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Estudio

La mundanalidad cristiana de Stott

John Stott se lamentaba ya en 1967 de la reputación partisana que tenían los evangélicos siempre a la defensiva de una postura específica

La mundanalidad cristiana de Stott

Modificado el 2021/10/10

Hablar de la influencia social del cristiano en el mundo, hace tiempo que ya no es considerar su trabajo humanitario, sino aquello de lo que están en contra, o favorece sus propios intereses. Ya en 1967 John Stott se lamentaba de la reputación “partisana” que tenían los evangélicos, siempre a la defensiva y con una postura “obstruccionista” a los cambios que traía la revolución de los años 60.





No era así, históricamente. La Reforma en el siglo XVI, el Avivamiento del XVIII y la filantropía evangélica del XIX transformó sociedades como la británica, no sólo en oposición a la Revolución francesa, sino a favor de la abolición del tráfico de esclavos, la humanización del sistema carcelario, la mejora de las condiciones de trabajo en fábricas y minas, la educación al alcance de los pobres, e incluso la defensa de los derechos de los trabajadores. ¿Qué ha pasado para que ahora, los evangélicos representen las causas más retrógradas y el capitalismo más salvaje?

La creciente influencia del movimiento evangélico en la política estadounidense es, sin duda, un factor fundamental para entender los cambios que ahora vivimos. Otra es la conciencia que se ha extendido desde el catolicismo conservador por la necesidad de la defensa de la vida humana desde su concepción. Cuando pensamos en el silencio de hombres como Stott o Lloyd-Jones cuando se legalizó el aborto en Gran Bretaña en 1967, al considerarlo un “mal menor”, nos damos cuenta de cómo ha cambiado el movimiento evangélico desde los años 80. Sus opciones políticas son ahora determinadas exclusivamente, por la posición que tenga un partido u otro, frente al aborto.

Cuando Francis Schaeffer lanzó su “Manifiesto cristiano” en 1981, se preguntaba dónde estaban los evangélicos cuando empezaron a cambiar estas leyes. Se empezó a hablar entonces, no de alianza, sino de “cobeligerancia” con el movimiento “pro-vida”. Lo que dio lugar a manifestaciones con católicos como el Festival de la Luz en que habló Stott con Schaeffer y la Madre Teresa de Calcuta en el Hyde Park de Londres en 1983. Es la época de la Mayoría Moral con el presidente Reagan en Estados Unidos. Desde entonces los evangélicos se concentran con los católicos en cuestiones de sexualidad y reproducción. Las voces cristianas que mostraban preocupación por la pobreza, la ecología, la discriminación racial, las condiciones laborales, el arte y la cultura, se hacen minoritarias, aunque estos eran también para Stott, “desafíos contemporáneos a la fe cristiana”.

“COMPROMISO SECULAR”

Tim Dudley-Smith reconoce en su monumental biografía de Stott, la influencia que tuvo el profesor Norman Anderson (1908-1994) por su contribución al congreso evangélico anglicano de Keele en 1967 con una ponencia sobre “la mundanalidad cristiana, su necesidad y límites”. En el mundo de habla hispana Anderson es hoy conocido sólo por su libro sobre “Las religiones del mundo” –publicado por la Casa Bautista en el año 2000–, pero su figura es fundamental para entender la importancia del cristianismo evangélico en la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo pasado.

Educado en Cambridge como Stott, obtiene las mejores calificaciones en Trinity, antes de ir de misionero a Egipto en los años 30. Estuvo en el Ejército y aprendió allí el árabe, hasta llegar a ejercer labores diplomáticas en Oriente Medio, siendo hecho “caballero” por la reina en 1974, que obtiene el título de Sir. Se dedica a enseñar en Cambridge, especializado en el derecho islámico, hasta llegar a dirigir la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Anderson es un evangélico conservador, que “reconocía el deber cristiano de la caridad en sus intentos de ayudar a los menos privilegiados, pero por lo demás aceptaba las desigualdades de la vida como parte de este orden cosas, en que debemos evangelizar y dar testimonio de Cristo”.

En los años 60, sin embargo, se vuelve crítico del imperialismo cultural británico y “empieza a aprender un poco” de su hijo Hugh, presidente del Club Laborista en Cambridge sobre la necesidad de una mayor conciencia social. Se muestra más sensible y empieza a propugnar lo que llama una “mundanalidad cristiana” en el sentido de los reformadores, puritanos, el Avivamiento del siglo XVIII y la filantropía del XIX. En su contribución a Keele reconoce que la fe evangélica ve el mundo bajo el juicio de Dios. Rechaza la “teología secular”, pero defiende la importancia y urgencia de la actividad “secular” del cristiano”. Ve la necesidad de reconocer “la cultura, la riqueza, la política, el derecho, las relaciones entre clases y razas, el sexo, la educación, el trabajo y el entretenimiento como dones de Dios que pueden servir el propósito del Creador, según la Escritura”.

SOCIEDAD INDUSTRIAL

Norman Anderson era anglicano, pero Fred Catherwood (1925-2014), bautista. Casado con la hija del predicador galés, Martyn Lloyd-Jones, en los años 60 era ya director del Consejo Nacional para el Desarrollo Económico. Proveniente de una familia responsable del transporte público en Irlanda del Norte, entra en la política conservadora, llegando a ser vicepresidente del Parlamento Europeo de 1989 a 1992. Fue hecho “caballero” por la reina como Anderson. En 1971 recibe el título de Sir, después de haber sido presidente de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos.

En 1964 Catherwood publicó un libro sobre “El cristiano en la sociedad industrial”. Su actividad es en el área pública de fomento de la empresa y las relaciones comerciales, pero con una conciencia social de sensibilidad por el pobre y menos privilegiado, que le enfrenta al gobierno de Thatcher. Su apoyo a la Unión Europa hace que pierda el favor del partido conservador. Vive en Cambridge, donde pertenece a la iglesia reformada bautista de la Gracia, Eden, que pastoreó Roy Clements. Allí enfermó de Alzheimer, pero su viuda Elizabeth todavía vive –la otra hija de Lloyd-Jones, su hermana Ann, todavía está en el barrio en que vivían sus padres en Londres, Ealing–.

Su participación en las primeras jornadas culturales organizadas por el Consejo Evangélico de Madrid en 1994 se centra en la “responsabilidad social y política”, que supone “un desafío para la Iglesia Evangélica en la Nueva Europa”, considerando “el protestantismo en la gestación de la sociedad moderna”. Los textos publicados por el Consejo son una reflexión amplia sobre multitud de temas, que poco tienen que ver con el actual reduccionismo con que se trata la participación cristiana en el mundo. Nos muestran cómo hay otra forma de ser evangélico conservador, sin servir a los intereses de un partido que busca sólo utilizar a las iglesias para sus propios intereses.

Recuerdo la visita del abogado y político del Partido Popular que presidió el Parlamento Europeo, Gil-Robles, a Sir Catherwood en el auditorio de la Universidad Complutense donde se celebraban las jornadas. Dijo que nunca había oído hablar a alguien de forma tan inspiradora sobre su fe. Asistía a las reuniones cristianas que dirigía Catherwood, para orar y leer la Biblia, con políticos de los distintos partidos que había en el Parlamento. No había nada “partisano” en Catherwood. A muchos nos impresionó su humildad y sencilla fe. Su “mundanalidad cristiana” atraía, porque no producía el rechazo que suelen despertar ahora, los políticos evangélicos.

CRISTIANISMO CONTEMPORÁNEO

Stott redactó el Pacto de Lausanne en el Primer Congreso de Evangelización Mundial en 1974. El documento habla de la necesidad de relacionar el Evangelio con problemas sociales. Y en 1978 Stott organiza una Conferencia Evangélica sobre Ética Social, que cuenta ya con John Gladwin, director del proyecto que lleva el nombre del conde evangélico que fue un político filantrópico inglés en el siglo XIX, Shaftesbury. Entre los ponentes destaca el profesor de la cátedra Regius de Oxford en teología moral y pastoral, Oliver O´Donovan, que de niño cantaba en el coro de la iglesia de All Souls, al principio del ministerio de Stott.

El año anterior, John Capon –editor de la principal revista evangélica británica mensual, Crusade– se plantea lanzar una publicación dedicada a las artes y temas actuales con el nombre de “Tercera Vía” (Third Way). El nombre viene del primer libro que escribe Os Guinnes, el hijo de unos misioneros evangélicos en China –descendiente del famoso cervecero irlandés–, que estuvo con Francis Schaeffer en la comunidad suiza de L`Abri a finales de los años 60, cuando escribe “Polvo de muerte, una crítica cristiana a la contracultura” (1973). Yo estuve suscrito a ella en los 80, que comentaba películas, música, libros y programas de televisión. Incluía entrevistas a personajes tan poco relacionados con la fe evangélica como Richard Dawkins, Paulo Coelho, Noam Chomsky, Camille Paglia, Slavoj Zizek, Gerry Adams, Annie Lennox, Tony Blair, Werner Herzog o Richard Branson. Cerró en 2016.

Esa visión de la fe en relación con el mundo me llevó a estudiar periodismo en la Universidad Complutense, pero antes fui al Instituto de Londres para el Cristianismo Contemporáneo, poco después de que Stott lo fundará en 1982. El año 88 se funde con el Proyecto Shaftesbury, que había creado Stott y Catherwood. Ya no es un centro como en los primeros años, que hacía cursos para estudiantes internacionales para ser “Cristianos en el mundo moderno” –centrados en la “doble escucha” de la que hablaba Stott, a la Biblia y al mundo–, sino que ahora impulsa desde los años 90, proyectos prácticos en las iglesias de formación y desarrollo en el mundo del trabajo en particular.

Al plantearse cuál es el fundamento bíblico de la acción social, Stott escribe en 1984, que es una doctrina más completa de Dios, el hombre, Cristo, la salvación y la Iglesia. Nos presenta un Dios para el que no hay “secular” y “sagrado”. Todo le pertenece, nada le es ajeno. Es el Dios de la Creación que se revela en el Pacto para salvación en el Reino de Dios, por un Jesús, que es Salvador y Señor. Sott dice que “solo hay dos actitudes posibles para el cristiano frente al mundo: el escapismo y el compromiso”. Para él, ”escapismo significa dar la espalda al mundo y rechazarlo, en cambio, el compromiso significa volverse hacia el mundo con compasión”. Si algo distingue a esta “mundanalidad cristiana”, creo que es la compasión. Nos falta mucha, todavía hoy.

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