Estudio

¿Cuales son las creencias religiosas de Ridley Scott?

Barcelona, 27 de Marzo de 2019. Ridley Scott se ha declarado a los medios de comunicación muchas veces como ateo, ateo con dudas, agnóstico con dudas,... Puede incluso cambiar de religión “si está dentro del presupuesto”, dice él, con su sentido del humor tan típicamente inglés. Hace menos de dos años declaraba a la BBC que “si observas todas las cosas que han sucedido durante los últimos millones y billones de años, todos los accidentes y coincidencias biológicas que han tenido que ocurrir, hasta cierto punto todo eso deja de tener sentido si no hay alguien o algo que ha estado actuando como mediador o decisor. ¿Somos un gran experimento en una pequeña fracción del transcurrir del Universo?, ¿quién está detrás?, ¿acabará esa entidad que está al control diciendo algo así: "Vale el experimento no funciona, vamos a acabar con él"?".

Ridley Scott ha sido nominado a infinidad de Oscars pero su mayor mérito está realmente fuera de la academia. Para los que no somos tan cultos Ridley Scott es el insigne director de dos de las cinco películas de ciencia ficción mejor votadas por la audiencia en redes como Filmaffinity. El 2019 es un año muy especial para él. Trabaja desde las seis de la mañana yendo, viniendo y hablando siempre por teléfono con algún empleado de sus propias oficinas en Amsterdam, London, Hong Kong, New York o, por supuesto, Los Angeles. Todavía no hemos resuelto las claves de “Blade Runner 2049” y ya está preparando una serie donde los robots prohíben las creencias religiosas a los niños titulada “Raised by Wolves”.

Dudar es bastante fácil y sembrar la duda no requiere necesariamente pruebas. Sembrar la duda, además, te permite obtener resultados a muy corto plazo. Fue con una duda así que, según el relato del Génesis, la creación se hundió bajo el efecto del pecado. Hemos visto recientemente cómo puedes poner en duda que la tierra es redonda y ¡conseguir facilmente éxito con un documental en Netflix! Dudar es fácil también porque no hay en el escepticismo algo que nos resulte extraño a los seres humanos.

Parte del desconocimiento que hay alrededor de la persona y el pensamiento de Ridley Scott es intencionado y viene de él mismo - al fin y al cabo lleva casi ochenta años dándole vueltas al concepto de la duda. Otra parte del desconocimiento, sin embargo, viene cuando preferimos no tener que profundizar en las diferentes fuentes de información. Vamos por eso a intentar poner aquí el contexto, antes de llegar a ninguna conclusión, si es posible, de forma que si tenemos finalmente alguna duda, al menos no sea por negligencia nuestra.

La educación de Ridley Scott

Frank, el padre de Ridley Scott, era ya el próspero socio en un negocio marítimo de Newcastle el día que vino a pedirle ayuda el mismísimo Primer Ministro. Winston Churchill, a falta de recursos militares con los que luchar contra los nazis, reclutaba entonces hasta las embarcaciones más pequeñas de los particulares y es por eso que Frank participó incluso en el popular rescate de soldados en Normandía. Los nazis mientras tanto descargaron hasta 155.000 kilos de explosivos sólo sobre Newcastle entre 1940 y 1941. Elizabeth, la madre de Ridley, que dará luego nombre a la autosuficiente nave de “Alien”, hacía entonces de dama de hierro, escondiendo a sus hijos y cantándoles canciones durante los bombardeos.

Según las estadísticas uno de cada diez niños moría en aquellos bombardeos por lo que la amenaza con la que pasó Ridley Scott sus primeros dos y tres años de vida era real y está perfectamente probada. La familia Scott se mantuvo unida, según asegura Ridley, mientras su madre “ejercía la ley”, y todos acompañaban a su padre a través de los continuos cambios de residencia. Los cambios, ciertamente, le obligaron a matricularse en hasta diez escuelas diferentes, lo que inevitablemente desarrolló en él cierta familiaridad con el fracaso escolar y la soledad - una soledad sobresaliente que luego podremos ver en películas como “The Martian” o “Blade Runner”.

Los padres de Ridley Scott le animaron continuamente a socializarse en la iglesia primero, a bailar en la discoteca a medida que se hacía mayor y finalmente incluso a formar parte del próspero negocio de salas de cines que regentaba su tío Dixon. Ridley Scott, sin embargo, ya había decidido lo que quería hacer desde que era muy joven y no iba a dar su brazo a torcer. “Mi familia siempre decía que éramos religiosos pero nunca íbamos a la iglesia” -aseguraba Ridley Scott hace poco. “Luego me obligaron a ir y allí me moría del aburrimiento, hasta que finalmente pude dejarlo siendo ya adolescente. Ir a la iglesia me hacía sentir culpable hasta el fondo y de hecho todavía me siento así, a pesar de que ni siquiera sé de qué soy culpable”.

Las primeras aficiones de Ridley Scott

Cuando toda su familia se reunía para ver la televisión, Ridley Scott se encerraba en otra habitación para seguir haciendo dibujos, ilustraciones o viñetas para cómics, según el testimonio de su hermano pequeño Tony. Su marcada tendencia a la extrema exigencia de los detalles, le llevaba ya entonces a destruir sistemáticamente todos aquellos dibujos. Contaba los días que faltaban para poder hacer negocios con su padre, pero en su lugar Frank lo matriculó en la prestigiosa escuela de arte de la capital llamada Royal College of Art. “Como no servía para nada me mandaron a la escuela de arte” - dice él. Ridley Scott decide allí dedicarse íntegramente al mundo de la publicidad.

Parecía necesario que Ridley Scott estuviese lejos de sus padres, para que empezase a mostrar interés en el cine. Revisó por ejemplo la película “Ciudadano Kane” de Orson Welles, una de las favoritas de su madre, a la que aplicó un análisis puramente estético. Iba entonces a ver las películas sólo, naturalmente, y prestando especial atención a los créditos. Estaba leyendo créditos de hecho cuando descubrió un cargo que podía encajar con sus exigencias: ¡el cargo de Director de Arte! También le llamaron la atención por supuesto directores como Stanley Kubrick, Akira Kurosawa e Ingmar Bergman.

Cuando Ridley Scott vio la película “El Séptimo Sello”, por ejemplo , automáticamente se imaginó a sí mismo grabando una película sobre las cruzadas. Al salir del cine, sin embargo, volvía a su propio mundo de la ilustración, el diseño y la publicidad - que había empezado ya a desarrollar profesionalmente como empleado de la BBC. Su padre le apoyó también actuando en el rodaje de su primer cortometraje en 1962. Finalmente, el éxito de su primer largometraje en el festival de Cannes de 1977, acabó demostrando a Ridley Scott lo mucho que se equivocaba.

Ridley Scott descubre su interés por la ciencia ficción

El cine de ciencia ficción, sin embargo, no despertó interés en él realmente hasta que estando en Los Angeles vio la primera entrega de “Star Wars: Una Nueva Esperanza”. Fue al cine en realidad a ver la película tres días seguidos y finalmente acabó entendiendo el potencial que se extendía en su camino. 20th Century Fox, dos años después, no podía esperar más para volver a hacer la fortuna que había generado “Star Wars” y contrató precisamente a Ridley Scott para que dirigiese una historia de Dan O-Bannon titulada “Alien”.

Para conseguir el objetivo de 20th Century Fox, Ridley Scott se rodeó por supuesto de ilustradores y profesionales que conocía ya por su interés en la revista Heavy Metal. Esta revista ilustrada de ciencia ficción se había creado en Francia el año 1975 con el nombre de Métal Hurlant, gracias a la iniciativa de innovadores dibujantes europeos como Jean Giraud alias Moebius. El objetivo de Moebius era visualizar el futuro pero su principal fuente de inspiración ha reconocido él mismo que no era otra sino la de los grabados del Siglo XIX del francés Gustave Doré.

Moebius, que había sido contratado por Ridley Scott, recomendó para la monstruosa criatura al suizo H.R. Giger, otro de los artistas colaboradores en la revista Métal Hurlant. H.R. Giger había publicado en 1977 un portfolio con obras suyas titulada “Necronomicon” - un nombre que remarcaba una ya evidente influencia de H.P. Lovecraft. Sigourney Weaver asegura que el director prestaba más atención a los vestuarios que a los actores. Quizás precisamente por eso “Alien” se convirtió automáticamente en mucho más que una película. Hoy es una auténtica franquicia de culto y merece un artículo aparte.

El contexto de la grabación de Blade Runner

El tipo de reconocimiento que aportan películas como "Alien" ayuda a que Ridley Scott pueda conservar un muy alto concepto de sí mismo: “Siempre encuentro la manera” -asegura él continuamente- “incluso si hay que ir en contra de la naturaleza”. La determinación, la exigencia y el trabajo duro que dice haber aprendido de sus padres, sin embargo, tiene a veces un efecto inesperado en su biografía. Ese descubrimiento de finitud, fragilidad y decepción se interpuso en su perfectamente planificada forma de vida, de manera especial, cuando su hermano mayor Frank Scott murió de cáncer, mientras trabajaba en el otro extremo del planeta.

Ridley Scott se hundió emocionalmente en esta época, perdiéndose en sus pensamientos sobre la vida, la muerte y todos esos momentos vividos en la distancia que se perderán, “como las lágrimas en la lluvia”. La película Blade Runner absorbió de forma natural las más oscuras emociones de Ridley Scott. Quizás por eso las primeras versiones de Blade Runner en la década de los ochenta, no sólo constituyen una de las cinco mejores películas de ciencia ficción, según Fernando Savater es “uno de los mayores esfuerzos metafísicos del cine”.

Ridley Scott pone de relieve otra vez el poco interés que despierta en él la ciencia ficción, cuando pide que le envíen un resumen para evitar tener que leerse las alrededor de 200 páginas del libro de Philip K. Dick. La relación entre el escritor y el director no empezó ni acabó bien, por supuesto, y la película se centra en apenas uno o dos de los temas del libro. Durante el rodaje, Ridley Scott utiliza en su lugar, en todas las reuniones de equipo, el cuadro de Edward Hopper titulado “Nighthawks”. El cartel de la película dará una primera pista al espectador: “El hombre ha tomado partido… ahora es su problema”.

Las primeras versiones de Blade Runner

Como Caín debió de entrar en la terrible ciudad de los hombres del Libro de Génesis, huyendo sin éxito para evitar ser reconocido por su pasado; así Harrison Ford alias Rick Deckard entra en la primera escena de Blade Runner. Como un halcón nocturno Deckard empieza sobrevolando el espacio aéreo de Los Angeles, dentro de cuarenta años, precisamente en noviembre de 2019, sorteando las tormentas eléctricas, la lluvia ácida y las enormes llamaradas lanzadas desde abajo, cuyas explosiones interrumpen de forma amenazante la triste música de Vangelis.

Bajo los pies de Deckard se extiende una interminable ciudad siempre a oscuras, presidida por un zigurat o pirámide propiedad de la empresa Tyrell Corporation. Los extraños habitantes de la ciudad no muestran demasiados rasgos afectivos y circulan como autómatas, iluminados apenas por el mortecino resplandor de los omnipresentes carteles de neón o el reflejo que dejan estos sobre las siempre mojadas calles. Como el diablo llegaba de recorrer el mundo en el Libro de Job; así llegaban también desde el espacio exterior, un grupo de robots esclavos llamados replicantes, ahora decididamente fuera de ley.

Gaff, el policía jefe encargado de la retirada de los robots, aparece vestido también con una gabardina al más puro estilo del cine negro, a imagen y semejanza del mismo Humphrey Bogart que había ocupado aquellos mismos estudios cuarenta años antes. Su sentido estricto de la lógica le lleva a asegurar que la muerte es algo natural. Por su lado los robots, sin embargo, como le ocurre al propio Ridley Scott, sólo piensan en una cosa: ¿cómo obtener la vida eterna de manos de su creador? Dedicaremos por eso mucho más tiempo a esta película en otro artículo sobre “Blade Runner”.

El amor y los profetas de la ciencia ficción

La siguiente parada en su relación con la ciencia ficción es “Prophets of Science Fiction”, la serie de documentales dirigidas por Ridley Scott en 2011 para Science Channel, donde insiste otra vez en sus intereses más básicos todavía hoy y que por supuesto van más allá de las obras de ficción. El propio título de la serie apunta a su interés en los temas humanos y religiosos que están más lejos de empatizar con los sectores más tradicionales de la ciencia. Ridley Scott se muestra en los capítulos dibujando continuamente y como un deudor, por ejemplo, de Philip K. Dick, que murió sin poder disfrutar del renombre que ganaría con el tiempo su libro -a pesar de todo- gracias a “Blade Runner”.

La pregunta que más interesa a Ridley Scott no es si Dios existe, que es donde se atascan ahora la mayor parte de las conversaciones sobre religión. La pregunta que le interesa realmente al director, todavía treinta años después, cuando graba “Prometheus”, es si Dios puede salvarnos. “Pero, ¿salvarnos de qué?”, pregunta la creyente protagonista de “Prometheus”. ”Salvarnos de la muerte claro” - dice seguro de sí mismo un envejecido Guy Pearce. El teólogo José de Segovia ya ha escrito en esta misma revista un excelente artículo sobre “Prometheus”.

La película “Prometheus”, dirigida por Ridley Scott en 2012, acaba en un sentido dónde empieza la novela “La Guerra de los Mundos” del británico H.G. Wells y comparte con ella la idea principal de que tenemos razones para pensar lo peor: que Dios pueda querer nuestra más completa destrucción. Las huellas de las divinidades extraterrestres de Ridley Scott, escondidas en las profundidades de la Tierra durante miles de años, son tremendamente parecidas a las de H.G. Wells en 1898. La forma de sus cuerpos para la versión de Ridley Scott en 2012, además, es casi idéntica a los de la versión de Steven Spielberg en 2005. Ridley Scott estaba cosechando los premios de esta muy interesante película cuando recibió otra terrible noticia: Tony Ridley, su hermano pequeño y socio, se había quitado la vida, colgándose de uno de los puentes que más habitualmente utilizaba para grabar en Los Angeles.

Buscando una solución a la muerte

Algunas fuentes de la antiguedad -como la de Apollod. i. 7. § 1; Ov. Met. i. 81; Etym. Mag. s. v. Promêtheus- hablan de Prometeo como del Titán que creó al hombre del barro. De lo que no cabe duda es de que entre todo el panteón de divinidades griegas, Prometeo era el que se mostraba más benefactor con los hombres. Apenas hemos avanzado en conocimiento de las grandes preguntas que interesan a Ridley Scott desde que Mary Shelley escribió Frankenstein - nuestro moderno Prometeo. La ciencia requiere por eso muy a menudo grandes dosis de entusiasmo y búsqueda de pruebas que no siempre confirman nuestras primeras hipótesis. Personajes de Miguel de Unamuno, como Augusto Pérez en su novela “Niebla”, ya se enfrentaban a sus creadores a principios del Siglo XX. No hay nada nuevo en ese recurso narrativo y no puede sorprendernos, ya que Dios mismo aparece a menudo en la Biblia pidiendo a su pueblo que traigan a él sus quejas.

“¿Por qué nos resulta tan difícil aceptar la fe en la que hemos sido educados?” -se pregunta Ridley Scott, tras la grabación de su película “El Reino de los Cielos”. A diferencia de la duda, que surge de forma natural, la fe es un milagro. La fe es imposible desde el punto de vista más propiamente humano. A diferencia del conocimiento más puramente intelectual, que puede ser adquirido por medio de la adquisición e interpretación de los datos a los que tenemos acceso, la fe se basa en una relación personal. La misma Biblia asegura que incluso los propios demonios creen en Dios, pero que ese conocimiento no les sirve para recibir de él la salvación. La salvación, incluida la salvación de la muerte que hace bien en preocupar a Ridley Scott, se produce por medio de una relación personal basada en el amor.

La relación que protagoniza Jesús según las Sagradas Escrituras es proactiva. Es la relación de un intruso que interrumpe en la historia en general y, además, en nuestros planes de las personas en particular; no es por tanto la relación de alguien que deja un mensaje para que le contacten en algún extremo del Universo. La salvación en la Biblia no es, por así decirlo, un huevo de pascua. El apóstol Juan, en el tercer capítulo de su registro de la vida de Jesús, lo sintetiza así: “Porque de tal manera amó Dios al mundo” -escribe el que fue luego conocido como el apóstol del amor- “que dió a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea, no se pierda mas tenga vida eterna”. Jesús inaugura por tanto una realidad ya accesible gracias a un sacrificio extremo, que en definitiva debe ser creída, sí, pero también ¡vivida en relación con el creador! Una relación que nos capacita para mejorar nuestra relación con el resto de la creación pero que, no podemos olvidar, empieza con la restauración de nuestra relación con él.

Pablo Fernández
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