Reseña

Dirty Money: La raíz de todos los males

Barcelona, 04 de Enero de 2019. Puede que sea una de las series que más desazón provocan de todo el catálogo de Netflix, y no se trata de una historia de terror ni un thriller experimental: Dirty Money es una serie documental sobre los mayores fraudes económicos de las últimas décadas. Y da miedo. Son seis capítulos que tuvieron su génesis cuando el productor de la serie, Alex Gibney, uno de los mejores directores de documentales de la actualidad que ha estado nominado varias veces para los premios Óscar, se enteró de que era una de las víctimas de la monumental estafa en la que Volkswagen se implicó entre 2009 y 2015, y que acabó afectando a 11 millones de automóviles en todo el mundo.

Como se explica en el primer documental, para poder mantener un puesto prevalente entre las grandes empresas automovilísticas, Volkswagen falseó las emisiones reales que producían sus coches con motor diesel. Piratearon su propio software para que diera la impresión de que habían implementado en sus vehículos un importante avance tecnológico y se publicitaron como los más ecológicos cuando, en realidad, cada uno de sus coches contaminaba casi 40 veces más de lo permitido. En el documental se explica cómo este fraude pasó por manos de diferentes ejecutivos que sin ningún tipo de remordimiento trataron de ocultarlo durante el mayor tiempo posible para así poder seguir recaudando fabulosos beneficios. Los efectos medioambientales de la mentira, mientras esta gente se llenaba los bolsillos de bonos y beneficios, tardarán décadas en poder paliarse, no obstante.

Esta situación que el propio Gibney vivió de primera mano sirve de punto de partida para contar otras cinco historias reales de cómo el amor al dinero perjudica a las personas, a los países y, en última instancia, a todo el sistema económico y social que compartimos. Los siguientes capítulos narran estafas de empresas crediticias que provocaron la ruina de millones de personas aprovechándose de huecos en la legislación, bancos internacionales que blanquean sin escrúpulos el dinero negro de los cárteles mexicanos; el demencial sistema empresarial de ciertas farmacéuticas estadounidenses que se lucran de los enfermos crónicos e incluso (en uno de sus capítulos más sorprendentes) te narran el mayor robo cometido en la historia de Canadá y sus ramificaciones: 18 millones de dólares en sirope de arce que acabaron en el mercado negro en Asia y Europa. No obstante, de todos, el más inquietante es el último episodio: la historia empresarial que hubo detrás del acceso de Donald Trump a la Casa Blanca. Y es una historia terriblemente turbia que continúa sin resolverse.

A todos estos capítulos, aun tratando temas muy dispares y con directores diferentes, los atraviesa un tema central frente al que solemos estar ciegos como sociedad: la codicia como motor de la catástrofe. Es un análisis secular y contemporáneo de uno de los principios teológicos más básicos de la Biblia: el amor al dinero como raíz de todos los males.

Cuando se lee esta sentencia clásica de Pablo de Tarso da la sensación de que exagera o de que no es más que un recurso estilístico. Realmente, en el momento histórico y social en que vivimos, nunca llegamos a pensar que amar el dinero (desearlo, buscarlo, atesorarlo) pueda provocar alguna clase de mal ni en nosotros mismos ni en los demás; puede que como sociedad estemos demasiado convencidos de que el capitalismo (y, por extensión, el consumismo contemporáneo) es algo inocuo o neutral: porque a estas alturas vivimos advertidos del fracaso del comunismo. Pero el hecho de que los regímenes comunistas acabaran colapsando no implica que automáticamente el capitalismo se convirtiera en un sistema absoluto y bueno por naturaleza, aunque tengamos la tendencia a creerlo de una manera implícita.

El problema de fondo sigue estando en el interior de cada individuo y en su incapacidad para colaborar en el bien común, y ante eso da bastante igual que uno se desarrolle en un régimen o en otro: de algún modo el mal acabará encontrando la manera de corromper la sociedad a través de sus personas más volubles, sea como sea esa sociedad. La prueba está que incluso en una sociedad tan aparentemente sensata y tranquila como la canadiense, incluso en un terreno empresarial tan aparentemente poco propicio a los excesos como puede ser el de la producción de sirope, también se dan estos casos arquetípicos de codicia y corrupción.

Todos los casos que narra Dirty Money son las historias de personas que, desde fuera, daban la apariencia de poder desmedido e imbatibilidad por todas sus riquezas, pero que por dentro eran débiles y estaban tan sometidas a su amor al dinero que sacrificaron cualquier atisbo de buenas prácticas o de moral. Es particularmente claro en el capítulo sobre la estafa de las empresas crediticias de Scott Tucker, donde el estafador pretende presentarse a sí mismo como la verdadera víctima. La razón por la que los directivos de la farmacéutica Valeant, tal cual se narra en el tercer capítulo, subieron hasta un 700 % los precios de los medicamentos de enfermos crónicos no se debía a una necesidad de aumentar el gasto en investigación, o en un ajuste empresarial, siquiera: era pura codicia de los accionistas, los inversores y los directivos, que se repartían año tras año las ganancias acumuladas a costa, por ejemplo, de que enfermos de diabetes no pudieran pagarse la insulina.

Utilizaban ese dinero en comprarse aviones privados y codearse con las altas esferas en fiestas y banquetes de lujo. O en despachos con puertas de oro, como se explica en el documental sobre Trump. Nada más. Nada menos triste, en el fondo. El problema, tal cual se explica, es que la mayoría de nosotros estamos tan acostumbrados a ello que no somos capaces de percibir el mal. Solamente en casos así de extremos, donde se ha dado pie a todos los excesos imaginados, podemos empezar a vislumbrar el enorme problema al que estamos sometidos. Todo nuestro sistema está enfocado a que estos casos de codicias destructivas no solamente se reproduzcan constantemente, sino que casi se proyecta la idea de que es un objetivo vital éticamente aceptable. El bien común se sacrifica por este amor al dinero y los grandes codiciosos, a pesar de sus delitos, quedan impunes prácticamente en la mayoría de las situaciones, sin que tengamos la sensación de injusticia que sí nos impacta con otros problemas sociales.

Netflix ya ha confirmado que están desarrollando la segunda temporada. La pregunta es si tendremos estómago para procesar toda esta realidad.

Noa Alarcón
Escrito por Noa Alarcón:

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Comentario de Jose

"La busco. " (2019-05-20 03:40:18)



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