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Reseña

El caballo de Turín de Béla Tarr ¿Escucha Dios el lamento de su creación?

El caballo de Turín es un drama en blanco y negro, esculpido con una meticulosa y espectacular fotografía, sobre la muerte de la cultura y el egoísmo de una humanidad insatisfecha

El caballo de Turín de Béla Tarr ¿Escucha Dios el lamento de su creación?

Modificado el 2021/04/17

Buscaba respuestas a las preguntas importantes de la existencia, las buscaba en los libros, las buscaba entre mis hermanos y hermanas, no obstante, comprendí que las palabras no eran suficientes. Entonces emprendí un viaje personal decidido a encontrar aquellas respuestas en la propia experiencia; pero solo hallé silencio: un silencio ensordecedor, la afonía de la esperanza, un mutismo incómodo en el alma, una vida sin sentido; un lamento como el de El caballo de Turín. Mientras la mirada cósmica de Béla Tarr nos acerca lentamente hacia el rostro de la muerte, nos preguntamos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? [...]” (Salmo 22:1).






Béla Tarr presentó en 2011 su última película El caballo de Turín como testamento cinematográfico. Golpeados por el látigo invisible de la culpa de nacer pecadores, y sin ninguna esperanza de redención; los personajes vagan en la nostalgia de la áspera rutina. El cineasta húngaro, inspirado en el lamento que Nietzsche protagonizó cuando vio a un cochero que golpeaba nerviosamente a su caballo, porque no quería avanzar; construye una obra de culto filmada con su estilo característico de largos planos secuencia con tonos grisáceos, que conduce al espectador por la mirada crepuscular hacia un mundo sin Dios. El escritor Milán Kundera sostenía que las palabras que Nietzsche le susurró al oído al caballo entre lágrimas (tras abrazarlo) fueron una súplica de perdón. Según Kundera, lo hizo en nombre de toda la humanidad. Una humanidad que es una sombra de sí misma, y que camina en soledad hacia el abismo tras las cosas que son nada.

El caballo de Turín de Béla Tarr, como si recreara el proceso inverso de la creación del mundo, narrado en Génesis: el primer libro de la Biblia, nos conduce hacia la visión apocalíptica de una cultura que se ha alejado de Dios. La película se desarrolla en seis días donde vemos la rutina de un padre y su hija, que muy lejos de mostrar la satisfacción de vivir, nos llevan hacia una tierra desordenada y vacía donde “las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Génesis 1:2). Todo acontece en medio de la nada, en una rústica casa de piedra, un pequeño establo y un pozo. El dueño del caballo: un hombre aislado, vive acompañado de su hija, condenados los dos a la vana repetición de los días sin sentido. “Incluso las brasas se apagan” dice la hija en una de las escenas finales.

Como si observasen la vida a través de una ventana sucia, los personajes son arrastrados por la obligación de existir. Padre e hija comen ansiosamente la misma ración de patatas hervidas después de cumplir cada día con las mismas labores; escenas que rememoran el magnífico cuadro admirado por Béla Tarr: Los comedores de patatas de Van Gogh. Con una interpretación sobresaliente, los actores desconocidos para el gran público (János Derzsi y Erika Bók) bordan la representación del tedio de la vida y el concepto del “eterno retorno”. Bela Tarr se recrea en lo cotidiano, mientras una lúgubre y angustiosa cadencia se repite constantemente, una melodía solo interrumpida por el rugido de un viento insoportable que evoca la tristeza de una condena perpetua. Mihály Vig (el compositor de la banda sonora) manifiesta con su pieza musical la visión pesimista de la vida; mostrando el transcurrir del tiempo como una inútil secuencia que carcome el alma. Vig crea una melodía insistente que no te puedes sacar de la cabeza, y que de manera maravillosa se ajusta al plano visual mientras nos hundimos bajo el peso de la existencia.

Este drama en blanco y negro, esculpido con una meticulosa y espectacular fotografía, evoca más preguntas que respuestas, cuestiones que resuenan con fuerza tras el silencio. En las películas de Béla Tarr algo inesperado irrumpe impactando en medio de la melancolía, destacándola y cuestionándola. En El caballo de Turín, la intrusión de un forastero para pedir una botella de aguardiente que sorprende con un discurso filosófico; y la visita indeseada de un grupo de gitanos que intentan robarles el agua del pozo, exponen el discurso de Béla Tarr tras un angustioso silencio: “Tocar, comprar y degradar”. Esta es una película sobre la muerte de la cultura, el egoísmo de una humanidad insatisfecha. Hay una escena fascinante donde con gran dificultad la hija lee la “anti-Biblia” (descrita así por Béla Tarr) tartamudeando y siguiendo con el dedo una lectura que parece no traer ningún tipo de refrigerio a la estéril vida de la joven: “La mañana se convertirá en noche y la noche llegará a su fin”.

No hay solución, los personajes huyen, pero ya no hay nada que hacer. El caballo de Turín arrastra al espectador hacia la desolación, abandonándole a su suerte. ¿Pero esto es el todo del hombre? Parece que para Béla Tarr sí. Decidido a no dirigir más películas, defiende que ha dicho todo lo que tenía que decir. En una entrevista realizada por EnFilme, tras el inesperado anuncio de su retirada definitiva, respondía con contundencia: “es todo lo que queríamos decir, eso es todo lo que podíamos decir, y realmente no quiero repetirme a mí mismo… Podríamos hacer 10 o 15 películas más, pero ¿para qué? ¿Solo por dinero, solo para decirte lo mismo? No quiero ser un burgués ridículo y estúpido que va a las alfombras rojas, y haciendo algo que es falso”. Sorprendiendo Béla Tarr posteriormente con una de sus inesperadas respuestas, a pesar de considerarse ateo, añadía: “no hay ninguna razón para dirigir más películas, porque todas las historias están en el Antiguo Testamento. Así que la cuestión es cómo volvemos a contar las mismas historias antiguas”.

Béla Tarr nació el 21 de julio de 1955 en Hungría. Criado en una familia humilde experimentó y observó el abusivo poder sobre la clase trabajadora de la Hungría más pobre, una temática abordaba en profundidad en gran parte de sus obras (Nido familiar, Gente prefabricada, Las Armonías de Werckmeister). Tarr, retrata sin pudor la desdicha de una Europa del Este golpeada por las falsas ilusiones y la manipulación del comunismo. Para el director húngaro es importante plasmar fielmente en el cine la realidad en la que los hombres se hallan inmersos en el camino de la vida. Sumido en las cuestiones existenciales del hombre, desde muy joven, sintió una especial atracción por la filosofía; pero tras la negativa del gobierno húngaro de permitirle asistir a la universidad para estudiarla, se decidió para comenzar su andadura cinematográfica, —no exenta de su personal sello filosófico—. Para Béla Tarr el cine no es simplemente contar historias, sino profundizar en las cosas universales, tales como el misterio de la culpa (La condena), la tentación o la dignidad humana. En El hombre de Londres un humilde y humillado trabajador desde el puerto observa cada noche en su repetitiva jornada laboral la negrura tras la ventana, hasta que la tentación del cambio se presenta ante él inesperadamente. Béla Tarr, en sus largas secuencias empuja al espectador a la introspección, especialmente en sus característicos largos paseos, cuestionando la aspiración del hombre de querer ser algo que no se puede ser.

Comparado con los grandes directores que han reflexionado sobre los grandes temas de orden religioso y humano, como Carl Theodor Dreyer, Yasujirō OzuOzu, Ingmar Bergman o Andrei Tarkovski, Béla Tarr se desmarca. “Cada cual es diferente, nos hemos criado en una religión distinta, tenemos nuestra propia historia, nuestra cultura y color de la piel…” Béla Tarr ha permitido que escuchemos la voz de su conciencia en su selecta filmografía, una voz única alejada de los arquetipos hollywoodienses. El gran cineasta húngaro huye de la rigidez de los guiones encorsetados, plasmando la emoción humana por medio de las coreografías de los personajes. “No he usado un guion en mi vida, porque el cine es ritmo, sonido e imagen”, dice al ser entrevistado por El cultural. El cine de Béla Tarr requiere de una paciencia cada vez más olvidada (Satantango dura 415 minutos). Como en la vida misma, en sus películas no siempre está pasando algo excepcional, y posiblemente en esa espera de algo mejor, es donde para Béla Tarr el ser humano debe encontrar la satisfacción: en el presente. Como dice Ranciére en su análisis de la poética y la política de la filmografía del director húngaro: “no es el tiempo donde uno construye bellas frases o bellos proyectos para compensar el vacío de toda espera. Es el tiempo en el que uno se interesa en la espera en sí misma”.

La leña crepitaba en el fuego, el agua encerrada en la madera, el silbido del sosiego; pero ya no queda agua en el pozo, ni leña para avivar el fuego. Béla Tarr, como si se tratase de un profeta del Antiguo Testamento anuncia en El caballo de Turín la destrucción del mundo: el fin de los días; sin embargo, “la última mañana es todavía una mañana anterior y la última película es, todavía, una película más”. A diferencia de Béla Tarr, realmente los profetas del Antiguo Testamento, no solo anunciaban juicio; también anunciaban salvación para un pueblo que sufría las consecuencias de su propio pecado, como nosotros. La esperanza que los profetas del Señor mencionan, está basada en la fidelidad eterna de Dios, en Cristo. Como el teólogo Karl Barth expresaba: “El propio corazón de Dios sufrió en la cruz”. Dios, hecho hombre, en la persona de Cristo se ha acercado a nosotros ofreciéndonos una salvación inmerecida; una vida eterna que prevalecerá ante un mundo que agoniza. Porque Dios no se ha olvidado de nosotros. “Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. El Señor es mi porción, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré” (Lamentaciones 3:22-24).

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