Fahrenheit 451: La temperatura a la que el alma se enciende y arde

Barcelona, 06 de marzo de 2009. Nuestra Literatura común nos acompaña en las librerías, las bibliotecas, en nuestras mesillas de noche, en nuestras estanterías, en los lectores del metro y del autobús; nos apasiona o nos deja indiferentes, pero ocupa una gran parte de nuestro tiempo. Y pocas veces somos conscientes de las realidades espirituales que la sostienen.

Yo me choqué de frente con esta realidad al hacer un aburridísimo trabajo de clase para la asignatura de Literatura Norteamericana en la Universidad de Barcelona, a la que me apunté (ingenua de mí), con la sencilla intención de cubrir con contenidos sencillos algunos créditos que me faltan para terminar la carrera.

Como no quería complicarme la vida, escogí la que pensaba que era la opción más sencilla para mi trabajo de clase: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953) y de qué manera me equivoqué.

La ciencia-ficción nunca es algo sencillo y rápido de digerir. No está hecha para eso. La verdadera ciencia-ficción, la de obras como la Bradbury, o Un mundo feliz de Aldous Huxley, o 1984 de George Orwell, es la moderna literatura profética y está hecha para golpear conciencias. Los profetas de Israel (Isaías, Jeremías, Ezequiel), contaban la terrible realidad de lo que ocurriría si la sociedad no cambiaba de rumbo. Las novelas clásicas de ciencia-ficción cumplen la misma función. Dicen: "Señores, cambien de mentalidad, cambien de hábitos, o prepárense para este desastre".

Habían pasado muchos años desde la última vez que leí Fahrenheit 451, y la recordaba de otra manera. En mi cabeza, además, todo estaba mezclado con las imágenes de la película que François Truffaut hizo dieciséis años más tarde, cuando todo lo que la novela representa se entendía de otra manera. Y con la relectura (obligada en inglés, aunque confieso que me pasé a la versión traducida), descubrí que por debajo de la historia de un mundo desculturalizado y violento que decide quemar los libros en vez de leerlos hay una inquietud espiritual profunda y conmovedora.

La obra entera está llena de salpicaduras. Cuando Montag, el protagonista, decide huir en busca de ayuda, el libro que se lleva es, nada más y nada menos, una Biblia. De camino, mientras suena por los altavoces del tren subterráneo la publicidad incesante y machacona de un dentífrico, él grita cada vez más alto el versículo de Mateo 6:28, primero en su cabeza, para poder escucharse a sí mismo, y después en voz alta, para llegar a los oídos de los viajantes: Mirad los lirios del campo… Realmente no le da tiempo a leer mucho más antes de que todo se precipite. Pero esas palabras de Jesús son su discurso inicial a la rebeldía, como un antiguo Isaías que repite las palabras que Dios le ha puesto en la boca sin llegar siquiera a comprender bien qué significan. Cuando vuelve a su trabajo con la intención de traicionar a sus compañeros, su alter-ego, al otro lado del auricular secreto que lleva en su oreja, le confiesa que comenzará a leer el libro de Job en voz alta, para que no se olvide.

Lo que el autor pretende contarnos con esta novela es lo mismo que yo pretendo contar poco a poco en esta nueva sección: que la Literatura articula el esqueleto de una sociedad. Sus temas, sus ideas, sus conceptos, sus temores. Su espiritualidad.

En Fahrenheit 451, cuando se perdió la lectura de la Biblia, se perdió la Humanidad. Un reverendo da un sermón por la televisión mural una vez a la semana, pero si nadie es capaz de acercarse a la fuente y beber de ella, ¿qué espiritualidad es esa? ¿Qué relación posible queda con Dios cuando toda relación humana ha sido deteriorada hasta la muerte? Somos simples borregos sin conciencia.

Lo más escalofriante de la lección de Bradbury es que nos enseña que nadie nos tiene que obligar a no pensar: basta con invitar a la gente a que poco a poco, por iniciativa propia, deje de hacerlo. Basta con convencernos de que así se vive mucho mejor.

El profeta Bradbury habló y deberíamos escucharle. ¿O quién no ha visto las pantallas de publicidad con sonido que nos han instalado en los nuevos trenes de la red de Metro?
Noa Alarcón
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