Estudio

El hombre vestido de negro en sus propias palabras

Fragmentos extraídos de la autobiografía de Johnny Cash publicada por Clie en Barcelona en 1978 e ilustraciones de Johnny Cash: I see a Darkness (ECC, 2019)

El hombre vestido de negro en sus propias palabras

Modificado el 2020/03/11

John Ray Cash nació en Kingsland, Arkansas cuando una crisis económica azotaba su país y muchas familias como la suya habían perdido todo lo que tenían. Sus padres no supieron ponerse de acuerdo en qué nombre debía tener y él mismo utilizó las iniciales de las dos propuestas hasta que grabó su primer disco en 1957. Con el nombre artístico de Johnny Cash ha pasado a la historia como el cantante de country con más discos vendidos de la historia y sin duda alguna una de las principales influencias de la música americana en el Siglo XXI. La muerte de su hermano mayor Jack potenció en él un sentimiento insatisfecho, melancólico y combativo que le permitirá diferenciarse en la lucha por los derechos civiles pero también en la expresión de su fe.






La nota personal de Johnny Cash

Johnny Cash había conocido ya el lado salvaje de la vida cuando se sentó a escribir su autobiografía titulada “Man in Black” (1975), de la que vendió entonces 1.300.000 copias. Tenía ya 48 años y una idea bastante clara de lo que quería para su futuro pero su interés estaba más centrado en su pasado. Su autobiografía, ahora publicada en castellano por Acuarela Libros (2016) fue publicada por Clie en Terrassa, Barcelona, ya en 1978. Como veremos en los siguientes fragmentos extraídos de esa primera edición en castellano, sus memorias muestran a un artista con su característica honestidad brutal, donde una profunda fe en Dios convive con una igualmente profunda debilidad.

Ahora, cuando subo al escenario -feliz y seguro de mí mismo-, a veces, en mitad de una canción, mi mente vuela a los años pasados en que cantaba la misma canción, pero en un frenesí, asustado, porque sabía que el público se estaba dando cuenta de que “algo” no iba bien.

Balbuceaba, omitía palabras. Trataba de sonreír, pero mis nervios alterados hacían que mis músculos faciales se mantuvieran tensos e impenetrables. De mis poros brotaba el sudor a borbotones. Entre canción y canción no me atrevía a pronunciar una sola palabra. Frio silencio. Tan sólo en ocasiones unos espasmos de tos provocada, tratando de arrancar del cuello algo que no estaba realmente allí -la sensación producida por los cigarrillos y las anfetaminas.

Mis ojos pegados al reloj, tratando de ver cuánto faltaba para acabar el tormento. Una vez terminado el espectáculo, me derrumbaba sin aliento, como si hubieran arrancado de mi cuerpo el último hálito de vitalidad y quedara tan sólo lo que realmente tenía: piel y hueso. A decir verdad me sentía fuerte como un roble, aunque ahora me doy cuenta de que todo era simple ilusión y tensión muscular provocada por el alcohol y las anfetaminas.

Tan pronto como terminaba el espectáculo, me precipitaba a mi camerino con los nervios deshechos, arrojaba la guitarra o arremetía a puñetazos contra la puerta, tratando de romper o destruir algo -lo que fuera.

Jesús nuestro Salvador y el algodón nuestro rey

Johnny Cash cultivó intencionadamente una imagen de delincuente que estaba muy lejos de la realidad y seguía cultivando esa imagen todavía en su autobiografía de 1975. Sufrió cierta adicción al alcohol y a las anfetaminas coincidiendo con el enorme éxito de su canción “Ring of Fire” (1963) pero a un nivel bastante habitual en cualquier hijo de vecino. Las pastillas las usaba principalmente para poder cumplir sus compromisos de trabajo y a pesar de su fama nunca fue encerrado más de una noche. Eso no quiere decir claro que estuviese satisfecho con su vida aquella noche del 9 de mayo de 1971, en la que respondió positivamente al llamamiento que el pastor Jimmie R. Snow hizo en el Evangel Temple de las Asambleas de Dios.

No creo que haya existido otro hombre con más amor al trabajo y más esfuerzo para mantener a su familia que mi padre, Ray Cash.

Se han escrito biografías sobre mí en las que los escritores, tratando de obtener el pintoresco contraste del hombre que pasa de la pobreza al éxito, de los harapos a las riquezas, han falseado la imagen real de la situación económica de mi familia en los años 30.

Y tales historias han provocado siempre un arrebato de ira y sano orgullo familiar en mis progenitores. Jamás se vieron obligados a mendigar de la seguridad social, ni nunca aceptaron por necesidad dádivas de nadie, ni siquiera durante los años de la Depresión. Antes de cada comida dábamos siempre gracias a Dios, que nos había dado las fuerzas precisas para ganarnos los alimentos que había en la mesa. Y puedo asegurar que no se trataba de un “proceso automático”, la rutina de la oración antes de todas las comidas. No; se trataba de una plegaria sincera y sentida de acción de gracias.

Cuando la Depresión del 29 arreció, mi padre era aún uno de los pocos habitantes del Condado de Cleveland, Arkansas, que encontraba trabajo con facilidad, fuera de lo que fuera, fue leñador, trabajó en aserradoras, en la construcción del ferrocarril --lo que fuera con tal de seguir adelante--, lo que, junto al cultivo del huerto y los animales que teníamos en casa, no sólo le permitió alimentarnos y suplir lo necesario para su propia familia. Sino aún más ayudar a otros vecinos más necesitados.

En 1935 las cosas no habían mejorado mucho y oyendo de una “nueva comunidad” de granjeros que estaba iniciándose en unos llanos, por el Delta Negro, situado al nordeste del estado, nos trasladamos a vivir a una casa nueva, blanca, con cinco habitaciones, a la que se llegaba a través de un camino de grava desde el pueblo de Dyess, Arkansas, que se hallaba a unos cuatro kilómetros.

La población de Dyess está situada en medio de catorce mil acres de cultivo de algodón. Las carreteras que iban y salían del pueblo --dieciséis en total-- estaban numeradas. Nosotros vivíamos en la tres.

No estoy seguro de que al principio hubiera una iglesia. Dyess formaba parte de uno de los planes de desarrollo ideados por el presidente Roosevelt. En realidad no eran sino cuatro casas, una tienda y una desmontadera de algodón. Con el propósito de que los granjeros compartieran los beneficios de la desmontadera, de la tienda, y viceversa.

Se me olvidaba la fábrica de conservas donde los habitantes de la región llevan a vender los productos de la tierra. La fábrica aceptaba por sistema cualquier cosa que se le quisiera traer, la cocía, la enlataba y entregaba como pago del producto de ocho de cada diez lata que se obtuvieron. Con el género entregado, quedándose dos para los gastos de fabricación. Como el negocio era cooperativo, si al cabo del año había beneficios, se repartían entre todos los granjeros.

La Iglesia de Dios de la calle 15 se había instalado en el edificio de una vieja escuela. Los recuerdos que quedan en mi mente sobre los cultos a los que mi madre me hacía asistir en aquella iglesia no son de los más agradables. Lo cierto es que mi madre no era miembro de la iglesia --siempre ha sido metodista--, pero siendo mujer piadosa le gustaba asistir a la única iglesia del pueblo.

Lo que más viene a mi memoria es el miedo, el miedo terrible, que sentía. Jamás llegué a comprender que la iglesia era un lugar de adoración. Sólo sabía que era un lugar donde mi madre me obligaba a acompañarla. El predicador me aterrorizaba. Gritaba, lloraba, y jadeaba terriblemente. Cuanto más largo era el sermón, mayores eran los gritos, los suspiros y los jadeos.

Era un hombre bastante joven, pero vestido siempre con un viejo traje cruzado de color marrón oscuro, un cuello duro que yo imaginaba debía sofocarle hasta el agobio, por que lo más que conseguía decir, entre suspiro y jadeo eran de tres a cuatro palabras.

Algunas veces me entretenía a contarlas. A veces los gritos y los jadeos alcanzaban límites tales que tan sólo conseguía decir un par de palabras entre suspiro y suspiro, con tal excitación que yo estaba seguro de que iba a reventar o morir de un momento a otro.

Pero tenía a la gente embobada. Con frecuencia solía bajar del púlpito y pasearse en medio de la congregación, agarrar a alguien por la solapas, levantarlo del asiento y vociferarle a un palmo de la cara: “¡Acércate a Dios! ¡¡Arrepiéntete!!”. Y así lo llevaba a rastras hasta el púlpito, donde les hacía postrar de rodillas.

Una bifurcación en el camino

Johnny Cash tenía sobrados ejemplos de abusos dentro del cristianismo. Muchos cristianos en esta situación se sienten mejor relativizando su relación con el cristianismo pero ese no era el caso de Johnny Cash. Cuando un estudioso de la Biblia sugirió que las canciones de Johnny Cash podían servir tanto si eres bautista, católico o judío, Johnny Cash le respondió inmediatamente: “Yo soy cristiano. No me pongas en otra caja”. Johnny Cash de hecho estudió en el seminario Christian International Bible College, acompañaba habitualmente al predicador Billy Graham y grabó como audiolibro todo el Nuevo Testamento para Thomas Nelson. Johnny Cash nunca quiso dejar de identificarse como el peor de los pecadores precisamente porque según la interpretación más fundamentalista del Nuevo Testamento sólo los pecadores son finalmente salvados.

Para mi hermano Jack lo máximo era la Biblia. Para mi, las canciones. En un mundo compuesto por campos de algodón y rayos ardientes de sol, las canciones cristianas elevaban mi espíritu. Casi diría que obtenía de las canciones el mismo consuelo y poder espiritual que Jack de su Biblia. Eran las mismas Buenas Noticias, solo que a mí me llegaban de forma distinta. Jack era mi protector; yo era el flaco y él mi guardaespaldas. Siempre íbamos juntos, riendo constantemente. Me enseñaba todas aquellas cosas que el hermano mayor suele enseñar a un hermano pequeño a quien ama. Para mi no había nadie en el mundo que fuera más bueno, más sabio y más fuerte que mi hermano Jack.

Hacía una mañana maravillosa, una mañana de mayo en el estado de Arkansas. Todo hacía pensar que aquel año íbamos a obtener no tan sólo una buena cosecha de algodón, sino también de melones, que al venderlos nos proporcionarán dinero suficiente para pagarnos la entrada al cine los sábados por la noche.

Jack y yo habíamos ido muchas veces al cine de Dyess, que era en aquel entonces el mismo edificio que la sala de actos de la escuela. Muchas veces tostábamos cacahuetes y los vendíamos a la entrada con la esperanza de que la gente nos comprara la cantidad suficiente como para pagarnos la entrada. En algunas ocasiones lo conseguíamos, otras no.

Pero aquella mañana sentí unos deseos terribles de que Jack viniera a pescar conmigo. “No, tengo que irme a trabajar; tres dólares nos ayudarán mucho”, me respondía sin dejar de hacer girar la silla.

Le dije: “Entonces, ¿por qué no te vienes conmigo y por lo menos iremos junbtos parte del camino? Hay casi dos kilómetros hasta la bifurcación que yo debo tomar para la acequia que podemos caminar juntos”. “No ´se”, contestó; “algo me dice que no hoy no debería ir a trabajar”.

“Bien; ¿por qué no te vienes conmigo a pescar, entonces?”. “Porque necesito ganar estos tres dólares”. Mamá nos interrumpió: “¿Uy qué te hace pensar que no deberías ir al trabajo?”.

“No se”, dijo Jack; “algo dentro de mi me dice como que algo va a suceder, y no sé lo que es”.

“Entonces, por favor, no vayas”.

“Mamá, tengo que ir”, arguyó; “necesitamos dinero y yo puedo ganarlo”.

Pasó el dintel de la puerta, pero algo le hizo volver atrás e introducirse de nuevo en la habitación. Tomó la silla de nuevo y empezó otra vez a darle vueltas. Como si tratara de ganar tiempo. Yo sabía muy bien que ya iba tarde, si en realidad quería irse a trabajar, y por mi parte tenía ganas de irme también a pescar. Pero él, continuaba matando el tiempo”.

Por fin dejó la silla y se dirigió a su dormitorio. Cogió su Biblia y empezó a leer. Momentos más tarde volvió a la sala de estar, cogió de nuevo la silla y empezó a jugar conmigo.

Por aquel entonces eran muy populares los dibujos animados de Warner Brothers. Y Jack empezó a imitar al conejo Bugs Bunny mientras continuaba girando la silla, diciendo: “¿Pasa contigo tío? ¿Pasa contigo tío?”.Traté nuevamente de arrancarlo de la casa: “Venga ya, vámonos de una vez a pescar”.

Finalmente partimos y durante todo el trayecto hasta llegar a la bifurcación que yo debía tomar para ir a pescar estuve suplicándole que se viniera conmigo. También yo sentía que algo no iba bien, pues su forma de comportarse no era normal. Jamás le había visto antes bromear de que aquel modo, ni imitar a los dibujos haciendo el payaso. Era todo muy extraño.

Llegamos a la bifurcación donde debíamos separarnos. Yo doblé a la izquierda y él siguió el camino recto en dirección a la escuela. (...) Creo que aquel día no fui capaz de comer un sólo bocado. Alrededor del mediodía regresé a casa siguiendo el mismo camino quea la ida, con mi caña de pescar en la mano. Hacía un calor húmedo. Finalmente llegué de nuevo a la bifurcación donde nos habíamos separado con Jack horas antes. Fue entonces cuando vi acercarse un viejo automóvil en el que iban papá y el pastor. Cuando vi la cara de papá supe enseguida que algo no iba bien. El pastor disminuyó la marcha hasta detener el coche totalmente. “Tira la caña y sube”, me dijo papá secamente. No pregunté qué sucedía pero estaba seguro de que, fuera lo que fuese, debía estar relacionado con Jack, porque venían del pueblo.

Una diminuta mancha de verde

Las ilustraciones de este artículo son de “Johnny Cash : I see a Darkness” (ECC, 2019), que también cuenta con un antecedente de "Hello I′m Johnny Cash" (Spire Christian Comics, 1976). “Tan cierto como que Dios hizo al negro y al blanco, es que lo que se hace en la oscuridad será sacado a la luz” -decía Johnny Cash. “Yo vestía de negro porque me gustaba. Todavía me gusta y hacerlo tiene un significado para mi. Todavía es un símbolo de rebelión - enfrentado al estancado status quo, enfrentado a nuestras hipócritas casas de Dios, enfrentado a las personas cuyas mentalidades están cerradas a las ideas de los demás”. Johnny Cash aseguraba que no hacía música cristiana pero su disco favorito de entre los 96 que grabó es “My Mother′s Hymn Book”, una colección de canciones religiosas que su madre le había enseñado cuando con cinco años trabajaba duramente en los campos de algodón.

El continuo ronroneo de los reactores del avión me daba sueño y con el asiento reclinado estaba ya casi dormindo. Mis pensamientos volaron hacia el pasado, recordando a mi hermano Jack. ¡Cuánto no le hubiera gustado estar en el culto de la noche anterior! Escuchar las canciones que canté, la interpretación que hice junto al coro de “Just As I Am”.¡Cómo hubiera disfrutado! Recordé mi conversión cuando tenía doce años. Cómo sentí en aquel día la misma paz que anoche había sentido en el culto de Fort Worth.

Y recordé también cómo Jack, el día de mi conversión, tan pronto me hube levantado del público, vino hacia mi, abrazándome, emocionado con toda su alma, con más emoción, creo yo, que nunca jamás me hubiera mostrado. Era tan fuerte, tan rudo, pero ¡tan bueno! Recordé lo mucho que Jack había sido para mí; la relación que ambos teníamos, que nos permitía entendernos sin cruzarnos practicamente palabra. Tal era nuestro amor del uno para con el otro.

De pronto, el avión entró en una turbulencia, descendimos de golpe varios metros, haciendo que se derramara el café en las mesitas de todos los pasajeros. Y, sin embargo, no se vislumbrabá una sola nube. No vi ningún otro avión en vuelo, ni aparentemente tenía razón alguna que justificara semejante turbulencia. Me recosté de nuevo sobre el respaldo del asiento pero el impacto de la turbulencia me dejó una molestia en el estómago.

Miré nuevamente por la ventanilla y, en la lejanía, hacia la derecha, vislumbré la ciudad de Memphis, como a unos sesenta kilómetros. Sentí como una sensación de frío que me invadía todo el cuerpo. Me di cuenta exactamente del lugar que estábamos sobrevolando. Debajo de mis pies, en línea recta debajo del avión, había un pequeño pedazo de tierra cubierto de hierba verde; el cementerio de Bassett, donde estaba enterrado mi hermano Jack. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Mirándolo desde una altura de casi 12.000 metros no era más que una diminuta mancha verde en mitad de un paisaje de tarjeta postal. Así lo vi desde el avión.

En el momento en que entramos dentro de la turbulencia estábamos sobrevolando la tumba de Jack en Basset, Arkansas.

Empecé a analizar el cómo y el por qué de la turbulencia que habiamos sufrido, aparentemente sin razón lógica. Pero en mi mente no quedaba ya duda alguna. Fue una indicación divina para mostrarme que estaba siguiendo el camino correcto. Me estaba ocupando, precisamente, en hacer aquello para lo cual vine a este mundo: actuar ante el público; convertirme para las masas en algo de valor; ser un ejemplo para ellos,; ejercer sobre ellas una influencia benefactora; dar testimonio y no dejarme influenciar por el mal.

No sé exactamente cuál va a ser, a partir de este momento, la dirección que mi vida pueda tomar. Pero de lo que sí estoy seguro es de que voy por el buen camino. Sea lo que que Dios tenga planeado para mi, estoy dispuesto a escucharlo y a seguirlo.

Esta turbulencia inexplicable fue algo que me hizo darme cuenta de las muchas bendiciones espirituales de las que estoy disfrutando y que me hizo exclamar: “Mi copa está rebosando”. El avión descendió hacia abajo pero yo fui elevado espiritualmente hacia arriba y esto me sucede sólo de cuando en cuando.

Seguí mirando por la ventanilla cómo el diminuto pedazo verde del cementerio se perdía en la lejanía. Sonreí y suspiré: “¿Qué hay, Jack?” Todavía sigo cantando aquellos mismos himnos que tanto te gustaban. Y esta noche, en mi actuación en Nueva York, voy a cantar un par más”.

“Adiós Jack; nos vemos pronto.”

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