Estudio

Gárgolas, dragones y mazmorras en las catedrales góticas

Las gárgolas rara vez han sido consideradas como obras de arte y su intención parecía ser la opuesta de la pintura: la generación del desconcierto

Gárgolas, dragones y mazmorras en las catedrales góticas

Modificado el 2016/08/07

La leyenda cuenta que cuando llegaba esta época del año, los habitantes de Rouen se habían acostumbrado a ofrecerle al dragón a un horrible criminal como sacrificio. El dragón ocupaba una de las cuevas más cercanas y prefería sacrificios de mujeres jóvenes. Aquellos horribles sacrificios por tanto no conseguían calmar la sed de destrucción del monstruo y cuando estaba de peor ánimo, su aliento o los chorros de agua que lanzaba por su enorme boca, podían perfectamente destruir los barcos que navegaban por el río Sena.

Corrí­a ya el año 520 de nuestra era cuando recibieron la visita de un sacerdote llamado Romanus. Tan pronto fue informado de la terrible tragedia que sufrí­an, el viajero les aseguró que él les librarí­a de aquella criatura, si a cambio todos se convertí­an al cristianismo y construí­an una iglesia en la ciudad. Habiendo llegado ya a un acuerdo, el decidido recién llegado acompañó a la ví­ctima de ese año, pero llevando consigo también una campana, un libro, un candelabro y una cruz.

Fue ante la visión del signo de esa cruz, que el dragón se transformó automáticamente en una dócil mascota. Tan dócil era que de hecho se dejó quemar. El cuello y la cabeza del dragón, sin embargo, no podí­an ser destruidos y fueron conservados en las paredes de la ciudad, como recuerdo para las generaciones que habrí­an de venir. El nombre que habí­a recibido el desdichado dragón habí­a sido Gargouille.

El principio de una nueva era

Fuese o no verdad esa leyenda lo que sí­ parece cierto es que los vikingos destruirí­an aquella primera iglesia cristiana de Rouen y muchas otras de hecho, hasta que llegó Gí¶ngu Hrólfr. í‰l pertenecí­a también a una larga tradición de saqueadores vikingos, pero en el 915 se convirtió al cristianismo, se cambió el nombre a Robert y se constituyó a sí­ mismo gobernador de Normandí­a.

Los egipcios, los griegos y los romanos ya habí­an utilizado en sus edificios formas de drenaje del agua, similares a las gárgolas que conocemos hoy. Alejar la caí­da del agua de las fachada evita la erosión de estas, pero en el año 1000 este sistema habí­a quedado en completo desuso. Su renacimiento coincide con el nacimiento del gótico en Francia. Las nuevas técnicas permití­an la construcción de edificios más altos, espaciosos e iluminados que antes. Las enormes vidrieras sugerí­an de forma especial que una nueva luz se acercaba a Europa.

Los monasterios continuarí­an guardando la lí­nea austera que habí­an tenido durante el románico pero las catedrales se unirí­an a las nuevas lí­neas de pensamiento y tendencias de construcción propias de las ciudades. Las esculturas, las vidrieras y las pinturas, que hasta entonces se habí­an valorado por su relación con las edificaciones, empiezan entonces a ganar cierto protagonismo e independencia para sí­ mismas, como obras de arte.

El arte y la educación cristiana

Las obras de arte se utilizaban para enseñar historias a la población en una época en la que no habí­a fácil acceso a la literatura. Estaban al servicio de los intereses de los lí­deres religiosos, en lugares premeditados como las entradas o las partes más visibles del interior de las iglesias.

Las gárgolas, sin embargo, crecieron en los márgenes y aparentemente en la dirección opuesta.

Por un lado porque las gárgolas rara vez han sido consideradas como obras de arte todaví­a hoy, pero también porque su intención parecí­a ser más la generación de desconcierto y espanto. Los retorcidos personajes que colgaban de las fachadas acentuaban aún más la oscuridad que habí­a caracterizado el románico.

Muchos han creí­do como el novelista Joris-Karl Huysman que la intención de las gárgolas era en cualquier caso recordar a los transeúntes ′el vaciamiento del espí­ritu, la cloaca del alma′ cuando están fuera de la iglesia, pero esa teorí­a es difí­cil de sostener al considerar la realidad de que también pueden encontrarse este tipo de figuras semiocultas en el interior.

Debemos tener en cuenta que en algunos casos las figuras eran blasfemas. No sólo carecemos de registros con la opinión de los artesanos, lo que es todaví­a más interesante es que tampoco tenemos la opinión de los lí­deres religiosos que pagaban las construcciones.

La perfección o la perfecta deformidad

Del hecho de que no se puedan encontrar fácilmente dos gárgolas iguales, se podrí­a deducir que el único requisito era la originalidad - justo lo contrario de lo que se le pedí­a a los artistas cuando trabajaban las obras didácticas para las entradas y las partes más visibles del interior.

Para las gárgolas podí­an representar animales, personas, monstruos, demonios y especialmente cualquier hí­brido de estos, pero rara vez criaturas celestes o ángeles. En mi opinión la clave se puede deducir de la frase del escritor Lewis A. Lawson: ′Si un artista es incapaz de crear la perfección, entonces quizás lo apropiado para él es crear la perfecta deformidad′.

Según Janetta Rebold Benton, profesora de arte en Pace University, esta forma tan marginal de trabajar, no era exclusiva en las fachadas y se puede observar también en la decoración que hay escondida debajo de los asientos del coro de muchas catedrales. La luz que entraba entonces en las iglesias era puramente estética y da la impresión de que los artistas reservaban los lugares menos visibles para expresar su desencanto con más honestidad.

Las catedrales entonces no actuaban solamente como lugares de culto. Muchas iglesias se habí­an constituido también en auténticas salas de exposiciones no solamente de reliquias, sino también de regalos recibidos por diferentes autoridades. Según Ortiz de Zuñiga y De Loaysa, en 1260 la Catedral de Sevilla expuso entre sus paredes, animales exóticos de Egipto: un elefante, un cocodrilo y animales que debí­an desconocer, incluyendo aquella que describieron como una ′asna muy fermosa raiada de una banda blanca y otra prieta′.

Los claros y oscuros de la Catedral de Sevilla

La actual Catedral de Sevilla está considerada como la catedral gótica con mayor superficie del mundo, pero en realidad su construcción es una evolución de la mezquita que comenzó a construir el califa Abu Yacub Jusuf en 1172. Las gárgolas no llegaron a incorporarse a la Catedral de Sevilla hasta el gótico más tardí­o.

Fue entonces que, gracias a las riquezas saqueadas en las Indias y al comercio europeo que llegaba a través del rí­o Guadalquivir, Sevilla se pudo convertir en la ciudad más importante del paí­s, en lo que ha venido llamándose la Edad de Oro española. Según Juan Agustí­n y Ceán Bermúdez fue entonces cuando los canónigos pensaron: ′Hagamos una iglesia tan hermosa y tan grandiosa que los que la vieren labrada nos tengan por locos′.

Habí­a entonces un relativo intercambio cultural y artí­stico entre Sevilla y Europa, gracias al cual fue posible que Carlos de Brujas, de Flandes, fuese contratado como maestro vidriero de la Catedral de Sevilla en el 8 de agosto de 1558. Pero terminar ese mismo año la vidriera sobre la ′Resurrección del Señor′ fue lo último que harí­a, antes de ser quemado vivo por el Tribunal de la Santa Inquisición en la cercana plaza de San Francisco el 24 de septiembre de 1559.

Las muchas formas de fe reformada etiquetadas entonces como ′luteranas′, que se extendí­an en toda Europa, se extendí­an también de forma clandestina en Sevilla . Alguien habí­a confesado en 1555 que hasta 300 ciudadanos se escondí­an por ello en dicha ciudad y poco a poco de hecho muchos de ellos fueron encerrados y/o quemados incluyendo por supuesto escultores, bordadores, plateros, escribanos, frailes y hasta canónigos magistrales de la Catedral de Sevilla.

El mismo tribunal de cuyas prisiones ya hemos hablado en el artí­culo de ′Los Planetas: El rollo mesiánico del Sur′ se encargaba de destruir las obras de estos artistas. Hoy muchos celebran que hicieran una excepción con su última vidriera, que ha permitido que se conserve hasta el dí­a de hoy y se reconozca por su ′técnica más libre y en unos criterios figurativos más expresivos′, según Ví­ctor Nieto, director del Departamento de Historia del Arte de la UNED.

La resurrección del Señor

Jesús no se mostró indiferente ante el mal. En la vidriera de Carlos de Brujas, Jesús está representado irrumpiendo con poder en la oscuridad y derribando la débil oposición de unos asustados soldados romanos, en una lí­nea que sigue siendo francamente evocadora para muchos de nosotros.

Resulta difí­cil escapar a la realidad del mal que nos acompaña todaví­a hoy. A pesar de tantos aparentes adelantos y descubrimientos, pasamos nuestras vidas en constante confrontación, queriendo reclamar para nosotros aquello que no nos satisface e ignorando aquello que realmente necesitamos.

Creemos que hasta podemos engañar a Dios, extorsionando y dejando nuestra realidad en los márgenes de nuestra vida pública. Y sin embargo todaví­a entonces, Dios irrumpe en nuestras vidas trayendo la verdadera luz y la salvación que ni siquiera habí­amos imaginado.

El monje Casiodoro de Reina habí­a huido a Ginebra un año antes de la ejecución de Carlos de Brujas y desde su exilio traducirí­a la Biblia al idioma popular de los españoles, de forma que muchos otros pudieron morir también, enfrentados a la misma oscuridad que enfrentó el maestro vidriero.

La revisión de 1960 de la traducción de Casiodoro de Reina, recoge también algunas de las últimas palabras que Jesús le dirigí­a a sus amigos poco después de resucitar: ′Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí­... Estas cosas os he hablado para que en mí­ tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.′


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Comentario de Javier Lagos

"Un articulo excelente, gracias por vuestro trabajo." (2018-02-17 17:36:09)



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