Reseña

Betty Hidgen y la justicia social según Dickens

Los trapos de inmundicia de la caridad son expuestos con especial lucidez en este discreto personaje de Charles Dickens

Betty Hidgen y la justicia social según Dickens

Modificado el 2020/10/28

Recientemente empecé a leer los ‘Pickwick papers’ (1836), la primera novela de Charles Dickens, un poco contra mi voluntad. Me he resistido largo tiempo a tomar las más grandes obras de Dickens por falta de tiempo y porque me apasionan sus obras menos conocidas, ‘La casa lúgubre’ (“Bleak house”, 1852-53), ‘La pequeña Dorrit’ (“Little Dorrit”, 1855-57) y ‘Nuestro amigo en común’ (“Our mutual friend”, 1864-65), que ya he leído un par de veces. Siempre redescubro con interés renovado los temas recurrentes del autor británico: la avaricia, la lentitud del sistema judicial, la división de clases sociales, la cárcel de deudas –donde su padre vivió un tiempo - y la caridad.






Uno de los personajes que más me ha fascinado de Dickens, es uno que podría pasar desapercibido si no fuera porque actúa de la forma más rara: huye, como del infierno, de la caridad. Betty Hidgen, una humilde anciana cuya única tarea en la vida ha sido ver a sus hijos y nietos morir uno tras otro de enfermedades y que se ha dedicado ella misma a acoger a huérfanos, rechaza sin parar actos de caridad de los personajes de ‘Nuestro amigo en común’. En un capítulo espeluznante, cuenta la fuga de Betty de las “workhouses”, los asilos para pobres, unas instituciones que existieron en el Reino Unido para sacar a los pobres de las calles y esconder sus muertes.

En paralelo, en unos salones al calor del fuego, la burguesía habla de mejorar la sociedad. Dickens se dirige a ellos como “mis señores y caballeros y honorables consejeros”. Y cuando habla del pánico de Betty a los workhouses les pregunta “un éxito brillante, por haber traído esto a las mentes de los mejores de nuestros pobres. ¿Valdría la pena reflexionar sobre esto en algún momento?”. Uno de estos señores, el correcto Señor Podsnap irrumpe y pide cambiar de tema porque esto no es apropiado para la cena. “Podsnappery”, de hecho, ha pasado al vocabulario británico y se encuentra en el diccionario Merriam-Webster como “actitud hacia la vida marcada por la complacencia y el rechazo a reconocer los hechos desagradables”.

Pero Dickens no se calla y continúa:

“Mis señores y caballeros y honorables consejeros, cuando tras cavar en el polvo y las cenizas hayan apilado una montaña de pretenciosos fracasos, deberán quitarse sus honorables abrigos para sacarla, y ponerse a trabajar con la ayuda de todos los caballos y hombres de la reina, o esta se deslizará a toda prisa y nos enterrará vivos. Sí, en verdad, mis señores y honorables consejeros, adaptando su catecismo a la ocasión, y con la ayuda de Dios así deberéis hacerlo.”

Betty no es el único personaje de Dickens que tiene aversión a la caridad. La pequeña Dorrit rechaza la caridad para ella misma porque prefiere trabajar con sus manos, pero acepta la caridad para su impresentable familia. El autor británico, en sí, no tiene un problema con la caridad. De hecho, sus personajes más rocambolescos y divertidos se dedican a ella, como la familia del yesero Plornish en ‘La pequeña Dorrit’, que da generosamente aun cuando el padre mismo acaba un tiempo en la cárcel de deudas. No, Dickens cree en la caridad, pero le tiene un horror tremendo cuando las clases medio-altas la usan para cauterizar su conciencia y justificar el mantenimiento de un estatus quo que les beneficia.

“Porque cuando hemos conseguido que, con un enorme tesoro a disposición para aliviar a los pobres, los mejores de los pobres detesten nuestras misericordias, escondan sus cabezas de nosotros y nos avergüencen muriéndose de hambre en medio de nosotros, es un impedimento a la prosperidad, a la continuidad. Puede que no esté escrito así en el Evangelio según Podsnap;[…] pero es la verdad desde que se establecieron los cimientos del universo, y lo serán hasta que los cimientos del universo sean sacudidos por el Constructor.”

En este último caso, la caridad se iguala a trapos de inmundicia (Isaías 64:6), ya que la sociedad no busca la justicia, no reprende al opresor, ni aboga por el huérfano o la viuda (Isaías 1:17), sino que sólo les da limosna. Para Dickens, cuando Betty Hidgen muere en el campo o cuando mueren los pobres en las workhouses, esto llena de sangre las manos de los burgueses autocomplacientes, de los Podsnap de la sociedad, que a sabiendas deciden ignorar lo que ocurre detrás de los muros de las cárceles de deudas y los asilos.

Pero con su crítica, este autor, como los profetas a los gobernantes del pasado y Jesús a los fariseos, llama a las clases medio-altas de su sociedad a practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente sobre la faz de esta tierra (Miqueas 6:8), en la cual estamos solo de paso y de la que no nos llevamos nada. En ‘La casa lúgubre’, el avaro Señor Krook explotará y se desvanecerá en una “combustión espontánea” mientras su cueva de objetos atesorados permanece amontonando el polvo.

Aunque Dickens raramente menciona a Jesús en sus obras (La pequeña Dorrit implorará a la legalista Sra. Clennam: “Guíese sólo por el sanador de los enfermos, el que levanta a los muertos, el amigo de todos los afligidos y desamparados, el Maestro paciente que derrama lágrimas de compasión por nuestras enfermedades”), estas destilan un olor a evangelio. Sabía de qué tipo de Dios hablaba, el cual sus protagonistas siguen, aunque a veces a tientas porque su “educación ha sido muy defectuosa” (‘La pequeña Dorrit’).

Pero Dickens sabía que, por otro lado, Dios también conoce a los suyos, aunque estos mueran “fuera” de las instituciones hechas por los hombres. No es casualidad que en sus últimos respiros Betty Hidgen se encuentre con Lizzie, otra “pobre de espíritu”, que, como una mensajera del Dios misericordioso, le traerá el consuelo y compañía. “"Debo estar terriblemente desfigurada. ¿Tienes miedo de besarme?" La respuesta es la presión de sus labios sobre la fría pero sonriente boca. "¡Bendita seas! Ahora, tesoro, levántame." Lizzie Hexam levantó muy suavemente su cabeza gris y desgastada, y la elevó tan alta como el cielo”.

Y al contrario de lo que creen los fariseos cómodamente sentados en sus bancos en la primera fila, o los burgueses cómodamente sentados en sus sillones, no están solos estos que lloran, que tienen hambre y sed de justicia, Él camina con los suyos. Los suyos son aquellos que cumplen sus mandamientos, como bien decía Jesús. Aquellos que, en la oscuridad, a escondidas, y de forma humilde se ocupan de su prójimo y le aman como a sí mismo.

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