Roman J. Israel: Una nueva historia de redención

Madrid, 05 de junio de 2018. Si os gustó la sórdida Nightcrawler, Dan Gilroy nos presenta ahora "Roman J. Israel", interpretada por un magistral Denzel Washington y Colin Farrell en uno de sus papeles menos grimosos. Roman es un abogado especializado en derechos civiles, un tipo con sobrepeso y lleno de rarezas, volcado en su trabajo, un erudito ignorado con un elevado porcentaje de éxitos en los tribunales que no se terminan materializando en victorias reales. Roman trabaja para un prestigioso abogado, siempre lo ha hecho en la sombra, redactando demandas y defensas, pero un día su mundo se viene abajo al fallecer su mentor.



Es en ese momento en el que aparece George Pierce (Colin Farrell) el exitoso socio de un bufete que se mueve al otro lado de la abogacía, mitad vendedor, mitad abogado, prefiere negociar juicios rápidos que generalmente perjudican a sus clientes, clientes que pagan demasiado, como esa madre que hipoteca su casa para costearse la defensa de su hijo implicado en un asesinato.

La interpretación de Denzel Washington ocupa todo el metraje. Parece que se han puesto de moda los personajes semi autistas, con problemas para relacionarse, patosos, tremendamente inteligente, pero castrados socialmente, quizás debamos darle las gracias a Sheldon Lee Cooper, el personaje de "Big Bang Theory". Personalmente el protagonista me parece un personaje aburrido, pero que Denzel Washington es capaz de sacar adelante. Es un tipo tan chapado a la antigua que que hace que el espectador no sepa en qué época está ambientada la película, tan pronto lo ves con un teléfono tipo concha, como llamando a un Uber desde su nuevo móvil.

Los acontecimientos hacen que el compromiso de Roman con los derechos civiles se vaya descomponiendo poco a poco, ahora las causas son diferentes y la cruel realidad le muestra que el sistema no puede cambiar, que los pobres están abocados a su extinción y que lo mejor que puede hacer es comerse unos cuantos bagels de bacon y queso frente al mar. Sin embargo, la conciencia de Roman no le permite disfrutar mucho más tiempo de las comodidades del éxito y las riquezas mal-habidas: "Estoy cansado de hacer lo imposible por gente ingrata".

Uno de los dramas de Roman es haber sacrificado su vida personal por defender a aquellos a los que el sistema tritura, dar la vida por ellos y no recibir nada. Sus ilusiones de juventud y su fuerza se han acabado, y ahora es sólo una persona que se mueve por inercia, incapaz de hacer ninguna otra cosa. ¿Vale la pena luchar por cambiar las injusticias de este mundo para al final ver que no ha servido de nada?. La respuesta viene de labios de una nueva amiga de Roman, responsable de una ONG, la razón por la que luchamos es porque esa lucha da sentido a nuestra vida. Una explicación que no parece ser suficiente y a la que prefiere no responder.

El religioso encontrará en esta película una aventura de valores y de integridad, pero hay encerrada en ella una historia de redención. Porque aun en el momento más bajo de Roman, las personas son inspiradas por su ejemplo, siendo su jefe, George Pierce quien decide cambiar el foco de su vida y hacer suya la lucha del veterano defensor de los derechos civiles.

"Los enemigos reales no están fuera, sino en nuestro interior" frases como esta adornan la película, es una lástima que no desarrollen la idea sino que se queden en adornos, porque tras afirmar esto, la conclusión de Roman es que tenemos que perdonarnos a nosotros mismos y a los demás, porque, tarde o temprano terminamos fallando a nuestro sistema de creencias. Pero, ¿es suficiente el auto perdón para aliviar nuestra conciencia?, ¿o es sólo algo que decimos a los demás para intentar convencernos?.

La única certeza del perdón la encontramos al pie de la cruz, donde podemos exclamar con verdadero alivio lo mismo que exclamó el protagonista del "Progreso del peregrino":

"Vine cargado con la culpa mía
De lejos, sin alivio a mi dolor;
Mas en este lugar, ¡oh, qué alegría!,
Mi solaz y mi dicha comenzó.
Aquí cayó mi carga, y su atadura
En este sitio rota, yo sentí.
¡Bendita cruz! ¡Bendita sepultura!
¡Y más bendito quien murió por mí!".


Julio Martínez
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