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Películas en Navidad, que no son de Navidad

El cine navideño no me entusiasma pero tengo una particular pasión por películas que transcurren en Navidad sin ser de Navidad

Películas en Navidad, que no son de Navidad

Modificado el 2021/12/19

Hay gente que odia las navidades, incluidos algunos cristianos que sienten una curiosa complacencia en amargarnos las fiestas recordándonos su origen pagano y fervor consumista. Por muy seculares que sean, me encantan estos días de luz que iluminan los oscuros meses de invierno. Y si hay algo particularmente cristiano, eso es la Encarnación, una doctrina incomprensible, tanto para el judío, como para el pagano. No está mal pensar en ello, por lo menos una vez al año…

Lo que no soporto es lo que llaman “el “espíritu de la Navidad”, ese edulcorado discurso lleno de palabras vacías y supuestos buenos deseos, que nos hace creer que tenemos un corazón de oro. Como se pueden imaginar, entonces, el cine navideño no me entusiasma, pero tengo una particular pasión por películas que transcurren en Navidad, pero que no son de Navidad. Entre ellas están algunas de mis favoritas.

Estas películas me recuerdan los 24 de diciembre que iba con mi padre a algún cine de la Gran Vía de Madrid, para ver la última sesión antes de la cena de Nochebuena. En mi adolescencia solíamos ver ese día, la última que hubiera hecho Woody Allen, ese año. Aquellos finales de los 70 y principios de los 80, están algunas de los mejores momentos de su filmografía, que veo siempre como episodios de una misma serie. La misma tipografía en los créditos sobre un fondo negro con la banda sonora del jazz clásico, antes de volver a ver imágenes de ese Nueva York donde vivió mi padre, nunca tan atractivo como entre Acción de Gracias y Navidad.

BLANCA NAVIDAD

Me cuesta imaginar cómo son las navidades bajo el sol austral, pero ni siquiera en Los Ángeles me parecen verdaderas navidades. Para que parezca Navidad tiene que haber frío y nieve como en la composición del judío de Bielorrusia emigrado a Nueva York a finales del siglo XIX, que firmó con el nombre de Irving Berlín el tema más popular del Cancionero Americano sobre la “Blanca Navidad”, ¡a pesar de ser judío!

No nieva en la Gran Manzana, las navidades de “Los tres días del Cóndor” (1975), pero el frío se nota en cuanto sale a la calle, Robert Redford con las solapas subidas del abrigo, al principio de la maravillosa película del director judío de origen ucraniano, Sidney Pollack. Trabaja en una oficina en una casa de principios del siglo pasado en el East Side neoyorquino, donde parece tener su sede la Sociedad Literaria Histórica Americana, pero no es más que una tapadera para una división de la CIA. Su ocupación es como la de muchos agentes de los Servicios de Inteligencia, una tarea rutinaria que hoy resulta tan antigua en los días de Internet, como buscar mensajes ocultos de revolucionarios y espías en libros publicados en todo el mundo.

El personaje de Redford sale por la puerta de atrás del edificio, a comprar algo de comida para sus compañeros en el establecimiento más antiguo que hay en Nueva York desde los años 20 en la calle Lexington. Al volver a la oficina se encuentra a todo el personal masacrado. Así de brutalmente comienza la película más navideña de espías en plena “conspiranoia”, entre la destitución del presidente Nixon por el Watergate y la publicación del Informe Rockefeller sobre la CIA. Estados Unidos no volvió a ser el mismo. Perdió la inocencia. Se habla a partir de entonces de la generación antes y después del Watergate.

Esta es una película sobre la desconfianza, tanto en la política como en las relaciones sentimentales, ya que gira tanto en torno a la conspiración como al romance con la fascinante rubia Faye Dunaway. Redford nos muestra una soledad sin descanso, perseguido por el asesino que encarna Max Von Sydow con la obstinada persistencia de la muerte misma, entre miembros del Ejército de Salvación. Al ser Navidad, los villancicos forman la banda sonora, funcionando como contrapunto a las traiciones que narra. El mensaje es claro: ¡No te fíes de las apariencias! La melancolía que transmiten cánticos como “God Rest Ye Merry Gentlemen” en la escena final, no es sólo un lamento por las pérdidas que ha sufrido el personaje en este relato, sino la que un día, todos tenemos que experimentar, la de la muerte misma.

RELACIONES INVERNALES

El 23 de diciembre de 1959 filmó otro director judío, esta vez de origen polaco, Billy Wilder, la fiesta de Navidad de “El apartamento”. Allí vive un empleado que realiza un trabajo gris en una oficina de seguros de Nueva York, interpretado por Jack Lemmon. Por su deseo de ascender en la empresa, consiente en dejar las llaves a sus ejecutivos superiores, para que utilicen su vivienda para hacer fiestas de Navidad con empleadas solteras, que se convierten en verdaderas bacanales. Inspirado en el clásico británico “Breve Encuentro” (1945), Wilder, se pregunta cómo sería para el amigo que deja el apartamento a la pareja de la película de David Lean, dormir en su cama, después de haberlo usado ellos para sus relaciones extramatrimoniales. Es el mundo que retrata la serie “Mad Men en una agencia de publicidad neoyorquina de la calle Madison, los años 60, cuando se consume alcohol sin parar.

Una de las chicas que lleva el ejecutivo que hace Fred MacMurray es una operadora de ascensores en el papel más triste y dañado que hizo la habitualmente exuberante Shirley MacLaine. Cuando la chica se da cuenta de que el ejecutivo no va a dejar a su mujer para casarse con ella, se toma un bote de pastillas. Tras emborracharse en un bar en Nochebuena, Lemmon la encuentra en su apartamento, tras intentar suicidarse. Cuida de ella, los días de Navidad, para que se recupere. Un triste árbol de Navidad y un espejo roto reflejan el patético estado en que se encuentra MacLaine. Así como Wilder no le quiso decir a la actriz cómo acaba la historia, nosotros también tememos que como suele ocurrir en la vida, no tendrá un final feliz, tras la Nochevieja en que concluye el film.

En otra fiesta de Navidad en el Manhattan que reconstruye Stanley Kubrick en Inglaterra, rueda su última película, “Eyes Wide Shut” (1999). El matrimonio real de Tom Cruise y Nicole Kidman son un médico y su esposa que acuden a la mansión del paciente que interpreta el director Sidney Pollack. Ambos reciben proposiciones sexuales en esta fiesta, pero la de él es interrumpida por la necesidad de atender a una amante del anfitrión, que ha tenido una sobredosis en el baño. Esa noche ella le confiesa a su marido, bajo los efectos de la marihuana, como estuvo a punto de tener una aventura con un oficial Naval que encontraron unas vacaciones en Cape Cod. La revelación le turba tanto a él, que empieza un itinerario nocturno que le lleva de un encuentro frustrado con una sensible joven prostituta, por una llamada de su esposa, a un club de jazz, una tienda de disfraces y una misteriosa orgía de una secta de aspecto satanista, que usa una liturgia ortodoxa rumana en una mansión a las afueras de Nueva York. Todo ello para volver a la seguridad de su matrimonio.

Esta es una historia sobre el deseo y su frustración, basada en una obra del escritor vienés de finales del siglo XIX, Arthur Schnitzler. Tiene un componente fuertemente onírico, que oscila entre el sueño y la realidad. Kubrick murió de un ataque al corazón, una semana después de acabarla. Es quizás, su película más personal. Él pensaba que era la mejor que había hecho. Puede que sea además, el rodaje más largo de la historia del cine, cuatrocientos días con sus técnicos de confianza y una intimidad tal con el matrimonio de Cruise y Kidman, que le hicieron participe de sus confidencias, rodando las escenas más delicadas con la actriz a solas. El ambiente navideño rodea toda la película con escenas iluminadas casi sólo con las luces de un árbol, pero fotografiada de un azul y rojo saturado, que le da una extraordinaria fuerza visual. La escena final en la tienda de juguetes de Londres de Hamleys muestra al matrimonio como el ámbito de complicidad del deseo que despierta nuestras fantasías y anhelos no satisfechos.

La película francesa del director católico Eric Rohmer, “Mi noche con Maud” (1969) explora esas relaciones invernales en el personaje de un intelectual católico que interpreta Jean-Louis Trintignant. Tras fijarse en una atractiva rubia en una iglesia, visita a Maud, una amiga divorciada de un compañero de instituto ateo, con él que va a su casa, después de la Misa del Gallo. Los tres discuten sobre el azar, la probabilidad y la apuesta de Pascal. A causa de una nevada, se tiene que quedar él solo, esa noche con ella.

Al salir a la mañana siguiente, se encuentra a la joven que le fascinó en la iglesia. Acaba casado con ella. Ella le confiesa que tuvo relación con un hombre casado y él que había pasado una noche con una mujer el día en que se encontraron. Ella no quiere que le cuente lo que pasó y deciden no volver a hablar del pasado. La sorpresa final viene cuando los dos se encuentran con Maud en una playa de Bretaña, cinco años después. Es una historia sobre el misterio de la Providencia, las aparentes coincidencias y lo que podía haber ocurrido.

NAVIDAD CON LOS MUERTOS

Otra última película de un grande cineasta es “Dublineses (Los muertos)” (1987) de John Huston. Basada en un cuento del irlandés James Joyce escrito a los 25 años en un sucio apartamento italiano de Trieste, pero llevada al cine por un director de 80 años en silla de ruedas, dependiente de bombonas de oxígeno. Cuenta como dos hermanas en Dublín organizan en 1904 una cena de Navidad. A ella asiste su sobrino con su esposa, interpretada por la propia hija de Huston, Angelica. Un famoso tenor entona una canción que a ella le recuerda un chico de 17 años que le amó en su juventud y murió de tuberculosis, tras una noche de lluvia a su ventana en el convento donde estudiaba. Su marido, sorprendido por la revelación, siente más amor por ella, que el que ya tenía.

La Navidad despierta memorias y anhelos sepultados, que nos recuerdan que nuestra vida pudo haber sido otra cosa de lo que ha sido. Es el vacío de los muertos, pero también el de los sueños frustrados. La escena final de la película de Huston con la mujer durmiendo en la cama, mientras su marido ve caer la nieve por la ventana, es de una belleza sobrecogedora. El paso del tiempo se hace más evidente en estas fechas, no sólo por los años que pasan, sino por los lugares vacíos en la mesa, que nos recuerdan el inevitable hecho de nuestra mortalidad.

Nunca he sido un gran fan de las películas del 007. James Bond me deja frío, pero hay uno que no hace Sean Connery, Roger Moore, Pierce Brosnan o Daniel Craig, Es la única entrega de la serie que hizo el poco conocido George Lazenby. “Al servicio de su majestad” (1969) no es sólo la película más navideña del 007, sino la única que protagoniza una conmovedora historia de amor y muerte. Enamorado de la ahora fallecida Dianne Rigg, no es una “chica Bond” que el agente seduce, sino una condesa por la que su padre ofrece un millón de libras, si se casa con ella. En el esplendoroso paisaje nevado de los Alpes suizos, se encuentra una fortaleza que lleva el calvo Savalas, todavía no conocido por la serie Kojak, donde hermosas mujeres son preparadas para ser enviadas como espías durmientes de “regalo de Navidad”.

Tan estrafalaria historia no sólo tiene las mejores escenas de acción de la serie, sino que esta única entrega que dirigió Peter Hunt, tiene la más inesperada conclusión de una saga que ha sido siempre algo mecánica y predecible. Sus personajes caricaturescos adquieren aquí un brillo desconocido en el ambiente invernal de una fantasía navideña, donde la emoción y el erotismo se unen en la estación de esquí de Piz Gloria. Aunque como en todas estas películas, la Navidad es sólo una parte de la historia, escenas claves transcurren en una fiesta navideña en un pueblo suizo, árboles de Navidad y la banda sonora de canciones de Santa Claus.

HISTORIAS DE REDENCIÓN

Si hay un film que transcurra en Navidad, pero que sin ser especialmente navideño, aparece cada vez más en las listas de películas de Navidad, ese es “Die Hard (La jungla de cristal)” (1989). La película que descubrió a Bruce Willis como estrella del cine de acción de los 90, le presenta como un policía de Nueva York que va a pasar las navidades con la familia que ha dejado en Los Ángeles. Está basado en la novela que sirvió de secuela a la historia de “El detective” (1968) interpretado por Frank Sinatra en La Gran Manzana. Nadie tan distinto como Willis, que nada más llegar en avión a California, es llevado a la fiesta de Navidad que hay en los rascacielos que la película llama Nakatomi. Es en realidad el Fox Plaza de Century City. Introducido en la fiesta, hay un terrorista que encarna el actor británico ya fallecido, Alan Rickman.

La razón por la que esta película es la que más aparece en los listados de Navidad, no es sólo el ambiente y las fechas en que transcurre la historia. Es que se trata de lo que ahora llaman una “historia de redención”. A pesar de su violencia, se considera “cine familiar”, porque el protagonista se reconcilia aquí con su familia. El trauma le lleva a reencontrarse con su esposa, la ahora olvidada Bonnie Bedelia, que él descubre con tristeza que ella utiliza ahora su apellido de soltera. La mejor descripción que conozco de esta cinta es la que hizo la magistral profesora y genial crítica de cine, Pauline Kael: “De forma extraña, su unión de sentimentalismo y violencia define la versión de Hollywood del espíritu de Navidad con sus caros juguetes, hechos pedazos, porque sabes que hay muchos más de donde vienen”.

La celebración de la Navidad de la familia Ekdahl en la película de Ingmar Bergman, “Fanny y Alexander” (1982), te muestra lo más parecido que ha hecho a una “historia de redención”, el director sueco, hijo de un pastor luterano, conocido por sus dramas existencialistas. La matriarca Helena organiza con Oscar, dueño de un teatro y su familia, una representación, junto al restaurador Gustavo Adolfo y un infeliz académico casado con una alemana. Cuando Oscar muere de un ataque al corazón, su esposa se casa con un cruel obispo luterano, que se convierte en la pesadilla de sus hijos, Fanny y Alexander. La historia es como los Ekdhal intentan rescatarlos con la ayuda de un antiguo amante de Helena, que interpreta el actor clásico de Bergman, Erland Josephson.

Cuando vi esta película en el cine, como la mayoría de las anteriores, me llamó la atención que había fotos en los carteles con escenas que no aparecían en ningún momento de la historia. La explicación es que aunque dura 188 minutos, hay una miniserie de ella que hizo para la televisión danesa, ahora publicada en formato doméstico. El primer episodio transcurre totalmente en Navidad. En esa gran cena, Helena insiste en sentar en la mesa al personal de servicio. Una de las doncellas es, por cierto, la que luego será la famosa actriz Lena Olin. La película ganó cuatro Oscar, algo insólito en un film sueco.

Para mí, sin embargo, la única “historia de redención” de toda esta lista es “La noche del cazador” (1955), la única que dirigió el actor inglés Charles Laughton. Nos presenta uno de los falsos predicadores más terroríficos de la historia del cine. Harry Powell se casa con viudas a las que mata, para quedarse con su dinero. Estamos en unos Estados Unidos asolados por la Depresión, que viven un “despertar evangélico” en la América profunda, donde vividores compiten con fieles predicadores por el “éxito ministerial” en el llamado “cinturón bíblico”. El personaje que hace Robert Mitchum ha pasado a la historia por las palabras que lleva tatuadas en los nudillos de la mano derecha, “amor” y “odio”.

En la escena inicial, la veterana actriz de cine mudo Lillian Gish lee a los niños sobre un cielo estrellado, el pasaje bíblico que nos llama a “tener cuidado con los falsos profetas que se acercan con piel de cordero, pero por dentro son lobos rapaces” (Mateo 7:15-20). Como en el Evangelio, son los niños quienes muestran la verdadera fe (Mt. 18:30), discerniendo la verdad de lo que oculta el personaje de Mitchum. Su persecución por un río en la impresionante fotografía de Stanley Cortez es de una belleza visual como pocas veces se ha visto en el cine.

Este cuento de Navidad lleno de resonancias bíblicas adquiere su clímax en la lucha entre el bien y el mal, cuando el personaje de Gish como un hada madrina protege a los niños, mientras canta las palabras del himno que les hace “descansar en los brazos eternos” del Salvador. Su denuncia de la hipocresía religiosa muestra la diferencia entre esa Navidad vacía de bonitas palabras, carentes de contenido, con la Buena Noticia del Dios humanado, cuyas manos traspasadas por nuestro desprecio e ignorancia, hacen que el Resucitado nos pueda llevar con sus “brazos eternos” a una vida mejor. Libres de todo mal, estaremos ya seguros por ese Amor cuya Luz, vence a la oscuridad. Es la victoria de la Cruz, cuya sombra se proyecta sobre el pesebre.


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