Estudio

Gilgamesh y el oportuno relato bíblico del diluvio

Sîn-lēqi-unninni utilizaba la insatisfacción de su época y una muy personal disposición a transgredir cuando decidió escribir la Epopeya de Gilgamesh

Gilgamesh y el oportuno relato bíblico del diluvio

Modificado el 2022/01/29

El exorcista Sîn-lēqi-unninni se dedicaba a tareas propias de escriba, mago y sacerdote alrededor del año 1300 antes de Cristo. La escritura cuneiforme existía entonces en Sumeria desde hacía cerca de dos mil años y él pasaba las horas rodeado de relatos centenarios, identificados y ordenados en un riguroso orden establecido que podría ser la envidia de una biblioteca moderna. La nueva hegemonía de la dinastía de los Casitas había enrarecido la opinión pública y el desencanto con los valores tradicionales bañaba los relatos más recientes sobre la creación, el diluvio universal y el justo sufriente. La tendencia entonces estaba claramente en contra de los viejos dioses y ¡él sería sensible a la nueva demanda con una historia sobre el viaje de unos amigos!

Joaquín Sanmartin, catedrático emérito de Filología Semítica en la Universidad de Barcelona, asegura que Sîn-lēqi-unninni utilizaba la insatisfacción de su época y una muy personal disposición a transgredir cuando decidió escribir la epopeya que llevará como título la primera frase: "el que vio lo más profundo". Ya había varios relatos que recogían la gloriosa fama de esta figura popular de la antigüedad y unas hazañas que de hecho decoraban incluso palacios de su tiempo. Su historia era bien conocida también entre entre los hititas, los sirios e incluso los cananitas de Megido, que lo utilizaban en ejercicios de escritura. Algunos han llegado a nosotros. La sociedad dominada entonces por los valores tradicionales de la familia debió sorprenderse mucho al ver cómo la creación era dejada en manos de una prostituta que fornicaba durante siete días y siete noches. La desbordante pasión por la vida tan bellamente recogida en la primera parte del relato, sin embargo, sólo es comparable con la sobrecogedora preocupación por la muerte en la segunda.

¿Quién hay, amigo mío, que pueda subir al cielo?
¡Solo los dioses morarán con Shamash por siempre!
Pero la humanidad tiene contados sus días,
haga lo que haga no es más que aire.

"Gigante entre los reyes" (1700 A.C.)

La primera gran celebridad de la historia

El judaísmo no inventó el monoteísmo. La propia información interna de la Biblia menciona a muchos otros monoteístas como Enoc, Noé o Melquisedec. El justo sufriente Job además ha sido identificado con Ayyab, el rey shutu de Astartu, gracias a las Cartas de Amarna datadas en 1350-1335 antes de Cristo. Los registros arqueológicos de un faraón como Akenatón o una tribu como la de los madianitas dan también buenas razones para pensar que había diferentes formas minoritarias de monoteísmo al margen de la historia de Abrahám. Monoteístas que, por ser más contraculturales, no llegaron a dejar registro de sus propios relatos de una forma tan sofisticada como la de Sîn-lēqi-unninni. Los registros de escritura protosinaítica encontrados primero a orillas del Nilo y luego por todo Canaán son una buena prueba de que los sumerios estaban sin duda en una categoría mucho más desarrollada.

Las tablillas de arcilla no se firmaban ni se identificaban por su autor hasta que empezaron a hacerlo autores como Sîn-lēqi-unninni. La lectura de sus poéticos textos, ahora fragmentados y traducidos, difícilmente pueden mostrar la complejidad de su elaboración. Hay que tener en cuenta que su métrica y escritura eran tan virtuosas que apenas unos pocos elegidos podían entenderlas incluso en su propia época. El alcance que ha tenido su epopeya sin embargo se mide ahora en la influencia que ejerció sobre la ′Ilíada′ de Homero o en ′El Libro de los Gigantes′ escrito alrededor del año 270 antes de Cristo. Fragmentos de esta última fueron encontrados recientemente en las cuevas de Qumran y mencionan precisamente a Gilgamesh como uno de los bíblicos gigantes, "valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre"

El contencioso Enmerkar, que se traduce en hebreo Nimrod y que fue según el relato bíblico el tataranieto de Noé, fundó la antigua ciudad de Uruk. Si seguimos la misma genealogía sumeria de reyes de la dinastía de Uruk, entendemos que fue Gilgamesh quien poco después puso los muros y reinó sobre esa misma ciudad durante 126 años. Da mucho vértigo pensar que estamos hablando de una fecha alrededor del año 2900 antes de Cristo. El objetivo original de la escritura era la contabilidad de las diferentes transacciones económicas que después utilizaban en primitivas formas de análisis predictivos como los que se pueden utilizar hoy para predecir las temperaturas. Era por eso muy importante que las cantidades fuesen exactas pero sorprende que a medida que los sumerios se acercaban a las fechas del diluvio, especialmente a los reyes anteriores al diluvio, las cantidades de años se iban haciendo progresivamente mayores.

Las dificultades propias de la comunicación

Gilgamesh es según registros arqueológicos quien construyó el templo de Enlil en Uruk. Enlil es etimológicamente ′el señor contencioso′ y para muchos entonces el más importante de los dioses que divide el cielo de la tierra y crea a los hombres del barro. Enlil no se deja mirar ni representar como sí hacían los otros dioses. Sus intenciones son principalmente benefactoras pero tiene una idea muy concreta del bien o del mal y, lo que es más importante, pide que le imiten y le adoren por encima de todo. No haberlo hecho en el pasado había tenido como consecuencia que la tierra se cubriera de agua en un acontecimiento que marcó un antes y un después en la milenaria historia de los sumerios. Así habia sido al menos para la mayoría hasta la época que le tocó vivir a Sîn-lēqi-unninni. Los cristianos encontrarán en estos descubrimientos una oportunidad de oro para asomarse al mundo que habitaron Eva, Caín o el paciente Job, aunque sólo sea en un contexto rodeado de espejos deformados. Sus piedras atestiguan que en el principio tampoco faltaban desgracias, amigos, viajes, triunfos y por supuesto drásticas intervenciones sobrenaturales.

Huwawa era el guardián de un lugar privilegiado, quizás correspondiente los Zagros de Irán o a la todavía reservada área denominada ′Bosque de los cedros de Dios′ en el actual Líbano. Enlil, que era en realidad sólo el más conocido de la tríada de dioses más poderosos de Sumeria, le había dado ese cargo y siete brillantes auras o cotas que lanzaban rayos para impedir a los hombres entrar en aquella zona reservada. Sumeria tenía mucho barro para la escritura o los ladrilos pero tenía que importar o robar la madera. Un frondoso bosque cerrado era algo intolerable para los habitantes de una zona desprovista de vegetales más altos que el trigo. No es por lo tanto accidental que la primera aventura de este viaje iniciático con amigos de Gilgamesh sea precisamente para cortarle la cabeza a Huwawa. Huwawa era capaz de lanzar fuego por su boca y desplazar montes pero claro en la historia de Sîn-lēqi-unninni le observamos rogando por su vida ante la pesada espada de Gilgamesh.

Según otro poema sumerio fue también Gilgamesh quien asaltó el jardín sagrado junto al río Eúfrates, mató a la serpiente que no puede ser hechizada y cortando de raíz el árbol Huluppu. La madera de este árbol mágico, que fue también testigo de la creación, le servirá al fornido rey para tallar un trono a la diosa Inanna, más conocida por su equivalente babilonico Ishtar. No es casualidad que el culto a esta diosa del amor y la guerra hubiese ya entonces acaparado la popularidad y el culto que en el pasado había tenido Enlil. Esa evolución explica también, por supuesto, que la moraleja de esta digamos tardía segunda parte de la epopeya, la Tablilla XII, promocione la necesidad de hacer mayores sacrificios propicios a Ishtar. ¡Justo lo opuesto a lo que enseñan sobre la "reina del cielo" profetas de la Biblia como Jeremías alrededor del año 500 antes de Cristo!

La difícil reconstrucción del relato

La literatura sumeria no es como la griega. Ha sido arrancada de la tierra a base de golpes de azada, en medio de conflictos armados y sigue en perpetua reconstrucción todavía hoy. El intrépido aventurero Sir Austen Henry Layard nació en París de una familia hugonote y había sido doctorado por la Universidad de Oxford cuando encontró en uno de sus viajes a su más popular colaborador Hormuzd Rassam. Rassam era iraquí pero también miembro de la Iglesia Católica Caldea, una minoría local que ya entonces tenía una larga tradición de persecución islámica a sus espaldas, que culminará en el denominado Holocausto Armenio de 1915. Hormuzd Rassam fue sin embargo clave en tareas diplomáticas que le costaron cadenas y que le permitieron recuperar en Nínive los primeros restos de la Epopeya de Gilgamesh en 1854.

George Smith trabajaba entonces para el Museo Británico y ya había descubierto el registro arqueológico que confirmaba la existencia del bíblico rey Jehu. George Smith, según contaron sus compañeros, saltaba de alegría y se desprendía de su propia ropa cuando, poco después, descubrió también un registro alternativo al relato bíblico del diluvio entre aquellos restos descubiertos por Hormuzd Rassam. George Smith y Archibald Sayce, lingüista y profesor de Oxford, escribieron "The Chaldean account of Genesis" (London, Hampson Low, 1880) y fue presentado a la comunidad científica como el registro caldeo de los relatos ya conocidos a través del bíblico libro de Génesis.

La reacción que siguió a los descubrimientos de aquellos restos de Mesopotamia fue explosiva, probablemente en todos los sentidos imaginados y no imaginados por su autores. Muchos académicos ya se habían hecho a finales del Siglo XIX una idea específica de qué debían esperar de la Biblia y el escritor escocés Andrew Lang, especializado en folklore, mitología y religión, lo resumía perfectamente en una frase que se ha hecho muy popular: "usaba la estadística como un borracho usa una farola... ¡más para sostenerse que para iluminarse!".

Registros de las primeras críticas a la Biblia

Friedrich Delitzsch, profesor en la Universidad de Berlín, aseguraba en ′Babel and Bible′ (Chicago, 1903) que el Antiguo Testamento estaba tan contaminado por la influencia babilonia que debía sustituirse por la tradición alemana y conservar así solamente los rasgos arios del Nuevo Testamento. Alfred Jeremias, profesor de la Universidad de Leipzig, había traducido la Epopeya de Gilgamesh al alemán en 1891 y aseguraba que incluso la figura de Jesús no era más que un Gilgamesh israelita y nada más que una copia de esa misma e incontable saga de personajes como Abraham o Moisés. Peter Jensen, teólogo y orientalista que enseñó en la Universidad de Marlog, dedicó las más de mil páginas de su monumental obra ′Das Gilgamesch-Epos in der Weltliteratur′ (Strasbourg, 1906) a una ridícula caída al vacío intentando probar que hasta la figura del apóstol Pablo no era sino un mito basado en la Epopeya de Gilgamesh.

No era algo nuevo. Antes que ellos, muchos como Constantin François ChassebÅ“uf de Volney y Charles-François Dupuis, que habían estudiado realmente teología, derecho o literatura y no historia o arqueología, se habían dejado ya llevar por un entusiasmo del orientalismo, la filosofía y la imaginación que les llevó pronto a tener la desaprobación del resto de la comunidad científica. En su propio tiempo Jean-Baptiste Pérès, profesor de física en la Universidad de Lyon, escribió una exitosa sátira titulada ′Gran Erratum′ (BNF, 1835) donde bromeaba dudando también, por qué no, de la existencia del entonces reciente conquistador Napoleón Bonaparte.

La modernidad no necesitaba encontrar la Epopeya de Gilgamesh para entender que el relato bíblico tiene influencia de relatos sumerios. La propia información interna que contiene la Biblia ya asegura que de hecho el ser humano en general procede de ese pequeño rincón a las orillas del Tigris y el Eúfrates. De Abraham en particular está escrito que procede específicamente de la ciudad de Ur, confundida hasta hace poco por algunos académicos con Ur Kasdim. Las tribus nómadas que ocuparon Canaán desde el desierto precisamente en la misma época en la que Sîn-lēqi-unninni escribía su relato, eran descendientes de aquel adorador de Nannar, la diosa sumeria de la Luna.

El origen sumerio de la tradición judía

Las conflictivas y empobrecidas tribus habiru o apiru huidas de Egipto mencionadas en el relato de "La toma de Yapu", datado en el año 1456 antes de Cristo; las tribus I.si.ri.ar mencionadas en la estela del faraón egipcio Merneptah, datada en el año 1208 antes de Cristo; o las tribus Sashu de Yhwh, mencionadas por Amenofis III y Ramses II hasta el año 1279 antes de Cristo, podrían encajar fácilmente con las doce tribus que serán clave luego en la escritura de la Biblia. Que la ocupación que hicieron de Canaán no fuese siempre violenta no es algo ajeno tampoco a la información interna de la Biblia. Muchas ciudades eran tomadas de forma pacífica debido a la terrible fama que les precedía.

¡Hasta los magos que encuentran a Jesús estudiando las estrellas según los relatos del Siglo I vienen de Oriente! Jesús, de hecho, es identificado en la Biblia como el segundo Adán, que según algunos académicos podría haber sido contemporáneo de Alulim, el primer y más antiguo nombre en las genealogías de reyes sumerios. Lo que pasa es que el intercambio entre ambas religiones da la impresión de ser más una confrontación que un reciclaje, y ¡una confrontación hostil, en ambas partes! La bíblica oposición y matanza de sacerdotes de Moloc, Asera o Baal a cargo de Josué, Elías o Josías desde el 1300 hasta el 640 antes de Cristo son sólo tres buenos ejemplos. Si el problema es que el relato de la Biblia tiene diferencias en algunos detalles con los múltiples relatos que existían paralelamente ya entonces -lease Ziusudra, Enūma Eliš¡ o Atrahasis- porque no han sobrevivido dos relatos exactamente iguales en Mesopotamia-, la pregunta más razonable sería ¿qué hace que un relato sea más creíble que el otro? ¿quién tiene la razón cuando dos o más discuten?

Una lectura superficial del texto del relato "Atrahasis o el supersabio" descubrirá elementos en común con el relato de la Biblia. Una lectura detenida, sin embargo, puede fácilmente descubrir una auténtica parodia. En el relato de Atrahasis los valores están invertidos y se ha añadido una capa de humor propio de un relato esperpéntico. La Biblia identifica a una divinidad que provee recursos para el sustento de los seres humanos, mientras que el Atrahasis identifica a una divinidad que provee de trabajos forzados a los seres humanos. La Biblia identifica o describe el mal en forma de asesinatos específicos, mientras que en Atrahasis el mal es el liviano ruido de unos niños que molestan generalmente a las personas mayores. Hay claramente un mismo modelo con dos puntos de vista opuestos y la clave principal está ya en la primera línea, que le ha servido también título en ocasiones a Atrahasis: "cuando los dioses hacían de hombres". Su introducción no tendría sentido para el lector entonces si no le hubiese precedido otro relato más antiguo "donde los dioses hacían de dioses".

Si lo que hace un relato creíble es que tiene consistencia con los relatos alternativos hay entonces pocos relatos más creíbles que el del bíblico Génesis. El diluvio universal, por ejemplo, está recogido en más de sesenta y dos culturas distribuidas en los cinco continentes incluyendo las Inuit, Inca, Tawhaki o las africanas Kwaya, Mbuti, Maasai, Mandin o Yoruba donde -por cierto- no había frecuentes desbordamientos de ríos. Si lo que hace a un relato creíble es que coincida al 100% con el resto de relatos alternativos entonces tenemos una misión imposible. Los que estudian criminología saben bien, además, que una similitud excesiva en los detalles de diferentes relatos es indicador de fraude. Si lo que hace un relato creíble es, por el contrario, una cuestión de orden, ya sea porque es el primero o el último de los relatos recibidos tenemos entonces que solucionar otro tipo de problemas.

El verdadero relato de la creación del Universo

Si un relato es creíble porque es el primero entonces ninguno lo es realmente, ya que como se aprende en educación básica de literatura, todos los relatos proceden de la misma y ancestral colección de elementos básicos. Se cree que alrededor del año 2000 antes de Cristo ya existían plantillas de relatos donde el escriba sólo tenía que cambiar el nombre de un héroe por el de otro en función de quien hacía el encargo. Antes de estar escrito un relato siempre llega a nosotros por tradición, educación y variación, incluidos los modernos relatos que se divulgan en Internet. Y ¿qué garantiza que esa misma tradición que fue oral en su origen y que observaron las tribus hebreas, no fue más tradicionalista que la de la avanzada civilización sumeria y conservó con más rigor el relato original en las fuentes escritas más tardías?

Lo que hace un relato verdadero para el Dios de la Biblia, en cualquier caso, no es que esté escrito antes, durante o después en soporte digital, papel o piedra. Sabemos que los relatos sumerios no tenían la verdad o la belleza como objetivo sino la agenda política de los reyes de su tiempo. Un primer registro de un relato, según las ciencias de la información, es siempre interesado o sesgado y requiere un elaborado trabajo de investigación hasta que se puede presentar a los lectores con un mínimo de objetividad. Si, por el contrario, un relato es más creíble por ser el último o el más reciente ¿cuánto tendremos que esperar para identificarlo? ¿cuándo podremos decir que ya se ha revelado ese único relato verdaderamente creíble?

El relato de la creación del Universo y las partículas está ahora en manos de los físicos que apenas pueden creer cómo ha pasado totalmente desapercibido a sus ojos el 95% de la materia, que acertadamente han bautizado con el nombre de materia o energía oscura. No en vano Guido Tonelli, profesor de física en la Universidad de Pisa, utiliza los patrones del relato bíblico para extructurar su reciente obra "Génesis: El gran relato de la creación del universo" (Ariel, 2021). Avi Loeb, profesor de astrofísica de la Universidad de Harvard, acapara ahora toda la atención mediática asegurando que el Universo realmente surgió como una experimento de laboratorio en una civilización mucho más avanzada que la nuestra.

Las características del mito

Se conservan cientos de tablillas con infinidad de variaciones del relato de Gilgamesh. Joaquin Sanmartin asegura de hecho en ′Gilgamesh, rey de Uruk′ (Editorial Trotta, 2018) que esa continua capacidad de cambiar es lo que permite a un mito perdurar en el tiempo: ′un mito que no se cuenta una y otra vez, o que no se reescribe, está muerto: es un fósil′. Si eso es cierto, y eso encaja con la opinión de la mayor parte de los filólogos, el Génesis de la Biblia sería el relato más impropio de estar en la categoría de mito. El relato bíblico de la creación apenas ha cambiado desde que fue escrito como muy tarde entre el 597-539 antes de Cristo, ¿qué le ha hecho perdurar prácticamente intacto desde entonces?

Definitivamente no hay algo que necesariamente haga un relato más verdadero por estar escrito en un formato u orden específico. No hay nada en la naturaleza divina descrita en los textos bíblicos que pueda hacer preferible una revelación a través de tradición oral, arcilla, papiros o Internet. Dios demuestra su superioridad en la Biblia escogiendo hablar a través de una zarza ardiente, una escritura en piedra o un papiro. Algunos críticos o defensores de la Biblia creyentes y no creyentes, sin embargo, han mostrado intereses añadidos de carácter personal que podrían quizás compartir con nuestro exorcista favorito Sîn-lēqi-unninni. Intereses que realmente nunca verán satisfechos ya que su problema es un problema de prejuicios, voluntad y control.

Hay una pasión tremendamente natural que se despierta con nuestro deseo de control y que al mismo tiempo nos lleva a enfrentarnos a nuestro creador. Un deseo que compartimos con Gilgamesh y que nos hace identificarnos con su triste epopeya. La política, la religión o la ciencia se convierten habitualmente en formas de búsqueda del control. Gilgamesh nos enseña ya desde la antigüedad que no hay una gran diferencia entre el deseo de enfrentarnos a Dios y el deseo de obtener de él la inmortalidad. La religión y nuestros deseos al final pueden ser exactamente el mismo hoyo con dos diferentes nombres.

El que vio lo más profundo

La primera parte del bíblico Génesis describe la relación de Dios con la humanidad en términos de una relación de amistad, que no tarda en convertirse en una permanente y clara confrontación. Dios se muestra interesado en relacionarse con los seres humanos desde ese mismo momento y no lo hace con desinterés precisamente sino respetando las distancias, con constancia y variando su metodología a pesar de que mantiene el mismo relato. Sus antiguos textos, aunque no sean tan antiguos como los sumerios, le identifican con el manso cordero, el animal más apreciado entonces, cuando quiere hablar de su benevolencia; cuando quiere hablar de su poder, sin embargo, lo identifica precisamente con el león. No en vano el león fue durante miles de años el principal enemigo de los sumerios en la realidad de su día a día.

Gilgamesh por eso aparece a menudo en los textos matando leones como si fuese indefensas crías de gato; el alto relieve que más frecuentemente se usa para identificar a este rey de Uruk, sotiene a uno de ellos, rugiendo pero inmovilizado, para demostrar su superioridad. La Biblia como palabra de Dios es especialmente contenciosa con ese deseo natural de control. No se adapta a nuestros esfuerzos y sin embargo, al mismo tiempo, llama nuestra atención también de forma natural, seduciéndonos e incluso atrapandonos si así lo quiere ella. Puedes ver fácilmente la diferencia al leer el siguiente texto, escrito alrededor del año 600 antes de Cristo. Aquí no es la persona la que finalmente entiende un enigma sino que es finalmente ella quien es examinada y conocida. Esa diferencia entre querer y tener es la misma que hay entre el deseo y la verdadera fe que claramente experimenta el autor de este Salmo 139:

Oh Jehová, tú me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
Has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
Y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.
Detrás y delante me rodeaste,
Y sobre mí pusiste tu mano.
Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí;
Alto es, no lo puedo comprender.

¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?
Si subiere a los cielos, allí estás tú;
Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.
Si tomare las alas del alba
Y habitare en el extremo del mar,
Aun allí me guiará tu mano,
Y me asirá tu diestra.
Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán;
Aun la noche resplandecerá alrededor de mí.
Aun las tinieblas no encubren de ti,
Y la noche resplandece como el día;
Lo mismo te son las tinieblas que la luz.

Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.
Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;
Estoy maravillado,
Y mi alma lo sabe muy bien.
No fue encubierto de ti mi cuerpo,
Bien que en oculto fui formado,
Y entretejido en lo más profundo de la tierra.
Mi embrión vieron tus ojos,
Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
Que fueron luego formadas,
Sin faltar una de ellas.
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena;
Despierto, y aún estoy contigo.

De cierto, oh Dios, harás morir al impío;
Apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios.
Porque blasfemias dicen ellos contra ti;
Tus enemigos toman en vano tu nombre.
¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen,
Y me enardezco contra tus enemigos?
Los aborrezco por completo;
Los tengo por enemigos.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis pensamientos;
Y ve si hay en mí camino de perversidad,
Y guíame en el camino eterno.

El valor de la amistad, que es tan importante en el relato de Gilgamesh, lo es también por cierto en los cuatro relatos bíblicos de la vida de Jesús. Jesús se muestra en esos registros especialmente emocionado cuando sufren sus amigos Marta, María o Lázaro, pero también por todos los demás durante su última cena. Jesús entiende entonces que por el sacrificio que va a hacer no volverá a compartir el vino con ellos y emocionado le pide a Dios. Jesús entiende que pedir lo correcto es importante para recibir finalmente algo y pide por eso que sus amigos puedan estar con él para siempre.

El apostol Pablo no en vano habla también de una realidad más personal que la escrita en piedra o papel y que es la escrita en el corazón. "Padre, aquellos que me has dado′, dice literalmente el capítulo 18 del Evangelio de Juan, ′quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos."


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