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Estudio

La fe del padre de Snoopy y Carlitos

La religión de Charles Schulz: explorando la vida espiritual y obra del autor de las tiras de cómic de Snoopy y Carlitos

La fe del padre de Snoopy y Carlitos

Modificado el 2022/01/23

Este año es el centenario de Charles Schulz (1922-2000), el autor de las tiras de cómic que desde 1957 al año 2000 se conocen en inglés con el nombre de Peanuts (Cacahuetes). Personajes como el perrito Snoopy se han convertido en todo un icono de la cultura popular.

La sutil influencia de la fe evangélica de su creador en estas historias ha sido objeto de estudio desde 1965 en Estados Unidos con el clásico “El evangelio según los Peanuts” del pastor presbiteriano Robert Short –el primer libro que utiliza un título así, para hablar de la cultura popular– hasta el reciente “La religión de Charlie Brown: explorando la vida espiritual y obra de Charles M. Schulz” del profesor Stephen Lind. La publicación de la obra completa en español de veinticinco volúmenes por la editorial Planeta y la traducción de la monumental biografía de Schulz por David Michaelis en EsPop es una buena ocasión, este centenario, para contar en una serie de artículos, la apasionante historia de su vida y su interesante relación con el cristianismo.

Aunque sean tan americanos como Elvis o Marilyn, los personajes de Snoopy y Carlitos han llegado a ser tan conocidos en todo el mundo, que la imagen del perrito aparece en cualquier sitio. Menos conocida es la influencia de la Biblia, la oración, la naturaleza de Dios y el fin del mundo en esta serie, en que ahora queremos profundizar. Nuestra aproximación no será temática, sino narrativa, siguiendo la vida de su autor desde su nacimiento hace cien años. Más de 560 de las 17.800 tiras de prensa tienen referencias religiosas, espirituales o teológicas, pero todas ellas tienen relación con su biografía.

“ESPIRITUAL”

La popularidad de su primer programa de televisión sobre “el verdadero significado de la Navidad” desde 1965 con Linus recitando el texto del Evangelio según Lucas en la versión clásica protestante en inglés del rey Jacobo, es sólo un ejemplo de la importancia que tiene el cristianismo en toda su obra. Schultz creció en una familia luterana, pero tuvo una conversión evangélica en la denominación pentecostal de la Iglesia de Dios, tras la Segunda Guerra Mundial.

El creador de Snoopy y Carlitos llegó a ser un lector voraz de comentarios teológicos. Tenía los márgenes de su Biblia, llenos de notas escritas a mano. Más tarde se hizo metodista, enseñando en escuelas dominicales del Medio Oeste y California. Llevó incluso un grupo de estudio del Antiguo Testamento. A finales de los 80 tiene una crisis de fe que le lleva a declararse “humanista secular”. Era una persona complicada, como veremos en esta serie, pero según su viuda, “era un hombre profundamente reflexivo y espiritual, que nunca dejó de pensar en Dios”.

Schulz fue siempre muy solitario. Tras la muerte de su madre, entró en el grupo de jóvenes de la Iglesia de Dios, donde iba tres veces a la semana, para el culto y dos estudios bíblicos. Leyó la Biblia varias veces y se esforzaba en saber cómo interpretar ciertos pasajes. Enseñó así, la Escritura durante muchos años. “Dios era muy importante para él –dice su viuda–, pero de una forma muy profunda y misteriosa”.

“COMPLICADO”

Todos los que trataron con Schulz, le recuerdan como alguien “difícil de conocer y difícil de comprender”. Incluso aquellos que podrían considerarse sus amigos, dicen que “no quería acercarse demasiado a nadie”. Otros dicen que “le gustaba considerarse sencillo, pero era enigmático y complejo”. Los adjetivos que más se utilizan para describirle son, además de “tímido y humilde, complicado”. Para ser alguien tan reservado, es sorprendente que durante cincuenta años, no sólo dejó numerosas pistas sobre su vida en sus historietas, sino que dio bastantes entrevistas en las que habla con bastante detalle y franqueza sobre muchas cosas.

Su trabajo es hasta tal punto una obra de autor, que dibujó todas y cada una de las 17.897 tiras, sin ayudantes. Si hubiera sido más normal y sociable, no hubiera podido crear, sin duda, al sufridor e indómito Carlitos, la malhumorada y venenosa Lucy, el soñador y reflexivo Linus, el empecinado Schroeder y el ensimismado Snoopy. El famoso perro está basado en su mascota de infancia, Spike, pero nunca dijo en quién se inspiró para los personajes de Carlitos y Lucy. Puede que todos ellos fueran un reflejo de él mismo, ya que él decía que los personajes, “sólo puedes crearlos a partir de tu propia personalidad, no observando a otras personas”.

Nacido hace medio siglo en pleno Medio Oeste, era el hijo único de un barbero de St. Paul (Minnesota) y una ama de casa amable y cariñosa. El decía que su única ambición era llegar a ser tan apreciado como su padre, pero cuando le proponían hablar de su vida, nunca empezaba por su nacimiento en 1922, ni por sus primeros años, sino por la muerte de su madre. No es casualidad que su conversión cristiana viniera tras la muerte de su madre, cuando el pastor de su iglesia –la denominación pentecostal de la Iglesia de Dios– le pidió que le ayudara a preparar el culto en su memoria. Tras hablar con su padre, el pastor le invito a venir a la iglesia, sobre la que giró su vida durante cuatro o cinco años.

“ROSEBUD”

En 1941 llegó al cine Park de St. Paul, la película de Orson Welles, “Ciudadano Kane”. La fascinación de Schulz por esta obra maestra del séptimo arte –elegida como el mejor film de la historia, año tras año por críticos de todo el mundo, hasta ser desbancada recientemente por “Vertigo” de Hitchcock– se convirtió en una verdadera obsesión. La vio hasta cuarenta veces. La historia de ese hombre discreto y poderoso, hijo único, expulsado de su hogar en una cabaña aislada en mitad de la nieve, hasta ser educado por un banquero y acabar en el castillo aislado de Xanadú, tiene mucho que ver con Schulz.

El enigma que representa en “Ciudadano Kane” la palabra “Rosebud” es también la clave que buscamos en esta serie sobre la misteriosa fe de Schulz. Creo que no destripo la película, si digo que tras el nombre que daba a su trineo de infancia –a pesar de la referencia sexual que tenía para la figura en que se inspira, el magnate de prensa, William Hearst–, nos presenta a un hombre como Schulz, que “consiguió todo lo que deseaba y luego lo perdió”. Como Kane, se sintió solo toda su vida, anhelando el cuidado y comprensión de la madre que perdió.

Nunca decía de qué tipo de cáncer murió su madre. La mayoría de sus parientes creía que era de colon, pero en realidad era de útero. Padeció a causa de él desde 1938, que cuando Sparky –como le llamaban familiarmente al creador de Snoopy– volvía del instituto, encontraba a su madre, Dena Schulz, postrada en la cama. Nadie hablaba de su enfermedad. Sólo su padre y su tía la conocían. Cuando llegó a su cuarta y última fase, se lo dijeron a Sparky, el mismo mes en que Schulz fue llamado a filas en 1942. Al año siguiente estaba de permiso, cuando regresó al lecho de su madre desde Fort Snelling. Antes de regresar al cuartel, le dijo esa noche que tenía que marcharse. Y ella le contestó: “Sí, supongo que deberíamos despedirnos”. Al mirarle, le dijo: “Bueno, adiós, Sparky, probablemente nunca volveremos a vernos”. Hasta el día de su muerte, Schulz nunca superó esa escena. Fue su mayor tragedia.

Ella nunca conoció su obra. Durante toda su vida, Sparky buscó ese amor maternal, pero como sus personajes, le pareció que sólo recibía indiferencia y rechazo. Lo que le dio esa cualidad que le hacía parecer frío, remoto y elusivo, sino insensible, burlón y hasta desdeñoso. Estaba tan unido a su madre, que hasta que fue al ejército, sólo había pasado dos noches separado de ella, durante un torneo de golf a los 18. No tenía novia. Sus únicas citas eran para tomar un refresco con hijas de amigos de la familia. No quiso viajar, siquiera ver el mar. No se alojó en un hotel, ni comió en un restaurante. Sólo se retiraba a un lugar solitario para dibujar. Sobrevivió a la guerra, pero no pudo volver a ver a su madre nunca más.

“ATADURAS”

En esta vida todos tenemos heridas emocionales, amores perdidos y ausencias que nadie puede llenar. Son “ataduras” que nos limitan y hacen que no podamos disfrutar de la vida. No sé qué “atadura” tienes en tu vida, hábito, recuerdo, pecado, fracaso, o errores pasados, pero la Biblia nos presenta desde sus primeras páginas, Alguien que no tiene “atadura” o limitación alguna. El Dios que está ahí (Génesis 1:1) no tiene principio, ni fin. No se sujetó al tiempo y al espacio, más que una sola vez, cuando vino a este mundo para hacerse como uno de nosotros, sujeto al tiempo y al espacio.

Dios vivió un rechazo e incomprensión que muchos conocemos, pero en una medida que no podemos siquiera imaginar. Sujeto a aquella cruz romana, se vio abandonado hasta por su Padre eterno (Mateo 27:46), para que nosotros nunca lo seamos. En su sufrimiento padeció todas nuestras enfermedades, sufrió todas nuestras heridas y llevó todas nuestras ofensas. ¿Por qué el Dios eterno quiso así, sujetarse a tal dolor? Porque nos ama tanto, que quiere librarnos de todas nuestras “ataduras”.

En el poder de su resurrección, puede ahora sanar nuestro mal, rehacer lo deshecho y arreglar lo perdido. Cuando dudamos que esto sea posible, debemos pensar en aquella Cruz, porque en ella está ese Amor que nos parece que hemos perdido para siempre. Contemplar ese Cordero inmolado (Apocalipsis 5:12) nos llenará de asombro porque lo que parecía demasiado bueno para ser cierto, se hará realidad por toda la eternidad.


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