Estudio

La Biblia de Jim Jones y Los Discípulos de Cristo

Madrid, 17 de Enero de 2019. Cuarenta años después de la masacre de Jonestown parece increíble que el Templo del Pueblo fuera una iglesia evangélica. Antes de hacerse conocido en San Francisco, Jim Jones (1931-1978) logró unir la espiritualidad pentecostal con la integración racial en un proyecto comunitario reconocido por el servicio social que prestaba a Indianápolis. La iglesia tenía un comedor que alimentaba a los pobres de la ciudad, daba ropa gratis y hasta carbón para calentar su hogar. Sólo sus dos asilos daban ingresos a la comunidad. Literalmente, Jones no podía dormir pensando cómo extender su visión, mientras luchaba contra su inseguridad, pero ¿qué papel jugaba la Biblia en todo ello?

En esta serie seguimos el camino a Jonestown, no a la luz de su final, sino intentando entender quién era Jim Jones y cuáles eran las motivaciones de los miembros del Templo del Pueblo. Si piensas que no hay duda cuándo una iglesia es una secta y es evidente cuando los dirigentes no son más que farsantes o manipuladores, no sigas leyendo, porque este artículo no te va a confirmar tus prejuicios. Nos acercamos aquí a la complejidad de la vida, no con visiones simplistas de buenos y malos, sino ante la ambigüedad de la experiencia de hombres como Jones que, desde su religión e ideal social, creó un infierno con las mejores intenciones.

Como todo activista, Jones era impaciente y agresivo. Su cerebro funcionaba día y noche. No encontraba descanso en el sueño y padeció siempre de insomnio. La iglesia giraba alrededor de él, pero alababa a sus colaboradores, que se sentían participes de su éxito. Su conciencia del problema racial hacía que diera un papel cada vez más visible al predicador afroamericano que tenía, Archie Ijames, que era conocido por su espiritualidad y su sensibilidad. Eran cuatro pastores, pero para contrarrestar su inseguridad, Jones había edificado un culto en torno a su personalidad, que a principios de los años 60 se vuelve cada vez más paranoica y atormentada.

DISCÍPULOS DE CRISTO

Había pocos predicadores blancos como él, comprometidos con el movimiento por los derechos civiles en el Medio Oeste. Una excepción era Ross Case, un joven ministro universitario de los Discípulos de Cristo que estaba en Mason City. En un sentido, el movimiento de Restauración era afín a los intereses de Jim Jones de llevar a la congregación a los primeros años del cristianismo, pero su sentido de comunidad que vende todo para darlo a los pobres, era más propio de Jones que de la denominación de Case. Éste se une al Templo de Pueblo, atraído por la experiencia pentecostal que une los milagros a la integración racial, mientras que a Jones le interesa entrar en los Discípulos de Cristo. Finalmente les acaban aceptando en 1960 con todas sus peculiaridades.

Como pentecostal, lo único que Jones sabía de los Discípulos de Cristo era lo que había leído en unos artículos de periódico que decían que era una denominación que toleraba diferentes opiniones políticas –como dijimos, en aquella época los evangélicos no eran “el partido republicano en oración”, como ahora, ya que hasta Billy Graham tenía el carné de demócrata–, así como la autonomía local de cada congregación. La teología de Jones, como vimos por su colaboración con William Branham, era bastante confusa. Antes de unirse al Templo del Pueblo, Case ya había visto cómo Jones podía negar el nacimiento virginal y contradecirse a continuación, por presión de sus colaboradores. Sin embargo, Case creía que podía asesorarle. Como se creía más versado que él en la Biblia, pensaba que le podía orientar mejor.

La mayoría de los americanos te dirán que Jones era un comunista. Y es cierto que le interesó el socialismo. El mismo utilizó la expresión “comunista” en su último sermón del año 61. Entonces un hombre se levantó en medio de la congregación para defender la libre empresa. Jones encajó la objeción con serenidad y siguió hablando con él después del culto. Case le dijo que debía cuidar las palabras, ya que el comunismo era “ateo y dictatorial”. El no volvió a usar ese término abiertamente, hasta mucho años después.

EL PADRE DIVINO

A finales de los 50 Jim Jones ya había causado mucha perplejidad por su interés en el movimiento del Padre Divino y su Misión de Paz. Esta secta negra nace con un hijo de esclavos liberados llamado George Baker. Muerto en 1962, no se sabe dónde y cuándo nació, pero mezclaba el pensamiento positivo con su herencia bautista, cuando empezó a seguir a un visionario que se creía el Padre Eterno. Al principio Baker no era más que su Mensajero, pero luego se considera Dios mismo. Pasa de tener una docena de seguidores a formar toda una organización en los años 30 en Nueva York, que tenía hoteles, apartamentos, restaurantes, lavanderías y dos periódicos. Lo que le convierte en todo un fenómeno social.

Al morir su mujer, el Padre Divino se casa de nuevo en 1946 con una joven rubia canadiense de 21 años. Al principio ni siquiera sus seguidores lo sabían. El problema es que no sólo era un movimiento negro, sino que predicaba la abstención de toda actividad sexual. Para solucionar la cuestión, no se le ocurre decir otra cosa que ella es la reencarnación de su anterior esposa afroamericana, ¡aunque su iglesia ni siquiera creía en la reencarnación! Él era ya mayor y tenía tan mala salud que ya no podía predicar. Jones le viene a visitar a Filadelfia en la mansión donde vivía desde el año 53. Su propósito era claramente apoderarse del grupo.

Se hace acompañar del reverendo Wilson, el pastor pentecostal del Templo Elmwood de Cincinnati que se había quedado impresionado por la manera que el Espíritu actuaba a través de Jones, cuando comenzó su ministerio interdenominacional en Detroit en 1953. Al volver de la visita, Wilson no puede compartir el entusiasmo de Jones por la Misión de Paz del Padre Divino. No le ve nada de divino, más bien estúpido e incapaz de demostrar el valor del celibato, bíblicamente. Sin embargo, Jones le pide al pastor que llevaba la imprenta, Winberg, que publique un folleto suyo elogiando a Baker y el valor de la abstinencia sexual, para favorecer la adopción de niños Tan incoherente era Jones, que mientras tanto su mujer se queda embarazada, aunque pretende dar ejemplo adoptando un niño negro, para mostrar como su familia era también un modelo de adopción e integración racial. Cuando vuelve a Filadelfia en el verano del 59 para ofrecerse a dirigir la Misión de Paz, el Padre Divino rechaza su atrevimiento diciéndole que es inmortal.

¿COMUNISMO BÍBLICO?

Un domingo del año 59 Jim Jones desafía por primera vez a su congregación a vender sus bienes y repartirlos entre los necesitados. Su suegra metodista le reprende con la Biblia en la mano y él le contesta que sería mejor romperla, ya que está llena de incongruencias y las iglesias han dejado de cumplir el mandato de cuidar de los necesitados, cuando “¡la letra está muerta pero el Espíritu da vida!”. Muchos fechan este momento como la ocasión de distanciamiento de Jones de la Biblia, por la que su iglesia se convierte en una secta. El problema es que lo dicen después de su trágico final. Y va siempre asociado a su aversión al comunismo.

Si alguno ha visto el documental evangélico de Mel White de 1979 –doblado al español casi inmediatamente–, este es el momento que se presenta en el escenario de una iglesia como la explicación de su giro sectario. Curiosamente, White que era pastor y profesor de comunicación del seminario de Fuller, “sale del armario” en 1994, tras divorciarse de su mujer en el año 82, para casarse con un hombre en el 2008. El acusador de Jones reconoció entonces que cuando formaba parte de la “derecha religiosa” de la Mayoría Moral de Reagan llegó a escribir libros que luego firmaba el predicador bautista Jerry Falwell, el pentecostal Pat Robertson o el propio Billy Graham, como si fueran suyos. A pesar de esto, merece la pena ver el documental. Está bien hecho.

A principios de 1960 Jones visita Cuba. Su propósito era encontrar cuarenta familias que quisieran trasladarse a los Estados Unidos para trabajar en una granja comunitaria, financiada por la congregación de Indiana. Se instala en el Hilton de La Habana y busca un cubano bilingüe como intérprete, que fuera negro para fortalecer el carácter interracial del proyecto. Su nombre era Carlos Foster. Le mete en la habitación del hotel, donde Jones le habla sin parar de las 7 de la mañana a 8 de la tarde, toda una semana. Subían hasta la comida a la habitación. Tras estas largas peroratas, Jones le pide que le lleve a los barrios pobres, donde se entrevistan con doce familias. Al conseguir quince se va y le pide a Foster que siga hasta veinticinco, a cambio de 24 dólares al día y la promesa de llevarle a Estados Unidos. Lo que hizo cuatro meses después, pero no trae a su familia y le encierra en su casa. Dice que, si sale, le lincharán los racistas. No le da trabajo y le lleva sólo a los cultos. Cansado de estar allí, dos meses después dice que se va a ver a su novia en Nueva York y nunca se volvió a saber de él. Así acabó la aventura cubana.

¿PERSECUCIÓN O PARANOIA?

En 1960 el alcalde demócrata de Indianápolis busca un director para la Comisión de Derechos Humanos de la ciudad. Un comité formado por un rabino, un juez negro y un clérigo entrevistan a Jim Jones. No sabían de sus sanidades, pero le conocían por lo que hacía por los pobres y la integración racial. Si alguno piensa que Jones era ya un liberal, basta decir que al clérigo le desconcertó que hiciera gala de su protestantismo fundamentalista. A pesar de ello fue nombrado en 1961. El alcalde le dijo que actuara con discreción, pero como Jones era Jones, al ir con Case a una asamblea de la influyente Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color y la Liga Urbana, empieza a arengar a la multitud a luchar, combatir y pelear. Se va calentando hasta gritar entre un ensordecedor estallido de aplausos las palabras de Moisés, “¡liberad a mi pueblo!”, como si fuera el propio Luther King.

Estos momentos de euforia contrastan con los ataques de pánico que le dan continuamente. Desde el verano de 1961 empieza a sentirse acosado. No se sabe si al ser más conocida su cruzada por la integración, aumentó la hostilidad de los fanáticos, o era simple exageración, justificación de sus temores, o incluso algo orquestado por él mismo –como sugiere su biógrafo Tim Reiterman–. Lo cierto es que sale en la prensa diciendo que recibe cuatro cartas diarias de amenazas, pintan una esvástica en la puerta de la iglesia, colocan dinamita en la carbonera, arrojan un gato muerto en su casa y recibe llamadas intimidantes. Todo esto provoca una ansiedad que hace que un domingo Jones empiece a gritar que hay cristales en su comida.

El pastor menos comprometido con la actividad social de la iglesia era el predicador pentecostal blanco Winberg, que recordamos, venía del Tabernáculo de la calle Laurel. Cuando dos alarmas de bomba obligaron a evacuar la iglesia, Winberg empieza a sospechar la veracidad de las amenazas. Contrató un abogado sin decirle nada, pero Jones le dijo que mejor no lo hiciera, claramente incómodo. Su esposa misma, Marceline Jones, vivió un extraño episodio cuando estando con unos amigos de visita, escucharon un estallido en la habitación donde estaba Jim. Al entrar vieron el cristal de la ventana roto y una piedra en el suelo, pero los invitados se dieron cuenta que el daño se había hecho desde dentro… ¿Estaba llamando la atención o quería demostrar que no estaba paranoico?

ATAQUES DE PÁNICO

El mayor biógrafo de Jim Jones, Reiterman, cree que “Jones dudaba de sí mismo de igual manera que dudaba de la existencia del Altísimo”. Se basa para ello en la manera como hablaba en privado, no con la seguridad del visionario, sino dominado por el miedo. El reverendo Wilson observó esto con la experiencia que tenía como superviviente de la batalla de las Ardenas. Lo cierto es que los temores de Jones desaparecían, pero volvían cada vez más rápidamente. Le asaltaban una y otra vez. Una noche le consumía la idea de que iba a ser asesinado, otra se quedaba paralizado por el pánico al pensar que se estaba muriendo. Su forma de enfrentarse a sus miedos era intentar utilizarlos en su provecho o hacer que los demás los compartieran. Es así como lograba superarlos.

La esposa de Wilson recuerda como al ir a ver al Padre Divino con Jones y su marido, estaba una vez con él en el balcón de la Misión de la Paz en Filadelfia, cuando hizo como que iba a empujar a Jim al vacío, como una broma. El, aterrado, retrocedió alejándose de ella. Lo raro es que cuando ella se disculpó, él se quedó convencido que intentaba matarle. Gritaba una y otra vez: “¡Querías hacerlo!”. Para no parecer cobarde, Jones dijo luego que tenía vértigo. Era un ataque de pánico como el que tuvo cuando una vez tuvo un calambre en una pierna cuando nadaba y empezó a pedir ayuda desesperadamente. Aunque le tenían sujeto su mujer y sus amigos, no podía tranquilizarse.

A finales de 1961 Jones estaba cada vez más paranoico y atormentado. Le daban ataques en medio de reuniones y llegaba a rodar hasta por las escaleras de la iglesia. Se desvanecía a veces incluso sentado mirando la televisión. Entonces lo que hacía Marceline Jones era inyectarle vitamina B12 y recuperaba la conciencia. Ella decía que era anemia, problemas de corazón, o una antigua hepatitis. Tenía un médico afroamericano que le ingresó en el hospital una semana. Hasta eso salía en los periódicos, porque estaba en un pabellón con pacientes negros. La prensa creía que era por buscar la integración, pero en realidad era porque al ser su médico de color, pensaron que él también lo era y le ingresaron en esa unidad por equivocación. La verdad es que Jones era un enigma incluso para sus ayudantes más cercanos.

NUESTROS MIEDOS

Es fácil atribuir los temores de Jim Jones a un carácter paranoico, pero ¿quién está libre del miedo? Algunos luchamos contra la ansiedad desde la infancia, por las razones que sea. A veces superamos nuestros miedos con el tiempo, pero otras nos atormentan toda la vida. Nuestra mente concibe todo tipo de escenarios imaginarios que nos producen auténtico terror. Siempre hay gente que te dice que no hay nada que temer porque eso no va a ocurrir, pero sabemos que nadie te puede dar la seguridad de eso. En la vida ocurren cosas improbables. Aunque no sean accidentes, fruto del azar, ni infortunios de un destino ciego, hay desgracias en la vida que no podemos evitar. Dios muestra su gracia para con todos, pero incluso a sus seguidores, Jesús dice que tendrán tribulaciones en este mundo (Juan 16:33). Es normal preocuparse, pero la ansiedad puede paralizarnos.

Cuando Jones está en Indianápolis, dice que tuvo una visión que anunciaba una gran explosión en la ciudad, como un holocausto nuclear. Le dice a Case que la iglesia tiene que pensar en trasladarse a otro lugar. Le da la responsabilidad pastoral a Winberg y se marcha a Hawai para ver si pueden ir allí. Acaba en Brasil con su familia, pero antes pasa por México, donde el pastor afroamericano, Ijames, le dice que Winberg está llevando a la iglesia de nuevo al modelo tradicional pentecostal. Algo que no era extraño a Jones, porque la prensa de Guayana dijo que él mismo había hecho curaciones al pasar por allí, pero lo que nos muestra el problema es que una de las noticias que le molestan es que la esposa de Weinberg ha dado un papel más importante a la Biblia en la iglesia.

Cuando olvidamos las promesas de Dios y nos guiamos por nuestras emociones, en vez de por la verdad de su Palabra, caemos en un temor que es resultado de ese mal que la Biblia llama el pecado. Es en el fondo una forma de orgullo. Por eso dice Pedro: “Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, echando toda vuestra ansiedad sobre Él” (1 P. 1:6-7). Y nos da una razón: “Porque Él tiene cuidado de vosotros”.

Cristo es la roca sobre la que podemos edificar nuestra vida sin miedo, pero para eso tenemos que escuchar su Palabra y seguir su guía. Como decía el médico y predicador Lloyd-Jones, “gran parte de nuestra infelicidad viene de escucharnos a nosotros mismos en vez de hablarnos a nosotros mismos” … ¡Debemos recordarnos sus promesas!

El Evangelio responde a nuestra ansiedad cuando atendemos a la Palabra que nos llama a cambiar de mente y volverse a Él, o sea arrepentirse. Cuando confiamos en Él, sabemos que Él nos confirmará hasta el final (1 Corintios 1:8). Sólo Él puede sostenernos más allá del temor y las dudas.

José de Segovia
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