Estudio

Saber y conocer

El conocimiento tiene siempre algo experimental que lo diferencia de un mero “saber de”. La teología para Packer, por eso, viene de un conocimiento experimental

Saber y conocer

Modificado el 2020/08/22

Decimos que sabemos quién es alguien, cuando hemos oído de esa persona, pero ¿realmente la conocemos? Cuando aseguramos conocer a alguien, damos a entender que hemos tenido alguna relación con esa persona, por muy incidental que sea. Tal vez la hemos visto una sola vez, pero decimos que la conocemos, por la experiencia que hemos tenido de ella en esa ocasión. El conocimiento tiene siempre algo experimental, que lo diferencia de un mero “saber de”. La teología para Packer, era por eso, un verbo. Viene de un conocimiento experimental.





La teología sistemática que nunca escribió está en esos papeles tamaño folio de color rosa que los estudiantes de Packer guardaban después de sus clases en Trinity College de Bristol durante los años 70. Fueron la base de innumerables sermones. Sus notas comenzaban con la explicación de por qué, para él la teología era un verbo, no un nombre. La definía como la actividad de preguntar y responder a la realidad de Dios como se ha revelado en la Escritura. Es por eso tan importante el título original de su libro más popular, “Conociendo a Dios” –no como se le llama ahora “El conocimiento del Dios santo”, aunque algo más cerca estaba su primera traducción como “Hacia el conocimiento de Dios”, pero el gerundio se aproxima más a la idea de Packer–.

Uno de sus más brillantes estudiantes, el comentarista del Nuevo Testamento, Dick France, recuerda como a pesar de hablar despacio, tenías que darte prisa para tomar notas: “Entraba en la clase, miraba alrededor y empezaba directamente”. Packer no perdía el tiempo. No tenía paciencia con las preguntas vagas. Enseguida te decía que dejaras de divagar y fueras al tema sobre el que se estaba hablando. En el trato personal era sonriente, como se ve en las fotos, pero no era fácil tener una conversación con él. Era introvertido y como dijimos, extremadamente celoso de su vida privada. Aunque nunca abandonó su afición de tocar jazz al clarinete, nunca lo hizo para sus estudiantes, ni en otra actividad cristiana. Más que secreto, era discreto.

Packer hacía también una clara diferencia entre una conferencia y una predicación. Lo cerebral y sólido de una charla suya de conocimiento bíblico, un sábado por la noche, se convertía el domingo en un mensaje atractivo y poderoso en torno al Evangelio mismo. Siempre me ha llamado la atención que los teólogos más profundos que he conocido tuvieran sermones tan evangelísticos. En el aula era conocido por su habilidad para tratar las preguntas que le hacían, para lo que dejaba siempre mucho espacio, como dijimos. El comentario más habitual de cualquiera que haya estudiado con Packer es que “te hacía pensar por ti mismo”. Eso era para él, la enseñanza.

LA DIVISIÓN EVANGÉLICA

Si la separación parece la realidad habitual del cristianismo evangélico, la unión es algo tan extraño, que en el caso de la formación de Trinity College en los años 70, tuvo que venir a la fuerza por la presión de las autoridades que permitían su financiación. Pensaríamos que después de la separación que vivió Packer en los años 60 –entre los evangélicos que se querían quedar en el anglicanismo y los que estaban en iglesias “libres” o independientes–, las relaciones entre los evangélicos que estaban en la Iglesia de Inglaterra serían tan fáciles que la fusión de dos seminarios como Tyndale y Clifton –los dos anglicanos y evangélicos, uno frente del otro, separados sólo por un aparcamiento en los Downs de Bristol– no sería tan complicado. Sin embargo, la batalla para unir las dos instituciones con el centro femenino de Dalton, para formar Trinity College, fue una agonía tal que Packer los consideraba los peores años de su vida.

Ambas facultades teológicas –Tyndale y Clifton– nacen de la preocupación de las iglesias británicas por la misión a finales del siglo XIX, cuando se funda la Sociedad Misionera de la Iglesia en 1799. La controversia sobre la autoridad de Escritura da lugar a una escisión conservadora en 1922, la Sociedad Misionera de Hombres de Iglesia Bíblicos, que se define como “bíblica, protestante y evangélica”. El 25 funda un centro de formación en Bristol, reconocido por la Iglesia de Inglaterra como Facultad Teológica donde poder formar sus ministros. En el 31 una disputa sobre cuestiones de disciplina entre el director y el comité ejecutivo lleva a la formación de Clifton. El nombre de Tyndale viene del 52, dos años antes que invitaran a Packer a ser profesor –a lo que se dedica como “residente” a tiempo completo a partir del año 55–.

Lo que pasa es que en los años 60 disminuye considerablemente el número de estudiantes de teología en todos los centros y facultades británicas. Es la llegada de la secularización y la pérdida de influencia de la Iglesia de Inglaterra. Tyndale y Clifton tienen en esa época figuras tan importantes en Bristol como John Wenham y Alec Motyer, respectivamente, que serían partidarias de la fusión. Sin embargo, mientras Packer está en Oxford con el centro de investigación de la Casa Latimer surge una amarga disputa cuando se inicia el proceso de unión en 1965. Otro importante autor al que afecta la controversia es Colin Brown, que Clifton quiere dejar fuera del nuevo centro por sus críticas siendo profesor de Tyndale. Para dirigir la Facultad llaman a Michael Baughen, futuro obispo evangélico de Chester, que no era teólogo, ni pretendía serlo. Cuando la opción fracasa, aparece el nombre de Packer.

LA UNIÓN A LA FUERZA

La fusión fracasa, pero Packer une en Tyndale algunos de los principales académicos evangélicos en Inglaterra, yo me atrevería a decir que no sólo de aquel momento, sino hasta el día de hoy. Wenham es el mayor especialista evangélico en griego del Nuevo Testamento, autor de un método publicado por la Universidad de Cambridge, que era todavía el libro de texto que se usaba cuando yo estudiaba teología a finales de los 80. Motyer es probablemente el mejor comentarista popular evangélico del Antiguo Testamento hasta el día de hoy. Y Brown es el autor de algunas de las obras de Historia del Pensamiento Cristiano más reconocidas del siglo pasado. Luego sería profesor de Fuller en Pasadena (California).

El año 70 volvieron los problemas cuando la Iglesia de Inglaterra quiere unir cuatro facultades evangélicas, ante la falta de candidatos para la ordenación anglicana. Se trata de Ridley en Cambridge, Wycliffe en Oxford y las dos Facultades que todavía había en Bristol, Tyndale y Clifton. Para dirigir el proceso se forma una comisión encabezada por el futuro arzobispo de Canterbury, Runcie. En la jerga popular anglicana de la época, les llamaban Los Tres Magos –llamados Sabios en inglés–, porque el comité tenía tres miembros, aunque solamente uno visitaba los centros, el director de la Facultad Teológica Episcopal de Edimburgo, Woollcombe, que había coincidido con Packer en Oxford. Su reencuentro al visitar Tyndale le dio la impresión equivocada a Packer de que iba a favorecer el futuro del centro. Todo lo contrario, el informe pedía su desaparición.

La salvación de Tyndale viene por la iniciativa de una comisión evangélica presidida por John Stott, que tenía también tres miembros –en el argot de la época, Los Tres Más Sabios, en referencia a los Magos de Oriente-. El coste era la fusión definitiva con Clifton y el centro femenino de Dalton, representado por otra comentarista bíblica, Joyce Baldwin –hay que recordar que en aquella época no era posible todavía la ordenación de la mujer en la Iglesia de Inglaterra–. El obispo de Bristol, Tomkins, es el encargado de mediar con los evangélicos. Teológicamente, Clifton era más arminiano y Tyndale más calvinista, pero los tres eran claramente evangélicos. Lo que primaba en las conversaciones era, sobre todo, la sospecha. Packer no era tampoco la persona más adecuada para este tipo de reuniones. En Clifton les parecía que quería controlarlo todo y se retiran del proceso, provocando la ira del obispo Tomkins, que culpa a Packer de todo. Cuando logra que se vuelvan a reunir, Packer queda excluido de la dirección, pero se puede dedicar por fin, a lo suyo, que es la enseñanza y la escritura.

SU LIBRO MÁS POPULAR

Al contar todo esto, se entiende mejor la creciente fascinación de Packer por Norteamérica. Tras ser profesor invitado en el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia y Fuller en Pasadena (California), pasa ya diez semanas al año en Estados Unidos, aunque no llegara a establecer su residencia en Canadá hasta los años 80. Es en América también que se hace popular el libro que recopila los artículos que había publicado en la revista que hacía con Lloyd-Jones desde finales de los años 50, “Conociendo a Dios”. La historia comienza con el encargo de una mujer, Elizabeth Braund una periodista de la BBC que se había convertido con la predicación del Doctor en Westminster Chapel. Es él quien le da la responsabilidad de Evangelical Magazine con Packer de asesor, junto al galés Elwyn-Davies.

Braund pide a Packer que escriba una serie de artículos para gente “harta de la verborrea religiosa”, que esté “dispuesta a pensar seria y honestamente”, sobre todo, que “quieran algo real”. Es a ese público al que va dirigido “Conociendo a Dios”, como voy a intentar demostrar a continuación. Creo con McGrath, que Packer se sujetó estrictamente al encargo de Braund. Para entender bien estos textos, tenemos que pensar en la audiencia a la que se dirigen. Los artículos fueron ligeramente editados, para ser publicados en forma de libro, pero siguen el orden original. Packer leía el texto anterior, antes de escribir otro nuevo. El orden es claramente consecutivo, pero no tenía idea de hacer un libro con ellos. Se le ocurre cuando está enseñando en Trinity a finales de los 60. Se lo propone a la editorial de los estudiantes evangélicos en Inglaterra, Inter-Varsity Press (IVP), pero ellos lo que querían es que escribiera sobre el movimiento carismático, lo que él no ve nada claro. Será Inter-Varsity americano quien lo publicó, después de Hodder & Stoughton en Inglaterra.

Packer ya había escrito un libro en una colección que editaba Stott para Hodder & Stoughton sobre la Revelación y la Biblia, pero el resto de sus libros estaban en IVP –que luego publicará su polémica obra sobre el Espíritu Santo, “En sintonía con el Espíritu”, que incluye una valoración positiva del movimiento carismático–. Lo que pasa es que el editor de la rama americana de IVP, James Sire –que también he tenido oportunidad de conocer e incluso traducir en alguna conferencia– vino a la comunidad de Francis Schaeffer en L´Abri en Suiza, para trabajar con Os Guinness, el manuscrito de otro interesante libro que nunca se publicó en castellano, “Polvo de Muerte: Una crítica cristiana a la contracultura”. Al pasar por Londres, Sire visita al editor de Hodder & Stoughton y en sólo un cuarto de hora hojeando el libro de Packer, decide publicarlo en América. La primera edición era en tela y pasta dura, pero al publicarlo en rústica como edición de bolsillo, Hodder & Stoughton comete el error de utilizar el índice que Packer había hecho para la primera edición sin cambiar el número de las páginas, que no coincidía. Molesto, Packer les hace repetir la edición.

CONOCIENDO A DIOS

¿Cómo llega “Conociendo a Dios” a ser un clásico?, ya no sólo de la literatura evangélica, sino cristiana en general, porque es un libro que se puede comprar en Inglaterra en cualquier librería. En 1992 iba ya por el millón de copias, algo que Packer nunca hubiera imaginado. Lo que sorprende al mundo editorial de “Conociendo a Dios” es que no es un libro fácil de leer, digámoslo claramente. No tiene nada que ver con la llamada “literatura de autoayuda” que domina el mundo cristiano con mensajes simplistas y superficiales, sino que se enfrenta a cuestiones complejas de la fe con un estilo claro, bíblico y realista.

Para entenderlo, vamos a ver un párrafo cualquiera del libro, como estas líneas del epígrafe que lleva el título “Conocer y ser conocido”. La traducción es mía, porque como ya he dicho, no me entusiasman las varias que hay ya en castellano:

“Lo que importa, sobre todo, no es finalmente el hecho de que yo conozca a Dios, sino un hecho aún más grande y fundamental, que Él me conoce a mí. Estoy grabado en las palmas de sus manos. Nunca salgo de su mente. Todo mi conocimiento depende de su iniciativa continua en conocerme. Yo le conozco, porque Él me conoció primero y continúa conociéndome. Me conoce como amigo, que me ama y no hay momento que deje de mirarme, o su atención decaiga, por lo que falte su cuidado.”

En primer lugar, observen el poder de las imágenes verbales. La expresión “grabado en las palmas de sus manos” viene de la Biblia, pero significativamente, no cita el libro, capítulo o versículo. A diferencia de la mayoría de la literatura evangélica, Packer no cansa a sus lectores con continuas citas bíblicas entre paréntesis. Sus textos se pueden leer seguido, sin interrupciones. Es una prosa en segundo lugar, saturada de la Escritura, pero con alusiones a textos bíblicos, no referencias explícitas. En tercer lugar, es una visión puritana de la teología, porque aplica la doctrina a la vida. Es experimental. Y en cuarto y último lugar, identifica siempre al Creador con el Redentor, el Dios del que habla es el que se ha revelado en Cristo Jesús.

Las manos de Dios, el Creador, son en la tradición cristiana desde Ireneo de Lyon, heridas para salvar su creación. Atravesadas por los clavos de la cruz nos muestran que el Autor es el Redentor. Cuando se las enseña a Tomás como reconocimiento de la realidad de su resurrección, aparecen con las huellas de las heridas que las han atravesado (Juan 20:24-28). Es así como podemos conocer la realidad de Dios, no por una conciencia que tengamos naturalmente de Él, sino por el conocimiento que Él nos ha dado en Cristo Jesús.

Conocer a Dios no es saber de Él. Es el conocimiento que viene de una relación que nos hace confiar en Él. Es conocer su relación con nosotros. ¿Qué es la fe sino conocer Aquel que está en relación con nosotros? Con las palabras del reformador, la verdadera sabiduría está en ese conocimiento de Dios y de nosotros mismos. Ese conocimiento es el único que nos salva. Ningún otro.

Escrito en Madrid por el () . Hasta el día de hoy esta página ha tenido 831 visitas.





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