparece tras la Segunda Guerra Mundial, en el que nadie quiere recordar los traumas de la guerra y donde los cambios en la economía, acompañados de la necesidad de estabilidad, dan lugar por primera vez en la historia a la llamada “familia modelo” que hoy muchos consideran casi veterotestamentaria ¡cuando no existe ni una sola familia así en todo el relato bíblico!

Aunque el germen de las sitcoms nace en el contexto radiofónico antes de los cincuenta, son las series pioneras de la televisión como “I love Lucy” (1951), “The Dick Van Dyke Show” (1961) o “Bewitched” (“Embrujada” en España, 1964), las que dan forma definitiva a la identidad de las sitcoms: una familia nuclear en los suburbios, vecinos adorables, problemas risibles y la satisfacción de que nada cambia en realidad. Es por eso que WandaVision se nos presenta como un atractivo homenaje a la sitcom estadounidense, sobre todo para aquellos de nosotros que crecimos como Wanda, con la televisión americana como niñera o un miembro más de la familia.

Los episodios iniciales son un bonito guiño a las primeras sitcoms que he mencionado, con los cucharones y platos voladores de Embrujada y la desternillante torpeza de Dick Van Dyke que un espléndido Paul Bettany (Visión) imita casi a la perfección. Luego se suman los gestos a series tan emblemáticas como “The Brady Bunch” (“La tribu de los Brady” en España), “Full House” (que yo aun recuerdo con el nombre que se le daba en Latinoamérica, “Tres por tres”), “Malcolm in the Middle” y a algunas más recientes como “The Office” o “Modern Family”.

Sin embargo, a medida que avanza la serie, estos guiños resultan menos paródicos que al principio, llegando a ser un poco incómodos cuando las famosas “risas enlatadas” quedan totalmente fuera de lugar. Y esto es precisamente lo que hace tan especial a esta serie de Marvel. De forma inteligente y original los creadores se apropian del lenguaje visual de la sitcom para narrarnos una historia de dolor y pérdida; un relato que nos recuerda que a diferencia de lo que ocurre en la televisión, la vida no puede ser un eterno retorno. La muerte rompe para siempre con el orden establecido y allí ya no hay nada de qué reírse. Al igual que Visión, nos percatamos de que el mundo ideal de Westview no puede ser real en esta vida. Paradójicamente, si un día nos despertásemos en una sitcom, podríamos estar seguros de que algo no va bien.

La muerte, el último villano

“Tú puedes arreglar cualquier cosa, mamá. Arregla la muerte”, pide uno de los hijos de Wanda mientras llora por su mascota que yace muerta en los brazos de su vecina. Es uno de los momentos más conmovedores de la serie, con ese aire que tienen los “episodios especiales” de las sitcoms (como nos recuerda el título del episodio), en los que tras una crisis familiar, la madre consuela a los niños y todo vuelve nuevamente a la dulce normalidad. Sin embargo, tanto en el mundo de Wanda como en el nuestro “hay cosas que son para siempre”, dice la protagonista, y “no podemos revertir la muerte. Sin importar cuán tristes nos haga sentir.”

El hecho de que Wanda sea capaz de secuestrar psicológicamente a todo un pueblo y aun así no poder devolverle la vida a la persona que más amaba en este mundo, es una triste e impactante metáfora de la vulnerabilidad y el desamparo humano frente a la muerte. El universo perfecto de Wanda produce en el espectador una sensación de escalofríos, el miedo inherente que acompaña a la muerte, ese terror que invade a la persona que se enfrenta a la pérdida y de pronto se da cuenta de que esta sola en este mundo, tal y como describe C.S. Lewis (1868-1963) en “Una pena en observación” (Anagrama, 2005) al recordar cómo reaccionó a la muerte de Helen (Joy Davidman), su esposa, fallecida de cáncer en el verano de 1960.

A diferencia de los discursos racionalistas y poco sensibles con los que uno se topa muchas veces en los funerales, este profesor de Oxford que se convierte al cristianismo a regañadientes a principios de los años treinta, reconoce que su razón no es suficiente cuando llega la “repentina cuchillada de memoria al rojo vivo” del ser querido que se ha ido; “todo ese sentido común se desvanece como una hormiga en la boca de un horno”, afirma Lewis. Pocas veces se ha descrito con tanta crudeza el sinsentido y la crueldad de la muerte, ese “último enemigo” como afirma el apóstol Pablo. Es el villano perfecto que arrasa con todo lo que somos; con nuestra religión, nuestra razón y hasta con nuestras mismas ganas de vivir. Como pregunta Tolstói, “¿Por qué y para qué vivir, qué sentido tienen los deseos, y qué razones hay para hacer las cosas? En definitiva, ¿hay algo en mi vida que la muerte no vaya a desbaratar?”.

El amor que persevera

Siempre me ha cautivado el personaje de Visión, un androide que toma conciencia de sí mismo y termina rebelándose contra su creador para salvar a la humanidad. Al igual que el personaje de Astro Boy de Neon Genesis Evangelion, la condición artificial de Visión le convierte en un perfecto termómetro moral, en el reflejo de lo que deberíamos ser los seres humanos. Su sensibilidad e inteligencia le hacen un observador agudo de la naturaleza humana.

Así, de manera perspicaz, Visión le recuerda a Wanda que detrás de la hostilidad que le produce el duelo por la pérdida de su hermano, hay algo más que simple tristeza. “Nunca he vivido una pérdida”, le dice el androide, “porque nunca he tenido un ser querido al que perder… pero ¿qué es la pena sino amor perseverante?”. Detrás de esas olas de dolor que pasan por encima de Wanda “una y otra vez”, está el recuerdo de un amor que daba sentido a la vida.

Es por eso que el texto bíblico nos recuerda que “fuerte es como la muerte el amor”, ya que aunque pudiésemos entender los misterios de este mundo como pretende hacerlo la Bruja Escarlata, sin amor, nada somos; la vida se reduciría a ser un ruido ensordecedor ¡una campana desafinada! El problema, claro está, se encuentra en las limitaciones de nuestro amor. No sólo por la finitud de nuestras vidas, sino por las limitaciones morales de nuestro amor. Es por ello que muchos se indignan y quedan desconcertados al leer la oda al amor de Pablo en su carta a los corintios ¿quién puede amar soportándolo todo y sin jactarse de ello? ¿quién es capaz de amar sin buscar lo suyo? La cuestión está en que este amor perseverante del que nos habla el apóstol no proviene de ninguno de nosotros.

Esta semana los cristianos recordamos que si podemos creer en un amor tan fuerte como la muerte es porque Cristo Jesús en la cruz del calvario dio muerte a la muerte. El Hijo de Dios, el único cuyo destino no debía ser la muerte, fue crucificado por nuestro mal para reconciliarnos con el Padre de un nuevo universo; no uno de “plástico” o edulcorado como los que muchos se empeñan en crear tanto fuera como dentro de la iglesia, y donde hacemos sufrir a otros. Se trata de un universo donde el amor que se goza en la verdad persevera para siempre.

Es el mundo del que nos habla Jonathan Edwards (1703-1758) en su conocida reflexión sobre 1ª Corintios, capítulo 13, “Heaven, a world of love” (“El Cielo, un mundo de amor”). En este lugar, no sólo nos encontraremos con “el infante de días que perdimos aquí abajo, por gracia para ser encontrado arriba” o “el amigo cristiano que parte de este mundo antes que nosotros”. Allí, como nos recuerda Edwards, los cristianos, “sobre todas las cosas, disfrutaremos y moraremos con Dios el Padre, a quien hemos amado con todo nuestro corazón en la tierra; y con Jesucristo, nuestro amado Salvador […] y con el Santo Espíritu, nuestro santificador, y guía, y consolador ¡y seremos llenos con toda la plenitud del Dios trino para siempre!”. Este próximo domingo muchos cristianos recordarán que en la resurrección del Hijo de Dios no sólo tenemos por gracia la garantía de que Jesús de Nazaret es nuestra esperanza aun en medio de la muerte y el dolor. Como Wanda, también podemos decir confiadamente a nuestro Amado Salvador que Él es “mi esperanza. Pero sobre todas las cosas, eres mi amor”.

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