Estudio

Salvador Dalí, Dios y la muerte

La exposición que hay en el museo Reina Sofía de Madrid sobre Dalí (1904-1989), nos muestra una de las obsesiones del pintor de Figueras: s

Salvador Dalí, Dios y la muerte

Modificado el 2013/07/26

La exposición que hay en el museo Reina Sofía de Madrid sobre Dalí (1904-1989), nos muestra una de las obsesiones del pintor de Figueras: su temor a la muerte. Durante muchos años el artista eludió plantearse el problema de su desaparición. Hablaba de ello como algo muy lejano que, probablemente, no le afectaría. En eso no es muy diferente a cada uno de nosotros.

En las últimas imágenes que tenemos de Dalí­, le vemos en un hospital, sentado en una silla de ruedas y alimentado por una sonda, mientras exclama patéticamente: "Los genios no tenemos derecho a morir". El pintor implora compungido: ¡quiero vivir, quiero vivir!". Ya en una de sus más conocidas entrevistas, habí­a dicho: "Lo que me gustarí­a es la inmortalidad de verdad, no morirme, porque la idea de la muerte es lo único que me angustia". De hecho, asegura: "prefiero hacer cuadros malos y vivir más tiempo".

La vida y el mito son en él difí­ciles de distinguir, ya que desde pequeño se fue modulando un personaje, que acaba confundiéndose con su propia persona. Su padre era notario en Figueras, un hombre de carácter fuerte, con el que tuvo siempre una relación difí­cil. Dalí­ recuerda que hací­a siempre lo que se le antojaba, porque "mi madre, a quien adoraba, me lo permití­a todo, para evitar que estallara en los ataques de histeria que a menudo padecí­a". Ya que justo nueve meses antes de su nacimiento, habí­a muerto otro Salvador Dalí­. Este hecho marcó toda su vida y la de su familia.

EL OTRO SALVADOR

Su primo Ramón Guardiola recuerda que "le trataban como si fuera el otro" Salvador Dalí­. "Tení­a la impresión de que él no existí­a". Para él "esta fue la causa de todos sus problemas". Iban por una calle y la madre decí­a: "aquí­ estornudó tu hermano". La vida parecí­a llena de peligros: "ponte una bufanda, si no morirás". Le comparaban tanto con su hermano muerto, que en una ocasión llegó a escribir: "yo no sé si estoy vivo o muerto".

En la habitación donde dormí­a, habí­a un retrato de su hermano fallecido. Al jugar en el salón, cerca del piano, podí­a ver las espeluznantes ilustraciones del libro sobre enfermedades venéreas, que su padre habí­a colocado como recuerdo y advertencia, porque pensaba que la muerte de su hijo mayor se debí­a a un contagio contraí­do por él en un burdel. Calculaba además, que habí­a sido concebido, como máximo, a nueve dí­as de la muerte de su hermano, en pleno periodo de luto. Dalí­ escribió: "He empezado por la muerte, para evitar la muerte".

Para él, aunque "la muerte se explica a menudo por la imperiosa y constante compulsión por volver al lugar del que venimos, al claustro materno", cree que recuerda ese periodo intrauterino, "como si fuera ayer". Y aunque pueda parecer que "era como el paraí­so, tení­a el color del infierno, rojo, anaranjado, amarillo y azulado, el color de las llamas, del fuego". Ya que "sobre todo era blanco, inmóvil, caliente, simétrico, doble y pegajoso". Y aunque la muerte le devuelva a ese paraí­so, ubicado en el claustro materno: dice: "tiemblo de pensar en la muerte".

EXILIO FORZOSO

La forma de actuar de Dalí­ chocaba a menudo con la incomprensión de los que le rodeaban. De hecho sólo le relajaba pintar. Cada pintura era para él como "un cúmulo de sensaciones y estí­mulos", que le "hací­a diferente". Aunque en un sentido, "cada vez que pinto un cuadro", piensa: "me gustarí­a pintar siempre el mismo". Ya que para él, paradójicamente, "no hay nada más distinto que copiar una cosa".

Tras demostrar su talento para el dibujo, su padre le manda a hacer Bellas Artes en Madrid en 1921, después de morir su madre. Estando allí­ conocerá en la Residencia de Estudiantes al poeta Federico Garcí­a Lorca y al director de cine Luis Buñuel. Con el primero pasará luego un inolvidable verano en Figueras, y con el segundo hará dos pelí­culas mudas en Parí­s.

A pesar de su carácter introvertido, Dalí­ tiene la presunción de decirle al jurado de la Escuela de San Fernando que ellos no le pueden examinar sobre Rafael, porque él sabe más que todos ellos juntos, siendo finalmente expulsado de la Academia. No tardará su padre en echarle también de casa. Lo siente sobre todo por su hermana Ana Marí­a, que era su confidente. "Fue un duro golpe", recuerda. Le parecí­a que nunca más podrí­a ver el cielo que le habí­a acompañado desde su niñez. "El disgusto fue tan grande que fui deambulando como un espectro de mí­ mismo".

Al iniciar ese exilio forzoso, se rapa el pelo al cero, adquiriendo una nueva imagen, buscando como siempre llamar la atención. El artista se establece entonces en Cadaqués, "un lugar que adoraba con una fidelidad fanática". Fue allí­ en 1929 donde fue a visitarle el poeta francés Paul í‰luard con su mujer rusa Gala, quedando totalmente prendado de ella. Ella fue el único gran amor de su vida. A partir de entonces dice: "Toda mi vida girará en torno a quien fue mi salvación". "Ella me proporcionó la curación psicológica, dio sentido a una vida que antes nunca habí­a vivido", puesto que construye una concha para protegerle.

LA MUERTE DE LORCA

Aunque algunos piensan que la muerte de Lorca no le afectó demasiado, puesto que la vio como parte de una guerra "donde no se lucha por ideologí­as, sino por ajuste de cuentas", no es así­ como se muestra en su diario. Pocas semanas antes del inicio de la guerra civil en 1936, el poeta Edward James le invita a su casa de Villa Conboni en Analfi -donde Wagner habí­a compuesto el Parsifal-. Dalí­ sugiere a Lorca que vayan juntos, pero el poeta alega el preocupante estado de salud de su padre, para no viajar a Italia. Pocos dí­as después es detenido en casa del poeta falangista Luis Rosales, siendo fusilado a continuación. Dalí­ se reprocha no haber insistido suficiente.

Lorca estaba tan obsesionado con la muerte como Dalí­. "Cinco veces al dí­a, cuando menos, hací­a alusión a la muerte -según Buñuel-. Por la noche no podí­a dormir si no í­bamos todos en grupo a acostarle. Una vez en la cama, encontraba el medio de prolongar indefinidamente las conversaciones", pero "siempre acababa hablando sobre la muerte". El cineasta recuerda su rostro, "tendido sobre la cama, parodiando las etapas de su lenta descomposición". Porque "la putrefacción en su juego duraba cinco dí­as". Es "cuando estaba seguro de nuestra angustia", que "se levantaba de un salto y estallaba en una risa salvaje".

PRISIONERO DE SU LEYENDA

Cuando se va con Gala a Parí­s, Picasso le presta dinero para ir a Nueva York. Allí­ se instala en 1940, convirtiéndose en su verdadera plataforma de lanzamiento. El público americano le escucha embelesado, mientras contempla sus extravagancias. Ya que "Salvador, como su propio nombre indica, está destinado a salvar la pintura de la pereza y el caos". Pero Dalí­ no tardará en descubrir que no es propietario de su propia leyenda.

Aunque en momentos de lucidez, confiesa que historias como el famoso "método paranoico-crí­tico" que habí­a inventado para enfrentarse a Breton y a su grupo surrealista de Parí­s: "ni yo mismo sabí­a en qué consistí­a". De hecho, cuando finalmente se lo presenta a su admirado Freud, éste parece tener más interés por su pintura que por su alocada tesis, por lo que Dalí­ acaba enfadándose con él. El padre del psicoanálisis le comenta entonces al escritor Stefan Zweig que "nunca ha visto un prototipo de español más claramente: es un fanático".

A partir de la década de los cincuenta, Dalí­ vive una etapa aparentemente religiosa, pero que sospechosamente coincide con su vuelta a España. Hace entonces un Manifiesto mí­stico (1951), y su interés por Santa Teresa y San Juan de la Cruz dan origen a su conocido Cristo (1951). Es en realidad un retorno al orden, un regreso a los pintores del pasado que tanto admiraba, como Velázquez o Vermeer. Pinturas religiosas como La última cena (1955) o Corpus hypercubus (1954) pueden dar la impresión de una fe auténtica, pero en realidad no es más que un mero señuelo para volver a aparecer en los medios, como demuestra el hecho de que en ese mismo perí­odo haga obras tan provocadoras como su Joven virgen autosodomizada (1954).

EN BUSCA DE LA ETERNA JUVENTUD

En 1954 Dalí­ creí­a sinceramente que eso de la muerte no iba con él. Así­ se lo comenta al periodista Manuel del Arco: "Tengo la idea irracional de que la cosa se arreglará para mí­; o, por lo menos, me alargarán la vida". A diferencia de Gala, que siempre estuvo obsesionada con el suicidio, Dalí­ vive para el momento. La contradicción está presente en todos sus actos, pero también le lleva a pasar de estados de euforia a la angustia más desesperante. "Me siento esclavo de una angustia creciente", dice. "No sé de dónde viene y a dónde va". Aunque "no hay absolutamente nada que pueda asustarme, me asusto de estar asustado". Ya que "el miedo a asustarme me asusta".

En los sesenta cuenta a quien quisiera escucharle que en Estados Unidos un grupo de cientí­ficos estaba preparándose para hibernarlo, a la espera de que la medicina encontrara la fórmula para la eterna juventud. "Yo creo firmemente que descubrirán procedimientos de congelación que permitirán sobrevivir repetidamente", escribe. Unos dí­as después, confiesa a un periodista de Le Point que están pensando en la hibernación.

En 1973 se aferra todaví­a a esa desesperada creencia en sus "Diez recetas de inmortalidad". No bromeaba cuando escribí­a: "Estoy convencido de que se curará el cáncer, se harán trasplantes asombrosos y el rejuvenecimiento de las células se realizará en un futuro próximo". Creí­a que "devolver la vida será una operación ordinaria".

Descharnes, que conoció bien a Dalí­ en sus últimos años, cuenta que tras la muerte de Gala, el pintor "quiso suicidarse por deshidratación". Ya que el inventor del microscopio habí­a visto cómo pequeñas entidades orgánicas, aparentemente deshidratadas y muertas, reviví­an al contacto con una gota de agua. La muerte de Franco en 1975 y la de Gala en 1982, supusieron un choque tal para él, que perdió la esperanza en la inmortalidad. El carácter todopoderoso de la ciencia se fue diluyendo y su optimismo inicial se trocó en pánico.

AMOR INMORTAL

Los últimos cuatro años de su vida los pasa encerrado un una habitación, con la mirada puesta en los muros de su gran obra, el Teatro-Museo que inauguró en 1972. Allí­ ve "una pared erosionada por el cielo que siempre habí­a buscado a través de la confusa carne de mi vida". Pero este es "un cielo que sólo se encuentra en el corazón de los hombres que tienen fe". Así­ que "por eso me temo que yo moriré sin Cielo".

"Creo en Dios", dice Dalí­, "pero no tengo la fe". Ya que "por las matemáticas y las ciencias particulares sé que es indiscutible que Dios tiene que existir, pero no me lo creo". Esa misma paradoja es a la que, según Pablo en Romanos 1, todo hombre se enfrenta. Ya que, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que Dios existe, así­ que no tenemos excusa (v. 20). Pero no le adoramos, sino que nos envanecemos en nuestros razonamientos, por lo que nuestro necio corazón ahora se ha entenebrecido (v. 21). Dalí­ dio su corazón a una criatura, en vez de al Creador. Pero al fallecer Gala en 1982, su problema es que su amor no puede salvarle de la muerte.

La buena noticia es que hay un Amor Inmortal, cuyos lazos nos llevan más allá de la muerte. Viene de Aquel que participó con nosotros de carne y sangre, pero destruyó "por medio de la muerte al que tení­a al imperio de la muerte" (Hebreos 2:14). Por lo que puede "librar a todos los que por el temor de la muerte estaban", como Dalí­, "durante toda la vida sujetos a servidumbre" (v. 15). Por su muerte acabó con la muerte, "para que todo aquel que en í‰l cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:15).


Escrito en Madrid por el / y actualizado por última vez el 2013-07-26 Hasta el día de hoy esta página ha tenido 25211 visitas y 4 comentarios.


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Comentario de yo

"pendejos" (2018-02-17 17:36:40)



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Comentario de Carlos Herrera

"Excelente muy bueno! :) " (2018-02-17 17:36:40)



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Comentario de Lidia Aviles

"es un buen artículo. me encantó." (2018-02-17 17:37:39)



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Comentario de monica

"esta muy bueno el analisis,de la vida de Dali,penso,que esta forma de evangelizar,es para los ntelectuales que estan necesitados de conocer a Jesus,y su obra redentora,ya que la razon muchas veces lleva al envanecimiento,encontrarse con Jesus resucitado,el esta vivo,nos rompe todas las estructuas mentales,para darnos una nueva mente en cristo,morir a lo que creiamos es la verdad,el materialismo." (2018-02-17 17:37:39)



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