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Reseña

Svetlana Alexievich, cuestión de espíritu

La muerte y el amor son dos de los elementos más presentes en los trabajos de Svetlana Alexievich, ganadora del Nobel de Literatura en 2015

Svetlana Alexievich, cuestión de espíritu

Modificado el 2021/01/16

El acercamiento de Svetlana Alexievich a la historia, y su forma de escribirla, pueden resultar un descubrimiento ciertamente refrescante. Porque, como señala la propia autora, Nobel de Literatura en 2015, “el camino del alma es mucho más importante que el suceso como tal”. La autora se reafirma en la importancia que confiere a esa parte, quizá más invisibilizada de la historia, y dice: “Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma”.






Muchas veces, la historia se ha escrito y se escribe mal. En parte, pienso, porque se escribe desde la distancia. Sí, si es historia, siempre, necesariamente habrá una distancia. Quizá me refiero, más bien, al esfuerzo por sobreponerse a la imposición de la lejanía. A ese vacío antes de la existencia propia, como señala el salmista, que reconocía haber sido “entretejido en lo más profundo de la tierra”.

Otro tipo de distancia que, creo, ha perjudicado, a mí entender de forma evidente, el hecho de escribir sobre la historia, es la objetiva. Esa distancia que no parte de la lejanía en el tiempo ni de nuestra ausencia en el espacio en el que se producen los hechos que se narran, sino la que se justifica con supuestos intereses que se entienden desde el prisma común: una determinada ideología, un deseo focalizado en conocer el énfasis de una parte concreta de esa historia de la que se escribe, lo que se percibe como un estado de ánimo general. Es decir, no se narran hechos porque hayan ocurrido, sino porque pueden interesar. Aquí, es como si el autor y el público unificasen sus voluntades para definir una agenda común.

La fotografía de Kapuściński, la introspección de Alexievich

Admiro a Ryszard Kapuściński, quien, por cierto, aunque es de nacionalidad polaco, nació en un municipio que hoy forma parte de la geografía bielorrusa. El país de Alexievich. Lo admiro, no solo porque sea uno de los mejores cronistas de la historia contemporánea, sino porque con sus libros tenía la capacidad de poner un puñado de letras en la mano del lector, como insignificantes motas de polvo, y formar con ellas un marco idóneo que permitiese a la persona trasladarse a la vida de años, décadas, siglos atrás. Y lo hacía desde el rigor de la sensibilidad que exigen necesariamente las circunstancias que nos son lejanas.

Kapuściński era capaz de crear una fotografía mental que no destacase por su ángulo o su color, sino por el efecto de cercanía que generaba con ella. Este mismo proceso se lo aplica a sí mismo, por ejemplo, en su libro El Sha, donde se describe ante una serie de fotogramas cuya historia desarrolla como si fuesen la entrada a una dimensión desconocida, pero todavía cercana. Alexievich también traslada al lector, pero no por la descripción, sino por medio de lo innatamente humano, como si recuperase la conciencia de que todos hemos sido creados en base a una misma semejanza e imagen.

Quizá por eso, la autora puede permitirse decir que lo que recopila “lo definiría como el ‘saber del espíritu’”. Para ella, la historia no es “el cómo fue” sino “otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano?”. Alexievich define su escritura como “la historiografía de los sentimientos, la historia del alma”. Aquella historia, dice ella, “del pequeño hombre expulsado de una existencia trivial hasta las profundidades épicas de un enorme acontecimiento”.

Y en ese proceso, la escritora consigue que uno ya no se concentre en los detalles de la batalla por Stalingrado, ni en las irregularidades en el procedimiento de actuación ante el desastre de Chernóbil. Es fácil, ante sus textos, reconocer los elementos que siempre han formado parte de la humanidad y que, al mismo tiempo, nos hablan de la imagen original desde la que comenzamos a existir y de la deformación que comenzamos a experimentar con el pecado: la capacidad de sentir amor y, a la vez, de disparar una bala a un ‘enemigo’; la conciencia de nuestra fragilidad, y el fragor de nuestros impulsos; la convivencia con la muerte, y el sentimiento de extrañeza en el que perduramos ante ella.

Un diálogo entre la muerte y el amor

La muerte y el amor son dos de los elementos más presentes en los trabajos de Alexievich. No es extraño comenzar su relato del desastre de Chernóbil leyendo sobre la angustia de una joven esposa que dice no saber de qué hablar, si de la muerte o del amor, cuando piensa en su marido, intoxicado y moribundo por la explosión de la central.

Precisamente, la escritora y periodista bielorrusa también ha trasladado su estilo a la pantalla, con una obra que compila la vivencia de 200 personas a quienes Alexievich entrevista sobre la cuestión del amor. Y, por tanto, también sobre la muerte. Porque para ella no se pueden entender por separado.

En Lyubov (‘amor’ en ruso), Alexiévich vuelve a situar al lector, convertido en espectador ante la realidad de lo que es, de lo que no ha dejado de ser. Es como cuando Jesús reconocía la capacidad de amar entre sus oyentes y les decía que “siendo malos, sabéis dar buenas dádivas”. Pero con aquella afirmación, les situaba, nos situaba a todos, ante la realidad inexorable de lo que no podemos alcanzar por nuestras capacidades limitadas. Aquello que necesitamos pedir al Padre, reconociendo que nosotros mismos no lo podemos producir.

Me veo reflejado, especialmente, en ese hombre que ha conocido el amor de otra persona y que, hablando con Alexievich en su cocina, admite: “Cuando amo, tengo miedo de perder aquello que amo. Tan pronto como lo encuentras [el amor], piensas: ‘¡Dios mío! Va a dejar de existir”. Entonces, solo puedo recordar aquellas palabras con las que el evangelio introduce los últimos momentos de Jesús junto a sus discípulos aquí, en la tierra: “Sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. (Juan 13:1)

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