Estudio

¿Cuál es el verdadero argumento de Blade Runner?

Barcelona, 02 de Abril de 2019. Las películas de Blade Runner tratan primeramente sobre la vida y, más en particular, sobre la vida más allá de la muerte. Usando las propias palabras de Ridley Scott puestas en boca de Harrison Ford alias Rick Deckard, la historia trata sobre las preguntas que todos nos hacemos: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿cuánto tiempo nos queda? Los críticos la destrozaron en 1982, cuando estaba proyectándose por primera vez en los cines; su influencia en la sociedad, sin embargo, ha tenido claramente el efecto retardado de un tsunami.

Muchos como Ridley Scott intentaban llevar al cine la novela “Dune” en la década de 1970. Alexandro Jodorowsky, por ejemplo, había contratado con ese mismo objetivo al dibujante Jean Giraud alias Moebius. Moebius estaba trabajando en ello cuando llegó a París desde California el guionista de “Alien” Dan O-Bannon, con ese aspecto tan típicamente post-hippie que le caracterizaba. Había llegado demasiado pronto según la agenda y para matar el tiempo se puso a hacer lo que realmente le gustaba, dibujos para cómics, algunos de los cuales los empezó a compartir con Moebius.

Moebius se enamoró automáticamente de una de las historias, la típica historia de un policía a sueldo con gabardina a lo Humphrey Bogart, pero ahora ambientada en el futuro. Como buenos amigos, por supuesto, llegaron a un acuerdo para poder desarrollar dos diferentes versiones de la misma idea. La historia de Moebius en particular sitúa al protagonista en una misión donde tiene que matar a una criatura alienígena, que para ocultarse se disfraza de una preciosa mujer y donde inevitablemente cazador y presa acaban unidos en una relación de amor.

La historia tiene claros guiños a la película de Jean-Luc Godard publicada en 1965 con el título de “Alphaville” y se publicó finalmente con el título de “The Long Tomorrow” en las dos sucursales de la revista Heavy Metal a partir de 1975. En las manos de Ridley Scott pronto se convertiría también en una de las influencias más evidentes de Blade Runner. Ridley Scott estaba atascado entonces en su producción de “Dune” y la muerte de su hermano le convenció de que definitivamente necesitaba hacer algo diferente. El productor Michael Deeley le hizo una propuesta que no podía rechazar y se unió a ellos el 21 de enero de 1980.

Los sueños de androides y las ovejas eléctricas de Philip K. Dick

Philip K. Dick había escrito el relato "Do Androids Dream of Electric Sheep?" en 1968 y muchos como Martin Scorsese, Herb Jaffe o Michael Deeley habían mostrado interés en llevarla al cine. Lo primero que hizo Ridley Scott al incorporarse a los preparativos de Blade Runner es hacer revisar el guión de Hampton Fancher, obligándolo a resaltar los elementos más humanos y religiosos que había perdido - un trabajo que realmente acabó haciendo David Peoples y que, dentro de lo que cabe, agradeció también Philip K. Dick.

El escritor del relato original sufría desde los trece años de serios problemas con sueños y visiones que él mismo llegó a atribuir a la esquizofrenia: “experimentaba una invasión de mi mente por una mente trascendentalmente racional” -decía entonces Philip K. Dick- “como si yo hubiese estado loco toda mi vida y de repente me hubiese vuelto cuerdo”. Aseguraba además que había comenzado a vivir una doble vida: una como un escritor americano llamado Philip y otra como un cristiano perseguido por los romanos en el siglo I d. C. llamado Tomás.

Philip K. Dick trató de normalizar sus visiones alegando explicaciones racionales o religiosas, según las cuales había entrado en contacto una divinidad a la que llamaba Cebra, Dios, o más frecuentemente SIVAINVI. La historia de Philip K. Dick en 1968 sobre una civilización futura donde los humanos tienen que abandonar un San Francisco cubierto de lluvia ácida y emigrar al espacio exterior ayudados de robots esclavos, daría sin embargo mucho juego en las manos de Ridley Scott.

La locura, la búsqueda del creador y el silencio de Dios

Los test de Rorschach a los que se familiarizó Philip K. Dick están obviamente detrás de los test de Voight-Kampff, las pruebas de identificación a las que son sometidos los robots en Blade Runner. Es por eso que no debemos pensar que esta historia esté hablando primeramente de los hipotéticos contrastes y dilemas entre robots y humanos, más propios de la ciencia ficción. La base del tema en Blade Runner está bebiendo primeramente de los contrastes en la diferenciación o identificación de la locura y la razón a los que estaba siempre expuesto el autor. Fijémonos sino en qué es lo que realmente le preocupa a Rachel cuando abre su corazón a Deckard y asegura: “¡No puedo fiarme de mi memoria!”.

Philip K. Dick no era precisamente el escritor más fácil de asimilar para la mayoría de la población norteamericana. Podría decirse que era justo todo lo contrario. La distopía que describe Philip K. Dick es según palabras del escritor Jesús Alonso Burgos en su interesante publicación “Lo que Deckard no sabía”: “una suerte de post-ateísmo comunitarista y pietista, muy acorde con el evangelismo norteamericano”. Muchos ateos han usado la película como bandera de sus creencias pero ¿hay motivos realmente? No puedes matar lo que no existe, ni tampoco a alguien a quien no has encontrado todavía, pero sí puedes matar a todo el que te defrauda en tu búsqueda - que es justo lo que hace con sus propias manos Roy Batty, el líder de los forajidos robots.

Blade Runner por eso, en un sentido estricto, no escenifica la muerte de Dios. En realidad son tres los creadores que mueren: Hannibal Chew, el diseñador de los ojos; J.F. Sebastian, el diseñador genético; y Eldon Tyrell, el diseñador del cerebro, la mente y los recuerdos de aquellos Nexus 6. Eldon Tyrell, por ejemplo, ha explorado sin éxito todas las posibles opciones que podrían alargar la vida a Roy. Las repasa una a una con su criatura pero existen claramente unas insalvables dificultades técnicas que reconoce el propio Roy finalmente - que es cuando descubre también que ha sufrido los efectos de un espejismo. El silencio de Dios, sin embargo, sí es evidente en Blade Runner - como lo era en “El Séptimo Sello”, una de las películas que más interés habían despertado en Ridley Scott. El cartel de Blade Runner da ya una primera pista al espectador del lugar que ocupa Dios en la historia: “El hombre ha tomado partido… ahora es su problema”.

Caín huyendo de Dios

Como Caín debió de entrar en la terrible ciudad de los hombres del Libro de Génesis, huyendo sin éxito para evitar ser reconocido por su pasado; así Harrison Ford alias Rick Deckard entra en la primera escena de Blade Runner. La idea de un depredador nocturno estaba implícita en el cuadro de Edward Hopper que Ridley Scott siempre usaba en las reuniones titulado “Nighthawk”. Un enorme ave de esas carácterísticas aparecerá literalmente en escena pero antes, como un halcón nocturno, Deckard empieza sobrevolando el espacio aéreo de Los Angeles, una ciudad ahora más parecida a los más sucios suburbios de Tokio, New York o Hong Kong. Bajo los pies de Deckard se extiende una interminable ciudad siempre a oscuras, presidida por altísimas construcciones propiedad de la empresa Tyrell Corporation.

Los extraños habitantes de la ciudad no muestran demasiados rasgos afectivos y circulan como autómatas, iluminados apenas por el mortecino resplandor de los omnipresentes carteles de neón o el reflejo que dejan estos sobre las siempre mojadas calles. Comparten el espacio con todo tipo de especies exóticas como serpientes, avestruces o buhos, muchas veces usando un vestuario que con el tiempo servirá de base para movimientos como el cyberpunk. No parecen tener tiempo para hablar y cuando lo hacen, lo hacen en una desestructurada mezcla de idiomas propios de emigrantes. La angustia persigue a los personajes también en los interiores, sobrecargados siempre de cientos de detalles, deliberadamente desordenados e iluminados desde el exterior por amenazantes focos de las fuerzas de seguridad.

Gaff, el policía jefe encargado de la retirada de los robots, aparece vestido también con una gabardina al más puro estilo del cine negro, a imagen y semejanza del mismo Humphrey Bogart que había ocupado aquellos mismos estudios cuarenta años antes. Su sentido estricto de la lógica le lleva a asegurar que la muerte es algo natural. Por su lado los robots, sin embargo, que han sido creados para ser “más humanos que los humanos”, como le ocurre al propio Ridley Scott, sólo piensan en una cosa: ¿cómo obtener la vida eterna de manos de su creador?

Caín en el templo de la ciudad de los hombres

Para la parte estética Ridley Scott tenía en mente como hemos dicho las solitarias escenas de Edward Hopper. Quiso volver a contratar a Moebius pero entonces el dibujante francés estaba ocupado y le recomendó a Syd Mead. Syd Mead había conocido el mundo del cómic gracias a su padre, que por el día ejercía como un pastor Bautista y por las noches le leía entregas de Superman, Flash Gordon o Buck Rogers. Profesionalmente Syd Mead se promocionaría en el área del diseño industrial hasta que uno de sus diseños es agenciado para Star Wars. El exigente Ridley Scott compró el 100% su propuesta no sólo en relación a los vehículos de Blade Runner sino también en relación a los escenarios que había puesto para contextualizarlos.

Las instrucciones de Douglas Trumbull para la construcción de los interiores de los zigurats o pirámides de la Tyrell Corporation, eran muy claras en relación al aspecto religioso que debían sugerir. El tamaño desproporcionado, el ostentoso lujo y las líneas rectas en el interior de estos edificios están diseñados para mostrar justamente el extremo opuesto a lo que es habitual en el resto de la ciudad. Es interesante aquí mencionar que según una frase de su película "Prometheus", las líneas rectas no son propias de la divinidad: "Dios no construye líneas rectas" -dice literalmente el personaje de Marshall-Green. Las rectas columnas de más de siete metros en Tyrell Corporation, sin embargo, tenían la intención de empequeñecer a los personajes.

Cuando Rick Deckard entra en estas singulares oficinas y empieza a hablar con la sospechosa Sean Young alias Rachel, las voces vuelven a ellos con el efecto de eco propio de una catedral. Tyrell Corporation era, en definitiva, un desmesurado edificio vacío donde, como decía Friedrich Nietzsche, no es evidente tanto que la divinidad hubiese sido asesinada como que los hombres hace tiempo la hubiesen abandonado. Dioses había en su época más que nunca según Friedrich Nietzsche. Lo que había muerto era Dios en la conciencia del hombre contemporáneo y “las iglesias y catedrales -escribe él- no son ya sino hermosos monumentos funerarios”.

La necesidad de un final feliz

Yo era un adolescente en 1982, había leído las obras completas de Julio Verne y Blade Runner me cautivó como nada antes lo había hecho. Llegaron a proyectarse desde entonces hasta siete diferentes versiones de la primera entrega de Blade Runner. Las razones generalmente han girado alrededor de la dificultad de llegar a un acuerdo acerca del final. El final de la novela de Philip K. Dick es un completo disparate y durante el rodaje de la película había consenso en que había que re-escribirlo. La cuestión más complicada era entonces qué final debía ocupar su lugar. Ridley Scott estaba completamente decidido a escribir un final triste pero los productores se enfrentaron a él seriamente. La película ya era suficientemente oscura para que además no pudiese tener una luz de esperanza al final.

El final además está estrechamente ligado a la controvertida cuestión de si Rick Deckard es o no es un robot, algo que se mantiene en el plano de la ambigüedad artística por los tres primeros escritores: Philip K. Dick, Hampton Fancher y David Peoples. Cuando llega a las manos de Ridley Scott, sin embargo, el director inglés se propone convertirlo claramente en un robot. “En el final que escribí en mi primer borrador” -dice el guionista David Peoples- “Deckard mataba a Gaff porque este intentaba exterminar a Rachel. Luego Deckard se llevaba a Rachel a la playa y la mataba también a ella. Después volvía a su apartamento, donde se le veía cargando su arma”.

En la versión de David Peoples, al final “Deckard se cuestiona filosóficamente qué era lo que le diferenciaba de Rachel y los demás replicantes. Se supone que debía darse cuenta de que los seres humanos no eran tan diferentes [... ] Pero entonces Ridley Scott me interpretó mal y fue en aquella época cuando él empezó a decir: “¡Ajá!, ¡Deckard es un replicante!, ¡qué gran idea!, ¡puro heavy metal! [... ] Lo que yo quería decir es que todos tenemos un hacedor y una fecha de caducidad. Sólo que no podemos hablar con él”.

California en 2049 según Blade Runner

Los planes de una segunda parte de Blade Runner comienzan ya en 1986 pero no es hasta 2017 que se puede estrenar. Ridley Scott, en este último proyecto, ha dejado finalmente la dirección a cargo de alguien con menos experiencia, el director de películas como “Prisioners” - que curiosamente prepara una versión de “Dune”. Ridley Scott actúa ahora en la sombra como productor y guionista, llevándose finalmente el gato al agua y haciendo que desde el principio el nuevo policía sea claramente un robot.

La historia en 2049 nos asegura que de la relación entre Deckard y Rachel había nacido un niño. El nacimiento constituye en sí mismo un milagro sin precedentes, ya que ninguna empresa ha logrado antes crear un robot que pueda reproducirse. Este nacimiento claro otorga a la criatura categorías mesiánicas. La criatura es una promesa que, además, necesariamente ha de morir para evitar el conflicto entre clases y mantener la paz. “Pronto vendrán a por mi”, le dice el protagonista a su pareja después de una dura y oscura noche. Las referencias continuas a la Biblia en las diferentes historias de Blade Runner hacen difícil creer que Ridley Scott se aburriera tanto en la iglesia como dice haberlo hecho.

El protagonista del nuevo Blade Runner está atormentado por su incapacidad de haber visto un milagro. Esta vez tiene una relación estable pero es una relación igualmente solitaria: se trata de una relación con un simulador. Celebran los aniversarios con actualizaciones de software y los hologramas de los besos se interrumpen cuando hay llamadas entrantes. Todo es bastante familiar a aquellos que hemos asimilado las nuevas soluciones de conectividad. Las empresas tecnológicas son los dioses y sus productos la salvación de los hombres. Wallace, el fundador de la empresa dominante, es ambicioso, caprichoso y cruel, mientras da voz a frases como: “Podríamos asaltar el Edén y recuperarlo”.

La muerte y el final de la libertad

Vivir con miedo es algo propio de los esclavos, es lo que le habían dicho a Rick Deckard los viejos modelos de replicantes Roy Batty y Leon Kowalski. La libertad de elegir es un tema que está claramente vinculado al tema principal de la vida. La muerte nos iguala a todos y es la más lapidaria confirmación de la finitud de nuestra libertad. Cada pensador le ha dado las vueltas que ha necesitado al concepto de la libertad y la muerte para llevarlos a su propio terreno, pero la realidad es que al final la muerte ha llegado para demostrar que no tenemos el control.

Escuchando a los personajes de Blade Runner, cuesta no imaginar a Ridley Scott aferrado a las fotos, tratando de encajar la muerte de su hermano mayor en el extremo oriente. “No puedes jugar, si no estás vivo” -dice un delirante robot, desbordante de vida, sabiendo que apenas le quedan unos minutos de vida. Se ha clavado un hierro en la mano pero apenas siente ya nada: “¡Ir al infierno, ir al cielo!”, grita en estado de gracia un eufórico Roy.

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais” -dice ya calmado, sobre una de las melodías más bellas jamás compuestas. “Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. “Es hora de morir” -dice finalmente el robot citando el mismo libro de Eclesiastés que antes había citado su humano creador Eldon Tyrell. El cielo se abre y se muestra azul por primera y última vez en la película, justo en este momento. Lo hace para recibir a una paloma blanca, que finalmente ha sido liberada de la mano del ya muerto replicante.

Las leyes son incapaces de vencer a la muerte

Rick Deckard había aparecido al principio de la historia como un cruel y desalmado asesino, sin embargo, finalmente recibe por gracia el don de la vida dos veces seguidas. Lo recibe además de manos precisamente de quien menos podía esperarlo: los replicantes a los que tenía que matar. “He acabado”, asegura Deckard citando las últimas palabras de Cristo en la cruz. “¿Me quieres?, ¿confías en mí?”. Me llama poderosamente la atención que el cruel asesino ya transformado utilice finalmente los conceptos de amor y confianza por primera vez con el objetivo de seguir adelante.

A diferencia de la religiones más conocidas, Jesucristo no parece especialmente interesado en conservar la tradición. Jesucristo, de hecho, utiliza el fracaso del pasado para establecer un nuevo pacto, una nueva creación donde la muerte ya no tenga la última palabra. Su nuevo pacto está finalmente basado en los hechos probados, claro, pero también en el amor y la confianza; precisamente, porque la religión ha probado en el viejo pacto que las leyes son incapaces de vencer a la muerte.

Más allá de las expectativas de muchos que, con sus miedos y prejuicios, han quizás deseado o quizás temido la muerte de Dios, Dios mismo utiliza su propia muerte para darles vida a todos ellos por igual, tal y como apunta el apóstol Juan al escribir: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su hijo unigénito para que todo aquel que en él crea tenga vida eterna”. Una sóla muerte para dar a todos vida sin límites es algo que puede parecer demasiado bonito para ser verdad. El amor requiere, sin embargo, como la nueva relación de Deckard, de la confianza sin la cual una buena relación no es posible.

Pablo Fernández
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