No Man′s Land: Tierra de Nadie

Madrid, 16 de julio de 2011. Dentro del resurgir del cine europeo destaca especialmente la obra de un realizador suizo llamado Alain Tanner, que a partir de su película Messidor (1978) decide traspasar las fronteras de su país a la vez que sus personajes. Así hace sus dos trabajos posteriores, A Años Luz (1980) en la maravillosa campiña irlandesa y En la Ciudad Blanca (1982/3) en la hechizante capital portuguesa. Pero luego, al igual que Bruno Ganz, el protagonista de esta última, Tanner vuelve al final a casa.

Y se sitúa en la frontera, en tierra de nadie, en esa curiosa línea ficticia que se dibuja en el mapa pero que no existe en la naturaleza. El espacio entre las fronteras francesa y suiza, que, como dice Tanner, ′los conejos cuando pasan por el bosque lo cruzan sin saberlo, pero la gente sí′. Son las mismas lentas bicicletas, bares de carretera, granjas y vacas de sus primeras películas. Pero los personajes no son aquellos rebeldes del 68, ermitaños desencantados después, luego ′progres′ amargados. Ahora, en el 85, son seres realmente angustiados, heridos y endurecidos, pero sobre todo solos, tremendamente solos.

Todos quisieran ′tener′ algo (dinero, una historia), ′estar′ en otro sitio (París, Túnez, el campo), ′hacer′ otra cosa (volar, cantar, cuidar vacas), pero permanecen ahí, en tierra fronteriza, sin saber si huir o quedarse. Pero entre Francia y Suiza hay un valle que está en ′tierra de nadie′, por el que se puede pasar: tiempo, gente sin papeles, trabajadores ilegales, billetes o lingotes de oro en sus mochilas. Hasta que interviene la policía, matando a uno de ellos, y dispersando a los demás.

Tanner está ya muy lejos del optimismo de mayo del 68 de Jonás. Ahora sus personajes no se unen por amor, amistad o solidaridad, y mucho menos voluntad de cambiar el mundo, sino porque están solos, terriblemente solos. Antes querían ir a otro lugar (utopía significa etimológicamente estar en otro lugar), pero ahora Paul se ha resignado a soñar con volar, Madeleine con cantar, la argelina Mali con imaginar que algún día conozca la paz, y Jean con no querer nada.

Es todo un tramado de historias de amor fracasadas, parejas inquietas, a las que no puede unir el sexo siquiera. Desidia, angustia y un inmenso aburrimiento existencial. Vivimos en ′tierra de nadie′, y no podemos pertenecer a nadie, ni siquiera a nuestra propia pareja. El cuadro no puede ser más angustioso.

′Porque mis días se han consumido como humo, y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido y seco como la yerba por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelícano del desierto; soy como el pájaro solitario sobre el tejado′, decía el salmista del Viejo Libro (102). Es la soledad del hombre sin Dios.

Este artículo se publicó originalmente en la revista España cristiana (nº 21-22) en 1986. Ha sido transcrito por Anna de Kraker, con permiso del autor.
José de Segovia
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