Estudio

Los valores eternos en los cuentos de George MacDonald

Sus cuentos de hadas y sus novelas fantásticas penetran con su imaginación la oscuridad y encuentran la luz de quienes han sido creados para amar

Los valores eternos en los cuentos de George MacDonald

Modificado el 2020/10/13

Dijo que no se dormiría hasta que le contase un cuento. Ya era muy tarde, y la oscuridad de la noche se había apoderado del día. Encendí una tenue luz y comencé a leerle su cuento favorito: La princesa y los trasgos. —En el torreón del castillo la voz de la misteriosa y dulce anciana le dice a la pequeña princesa Irene: “me habrías encontrado antes si no te hubiera dado por pensar que soy un sueño”. —Mientras le leía sus ojos se iluminaron, pero no por la luz, sino por el cuento; y se durmió...






El sueño de una infancia

Poco se conoce del autor de este hermoso cuento: George MacDonald, escritor, poeta y ministro cristiano, quien refleja en algunos de sus personajes el potencial que Dios ve en su creación. Sus cuentos de hadas y sus novelas fantásticas penetran con su imaginación la oscuridad, y encuentran la luz de quienes han sido creados (según él) por amor y para amar. Existe una áurea mística que rodea a este escritor olvidado, e intentar conocer algo sobre George MacDonald, supondrá traspasar el velo del misterio de su arte, y volver a hacernos como niños.

El joven protagonista de su cuento de hadas Fantasías se preguntaba:

¿Acaso el arte rescata la naturaleza de las cosas que nos hastían y sacian las miradas de los sentidos, en la degradante injusticia de nuestra ansiosa vida cotidiana y, recurriendo a la imaginación, que vive aparte, revelamos la naturaleza como realmente es en cierta medida, para que la veamos tal y como se presenta ante los ojos de los niños, cuya vida diaria, sin miedo ni ambiciones, contacta con la verdadera importancia del maravilloso mundo que nos rodea, y se regocija sin preguntar?

G. K. Chesterton, J. R. R. Tolkien, Elizabeth Yates, Neil Gaiman y Walt Whitman, entre otros, fueron algunos de los admiradores de George MacDonald. Así como C.S. Lewis que al encontrarse con la obra de MacDonald: “Fantasías”, aseguró que recibió un brillo de inspiración de lo inexpresable. Posteriormente (evocando aquel bello momento) diría: “mi imaginación, en cierto sentido, recibía las aguas del bautismo”.

Los cuentos en el interior de los niños, cual voz de la conciencia, pueden convertirse en refugio del miedo, y otorgarles las alas de la valentía. Logran ejercer un papel vital en la maduración del carácter del niño en la aventura de la vida. Tolkien decía que los cuentos de hadas «rechazan la completa derrota final», como el evangelio. Traen esperanza a quien se atreve a mirar y ver tras las nubes negras. Y como afirma la psicóloga Pilar Muñoz: “Un cuento bien leído tiene un valor superior a cualquier terapia infantil”. Hoy como si retornáramos a los sueños de nuestra infancia, nos adentraremos en la vida de George MacDonald: el denominado padre de la fantasía moderna.

Contra la represión de la imaginación infantil

George MacDonald nació el 10 de diciembre de 1824 en Huntly, un pequeño pueblo de Aberdeenshire, situado en las tierras bajas escocesas; donde las historias bíblicas y los mitos gaélicos se entremezclaban en los hogares campesinos de aquellas tierras místicas. Desde su más tierna edad, George MacDonald fue educado bajo las férreas directrices de la interpretación de las doctrinas calvinistas. Se dice que la primera vez que se le expuso la doctrina de la predestinación lloró desconsoladamente. Sin elección, constantemente estuvo “implicado en actividades y discusiones religiosas que a veces asfixiaban su alma celta, más atraída por el romanticismo, el amor a sus semejantes y el éxtasis frente a la naturaleza”.

Uno de los sueños de MacDonald era el de ser marino. La inmensidad de los mares, las historias de marineros que sus primos relataban, y el deseo quizá de salir de los límites que su educación rígida requería; crearon en el pequeño MacDonald la fantasía de poder surcar los mares. La percepción de la inmensidad del mar puede despertar desde los sentimientos más apacibles hasta los más inquietantes, y para la gente de mar, una vez que lo contemplan, jamás lo pueden olvidar. “¡Por favor, padre, déjame, porque no puedo ser feliz con ninguna otra cosa!”, rogaba George en una de sus cartas anhelando embarcarse. La ilusión de ser marino fue robada por la dura realidad al pequeño MacDonald, pero en su imaginación fue libre y viajo sin límites. La prodigiosa imaginación de aquel crío se comenzó a tejer en los entresijos más insospechables para una familia que podría denominarse de “un solo libro”. Helen MacKay, su madre, murió cuando George era apenas un niño. Algunos piensan, como comenta la escritora y traductora Carmen Martín: “que esa ausencia inspiró el tipo de mujer sabia, de edad indefinible e identidad evanescente, que aparece en muchos de sus argumentos fantásticos con tanta frecuencia como los niños huérfanos de madre”. Las experiencias del desarrollo personal de MacDonald supondrían la base fundamental de su obra, una obra pulida por la visión de lo bello de quien acepta la tragedia y la transforma en sabiduría. A MacDonald le obsesionaría la vuelta a la inocencia, diría: "escribo, no para niños, sino para los que son como niños.” Su anhelo era el de vivir maravillándose cada día de lo que le rodeaba, y realzar la belleza de lo sencillo.

Encontrando su camino

MacDonald se licenció en ciencias por la Universidad de Aberdeen, mientras leía con pasión literatura romántica y luchaba contra las doctrinas religiosas que para él limitaban el amor y la misericordia de Dios. En una carta dirigida a su padre decía: “lo que Dios dejó confuso y sumido en el misterio, ¿por qué se empeñan sus ministros en despiezarlo y reducirlo a teoremas?”

MacDonald no encontraba su camino en la vida, y posteriormente, durante dos años se preparó para ejercer de ministro protestante en el Highbury College. No se sabe con exactitud si MacDonald tenía realmente un llamado al pastorado, o si fue la fuerza de la necesidad o los sueños frustrados lo que arrastraron a MacDonald al servicio ministerial como pastor en la Iglesia congregacionalista en Arundel, Sussex. Allí no duro mucho tiempo, pues los feligreses se sentirían incómodos con sus sermones intelectuales... El reverendo MacDonald fue expulsado de la congregación por un documento firmado por un amplio grupo de los miembros de su congregación, donde casi le tildaban de hereje. A pesar de todo, MacDonald no se dejaría amedrentar por lo que él tildaría de pensamiento intransigente, y alejado de la comprensión de la inabarcable grandeza de lo divino. Diría: “Cuanto más perfecta es una teoría sobre lo infinito más probabilidades tiene de estar equivocada”. Asumía que existía un misterio no revelado que el ser humano debía aceptar.

Buscando paliar los males económicos y cansado de las controversias, MacDonald se iniciaría como literato (empujado por sus sueños) para proveer a su familia cada día más numerosa. Apoyado por su mujer, MacDonald encontraría el refugio donde con calma desarrollaría su vocación. Louisa Powell, según las palabras de George, fue lo mejor que pasó en su vida. Unidos por el amor a la naturaleza, mantuvieron correspondencia durante largo tiempo, lo que forjo entre ellos una bella amistad que les unió en matrimonio. Louisa le escribe en una de sus cartas: “Sigue contándome todo lo que veas a tu alrededor, donde resplandece el rostro de la naturaleza. Háblame también del interior de tu alma, ese mundo vivo, sin cuya existencia el de fuera resultaría anémico”. Louisa, el amor de la vida de MacDonald hizo que su jardín marchito floreciera. Esta feliz pareja tuvo once hijos, todos ellos engendrados bajo la sombra del arte; las obras de teatro, la literatura y la música eran habituales en aquel hogar. Algunos de los hijos de Macdonald tuvieron el privilegio de ser unos de los primero en leer la obra de culto: Alicia en el país de las maravillas, antes de que Lewis Carroll, amigo de la familia, la presentara al mundo en 1863. Lewis Carroll asombrado por la inteligencia y curiosidad de éstos, pidió a la señora Macdonald que leyera a sus hijos en voz alta el manuscrito para conocer así la reacción de los pequeños.

Rápidamente la creciente fama de MacDonald como escritor, le llevaría a realizar una gira por Norteamérica, haciendo que la difusión de su obra se extendiera con celeridad. Tras un tiempo de sosiego, los MacDonald se mudaron a Italia en 1877, un cambio que realmente no aportó grandes momentos para ellos. Durante los doce años siguientes la calamidad no tendría piedad con los MacDonald. La muerte se llevaría a cuatro de los hijos de esta gran familia: Mary, Maurice, Caroline y Lilia. El dolor por la muerte de sus seres queridos llamaría a la puerta de George, un dolor que pondría a prueba la fe en el Dios misericordioso en el cual creía.

Una obra llena de vida inspirada en la muerte

Gracias a su firme fe cristiana, MacDonald siguió alumbrando, y poco a poco se alejó de la sombra de la aflicción. Él sabía que la luz provenía de Cristo: el que venció a la muerte. Como quien ya ha comprendido las grandes cuestiones de la existencia, MacDonald con su obra procuraba que el lector despertara y comprendiera que puede existir algo mayor y más elevado que la propia vida que hoy contemplan nuestros ojos.

Alrededor de cincuenta obras forman su legado, que abarcan desde sermones, ficción, fantasía, poesía y ensayos. La influencia de la muerte es evidente en cada uno de sus trabajos, una muerte que para MacDonald forma parte de la vida, pues él reconoce el sello de Dios en el mundo como libertador y dador de vida eterna. Tal como MacDonald afirma en su cuento “La llave dorada”, la muerte es «solo más vida». El gran regalo de MacDonald para nuestros sentidos es el de la “interpretación de lo eterno mediante la dimensión imaginativa”. Esto es un reflejo del acercamiento de lo ilimitado a lo limitado, como podemos observar en la Biblia. Lo perfecto se humilla para nuestra comprensión; Dios se hizo hombre, se reveló en Cristo para que nuestros ojos contemplaran su luz infinita.

La obra de MacDonald muestra destellos constantes del milagro de Cristo, pues afirma que en él “se encuentran todos los tesoros del saber y del conocimiento”. La vida en la tierra es un regalo, pero tras la muerte, para el cristiano hay una vida aún más plena. La descripción de las cosas en los relatos fantásticos de MacDonald, tornan la mirada hacia algo sublime: la manifestación de lo eterno, mayor que la propia cosa y de quien la contempla. MacDonald se sirvió de la fantasía como herramienta creativa para llegar y llevar a la verdad.

Volver a creer

“Ver no es creer, es solamente ver”, escribe en uno de sus cuentos perpetuando las palabras de Jesús a Tomás en Juan 20:29: “(…); bienaventurados los que no vieron, y creyeron”. Los cuentos de MacDonald nos ayudan a volver a creer, a librarnos de la carga de las circunstancias y mirar con claridad la promesa inquebrantable que Dios nos hizo en su palabra. En el siglo XIX los lectores de los cuentos metafísicos de MacDonald, encontraron un alivio ante el agobio que producía el materialismo; los milagros y el misterio que acontecían en sus mágicas páginas renovaban los sueños y prometían que el bien al final vencería. Los cuentos de MacDonald narran hechos ficticios, pero que responden a una realidad. Estos ejercen un efecto pedagógico y terapéutico. Albert Einstein decía: “Si quieres que tus niños sean inteligentes, léeles cuentos de hadas. Si quieres que sean más inteligentes, léeles más cuentos de hadas”. El cuento puede convertirse en un maestro para la limpieza del alma.

Ocasionalmente, cuando vemos lo que acontece delante de nuestros ojos, perdemos nuestra fe en lo invisible; pues el peso incierto en el camino encorva con violencia a quien se dirige a la cumbre, a quien mira de frente a la incertidumbre, a quien cegado por la lumbre, arde y huye de la costumbre. El peso incierto del camino nos vuelve incrédulos, pero MacDonald con su imaginación nos recuerda la fuerza de la fe y la esperanza, y sobre todo el amor; puesto que al final como en sus cuentos, a pesar del sufrimiento, el bien prevalecerá. MacDonald tras la muerte de su mujer Louisa quedó sumido en un silencio reverente, pasando sus últimos años esperando quizá reencontrarse con el amor de su vida en la eternidad, y sobre todo contemplar cara a cara a Cristo: su salvador personal.

Tras una vida alegre, MacDonald murió en Inglaterra el 18 de septiembre de 1905, dejándonos sus palabras de esperanza y los valores eternos que siempre deberemos defender. Sus grandes obras como Fantasías, La princesa y los trasgos, Lilith, Más allá del Viento del Norte, La princesa ligera, y tantas otras, emanan palabras de aliento, palabras para asombrarnos en el oscuro callejón, para hacernos volver a creer que tras el sufrimiento se encuentra la redención.

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