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Estudio

Jayro Bustamante y el insulto definitivo

Las películas de Jayro Bustamante han llamado la atención de la audiencia internacional por su realismo mágico y la inteligente reformulación del mito

Jayro Bustamante y el insulto definitivo

Modificado el 2021/09/14

Como la mayoría de países centroamericanos, este 15 de septiembre la República de Guatemala celebra el bicentenario de su independencia de la corona española. Pero si algo ha colocado a Guatemala en el panorama internacional en este año conmemorativo eso ha sido la película “La Llorona” (2019) de Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), el primer largometraje chapín nominado a un Globo de Oro y finalista para una nominación al Óscar. Inspirada en una de las leyendas más populares de Centroamérica, el film repasa uno de los episodios más controvertidos y oscuros de la historia guatemalteca. El director concluye así su “trilogía del insulto”, un interesante proyecto cinematográfico que explora la discriminación, la desigualdad y la impunidad en un país donde más del 90% de la población se confiesa cristiana.






Apodada como “la buena”, para diferenciarla del blockbuster de Michael Chaves, “La Llorona” de Jayro Bustamante ha llamado la atención de la audiencia por su realismo mágico y la inteligente reformulación del mito que da nombre a la película. Con diferentes matices según donde se cuente, la leyenda tradicional de La Llorona nos avisa del fantasma de una madre que llora la muerte de los hijos que ella misma ahogó. En la película del director guatemalteco, sin embargo, nos encontramos con el general Enrique Monteverde (Julio Díaz), un hombre cuya condena por crímenes de guerra queda anulada por un sospechoso tecnicismo. Junto a los suyos y ya en la comodidad de su hogar piensa que por fin dormirá tranquilo, pero el llanto de una mujer en medio de la noche empezará a inquietar al general.

La sorpresa para quienes desconocen la historia de Guatemala está en descubrir que no todo es leyenda en este relato. Como haría Welles en “Ciudadano Kane” con el magnate de la prensa W.R. Hearst, en “La Llorona” está claro que el general no es más que el sosias de José Efraín Ríos Montt (1926-2018), exjefe de Estado guatemalteco condenado en 2013 por los mismos cargos que Monteverde. De esta manera, Bustamante y Lisandro Sánchez (coguionista) vuelven a la controversia para cerrar un ciclo de películas que aunque internacionalmente han sido aclamadas, en Guatemala no han sido bien recibidas por todos.

La trilogía del insulto

Aunque nace en la capital, la infancia de Jayro Bustamante transcurre a las orillas del lago Atitlán, en el departamento de Sololá, un lugar mágico rodeado por volcanes que deslumbra a todo el que lo visita, pero muy lejos de ser una región con un amplio desarrollo cinematográfico. De ahí el mérito de Bustamante, que no sólo llega a dar clases en La Sorbonne tras desarrollar su carrera en París (Conservatoire Libre du Cinéma Français) y Roma (Centro Sperimentale di cinematografia) sino que vuelve a su tierra natal, donde sólo se producen cuatro películas al año, para promover y ampliar una industria audiovisual propiamente guatemalteca.

Así surge La Casa de Producción, la productora de la que salen las tres películas que conforman lo que el director ha llamado “el tríptico” o “trilogía del insulto”: “Ixcanul” (2015), “Temblores” (2019) y “La Llorona”. Cada uno de estos largometrajes se corresponde con uno de los tres insultos que según Bustamante, son los peores que se le pueden decir a un chapín: indio, hueco y comunista. En sus declaraciones para El País el director comenta que esta trilogía no pretende “mostrar los problemas de discriminación que nos desbordan, sino que reflejan el orgullo del guatemalteco de ser como es, un orgullo por no progresar”.

El primer largometraje de La Casa de Producción, “Ixcanul”, se corresponde con el primer insulto (indio) y presenta al espectador el que puede ser el más hermoso y honesto retrato de las comunidades indígenas en el país centroamericano. En mi opinión es la mejor película del tríptico. Su fotografía, su crudeza y la sobria y potente actuación de sus protagonistas le valieron un Oso de Plata en el festival de Berlín.

Tras la filmación de “Ixcanul”, Bustamante conoció “por primera vez” a un hombre homosexual que “decía ser homofóbico”. Su experiencia con esta persona inspiró la segunda parte de este proyecto, “Temblores”, que se corresponde con el segundo insulto (hueco). “Hueco” es el adjetivo peyorativo más usado por los guatemaltecos para referirse a las personas homosexuales. Al hablar de la película Bustamante hace una interesante reflexión y afirma que “desde los mayas” Guatemala “no ha cambiado en su concepción piramidal: arriba, la religión, la fuerza. Debajo, el resto”. Con este planteamiento el director sitúa a su protagonista, Pablo (Juan Pablo Olyslager), en un contexto evangélico donde los valores de familia y la negación de su orientación sexual fuerzan la ruptura con su amante. Salir del armario hace “temblar” al país.

El planteamiento resulta muy sugerente y su final con esa última sonrisa triste abre la posibilidad a la reflexión, pero lo cierto es que a diferencia de “Ixcanul”, “Temblores” carece de realismo e intensidad. No cabe duda de que las terapias reparativas para homosexuales en Latinoamérica han llegado a extremos que podríamos calificar de tortura y que cuentan con el apoyo de numerosos grupos religiosos. Sin embargo, las escenas en la iglesia o las conversaciones en torno a la fe carecen de la profundidad necesaria. Bustamante afirma que participó en un programa de terapias reparativas para conocer de cerca esta realidad, pero sólo fijándonos en cómo los actores levantan sus brazos durante “las reuniones” nos damos cuenta de que la iglesia en la que se infiltró para llevar a cabo su investigación le pidió que se “retirara” antes de tiempo.

Es evidente que “Ixcanul” plasma una realidad que el director conoce de primera mano, de sus años en los pueblos que rodean el lago Atitlán donde conviven numerosos grupos indígenas. El minuto silencioso en el que Juana (María Telón) abraza a su hija, María (María Mercedes Coroy) en la zona de carga de una camioneta pick-up mientras intentan llegar al hospital más cercano es sobrecogedor; resume la desigualdad que sufren las comunidades mayas en una sola escena. En “Temblores” la música nos prepara y los primeros planos intentan transmitir tensión, pero el pobre desarrollo psicológico de los personajes deja frío al espectador.

Algo similar encontramos en “La Llorona”; se vende como una película de terror, pero ya desde la escena inicial vemos que carece de la fuerza necesaria para ello. La “batalla espiritual” que debería espantarnos acaba siendo un rezo un tanto patético. Como decía alguien, “da más miedo el rezo de la novena de un muerto de la familia”. La realidad supera ampliamente a la ficción en este caso. Para mi lo verdaderamente aterrador de este film no está en su leyenda folclórica, sino en recordar el clamor de las víctimas mientras el general Ríos Montt emitía sus sermones dominicales desde una iglesia evangélica.

El verdadero terror

Vemos y escuchamos al general Monteverde y tenemos claro que es un ser despreciable. Es por eso que su sorprendente final en la película de Bustamante nos alivia momentáneamente. La realidad, como siempre, es más compleja y ambigua.

Cuando uno lee y escucha las entrevistas realizadas al general Ríos Montt, nos damos cuenta de que era una persona con cierto carisma, más o menos razonable a pesar del pobre desarrollo de sus argumentos. La mayoría de los entrevistadores se ríen con él. Muchos evangélicos firmarían declaraciones como las que hace a un grupo de periodistas estadounidenses cuando le preguntan por su cambio del catolicismo al protestantismo: “soy católico, soy apostólico también… lo único es que no soy romano, soy guatemalteco”.

Esta “conversión” se da a finales de los setenta cuando Ríos Montt vuelve de España tras ser embajador en Madrid. Son años en los que el general se reinventa. Realiza un curso de relaciones humanas, muy parecido al que imparten hoy muchos gurús de la autoayuda y abandona el catolicismo para unirse a la Iglesia El Verbo, una vertiente de Gospel Outreach. Ya siendo anciano (o pastor) de esta comunidad el grupo de oficiales que lidera el golpe de Estado de 1982 piensa en él como un líder respetado que puede hacer frente a la corrupción y lo proponen para ser presidente de La República. Se trataría del primer presidente evangélico de América Latina. Algunos desconocían su conversión al protestantismo y se sorprenden al darse cuenta de su compromiso religioso con los evangélicos.

En la prensa el general promete amnistía y diálogo con la guerrilla de izquierda para acabar con la Guerra Civil que finalmente duró 36 años (1960-1996). Sin embargo, el continuo apoyo a las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) y la intensificación de la política de “tierra arrasada” o “tierra quemada” que había impuesto su predecesor (Fernando R. Lucas García) en las zonas rurales contradecían las palabras de Ríos Montt. Según Amnistía Internacional, durante los primeros cinco meses de gobierno del general el ejército fue responsable de la muerte de 10000 campesinos.

El informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) publicado en 1999 con el título “Guatemala: memoria del silencio” registra 626 masacres en el interior del país de las que más de la mitad tuvieron lugar en los escasos 17 meses de gobierno de Ríos Montt. Uno de los informes más importantes para crear el documento publicado por la CEH fue el elaborado por el proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI, “Guatemala: nunca más”) dirigido por el obispo Juan José Gerardi Conedera. El testimonio de las víctimas en este documento arrojó luz sobre la verdadera crueldad del ejército, sobre todo en lo que se refiere al abuso sexual de las mujeres ixiles y el asesinato de menores. El informe concluye con la crisis de los pueblos mayas donde en varias comunidades era muy difícil encontrar mujeres entre 11 y 15 años que no hubiesen sido abusadas. El obispo Gerardi Conedera fue asesinado en su domicilio dos días después de la publicación del informe en abril de 1998.

Todo ello ocurría mientras mis padres escuchaban por la radio las reflexiones bíblicas del general que empezaban con su célebre frase “Usted papá, usted mamá”, en las que Ríos Montt animaba a la sociedad guatemalteca a salvaguardar los valores familiares y no dejarse seducir por la influencia comunista. Por ello, Bustamante piensa que “comunista no tiene en Guatemala un significado político, sino que denomina a cualquiera que se preocupe por los derechos humanos”. El director intenta plasmar estas grandes contradicciones y la tragedia del pueblo maya pero como vemos, es difícil comparar el horror de los hechos con los fantasmas de “La Llorona”.

El dolor de nuestras madres

Por el momento siguen siendo las colaboraciones extranjeras las que mejor retratan el reciente y duro pasado de Guatemala. Un buen ejemplo de ello son los documentales de Pamela Yates (Pensilvania, 1962) cuyo registro audiovisual sobre el juicio y la condenada anulada a Ríos Montt muestran en profundidad las coaliciones entre el ejército y la élite de empresarios del Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF) para mantenerse en el poder. Es en esta serie de documentales en el que se inspira “La Advertencia” (2020), el podcast mexicano de La Corriente del Golfo y Antifaz que narra el actor Diego Luna, producido entre otros por Gael García Bernal. En el episodio “País indígena”, “La Advertencia” reproduce los extractos de los testimonios de las mujeres ixiles que declararon en el juicio contra Ríos Montt y como ellos mismos dicen, no hace falta traducir lo que dicen para imaginar el dolor y el horror que vivieron.

Asimismo, es una colaboración franco-belga, “Nuestras Madres” (2019), la que puede presentarnos el mejor retrato cinematográfico sobre la complejidad y la profunda herida de la guerra civil guatemalteca. Se trata de una película sin grandes pretensiones que empatiza con las víctimas sin simplificaciones moralistas. El relato nos presenta a Ernesto (Armando Espitia), un joven paleontólogo que sigue la pista que podría llevarle hasta su padre, uno de los miles de desaparecidos durante la guerra. Para sorpresa de Ernesto, su investigación incomoda a Cristina (Emma Dib), su madre, una comunista comprometida que se empeña en dejar atrás el pasado. La verdad de esta familia guatemalteca nos permite comprender desde otra perspectiva el tabú de la guerra civil y la tensión que vivió el país durante el juicio a Ríos Montt.

El realismo mágico de “La Llorona” satisface por un instante nuestros deseos de venganza con la puesta en escena de una realidad en la que los muertos vuelven a la vida para reclamar justicia. “Nuestras madres”, en cambio, acaba con la declaración de las víctimas en ese juicio tan esperado. Todos sabemos que finalmente la condena fue anulada pero el director, César Díaz (Ciudad de Guatemala, 1978), prefiere cerrar su película con los primeros planos del rostro de las madres mayas. Su mirada nos habla de ese profundo anhelo de justicia que tantos esperan en este mundo roto por la maldad y la impunidad. La cuestión para muchos de nosotros es si existe tal justicia.

Tiempos recios

En su fascinante análisis del film, Mónica Castillo comenta que “La Llorona” “no sólo es una historia de terror, sino una dolorosa reflexión sobre la injusticia”. Es por eso que a pesar de todo, la obra de Bustamante sigue siendo una interesante invitación a meditar sobre la justicia en Latinoamérica en esta época de “Tiempos recios”, como titula Mario Vargas Llosa a su última novela (Alfaguara, 2019). El premio Nobel de Literatura vuelve a la historia política para revisar los entresijos que llevaron al violento derrocamiento del presidente guatemalteco Juan Jacobo Árbenz Guzmán (1913-1971). Según Vargas Llosa, la vida de este presidente “es de las historias más trágicas” que ha conocido.

Con ese estilo que combina inteligentemente el ensayo y la narrativa, el escritor peruano nos presenta el triste retrato de un hombre que admira el desarrollo y la democracia de Estados Unidos para luego darse cuenta de que el Servicio de Inteligencia de este país es quien está detrás del golpe de Estado que acabará con él y las políticas que intentan frenar la explotación de la United Fruit Company, apodada “El Pulpo” por su potente fuerza política para mantener sus ganancias en las llamadas “repúblicas bananeras”.

El título de la novela, “Tiempos recios”, proviene de una carta que Teresa de Ávila le envía a su amiga Ana en medio de la persecución que sufre por parte de los inquisidores. Vargas Llosa encuentra similitudes entre el clamor de esta monja y el de la historia de los pueblos latinoamericanos, ambos motivados por la injusticia de los gobernantes de la tierra. Por eso, en los apuntes finales de su autobiografía, escrita en 1562, Teresa de Ávila ya no parece tener esperanza en lo que sus ajusticiadores decidan, sino en esperar la “misericordia” de Dios.

El epílogo de esta carta desconcierta a la mayoría porque cuando leemos historias como las del pueblo guatemalteco, uno precisamente se pregunta dónde está ese Dios bueno y misericordioso que promete justicia en medio de tanto dolor. Más aún cuando algunos calculan una mayoría tan abrumadora de creyentes en un país azotado por la corrupción.

El insulto definitivo

Para la audiencia resulta difícil no dejarse cautivar por la idea de un ser fuera de la realidad de este mundo que imparte auténtica justicia. El general Monteverde podrá aparentar piedad y buenas maneras, pero “La Llorona” sabe lo que ha hecho y no quedará sin castigo. Con cierto pesimismo, Jayro Bustamante concluye que “sólo nos queda el realismo mágico para responder a la impunidad” en Guatemala.

Sin embargo, para los millones de cristianos guatemaltecos la última respuesta a la impunidad y la injusticia de este mundo no pasa por una leyenda o un mito, sino por la verdad de un Dios Justo. Según La Biblia, el Dios en el que creen los cristianos es un Dios que se presenta a sí mismo como “el padre de los huérfanos y defensor de las viudas”, “el Señor que hace justicia a los oprimidos” y “muestra su amor al extranjero proveyendo de ropa y alimentos”. El hombre corrupto podrá quedar impune frente a los tribunales, pero “los ojos de Jehová están en todo lugar” y como recuerda el profeta, “no habrá paz para los malvados”.

Por tanto, a la luz de La Biblia la injusticia que plaga este mundo no sólo es un agravio para ciertos individuos o colectivos. Se trata de una clara afrenta hacia Dios. Esto, claro está, nos inquieta a algunos de nosotros. Porque siendo sinceros, muchos sólo nos acordamos de la justicia cuando las víctimas somos nosotros. De esta manera, el texto bíblico además de mostrarnos la perfeta justicia de Dios, también nos demuestra que en última instancia nuestra justicia parcial no es más que el insulto definitivo, el insulto al Creador.

Aun así, lo más sorprendente del Evangelio no es que Dios se identifique de tal forma con los oprimidos, sino que ¡Él mismo fue uno de ellos! En la cruz de Cristo, como diría John Stott, “vemos a Dios en el rostro de un pobre”. En ese lugar el Hijo de Dios cargó con el precio de la ofensa al Creador, llevando sobre sí toda corrupción y maldad. Allí, en esa burda ejecución estaba Dios cuando los hombres oprimieron al débil. Como menciona el teólogo inglés, “yo nunca hubiera creído en Dios si no fuera por la Cruz. En un mundo de dolor ¿cómo puede alguien adorar a un Dios inmune?”

No sé qué le deparará a Guatemala en los próximos doscientos años, pero confío en que la gracia de Aquel que vino de entre los muertos para darnos justicia, pueda animar a la iglesia guatemalteca a dejar que el juicio corra como las aguas ¡y la justicia como un río imparable!

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