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Reseña

Tabucchi y las razones del corazón

El interés en Lisboa que tiene el escritor italiano Antonio Tabucchi le ha llevado a ser considerado como uno de los expertos de referencia del surrealismo portugués

Tabucchi y las razones del corazón

Modificado el 2021/03/16

Considerado como uno de los expertos de referencia del surrealismo portugués y de Fernando Pessoa, la pasión de Tabucchi por Portugal y su literatura se concreta especialmente en la ciudad de Lisboa. Si se ha dicho que, en la vecina España, Francisco Umbral fundó Madrid con las descripciones de la ciudad en sus novelas, Tabucchi sería como aquel almirante que ha dejado su Italia natal y que, hastiado de la deriva, desde el mástil de su barco descubre una joya llamada Lisboa de cuya atracción no podrá desprenderse nunca más y que marcará la dirección de su pluma.






En una estantería tengo dos libros que en realidad, sin saberlo cuando los compré, trazan una línea cronológica en el tiempo. Al darme cuenta de ello no he podido evitar pensar que en el despacho de mi casa guardo no solo una parte de la obra de una persona, sino un fragmento de su existencia, de aquello a lo que dedicó una parte de su vida.

Se trata de Sostiene Pereira (1994) y de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1997), dos obras sucesivas en la prolífica bibliografía del escritor italiano nacionalizado como portugués posteriormente, Antonio Tabucchi. Su pasión por Portugal es simultánea a la literatura del país.

En la capital portuguesa desarrolla la que muchos consideran su obra más notable, Sostiene Pereira, donde rescata la pasión por el oficio periodístico a través de un redactor acomodado con una conciencia adormecida en plena dictadura salazarista y en un periodo de entreguerras que, tal y como escribe el autor, trajo un hedor a muerte a la ciudad de Lisboa. En realidad, a toda Europa.

El peso de la nostalgia

La primera vez que escuché hablar de Sostiene Pereira fue mientras estudiaba Periodismo en la universidad, en cuarto de carrera. No recuerdo el contexto general de la conversación, pero en una de sus clases, el profesor de ‘Periodismo cultural’ nos recomendó el libro. Era el mismo profesor que nos había dicho que el del periodismo es uno de los oficios en los que se registra una mayor tasa de alcoholismo. En aquel momento era más joven y no pensé en el señor Pereira. Curiosamente, aquel verano visité Lisboa y el sur de Portugal con un grupo de amigos con los que organizamos una especie de viaje de fin de curso. Ahora pienso que de haber leído a Tabucchi antes, quizá hubiese visto la ciudad con otros ojos. De todas formas me pareció imponente y acogedora a la vez.

Todavía recuerdo los delirios de grandeza de un pasado imperial en la Plaza del Comercio y los tranvías abriéndose paso por las estrechas y empinadas calles de adoquines que conducen al Castillo de Sao Jorge. De haber leído antes a Tabucchi, quizá habría confundido a algún lugareño en una terraza de restaurante con el señor Pereira, tomando una limonada y una tortilla a las finas hierbas.

Es llamativa la capacidad de Tabucchi para generar nostalgia en el lector con Sostiene Pereira. Gran parte del logro, considero, tiene que ver con su habilidad para crear un personaje como Pereira. Es el perfecto atiborrado, que convive como mejor puede con sus propias contradicciones a cambio de una paga que le permita una rutina despreocupada, pero que lleva fatal aquello que identifica correctamente como el eco de su conciencia. Una conciencia que se va retorciendo con angustia a medida que se van introduciendo más personajes en la trama. En especial el joven Monteiro Rossi, del cuál me pregunto cuánto encierra del espíritu del propio Tabucchi.

Y juntamente con Pereira, el lector se retuerce sin importarle que la historia se sitúe en los primeros años de una dictadura que ya pasó hace tiempo, interpelándose a sí mismo acerca de su propia conciencia y sintiendo una gran nostalgia, como el protagonista, aunque sin saber bien a bien de qué. Si de los años que fueron o de los que han de ser. Inquieta la forma sutil en la que el adormecimiento de la conciencia en una rutina capaz de darnos una definición de nuestro anhelo de comodidad, es señalada por Tabucchi en su novela hasta el punto de hacerle sentir a uno su todavía desnudez ante algunas de sus nostalgias. Inquieta tanto como le pasaba al sabio de Eclesiastés cuando decía que no había memoria de lo previo y que tampoco la habría después (1:11).

Un compromiso espiritual

Monteiro Rossi no es el único que agita la acallada existencia del señor Pereira. También el afable doctor Cardoso, con sus referencias a teorías sobre el alma, o incluso las mediocres necrológicas de Marta, la novia de Rossi. En realidad, todos los elementos que se introducen en la vida del protagonista, lo hacen para trastocarla.

Es a través de sus relaciones, no frente a sus limonadas, ni sus tortillas a las finas hierbas, ni al retrato de su difunta esposa, que la atormentada serenidad de Pereira se ve sosegada por una sacudida cuyo propósito es devolver al personaje una cordura que hasta entonces había esquivado. Así también se hace evidente la cuestión espiritual.

“Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón”, hace decir Tabucchi a su personaje en un momento del libro. Pero el corazón, en el contexto de la historia que se ha narrado a lo largo del libro, no es sino la esencia del ser, el centro mismo de la conciencia. Es aquello de lo que el evangelio dice que necesita ser salvo por medio de la vida que ofrece Jesús y sin importar todo lo demás, lo que aquí podríamos decir las convicciones, que hacen que se pierda (Mateo 16:26).

No puedo evitar que resuenen aquellas palabras de Jesús en Mateo 6:21: “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. En realidad eso no es abstracto. Lo que se ha vuelto abstracto es sentarse ante una limonada y una tortilla a las finas hierbas como si solo fuésemos eso, estómagos y hambres. Necesitamos una razón para nuestro corazón. Una razón en la que podamos basar nuestras convicciones. Donde depositar nuestro tesoro, como decía Jesús, que no es otro que la vida misma.

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