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Reseña

Somos olvido

La interpretación de Hopkins en El Padre llega a resultar tan natural que es fácil reconocer en su rostro el drama de la desmemoria, de la demencia, del alzheimer

Somos olvido

Modificado el 2022/01/03

Treinta años después de conquistar el mundo de la gran pantalla obteniendo el Oscar al mejor actor por El silencio de los corderos, Anthony Hopkins ha vuelto a recordar que lo valioso en el cine no consiste tanto en esos grandes momentos pero esporádicos, sino en la capacidad de conservar eso por lo que un día se comenzó a destacar, y hacerlo un hábito.

A sus 83 años, el actor galés ha vuelto a conseguir la estatuilla al mejor actor, aunque en esta ocasión por una película y un papel bien diferentes del rol de Hannibal que se lo dio en 1991. En El padre, Hopkins parece afrontarse a sí mismo a la luz del efecto del paso del tiempo. Su interpretación llega a resultar tan natural que es fácil reconocer en su rostro el drama de la desmemoria, de la demencia, del alzheimer.

Pero a la actuación de Hopkins se le suma otro factor importante sin el cual su galardón no haría del todo justicia. Y es el propio film dirigido por Florian Zeller, su primer largometraje adaptado de la obra de teatro homónima de su propia autoría. La historia de El Padre es una historia de lo cotidiano, del drama íntimo, individual y doméstico, pero que tantas personas comparten, aunque sea en silencio, y sin apenas rasgos de identificación.

Va a hacer ahora trece años que perdí a un abuelo a causa del alzheimer, después de estar una década postrado en cama prácticamente. De aquella época recuerdo, sobre todo, lo esquivo que llegaba a ser el ejercicio de la memoria y la frustración que esto producía. Lo podía comprobar con una sensibilidad especial en mi madre, que soportaba con entereza el dolor de ser confundida por su propio padre. Pero, sobre todo, ese apagamiento progresivo, en el que parece que la persona ya no tenga otra opción que esperar, mientras todo se difumina a su alrededor. Mientras todo y todos nos volvemos extraños en un mundo extraño, desconocido. Si hay algo que nos asusta especialmente es el olvido, porque está relacionado con una dimensión de la soledad que nunca, en nuestro sano juicio, nos atreveríamos a experimentar.

Pero, ¿qué clase de enfermedad?

Con otra interpretación brillante, la de Olivia Colman en el papel de Anne, Zeller entreteje su historia desde el fundamento de las relaciones entre padre e hija. Esto le permite dotar con mucha fuerza al argumento de su película. En el fondo, no se trata de una historia sobre el impacto de la demencia y el alzheimer en las vidas de quienes lo sufren, sino que es más bien un análisis preciso sobre el efecto del olvido en nuestras relaciones. Y esto ofrece una dimensión mucho más profunda.

Zeller sabe que para hablar de olvido debe introducir elementos como los recuerdos y la memoria de estos. Pero, a diferencia de otras películas que abordan esta compleja cuestión (Memento, por ejemplo), lo relevante en la historia no está en el recuerdo por sí mismo, sino en el valor de recordarlo, en el efecto que puede tener recuperar algo en el transcurso presente de una relación familiar. Y ahí es donde el realismo de la figura de Hopkins resulta demoledor.

Porque, al final, queda claro que no se pueden identificar únicamente los familiares de enfermos de demencia o alzheimer, sino cualquiera que alguna vez haya sentido el temor del olvido, de ser olvidado, de caer en eso que solemos acostumbrar como nada más que un vacío.

Esto, desde luego, no tiene que ver con una enfermedad. Evidentemente el alzheimer y la demencia lo son, y requieren de su tratamiento y acompañamiento médico. Pero Zeller parece apuntar más bien a una cuestión que tiene que ver con nuestro ser y su existencia en sí. Trasciende lo fisiológico para situarse en el plano moral del recuerdo, la memoria y el olvido. Y plantea un reto que también es necesario considerar, juntamente con el clásico sobre cómo estamos cuidando de nuestros mayores, pero que casi nunca se plantea: ¿qué hacer ante la memoria que se pierde? Cómo permanecer ante el ser que se apaga enfrente nuestro, en pos del olvido?

¿Qué es recordar?

Pero, ¿cómo hablar de olvido sin intentar plantear un definición de lo que es recordar? Debemos ser responsables con el sentido de las palabras que utilizamos. Y, de nuevo, siguiendo la pista que nos plantea Zeller, es necesario profundizar. Y más, en esta cuestión, porque la memoria es algo profundo. Algo que nos consuela, porque nos acostumbramos a convivir con su ayuda para definir las realidades que afrontamos, pero también algo que nos inquieta, ya que en cierto sentido percibimos que se nos escapa.

Por eso no puedo proponer más que un acercamiento a esa idea de recuerdo, y considerarlo como aquello que no es material, que hace alusión a algo ha sido, o se ha dicho, y que se tiene, que se interioriza. Así es, al menos, cómo el recuerdo en la película de Zeller cobra un sentido ante la dramática omnipresencia del olvido.

Y pienso que este es, también en parte, el sentido al que el texto bíblico se refiere cuando habla de recordar o de la memoria, en algunos casos. Por ejemplo, con la invitación al pueblo de Israel para asumir los mandamientos de Dios. No parece que sea algo para lo que baste el simple acto de escarbar entre la memoria para encontrar algún recuerdo y traerlo al presente, sino algo que, más bien, tiene que ver con la condición del ser en sí. Y, sobre todo, con la obra que Dios puede hacer en él. Jesús dijo que sus palabras no pasarán (Mateo 24:35), y esto no puede ser una afirmación en dependencia de que siempre vaya a haber alguien que pueda recordar. Esto nos habla de un poder sobrenatural, del poder de Dios manifestado en una cruz, por medio de gran dolor, que nunca podrá ser atenuado por ese vacío tenebroso con el que a veces relacionamos también el olvido que somos, el pecado que somos.

Esto me hace pensar en mi abuelo. En aquellos dos ojillos negros que asomaban por encima de la línea del edredón, y que me miraban cuando entraba en su habitación. Todavía hoy me pregunto que podía estar pensando aquella mente en aquel instante. Pero ni siquiera una visión tan frágil de nosotros mismos puede revertir el efecto de la cruz de Jesús en nuestra vida. El hecho de que Dios no se ha olvidado de nosotros.


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