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Estudio

El ocultamiento de Highsmith

Patricia Highsmith escribió guiones y tratamientos para la industria de los cómics, la industria editorial más próspera que había entonces en Estados Unidos

El ocultamiento de Highsmith

Modificado el 2021/07/11

En su ahora centenaria vida llena de misterios medio desvelados hubo un secreto que Patricia Highsmith (1921-1995) escondió donde la gente suele ocultar las cosas de las que se avergüenza: a vista de todos, como la carta robada de Edgar Allan Poe. “En España la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro”, decía Manuel Azaña, el presidente de un país donde, entonces como ahora, la gente sólo sabe lo que oye en las tertulias. Según Pat, “todos los adultos esconden secretos”.





Highsmith escribió guiones y tratamientos para la industria editorial más próspera que había entonces en Estados Unidos, la de los cómics. Pensaba ideas y argumentos para personajes como Superman y Batman, sin precisar nunca cuáles –contestaba vagamente cuando le preguntaban–. Borró de sus archivos todo rastro de su larga carrera en este terreno, la manifestación artística más originaria americana, junto con el jazz.

Curiosamente, esa floreciente industria entra en Estados Unidos en 1942 como resultado del plagio y la falsificación, que tanto le interesaba a Pat. Ya que fue un suplemento ilustrado de un periódico neoyorquino en 1842 el que plagió “Las aventuras del Sr. Obadiah Oldbuck) de un libro ilustrado publicado en Suiza, el país donde murió Highsmith. De hecho, el autor del cómic y Pat, publicaban en la misma editorial suiza, Diogenes. Cuando ella trabaja a tiempo completo para esa industria, era la llamada Edad Dorada del cómic de superhéroes, que eran las historias sobre las que más escribió.

LA EDAD DORADA DEL CÓMIC

La empresa para la que empezó a trabajar como guionista a tiempo completo, Pat, era conocida como Sangor-Pines y producía cómics para tantas editoriales que a menudo la llamaban con los nombres de los sellos a los que suministraba material. Superman nace en DC en 1938 con dos jóvenes adolescentes judíos, hijos de emigrantes de Europa del Este, que crean el personaje de este huérfano con superpoderes de otra galaxia, adoptado por un matrimonio de granjeros con el “álter ego” de Clark Kent. De ahí nacen todos, entre ellos los de la editorial para la que Highsmith trabaja, Timely –hoy la famosa Marvel–. En ella el padre de Spiderman, Stan Lee –en realidad Lieber–, aconsejaba “poner disfraces a los personajes y darles dobles identidades”.

En 1941 treinta editoriales producían ciento cuarenta títulos al mes con unas ventas de quince millones de ejemplares, leídos por sesenta millones de estadounidenses. Durante la guerra, a los soldados les mandaban tabaco, chocolatinas y cómics. A final de la década ya eran cuarenta editoriales que vendían trescientos títulos, o sea cincuenta millones de cómics al mes. Se adquirían en revisteros metálicos o sujetos por alambres en baldas de madera en tiendas de caramelos, quioscos y supermercados. Todos en tamaño revista con ilustraciones de colores chillones, al precio de diez centavos.

La forma en que se logró la distribución de la emergente industria del cómic en América es también curiosa. A través de la “prensa amarilla”, la literatura “pulp” y la pornografía “blanda”, este grupo de judíos de Europa del Este logran repartir por todo Estados Unidos sus publicaciones a través del negocio de contrabando que dirigía Frank Costello. En sus camiones iban los cómics de la futura Marvel –para la que escribía Highsmith– junto a los productos de la empresa ilegal de venta por correo de productos anticonceptivos de la precursora del movimiento feminista Margaret Sanger.

ÁLTER EGO

Las influencias de los dibujantes y guionistas del cómic vienen de la cultura popular de la literatura policiaca, la ciencia-ficción y el terror, pero también la religión judía. Siegel y Shuster dieron a Superman y a su padre nombres que se usan para el Dios hebreo, Kar-El y Jor-El. El creador de Spirit, Will Eisner, pensaba que “en gran medida el Golem –la leyenda judía del siglo XVI sobre la criatura hecha con arcilla del río Moldava por el Gran Rabino de Praga– fue el precursor del superhéroe”. Dice el autor de la primera novela gráfica, “Contrato con Dios”, que los judíos: “necesitábamos alguien que pudiera protegernos de una fuerza casi invencible”.

Como la mayor parte de la gente que trabajaba en el mundo del cómic, Pat no usaba su verdadero nombre. Su sorpresa fue descubrir en 1946 que ni siquiera Highsmith era su auténtico apellido, algo que mantuvo en secreto hasta su muerte, que una abogada suiza intentaba legalizarlo. La razón es que su padrastro, Stanley Highsmith nunca llegó a adoptarla legalmente. Su madre simplemente matriculó a la hija con el nombre que mantuvo hasta la universidad, pero que no era su apellido real. Se conocen hasta 38 nombres diferentes que usaba como seudónimo. El más conocido es el que usa para publicar su segunda novela, “El precio de la sal” (1952) –titulada en Europa como la extraordinaria película que hizo sobre ella, Todd Haynes en 2015–, “Carol.

Su biógrafa Joan Schenkar dice que “a Pat siempre le preocupaba que la relacionaran con Carol, el tema le tuvo muy atormentada (la expresión es suya) antes y después de publicar el libro, que menospreciaba”. Fue su madre – ¿quién si no? – la que lo reveló a su pastor en Texas, no publicándose bajo su nombre hasta 1990, que le cambiaron el título. La primavera de 1978 estaba intentando seducir a un periodista de Londres en el festival de Berlín, Chris Petit –a ninguno de los hombres con los que estuvo, les habló nunca de su orientación lesbiana, que le lleva incluso a intentar conquistar siempre a las dos mitades de cada pareja, hasta el punto de que sólo le atraían las mujeres casadas–. En un momento de debilidad reconoció en la entrevista a Petit que era la autora de “Carol”, para pasarse el resto del tiempo haciéndole prometer, una y otra vez, que no lo escribiría. Y no lo hizo.

El “álter ego” de Highsmith es fácilmente discernible en sus cómics. Así un año antes de empezar “Carol” en 1947, Wonder Woman es la hija de la reina de las amazonas, Hipólita, cuya expresión favorita es “¡por la sufriente Safo!”. Vive en la Isla Paraíso, cuya entrada está prohibida a los hombres, rodeada de jóvenes amazonas. Cuando llega a Estados Unidos para ayudar a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, el personaje, se presenta bajo de apariencia de su “álter ego”, la teniente Diana Prince. En el 49 viaja Highsmith por primera vez a Europa en un trasatlántico, donde escribe guiones de cómics como este para Timely –la futura Marvel–, mientras trabaja en el manuscrito de lo que será “Carol” –que ella llamaba “La disputa de Tántalo”, al principio–.

¡OH, CAROL!

No hay duda de que el personaje de Therese está basado en las propias experiencias de Pat. Trabaja en la juguetería de unos grandes almacenes, donde describe a sus compañeras como “un puñado de víboras”, la misma expresión que utiliza en sus cuadernos cuando estaba empleada en Bloomingdale´s, las navidades de 1948. Para ella, “la Navidad es claramente la ebullición de la culpa humana”. Allí conoce a una mujer mayor, Carol, la Reina de Hielo –magníficamente interpretada en el cine por Cate Blanchett, una rubia como las que fascinaron siempre a Highsmith–. Ella le roba el corazón y se la lleva a una especie de castillo a las afueras de la ciudad, donde le da una poción hecha con leche que le sabe a sangre. Le hace tres preguntas y le prepara para un viaje en coche por todo Estados Unidos, huyendo de un misterioso personaje, ¡todo como en un cuento oriental!

El viaje recuerda a otro libro que a ella le entusiasmaba, pero que hoy está bajo sospecha como cuadro de abusos pederastas, mientras que el suyo es alabado como icono del LGTB: la “Lolita” de Nabokov. En realidad, son muy parecidos. Ya que la apariencia que da Humbert con Lo es de padre/hija como Carol de madre de Therese. Si su lectura es inquietante, es por el elemento incestuoso que hay detrás de ambas obras.

“El gran amor de la vida de Pat Highsmith –y sin duda su mayor odio– fue su artística, estilizada, crítica, extravagante y frustradísima madre”, dice su biógrafa Schenkar. “Nadie ejerció un efecto mayor sobre ella que Mary (Highsmith) y lo mismo a la inversa”. De hecho, “hasta el momento en que rompió el contacto con su madre, unos veinte años antes de morir, no hubo nadie cuya opinión le importara más que la de ella”, dice Schenkar.

Highsmith no ponía mayúsculas en sus libros, más que para los nombres propios, pero el de Madre siempre empieza con una M mayúscula, que en inglés es innecesaria. Al escribir sobre el matrimonio en su diario, dice: “¿En la salud y en la enfermedad? Con mi madre y nadie más”. Aunque dos años después dice: “Algún día quiero escribir sobre una chica que lleva a su madre a la cama, accede a hacerle caso en todo, le prepara amablemente una taza de leche caliente, le promete que no volverá a hablar con su novio nunca más y, entonces, con una sonrisa en el rostro, clava las tijeras en el pecho de la madre y las gira” ¡Diabólico!, ¿verdad?

TODOS ESCONDEN SECRETOS

“Todos los adultos esconden secretos”, dice Therese en “Carol”. Hay cosas que se mantienen ocultas, a la vista de todos, como “La carta robada” de Edgar Allan Poe. Como Javier Marías en “Así empieza lo malo”, uno se pregunta si es mejor vivir bajo la mentira que enfrentarse a la incapacidad del ser humano para perdonar. Dice Jesús que “no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz” (Lucas 8:17).

Todos tenemos secretos y tememos el día en que nuestra vida sea destrozada por ellos, ya que en cualquier momento se pueden convertir en seísmos devastadores. Hay Alguien que sabe lo que está en nuestro corazón (1 Samuel 16:7) y los demás no pueden ver. A Él no le podemos engañar. “Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo” (Eclesiastés 12:14).

“Hay muchas cosas en la vida –dice el ahora fallecido apologista R. C. Sproul– que no quiero poner bajo los ojos de Cristo. Aunque sé que para Él, nada es oculto. El me conoce mejor que mi mujer. Y sin embargo, me ama. Es lo más maravilloso de la gracia de Dios. Una cosa sería que nos amara, si le podemos hacer creer que somos mejores de lo que somos, pero a Él no le podemos engañar. Sabe todo lo que se puede saber de nosotros, incluso aquello que destruiría nuestra reputación. Conoce en detalle y al momento, cada esqueleto que guardamos en el armario. Y sin embargo, nos ama.”

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