Estudio

Dejarlo todo y marcharse de misión agrícola

Madrid, 15 de Marzo de 2019. ¿Quién no ha querido alguna vez dejarlo todo y escapar a un lugar lejano? La idea del Caribe como el Paraíso en la tierra se extendió desde los relatos de marinos en siglos pasados hasta la actual publicidad turística, pero la jungla donde el Templo del Pueblo establece Jonestown estaba lejos de ser el Edén perdido. Cuando Jim Jones anunció por primera vez en San Francisco que la iglesia iba a conseguir unos terrenos al sur del ecuador –aunque Guyana está un poco al norte–, pensaba que todos los que le escuchaban querrían irse allí, pero antes tenían que reconstruir el Paraíso. Y eso costaba dinero.

El plan nunca fue recibir allí a más quinientas o seiscientas personas, pero Jim Jones creía que la mitad del Templo –unos cuatro mil o cinco mil miembros– se apuntarían. El comité de planificación empezó a hacer una lista de aquellos que tenían prioridad, hombres y mujeres fuertes que podían hacer el duro trabajo necesario en la jungla, pero también jóvenes que podían dar problemas en California, maestros para enseñar y miembros mayores, cuyas pensiones podían ser usadas para el mantenimiento de la “misión agrícola”.

Las peticiones de dinero se multiplicaron. Los que tenían seguros de vida, debían anularlos para invertir los fondos en el proyecto. En cada culto los miembros del Templo tenían que entregar a Jones un “sobre de compromiso” con el veinticinco por ciento de sus ingresos semanales, por lo menos. Para comprobarlo, había que escribir en el exterior del sobre la cantidad de salario que uno recibía. Todo para “dar de comer a los pobres del mundo”. A lo que se añadían solicitudes para adquirir maquinaria en concreto, como una taladradora o un generador. Para reducir gastos, los que vivían en comunidad, empezaron a comer juntos en la iglesia de San Francisco.

Matthews Ridge era un pueblo minero de manganeso que estaba comunicado por el río Kaituma con la capital, Georgetown, así como con el océano Atlántico a Miami. La iglesia compró un barco, pero utilizaba sobre todo la pista de aviación que había en Port Kaituma. La tierra que habían empezado a despejar los anteriores colonos fue arrendada por cinco años. El Templo debía pagar al gobierno de Guyana la cantidad anual de veinticinco céntimos por acre. En California se dijo que el representante del gobierno le puso el nombre a la “misión agrícola” de Jonestown, aunque era la idea de Jones, ¡claro!

MÁS DESERCIONES

Jim Jones pidió al predicador afroamericano Archie Ijames que se encargara de la construcción, dada su experiencia como carpintero y administrador del Templo, además de fiel colaborador del pastor desde sus inicios en Indianápolis. El no estaba muy dispuesto, a causa de su esposa, que se quedó en California. Ijames y el abogado del Templo, Gene Chaikin, presentaron el proyecto al gobierno de Georgetown, firmado por Ijames. Al salir de las oficinas, le anunció a Chalkin que, ya que él aparecía como director legalmente, lo iba a ser en realidad. Cuando Jones se enteró, le acusó en una reunión de hacer alianzas por su cuenta. Y sacó a la luz un antiguo asunto del predicador afroamericano con una chica de Indiana. Era siempre el arma de Jones, cuando no podía comprar a alguien, le acusaba de algo impropio, sexualmente. Nunca fallaba. Siempre tenía el efecto deseado.

A la mañana siguiente mandó a los Touchette, padre e hijo, una familia de Indiana que había seguido a Jim Jones a California. El hijo era de la edad de Stephan Jones, casado con una hija de Ijames y parte de la comisión de planificación. La hija desertó con “los ocho revolucionarios”, pero regresó con los demás, cuando volvieron arrepentidos. La madre de los Touchette era tan fiel a Jones como la esposa de Ijames, que se creyó las acusaciones contra su marido. Ella le obligó a vender su casa en California y él fue sometido a un castigo psicológico de aislamiento, humillaciones e insultos. El predicador afroamericano era un hombre sensible, que se asustó cuando su mujer le dijo que Jones había solicitado voluntarios para matarle. Escapó entonces a Georgetown con su esposa y los 45.000 dólares que le habían confiado. Cuando Jones le descubrió, Ijames se puso a llorar y devolvió el dinero.

La otra deserción más importante en ese momento fue la de Grace Stoen. El desencanto de la esposa del ayudante de fiscal y segunda persona más importante del Templo, después de Jim Jones, fue creciendo a la vez que se distanciaba de su matrimonio e intimaba con otro miembro del Templo llamado Walter Jones –que no era familia del pastor–. Los dos dejaron la iglesia, pero ella dio permiso por escrito para que llevaran su hijo a Guyana, a cambio de que pudiera verlo y no emprendiera acción alguna contra el Templo. El papel de Tim Stoen en todo esto es curioso. He vuelto a ver el documental que hizo Mel White en 1979 –antes de caer en desgracia en el mundo evangélico por su homosexualidad, después de haber sido pastor, profesor de Fuller y “escritor fantasma” para predicadores como Billy Graham. Me ha sorprendido lo bueno que sigue siendo, pero también lo extraño que es saber ahora lo que callaban entonces Tim y Grace Stoen en la entrevista con White –que ocupa un lugar central en el documental. El silencio acerca de hechos como el de que el hijo muerto en Jonestown había sido concebido por Jim Jones y ella se había ido del Templo con otro hombre.

“AÑO ASCENDIENTE”

En 1976 ya no había reportajes periodísticos contra el Templo del Pueblo. Todo lo contrario. El alcalde de San Francisco le propuso llevar la Autoridad de Vivienda de la ciudad, que aceptó después de honrarle con su presencia en una cena de homenaje, junto al dirigente radical negro Eldridge Cleaver. La esposa de Jimmy Carter, Rosalynn, se entrevistó con él a su paso por San Francisco, para conseguir su apoyo. Lo mismo hizo el vicepresidente Walter Mondale. Jones fue incluso elogiado por el senado del estado de California en Sacramento.

La única persona que hablaba en su contra era el antiguo sacerdote ortodoxo griego Katsaris, que denunciaba que el Templo tenía a su hija Maria cautiva. Jim Jones se defendería como siempre, acusándole de abusar sexualmente de su hija. Como bien sabemos en estos tiempos de MeToo, no hay arma de combate como esta. Si tienes el valor y la falta de escrúpulos suficiente, dejarás a tu enemigo marcado para siempre, aunque quede después absuelto en un proceso. La gente es tan ingenua que no va a dudar de la veracidad de semejante acusación. Basta acusar a alguien de abusos sexuales, que acabarás con su reputación para siempre.

Marceline Jones sufrió un duro golpe a principios de año, cuando su marido le dijo que él se llevaría a sus hijos a Guyana y ella se quedaría en California, a cargo del Templo. Esto la hundió hasta el punto de acabar teniendo tratamiento psiquiátrico. Durante una visita a sus padres fue hospitalizada unas semanas a principios del año siguiente, 1977, por serios problemas respiratorios, que le obligarían a dejar su trabajo en la sanidad de San Francisco. A raíz del viaje que hizo Jim Jones a Guyana a finales del 74, la tímida e inocente Maria Katsaris se convierte en amante de su marido y fuerte dirigente del Templo –junto a Carolyn Moore, que tenía ahora un hijo de Jones, aunque se había casado con el portavoz del Templo, Michael Prokes–. Las tres mujeres –Marceline, Maria y Carolyn– tienen rasgos comunes, tanto físicos como de carácter. Las tres eran de piel blanca, esbeltas e inteligentes. Se ocupaban muy bien de todos los detalles y suplían perfectamente la ineptitud administrativa de Jones.

OSCUROS PRESAGIOS

Aunque le fuera bien en la vida, en la complicada psicología de Jim Jones siempre había oscuros presagios de muerte. Una extraña fuerza autodestructiva le dominaba constantemente. Sus incoherentes sermones se hacían cada vez más extraños. Lo mismo se creía Dios, que le desafiaba. Tan pronto hablaba como si Jesús hubiera estado en la India, como sugería que él mismo fuera extraterrestre. Cuando uno los escucha ahora, parecen desvaríos de un loco con delirios de grandeza, pero obviamente, sus seguidores los percibían de otro modo. Es un misterio la extraña influencia que tenía Jones en sus seguidores.

Hablaba con frecuencia de Masada, la fortaleza montañosa de Israel donde casi mil rebeldes judíos se suicidaron, incluidos mujeres y niños, antes de rendirse a los romanos. El Templo tenía un rancho con viñas en el condado de Mendocino. Daba pocas uvas, pero suficientes para hacer algo de vino. Jim Jones estaba en contra del alcohol, pero una noche de septiembre de 1975 dijo a los miembros del comité de planificación que podían beber esta vez. Cuando habían vaciado los vasos, Jones les informó que había echado veneno y en menos de una hora estarían muertos, ya que no había antídoto para ello. Patty Cartmell chilló y saltó de la silla, para intentar escapar del lugar de reunión. Michael Prokes disparó varias veces al aire. Y a los tres cuartos de hora varios empezaron a desvanecerse, cuando Jones anunció que no había veneno en el vino.

Era una prueba de lealtad, la primera de muchas hasta la que los llevó a la muerte en Jonestown. Cuando les dijo eso, Cartmell se unió al grupo. Nadie criticó a Jones por su engaño. Años después, varios de los que estaban allí dicen ahora que sabían que era un truco. Nadie consideró la posibilidad de lo que Jim Jones estaba dispuesto a hacer, ¡matarlos a todos! Así de ciegos estamos cuando seguimos a una persona como si fuera Dios. Confiamos en ella tanto, que daríamos la vida, si hiciera falta. Jeremías advierte del mal que viene de “confiar en el hombre” (17:5). Cuando hacemos eso, “nuestro corazón se aparta del Señor”, dice el profeta. Debemos preguntarnos, por lo tanto, ¿dónde está nuestro corazón? Porque si lo hemos puesto en el lugar y la persona equivocada, no habrá más que decepción y muerte. “El ladrón viene para robar, matar y destruir las ovejas”, pero el buen Pastor que es Cristo, “viene para que tengamos vida y vida en abundancia” (Juan 10:10).

José de Segovia
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