Estudio

Persona: Dios, la muerte y el silencio de Ingmar Bergman

Barcelona, 25 de Septiembre de 2019. La película titulada “Persona” (1966) es una de las tres obras de las que más orgulloso se sentía Ingmar Bergman. El director sueco aseguraba que la película había salvado su vida; y en su calidad de película de culto, de hecho, ha inspirado a muchos directores como Alfred Hitchcock, Francis Ford Coppola o David Lynch. Su biógrafo Marc Gervais asegura que en esta singular película se confirma la teoría de Friedrich Nietzsche sobre los efectos secundarios del ateísmo: “La creencia en la inmoralidad absoluta de la naturaleza, la falta de propósito y la falta de sentido, es el afecto psicológicamente necesario una vez que la creencia en Dios y la creencia en un orden esencialmente moral ya no es soportable”.



Ingmar Bergman creía haber llegado a este punto descrito por Nietzsche en su relación con Dios en 1965. Creía entender los detalles de la película que hizo, pero quiso guardarse el secreto de sus detalles y dejar a los espectadores su propia interpretación. La película “Persona” ha sido calificada de hecho como el Moby Dick o el Everest del cine para aquellos que buscan moralejas. Bergman la definió como un poema en imágenes y como en todo poema hay en ella un contenido que es necesariamente ambiguo. Como dice su biógrafo Peter Cowie, "todo lo que uno dice sobre esta película puede ser contradicho, y lo contrario será también cierto”.

El contexto de un poema en imágenes

Las peculiaridades de la biografía de Ingmar Bergman aportan sin embargo un conocimiento muy valioso al espectador ya que en realidad no es exactamente una película experimental. Se trata de una lección de primaria en realidad. Es verdad que una araña es una araña en cualquier caso y por supuesto inspira algo diferente en cada espectador. No obstante, si sabes que Ingmar Bergman había utilizado poco antes la araña como un símbolo de “Dios como una amenaza”, puedes entender mejor cuáles eran en particular los miedos que inspiraron realmente al autor.

Que la película provea terreno para la especulación no quiere decir que no sea posible analizarla. Mucho se ha escrito y especulado de hecho sobre la interpretación psicológica que esconde la película basándose en las enseñanzas de Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud o Carl Jung. Ingmar Bergman llamaba demonios a las neurosis y creía más en la imaginación que en la psicología pero obviamente también conocía a esos autores. La piedra angular sobre la que se levanta la vida y la obra de Ingmar Bergman, sin embargo, no es ninguno de sus interesantes temas recurrentes alrededor de la culpa, la sexualidad o el silencio de Dios.

La teoría que sostendremos a continuación es que la base de todas las profundas preguntas que plantea, es en realidad mucho más sencilla. La "clave" de toda su obra, digámoslo así en honor al famoso programa de TVE2, es el deseo de poder y el conflicto con la autoridad resultado al intentar tener el control. Ingmar Bergman lo representa de una forma espectacularmente atractiva y poética pero en el fondo esa base es común a todos los seres humanos: "Soy un buen director”, decía Bergman de sí mismo, “tengo una visión y sé imponer mi voluntad. ¡Consigo hacer que las cosas sean como yo quiero!".

La educación conflictiva de Ingmar Bergman

Su abuela materna había asumido la custodia de Ingmar Bergman durante años y las quejas acerca de su yerno durante las largas ausencias de los padres habían hecho también a sus hermanos especialmente sensibles a ciertos temas como la angustia, la desconfianza y la culpa. Según la biografía de Barbara Young titulada "The Persona of Ingmar Bergman", el director no solamente era especialmente sensible a las oportunidades que ofrecían las rivalidades entre sus familiares adultos sino también a la posibilidad de perder a las personas que realmente quería. El miedo a esa pérdida se mantuvo hasta el final de su vida y marca muchos de los énfasis de su obra.

Hay personas que parecen haber nacido para dirigir y ya los informes de la escuela de Ingmar Bergman nos muestran a un alumno que llamaba la atención especialmente por su enfrentamiento a toda forma de autoridad con el puño bien alto. Ingmar Bergman mismo aseguraba que empezó a hacer cine con diez años como una forma de rehacer su realidad. En su particular realidad se levantaban por encima de él y en jerarquía piramidal primeramente Dios, el rey y por supuesto su padre pero también la iglesia, los profesores o su propio hermano mayor. Lo cierto es que siendo tan joven por debajo de ti apenas quedan tus muñecos y ¡a veces ni eso!

No en vano Ingmar Bergman jugaba con soldaditos cuando pidió un proyector de cine como regalo de Navidad. El pequeño creyó que aquella caja marrón junto al árbol era el proyector que había pedido hasta que descubrió que el proyector que contenía era realmente para su hermano mayor. Como Jacob arrebataba la primogenitura a Esaú, así Ingmar entregaba a Dag toda su colección de soldados a cambio del proyector. Mientras Dag Bergman se preparaba para trabajar en el ejército, Ingmar construía su primer teatro de marionetas y no tardaría en contratar auténticos acróbatas para rodar con ellos las historias que escribía con su hermana Margareta Bergman.

La batalla definitiva contra la muerte

Su carácter temperamental se escalaba también a los medios de comunicación a medida que sus películas adquirían popularidad internacional. "No hay nada que me dé más miedo que la humillación", diría más adelante Ingmar Bergman. El director demostraba entonces su capacidad de atravesar una ventana con una caja de discos, agarrar por el cuello a un atemorizado crítico o mandar al infierno a todos los que pudiesen interferir en sus planes. Ingmar Bergman tomó posiciones de ventaja por medio de la transgresión de leyes tradicionales en el cine como aquella de que los actores no podían mirar a la cámara. La joven protagonista de “Un verano con Mónica” (1953), por ejemplo, no sólo mira a la cámara sino que mantiene la mirada con auténtica lujuria. No obstante el enfrentamiento más comentado de su vida fue el que tuvo con su propio padre Erik Bergman y la fe que él sostenía como pastor luterano en la iglesia oficial de Suecia.

Ingmar Bergman había desafiado ya a todos sus rivales cuando se enfrenta directamente también a la muerte en su película “El Séptimo Sello” (1957). El director aseguraba en televisión que en esta película él premeditadamente atribuye rasgos de payaso al personaje de la muerte, para visualizar de esa forma a su enemigo con suficiente ventaja. La muerte, a pesar de todo, no tardó en llevarse a su madre Karin Åkerblom, precisamente el año que se estrenaba “Persona” (1966). Aquella fue la primera de una larga lista de pérdidas de las que no llegaría a recuperarse. Sus conflictos con Dios también están sobradamente documentados en esta misma revista gracias a los artículos de José de Segovia: "¿Por qué no puedo matar a Dios dentro de mí?", se preguntaba angustiado el caballero protagonista, cuando reflexionaba en el confesionario. Estos conflictos de hecho habían constituido su preocupación principal durante los últimos cinco años cuando graba finalmente “El Silencio” (1963).

Su ritmo de trabajo era trepidante entonces produciendo alrededor de cuatro obras de teatro y una película cada año. A principios de 1965, sin embargo, Ingmar Bergman se viene emocionalmente abajo, se queda en blanco y es finalmente hospitalizado en Sophiahemmet. No sólo podemos encontrar similitudes a esta reacción en la biografía de Friedrich Nietzsche. También por qué no en lo que le ocurre al bíblico patriarca Jacob cuando luchó contra el ángel en Peniel. Ingmar Bergman alegaba un resfriado y una infección de oído pero según Liv Ullmann se encerraba en ese hospital cada vez que sufría un ataque de pánico. Jan Holmberg, el director de la fundación Ingmar Bergman, lo expresaría más delicadamente diciendo que "su concepto de la verdad era complicado". La mentira es por supuesto otra forma de ejercer poder pero ¿quién se podrá librar de ella? En cualquier caso mirando los detalles de las paredes de este hospital es cuando establece las bases de “Persona” (1966). La película marca un antes y un después en la vida de Ingmar Bergman sí pero no es cierto que abandone el tema religioso a partir de entonces. En una entrevista televisada y comercializada con los comentarios de Marc Gervais por MGM, Ingmar Bergman asegura que el deseo de grabar esta película se produce de hecho a partir de un sentimiento profundamente religioso.

El rival inesperado que habita en nosotros

Ingmar Bergman aseguraba que “Persona” (1966) surge a partir de un sentimiento de alivio profundo ante el convencimiento de que ya nunca más tendrá que compararse con la perfección de Dios. Compararse con la perfección de Dios le hacía sentirse terriblemente culpable y la idea de poder dejar de hacerlo le hizo tomar nuevas fuerzas; claro que es entonces cuando se enfrenta a un nuevo y digno rival: él mismo. Puedes tener pleno control sobre los soldaditos, las marionetas y los acróbatas pero ¿cómo tener control sobre ti mismo? Si Dios ya no existe ¿por qué no tengo el control?, ¿por qué termino haciendo precisamente lo que no quiero hacer?, ¿qué valor tiene mi carrera artística realmente si todo es un engaño?, ¿debería de guardar silencio? Llegados a este punto el silencio de Dios deja lugar al silencio de los hombres pero ¿hay realmente una gran diferencia entre el engaño y el silencio cuando lo que se ha dicho anteriormente es mentira?

El significado etimológico de “persona” de hecho apunta al papel ficticio representado por un actor y más particularmente a un actor utilizando una máscara, que es como se hacían las obras de teatro originalmente. Ingmar Bergman al igual que el personaje principal de “Persona” (1966), no estaba entonces seguro de querer seguir interpretando una mentira. Ingmar Bergman reproduce además rasgos personales en ambos personajes protagonistas que interpretan Bibi Andersson y Liv Ullmann. A pesar del gran parecido físico de las dos actrices, que tanto había llamado la atención a Ingmar Bergman inicialmente, sus papeles son supuestamente antagónicos al igual que lo habían sido antes el caballero y el escudero de “El Séptimo Sello" (1957). Ingmar Bergman añade rasgos de su propio carácter también a los dos personajes que le representan a él mismo y a su padre en “Fanny & Alexander” (1982). Bergman se acabó dando cuenta de que muchas veces realmente se enfrentaba a aquello que más amaba por miedo a perderlo.

La creación artística definitivamente es una forma de jugar a ser Dios. Cuando jugamos a hacer de Dios, todo debería estar bajo nuestro control pero ahora también la responsabilidad es nuestra y no siempre nos gustan los resultados. La estricta disciplina, los procesos y la puntualidad que tanto odiaba de su padre finalmente se habían convertido en la seña de identidad de su propio trabajo. No parece haber una película donde no aparezca un reloj y no hace una excepción en “Persona” (1966). El desengaño en las relaciones personales que fracasaban en períodos cíclicos apenas se diferenciaban de lo que había visto en sus propios padres y producían en Ingmar Bergman un cansancio de dimensiones bíblicas.

La rapiña sobre el campo de batalla

Ingmar Bergman buscaba una excusa cuando se encontró con la isla de Fårö. Quería entonces torcerle el brazo al equipo de Svensk Filmindustri, que se resistía a la sugerencia de grabar su película “Como en un espejo” (1961) en las escocesas islas de Scottish Orkney. Al verla se enamoró tanto de esta isla sueca que no sólo grabó allí la mayor parte de “Persona” (1966) también construyó allí una casa de verano. Fårö tiene en invierno una población de quinientas personas y está a unas seis horas de Stockholm viajando en ferry pero Bergman entonces acostumbraba a usar un pequeño avión. La isla está en pleno Báltico pero es lo más parecido al Mediterráneo que hay en la península escandinava. Ingmar Bergman y Liv Ullmann se conocieron mejor en el rodaje de "Persona" (1966), tuvieron allí a su hija y durante cinco años escribían en las puertas y en los muebles evocadores textos de amor y desamor.

Ingmar Bergman trabajó en televisión y en infinidad de obras de teatro en Stockholm pero vivió en la isla de Fårö la mayor parte de sus últimos años. Primero con su última esposa Ingrid von Rosen y luego en una austera y premeditada soledad, acariciando la idea de un posible reencuentro con ella. La muerte es particularmente grave porque nos separa de aquello que amamos. Bergman se rodeaba como siempre de recuerdos y mantenía estrictas rutinas alrededor del reloj que le aseguraban cierta estabilidad. Algunas de las tareas recurrentes las realizaba alrededor de la iglesia medieval en Fårö y otras alrededor de la única llamada que hacía por teléfono, los sábados, a su mejor amigo Erland Josephson. Fue a él a quién le confesó que la idea de poder volver a ver a su última esposa le empujaba entonces a querer creer en una vida más allá de la muerte. Su familia recuerda que en una ocasión Ingmar Bergman se enfrentó al párroco el día que se retrasó cinco minutos en tocar las campanas.

Linn Bergman nació en la isla como la última del total de sus nueve hijos de cinco diferentes mujeres. La primera vez que se reunieron todos los hijos de Bergman fue allí con ocasión del 60 aniversario de Ingmar Bergman y a partir de ese día se establecieron ciertas costumbres alrededor de sus cumpleaños y del pequeño cine que se había hecho construir al lado de su casa. Muchos de ellos trabajan en el mundo del espectáculo.Un año prepararon entre todos una obra de teatro privada donde cada uno de ellos interpretaba papeles de sus padres, de la muerte o de Dios. Ingmar Bergman quedó tan gratamente sorprendido ese año que pidió que se repitiera al dia siguiente para poder grabarlo. Ingmar Bergman murió mientras dormía pocos días después de su 89 cumpleaños. Sus hijos le recuerdan animado durante breves periodos de tiempo, mientras proyectaban juntos películas incluso comerciales. Le recuerdan también, por supuesto, quedándose dormido durante las proyecciones, antes de pedir que le dejasen ir a dormir.

Análisis, reflexión y toma de decisiones

Hay que tener en cuenta que un reciente estudio publicado por The Local asegura que el 84% de los miembros de la iglesia oficial de Suecia no creen en Jesús y que de hecho el 15% de ellos se consideran directamente ateos. La atención que le prestó Ingmar Bergman a Jesús adquiere cierta normalidad en ese contexto o comunidad de feligreses. "Independientemente de si soy creyente o no, de si soy cristiano o no, ayudaré en el colectivo construyendo la catedral", decía cuando se le preguntó por su participación en la reconstrucción de la Catedral de Chartres. Ingmar Bergman no era un creyente en el sentido tradicional de la palabra pero eso no quiere decir que Dios no tuviera interés en él. Al fin y al cabo el objetivo divino era rescatar pecadores de entre los cuales fueron pioneros precisamente los patriarcas como Jacob. Cuando un espontáneo le preguntó en el Ingmar Bergman Week in Fårösund en julio de 2005 si creía en Dios, el director rompió su habitual silencio para asegurar que creía en Jesús en la misma medida en la que creía en Bach, como un testigo de la existencia de vida más allá de la muerte.

Ingmar Bergman murió dos años después y a pesar de todo su hercúleo esfuerzo dejó pendientes muchas tareas. Por ejemplo se conservan al menos sesenta hojas con borradores sobre una película que quería inspirar en los últimos días de Jesús. Los apuntes fueron también escritos manualmente durante su estancia en la isla de Fårö y su objetivo parecía estar más centrado en la percepción que tenían de Jesús sus contemporáneos, que directamente en la propia persona de Jesús. Ingmar Bergman reconocía después de haber estudiado los textos originales con más detalle, que se había equivocado en el valor de lo ocurrido entonces alrededor de Jesús. No queda claro en el prefacio a qué textos originales se refiere, aunque asegura que fueron los mismos que conoció en su infancia en la iglesia, cuando acompañaba a su padre cada domingo. Tampoco queda claro en qué época escribió estas notas y no tiene mucho sentido suponer demasiados detalles más allá de lo que escribe en el mismo prefacio: Que la persona de Jesús merecía en realidad una atención mucho mayor que la que había recibido entonces de parte de aquellos que equivocadamente creían conocerle y que, en definitiva, el objetivo de Jesús era principalmente intervenir y transformarles.

Los evangelios ciertamente muestran a menudo el desconcierto de los discípulos de Jesús y sostienen también que el objetivo de Jesús era principalmente intervenir y transformarnos precisamente porque no hay nada en nosotros que nos capacite para hacerlo con autonomía. Según los evangelios da bastante igual si tienes buena o mala educación, actitud, planificación, disciplina, experiencia, precisión, reputación, conciencia o recuerdos; nada que sea propiamente mérito nuestro, puede cambiarnos al nivel al que quiere cambiarnos nuestro creador. Jesús, sin embargo, no aparece en los evangelios ni mucho menos como un simple testigo del más allá. Dios aparece en los evangelios apoyando por activa y por pasiva el testimonio de que Jesús es realmente su único hijo y plan de salvación para nosotros. Lo hacía con voz audible y con hechos prodigiosos pero también con el silencio de la cruz. Si Dios sacrificó la vida de su hijo en rescate por nosotros, ¿arruinará sus planes por nuestra particular desinformación?, ¿querrá ahora hacer inútil la sangre de su propio hijo por nuestra tendencia a desconfiar?. “Por lo cual estoy seguro”, decía el apóstol Pablo, “de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.


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Pablo Fernández
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