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Estudio

La apuesta de Pascal en Mi noche con Maud de Rohmer

La película respira una sensualidad apenas velada, una soledad no deseada, la frustración de quien no ha visto satisfechos sus anhelos íntimos y el ideal de lo imposible con el estilo moral de un director católico como Rohmer

La apuesta de Pascal en Mi noche con Maud de Rohmer

Modificado el 2020/12/26

Me encantan las películas que se desarrollan en Navidad, pero no pretenden trasmitir lo que ahora se llama “el espíritu de la Navidad”. La lista es interminable, pero suele incluir una francesa del director que en 2020 se ha cumplido su centenario, aunque hasta hace poco no sé sabía ni el año en que nació. Eric Rohmer es uno de los cineastas más misteriosos del séptimo arte, tanto que ni siquiera era ese su nombre. De tantos geniales creadores de la Nueva Ola de cine de autor que se produjo en Francia con la Nouvelle Vague de los años 60, creo que me quedo con él. Me fascinan todas sus películas, pero “Mi noche con Maud” (1969) tiene algo especial. Nos da la clave de la fe de Rohmer con la “apuesta” de Pascal.






Pocos cineastas mantuvieron tan secreta su vida privada como el que firmaba sus películas como Eric Rohmer. Era tan celoso de su intimidad que nunca aceptó asistir a un festival, participar en estrenos, ni actos públicos de ningún tipo. Hay entrevistas y fotos, pero no se sabía en qué año nació. El mismo contribuía a la confusión cuando dijo en 1971 a Graham Petrie en el Film Quarterly que nació en 1923 en Nancy, pero “alguna vez doy otras fechas”, añade. Quince años después confirma la fecha de su certificado de nacimiento en el registro civil de Tulle, provincia de Corréze (Francia), el 21 de marzo de 1920, o sea hace ahora cien años.

Rohmer viene de una familia de origen alsaciano, en la que abundan los maestros. Estudió en París, donde publica sus primeros escritos, al principio con su nombre real, Maurice Schérer. Parece que enseñó literatura en Nancy hasta 1950, pero también en otras ciudades. La primera versión de “Mi noche con Maud”, la escribe ya en 1946, lo que da una idea de la importancia que tenía esta historia para él. Ese mismo año publicó una novela con el seudónimo de Gilbert Cordier, pero enseguida se dedica a la crítica de cine.

El nombre de Rohmer está siempre unido al inspirador de los “Cahiers du cinéma”, el católico André Bazin, que apadrinó al joven Truffaut, pero unió en torno a él a otros futuros directores como Rivette, Godard, Malle y Chabrol. Todo ellos formaban parte de un cine-club en el barrio latino, donde Rohmer ve “Stromboli” (1948), la película que hizo Rossellini cuando buscó la fe, atormentado por su relación fuera del matrimonio con Ingrid Bergman. El filme subtitulado “Tierra de Dios” dio un giro al catolicismo a Rohmer, que por edad, estaba entre Bazin y sus demás compañeros de la Nouvelle Vague, que eran como diez años más jóvenes.

LO INVISIBLE

Para Rohmer era “mucho más interesante suscitar lo invisible a partir de lo visible, que intentar inútilmente visualizar lo invisible”. En eso residía para él, “el genio del cine”. El distingue dos tipos de cine, “el que se toma como objeto y como fin, y aquel que toma el mundo como objeto y es un medio”. El primero no le interesa nada. Se aleja de manierismos estilísticos que hacen del cine su objeto de reflexión. Lo que le apasiona es la vida, pero huye de la exhibición egocéntrica del artista encantado de conocerse a sí mismo. Para él, “el autor no existe más que por su obra”. Tal vez por eso utiliza seudónimos.

Su hermano fue un filósofo bastante conocido, que enseñaba en la universidad de París, René Schérer. Fue alguien muy cercano a Deleuze y Foucault, que participó en las protestas de mayo del 68 y formó parte del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Muchos piensan que fue para que no lo relacionaran con él, que no quería usar su apellido. Lo cierto es que en televisión usa hasta un tercer seudónimo, como en su versión de las “Historias extraordinarias” de Poe en 1965, que firma como Dirk Peters. Se casó en 1957 con una joven estudiante de arte. Tuvieron dos hijos, uno de ellos es un periodista trotskista conocido en Francia por su polémica contra la extrema derecha.

Rohmer es autor en 1957 con Chabrol del primer libro que se publica sobre Alfred Hitchcock en el mundo, A la muerte de Bazin, se convierte en el redactor jefe de los Cahiers hasta su destitución en 1963, acusado de reaccionario por los partidarios de la izquierda estructuralista. Trabaja entonces en televisión educativa como Rossellini, hasta hacerse profesor de la Sorbona y dedicarse totalmente al cine, tras el reconocimiento mundial que recibe por “Mi noche con Maud”. Su filmografía se desarrolla en series de películas, primero los “Cuentos morales” que comienza en 1972 y luego las “Comedias y proverbios” desde 1980, para acabar con sus maravillosos “Cuentos de las cuatro estaciones”. Murió en París en el 2010.

ESTILO MORAL

Se atribuye a Godard la frase de que “el travelling es una cuestión moral”, refiriéndose a la técnica cinematográfica de desplazar la cámara sobre ruedas para acercarla o alejarla del sujeto que se desea mostrar. A Rohmer le gusta siempre filmar el contraplano de quien escucha, antes del que quien habla. En sus “Cuentos morales” –el tercero de los cuales es Mi noche con Maud–, un hombre busca a una mujer y encuentra a otra, para volver a la primera de ellas. Respiran una sensualidad apenas velada, una soledad no deseada, la frustración de quien no ha visto satisfechos sus anhelos íntimos y el ideal de lo imposible. Todo con el estilo moral de un director católico como Rohmer.

El protagonista de “Mi noche con Maud” es un ingeniero interpretado por Jean-Louis Trintignant, que después de varios años en América se incorpora a un nuevo puesto de trabajo en Clermont-Ferrand –la localidad donde nació Pascal– fotografiada en el esplendoroso blanco y negro del español Néstor Almendros. Va a misa de once todos los domingos, donde observa a una chica rubia que le atrae especialmente. Una tarde se encuentra a un antiguo compañero de instituto, Vidal, profesor de filosofía marxista. Discuten sobre el azar y la fe, a raíz de la conocida “apuesta” de Pascal por la existencia de Dios. Como está solo en la ciudad, Vidal invita al anónimo protagonista a pasar la Navidad con él y una amiga suya llamada Maud. Ella está divorciada y es una librepensadora, pero tiene curiosidad en las opiniones del católico personaje que interpreta Trintignant. La conversación vuelve al tema de la religión y Pascal, así como sus opiniones sobre el matrimonio.

Después de la cena, Vidal se marcha, pero nieva tanto que el protagonista tiene que pasar la noche en casa de Maud. Ella quiere llevarlo a su cama, pero él se resiste. Y cuando él accede al amanecer, es ella la que no quiere. No se vuelven a ver y tras un encuentro casual con la rubia de la iglesia, llamada Francoise. El narrador se hace novio de ella y acaban casándose. Ella le confiesa que tuvo relación con un hombre casado y él que había pasado una noche con una mujer el día en que se encontraron. Ella no quiere que le cuente lo que pasó y deciden no volver a hablar del pasado. La sorpresa final viene cuando los dos se encuentran con Maud en una playa de Bretaña, cinco años después… ¡No se imaginan el desenlace!

SOBRE EL AZAR Y LA NECESIDAD

¿Es la vida fruto del azar o resultado de nuestras decisiones? En 1654 Pascal anuncia en la Academia de París su “Geometría del azar” en que “apuesta” por la fe: “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”. La conversión de Pascal tiene dos momentos: uno en que se vuelve al jansenismo y las convicciones de Agustín sobre la gracia y el pecado; otro en que ve que el camino hacia Dios no está en la filosofía, sino en el cristianismo por el que descubre que “el corazón tiene razones que la razón ignora”. Se trata de un catolicismo peculiar, por lo tanto, el mismo de Rohmer.

Veinte años después volverá a hacer referencia explicita a la apuesta de Pascal. Será en su maravilloso “Cuento de invierno” (1991), otra de mis películas preferidas. El tono y la estética es muy diferente, pero las dos transcurren en Navidad. El blanco de la nieve tiene ese brillo de alegría y nostalgia por la infancia perdida. En la primera el protagonista es un intelectual creyente que va a la iglesia, mientras que en la segunda, Felicie entra en ella porque su hija quiere ver un belén. En las dos, más que el azar, es la probabilidad la clave de la historia. Las dos muestran un triángulo en forma de teorema sobre el amor y la probabilidad.

“En su relación con la fe –dice a su muerte, el redactor jefe y director de Cahiers, Alain Bergala– se podría decir que Trintignant es Rohmer y Felicie lo que a éste le gustaría ser”. El protagonista de “Mi noche con Maud” dice que la santidad no es su objetivo –en el sentido católico–, sino “un justo medio”. Como todos sus “Cuentos morales” –decía en Cahiers el año 70– que hablaba sobre “la relación con uno mismo”. Sus personajes son “hombres que no están absolutamente seguros de su adhesión a la doctrina que profesan, se interrogan y apuestan”.

LA APUESTA DE LA FE

Decía el fallecido popular crítico de Chicago, Roger Ebert, que era “la mejor película que había visto sobre el amor, ser católico, el lenguaje del cuerpo y los juegos que hacemos”. Le parecía “refrescantemente inteligente, pero no ideológica, ni académica, sino reflexiva, que revela un profundo conocimiento de la naturaleza humana”. El espectador se identifica con la duda en que se debate el protagonista entre la religión y el ateísmo, el azar y el determinismo, el amor y el deseo… ¿Hay acaso cuestiones más importantes que estas?

Antes de morir, Pascal estaba reuniendo sus notas para publicar su “Defensa de la religión cristiana”, pero falleció dos meses antes de cumplir los 39 años. Esa obra incompleta son los fragmentos que conocemos como sus “Pensamientos”. Keller observa que a diferencia de mucha apologética, su forma de presentar la fe cristiana no parte de una argumentación intelectual, sino de la psicología del no creyente. Parte de la perspectiva agustiniana de que nadie es objetivo respecto a la religión. No hay campo neutral. Muchos la desprecian y no quieren que sea verdad, aunque teman que pueda serlo. Y aquellos que instintivamente, creen que puede ser verdad, saben que si la tomarían en serio, perderían el control de su vida y no podrían vivir como quisieran.

La apuesta de la fe de Pascal muestra que la búsqueda de consuelo y significado del escéptico no puede ser satisfecha con la razón. Sólo la gracia nos puede dar la fe que necesitamos (Efesios 2:8). Pascal cree que la razón sólo sirve para inflar nuestras pretensiones (v. 9) y esconder la realidad en la que estamos. Si el cine de Rohmer busca “suscitar aquello que palpita detrás de lo visible”, la esperanza de la fe se basa en el “Verbo encarnado” que celebramos una Navidad más, “en humanidad velado, cuyo nombre es Emmanuel”, Dios con nosotros. En su paz podemos vivir faliblemente, a pesar de nuestros errores, anhelando la satisfacción última, por “la apuesta de la fe”.

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