Estudio

Amor millennial y el sacrificio del amante

Jóvenes como Sally Rooney, Elísabet Benavent y Kate Tempest apuestan por relaciones más comprometidas y arriesgadas en el amor como solución final para los grandes males de nuestra sociedad

Amor millennial y el sacrificio del amante

Modificado el 2020/08/10

Muchos hablan de los millennials como “la generación Tinder”, la generación que ya no cree en el amor, libres del compromiso para abrazar relaciones más hedonistas, superficiales e incluso capitalistas. Sin embargo, jóvenes artistas como Sally Rooney, Elísabet Benavent y Kate Tempest no sólo vuelven a apostar por el amor como solución final para los grandes males de nuestra sociedad, sino que muestran interés por relaciones más comprometidas y arriesgadas, casi sacrificiales. Para quienes hayan leído el Nuevo Testamento como Rooney, esta visión del amor no es nada novedosa y por eso, lejos de desmarcarse de la religión, esta autora, feminista y marxista, reconoce que el cristianismo sigue teniendo un argumento “bastante convincente” para nuestros tiempos.





Con aplicaciones tan populares como Meetic o Tinder, uno podría llegar a pensar que en esta última década los millennials han tenido más sexo y relaciones de pareja que cualquier otra generación de la historia ¡No son pocos los sermones dedicados a esta cuestión en muchas iglesias! Pero los datos nos dicen lo contrario. Estudios de gran impacto, como los llevados a cabo por el equipo de investigación de Jean M. Twenge en la Universidad de San Diego, demuestran que muchos jóvenes menores de treinta años tienen el doble de posibilidades de ser sexualmente más inactivos que sus homólogos en los años setenta y ochenta. Según Twenge, este giro inesperado tiene relación con el descenso de relaciones estables que también caracteriza a esta nueva cohorte. Estas conclusiones llevan a los editores de The Atlantic a hablar de una auténtica “recesión sexual” en Estados Unidos.

Para intentar comprender este cambio en las relaciones de pareja y los hábitos sexuales, en “Why Millennials are Lonely?” de la revista Forbes, Caroline Beaton apuntaba paradójicamente a las redes sociales para explicar las dificultades que tienen muchos jóvenes para “conectar”. Para esta psicóloga, Facebook e Instagram en lugar de acercarnos, no han hecho más que aislarnos, convirtiéndonos en personas afectivamente exigentes y frustradas. Por otra parte, otros especialistas, como la antropóloga Helen Fisher, piensan que este receso sexual y la reticencia a tener una pareja estable tiene más que ver con una actitud reflexiva y más sensata sobre las relaciones que la de generaciones anteriores; la juventud ya no se deja llevar tan rápido por el ideal del amor, ahora apuesta por el “slow love” y se lo piensa dos veces antes de elegir una pareja.

Aunque todas estas explicaciones son interesantes y basan sus conclusiones en trabajos de investigación, parecen ignorar el auténtico carácter de la condición humana. Nadie puede negar la influencia de las redes sociales en una visión consumista de las relaciones y sería injusto decir que no hemos aprendido nada de nuestra manera de relacionarnos en el pasado. Pero si nos vendemos tan fácilmente como una marca y nos cuesta arriesgarnos a estar en una relación, es precisamente porque ¡siempre ha sido más fácil amarnos a nosotros mismos que a otra persona! Por eso, las reflexiones directas de Kate Tempest (Londres, 1985) sobre los problemas afectivos de su generación me parecen mucho más realistas y convincentes: “en la raíz de todo esto está la falta de amor”.

Kate Tempest y el antídoto para la soledad

Nacida en el corazón de Inglaterra, Kate Tempest fue registrada como Kate Esther Calvert pero desde el sur de Londres se ha encargado de hacer de su apellido artístico su verdadero nombre (“Tempestad”). La palabra es tan natural en ella que lo mismo le da cantar en un escenario o escribir un bestseller como crear una obra teatro; su literatura es un viento imparable de reflexiones sinceras que no deja conciencia intacta.

En su primer álbum, “Let them eat chaos” (Lex Records, 2016) Tempest ya nos avisaba de que “Europa está perdida”, que “no hemos aprendido nada de la historia” y que el Londres de copas a dos por una, es sólo “una noche para recordar que pronto olvidaremos”. Siempre crítica y sin rodeos. Su actitud inconformista, contracultural y profundamente humana no se inspira en los referentes feministas de hoy, sino en el poeta y pintor londinense William Blake (1757-1827), a quien cita siempre al inicio de sus libros. Como Jim Morrison, Tempest también se ha dejado cautivar por la imagen disidente y profética que hay en torno a Blake pero la historia nos enseña que este romántico llevó más bien una vida aburrida, sin apenas excesos, cumpliendo con los sacramentos de la iglesia anglicana. Su gnosticismo y su visión caótica de lo excelso sólo pueden explicarse por el terrible temor al Dios rígido y perfeccionista que él contempla en el Antiguo Testamento, en contraposición al Cristo misericordioso del Nuevo, según su propia interpretación bíblica.

Pero si para Blake el problema del Londres de finales del siglo XVIII está en que “las prisiones se construyen con piedras de Ley, [y] los burdeles con ladrillos de Religión”, para Tempest ahora la paradoja está en que “Nada de lo que puedas comprar podrá hacerte sentir más completa”, como nos dice en “Hold your own”, un tema de su último álbum, “The Book of Traps and Lessons” (Republic Records, 2019). Y si el consumismo prospera, esta misma canción nos recuerda que es porque “siempre nos sentimos incompletos”. Por eso, en su increíble poema “Progress”, concluye diciendo que “Una vez tuvimos un propósito/yo escucho: había un Dios”, pero dejamos su religión, “el gran opresor”. No obstante, “sin Dios, las guerras parecían más crueles/la vida parecía más desoladora. / El arte parecía absurdo. […] Sin el miedo a la retribución/ encontramos placer libre de culpa/ pero perdimos el sentido de unidad que nos mantenía juntos. / Necesitábamos algo nuevo que llenase / el vacío que crecía; y qué mejor que creer/ en ¡la Libertad de bufet libre! […] Una vez tuvimos miedo/ ahora tenemos el chute”.

Por ello, para Kate Tempest la soledad no es el problema de los millennials sino “el síntoma de nuestros tiempos, del mito del progreso que nos hemos tragado en el mundo occidental”. El amor ya no es un encuentro con el otro sino un producto más para promocionarnos. Así, la voz de esta profetisa, como golpes de martillo, nos dice que lo que ahora llamamos amor “debería llamarlo trampa”: “¡Te atrapo mucho!/ Sí, quiero que seas feliz. Pero no amenaces mi felicidad”, canta Tempest irónicamente en “I trap you”. Por tanto, el único remedio para esta enfermedad individualista, el antídoto para la soledad, según la artista, es volver a un amor radical que se compromete y se arriesga más allá de cualquier autopromoción y sentimentalismo. En una entrevista para Siglo 21 de Radio 3, como si fuese el final de un sermón dominical, Tempest se dirige al radioyente para decirle que si está siendo individualista “¿cómo puedes esperar nada de la sociedad? En ese sentido lo que estoy diciendo es que seas primero un buen amante porque no puedes esconder nada en tu relación. Puedes ser alguien al que sus amigos ven como súperabierto, que va a todas las manifestaciones, pero en tu relación tu pareja ve tu peor parte. Para mi esa es la última frontera."

La definición del amor de esta artista londinense como acto consciente, comprometido y responsable, en contraste con la visión romántica que lo considera simplemente como un acto involuntario fruto de un conjunto de sensaciones, es similar a la que encontramos en toda La Biblia y vemos expresado en su totalidad en la persona de Cristo. Por eso, cuando Jesús les dice a sus discípulos que deben “amarse unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34), no debemos imaginar que los discípulos pensaban en ese momento en la pureza de los sentimientos del Maestro, sino en cómo unos instantes atrás Cristo había lavado sus pies como el último de los sirvientes (Juan 13:1-20). Días después los discípulos llegarían a comprender la verdadera dimensión de este amor con el que sería el mayor acto que una persona puede hacer por su prójimo (Juan 15:13).

Como supuso para la audiencia de Jesús, para Tempest este amor que se entrega también es un auténtico desafío, ya que “el amor es algo activo […] es esforzarte en conectar con los demás seres humanos. Comprometerse a través de la empatía es difícil”. Ella lo intenta por medio de su potente creatividad, concibiendo el arte como “un acto de rebeldía contra el sistema”, debido a que su proceso implica necesariamente “conectar con otros”. Pero si “un dios solo llega a ser dios cuando tiene las agallas para amar”, como menciona la autora en su poema “Brand New Ancients” (Picador, 2013), ahora habría que preguntarse si los mortales somos capaces de cumplir con el deber moral que nos demanda el amor.

Valeria: dos mentiras y una verdad

En “Ya no es como antes: elogio del perdón en la vida amorosa” (Anagrama, 2015), el psicoanalista lacaniano Massimo Recalcati (Milán, 1959) nos dice que nuestra época se fundamenta en dos mentiras acerca de la naturaleza humana: la primera es “el fantasma de la libertad”, la idea individualista que considera que podemos construirnos un nombre “sin pasar por el Otro- ignorando la deuda simbólica que nos vincula a este”. Y la segunda, la que “exalta lo Nuevo como principio que orienta la vida del deseo”; la verdadera satisfacción sólo puede hallarse en aquello que no tenemos aun, derivando en una agotadora y frustrante búsqueda de nuevas experiencias que no nos llevan a ninguna parte. Por tanto, según el autor milanés, no debería extrañarnos que el hastío se presente “cada vez más rápidamente para parasitar las relaciones, alimentando el impulso insatisfecho hacia lo que no se tiene”.

Esta experiencia fatigosa y desilusionante la vemos claramente en las mujeres modernas e independientes de “Valeria” (Netflix, 2020), la serie romántica que arrasó en España durante la cuarentena, basada en la saga novelística de Elísabet Benavent (Valencia, 1984). Bajo el pseudónimo de Betacoqueta, esta autora valenciana comenzó escribiendo relatos eróticos en su blog y desde que publicó sus primeros libros autoeditados su número de ventas no ha parado de crecer hasta llegar a los más de dos millones de copias vendidas. Por supuesto, la serie que ha estrenado Netflix ha sido todo un éxito y consolida el fenómeno Betacoqueta anunciando que en 2021 estrenarán una película basada en la bilogía “Canciones y recuerdos” (DeBolsillo).

Mientas el éxito de las novelas de Benavent se explica por su lenguaje explícito, la serie de Netflix ha atraído a muchos espectadores por su sensualidad y el Madrid hípster y colorido que a tantos nos gustaría poder disfrutar: desde los cafés en las terrazas de La Latina hasta las películas en la Sala Equis. Como ocurría en “Sex in the City”, la presentación de estos escenarios nos avisan de que las protagonistas de esta historia están más preocupadas por sus relaciones amorosas que por su cuenta bancaria. Son mujeres atractivas, independientes, con buenos trabajos y pisos con los que muchos madrileños tan solo pueden soñar. De ahí que la trama principal me parezca inverosímil y hasta aburrida, con un triángulo amoroso cuyos personajes masculinos terminan por destrozar.

Sin embargo, los relatos de Lola (Silma López) y Nerea (Teresa Riott) resultan interesantes y sorprendentemente originales. Lola es una joven intérprete que cree firmemente en “el amor libre”, sin ataduras ni remordimientos. Sus amigas tienen reparos con la relación pasional y estrictamente sexual que mantiene con un hombre casado pero ella se mantiene firme en sus ideales de libertad y placer. Por su parte, Nerea es una abogada de clase alta que no se ha decidido a salir del armario oficialmente. Su esperanza está en poder hablar con sus padres de su homosexualidad y encontrar un nuevo grupo de amigas que le comprenda. Son dos mujeres que luchan por definirse a sí mismas y su manera de relacionarse con los demás. La historia podría caer en el cliché fácilmente, pero Benavent se atreve a presentarnos a una Lola conmocionada cuando se da cuenta de que lejos de ser “libre”, ahora se encuentra, como diría Recalcati, en “una nueva esclavitud, el resultado de un mandamiento social e ideológico (¡Gozad!)”. Finalmente, la sombra de la relación con su madre y su incapacidad para perdonarla, acaban llevando a Lola a una inesperada desesperación.

Pero si hay algo que destacar de esta primera temporada de Valeria es el desenlace políticamente incorrecto del relato de Nerea. Tras la incomprensión de sus amigas, Nerea decide buscar su “charca”, un círculo de amistades que le permita conocer gente con su misma orientación sexual y disfrutar así de la posibilidad de tener encuentros sexuales y relaciones más cercanas que puedan empatizar con ella. Con curiosidad, Nerea descubre un grupo de activistas LGTB con el que se siente identificada y comprendida. “¡He encontrado mi charca!”, le dice con entusiasmo a Valeria. Pero como ocurre con muchos nuevos conversos, más pronto que tarde se descubre que la parroquia tiene más pecadores que santos y Nerea acaba reconociendo que en su nuevo grupo también hay lugar para la intolerancia; “el espacio seguro” que ha encontrado está lleno de la misma inseguridad que lleva a sus padres a rechazarla por su sexualidad.

Una vez revelados el fantasma de la libertad y la tiranía de lo Nuevo, tanto Lola como Nerea descubren que nuestros problemas con el amor no atienden a razones o ideologías, ni a buenas voluntades. Detrás de las dos mentiras de Recalcati hay una verdad mucho más incómoda. Por eso, el apóstol Pablo al escribirle a la iglesia de Corinto y tratar sus conflictos internos, les recuerda que su problema no tiene que ver con la escuela teológica de la que provengan; si sus egos se envanecen unos contra otros, como un órgano hinchado (1 Corintios 4:6), es porque algo no va bien en lo más profundo de su ser. Asimismo, Sally Rooney (Castlebar, 1991) al hablar del amor también parece llegar a la misma conclusión: “es duro y difícil querer a otras personas y esto no se debe al capitalismo o al patriarcado. Aunque sean parte del problema no lo describen en su totalidad”.

Sally Rooney y el sacrificio del amante

Sally Rooney no llega a los treinta (tiene la misma edad que yo) pero la revista Times ya la ha coronado como “la primera gran autora millennial”. El inicio de su carrera como escritora no comienza con un relato de ficción, sino con una confesión muy personal, “Even if You Beat Me”, un ensayo publicado por el Dublin Review en la primavera de 2015 que llama la atención de una trabajadora de la prestigiosa agencia literaria dirigida por Andrew Wylie. Rooney escribe el ensayo con la confianza de quien cree que mantendrá el anonimato para siempre y habla con descaro juvenil de cómo decide abandonar los torneos de debate tras ser proclamada la mejor “debatiente” de Europa con tan solo 22 años.

Ya en este breve ensayo, el lector puede notar cómo dichas competiciones parecen haber perfilado el estilo de Rooney en su literatura, caracterizada por un tono calmado, pero profundamente desafiante, sin florituras innecesarias, manteniendo siempre una tensión que hace de sus novelas algo verdaderamente adictivo. Sus historias de amor han logrado la atención del gran público porque, según Rooney, los dramas románticos ya no son predominantes en el ámbito literario; para la escritora irlandesa sus libros no son más que “novelas del siglo diecinueve con ropa moderna”. A pesar de ello, creo sinceramente que el atractivo de sus relatos está en cómo presenta los dilemas amorosos de nuestra generación, mezclando sensualidad y sinceridad, poniendo todas las cartas sobre la mesa, sutilmente tocando la conciencia del lector con conversaciones del día a día, hasta darte cuenta de que es así como la autora “se mete en tu cabeza”, como dice Lauren Collins para el New Yorker.

Un buen ejemplo de ello, es “Normal People” (Faber & Faber, 2018), traducida al castellano por Random House como “Gente Normal” (2019). Premiada por los British Book Awards como Mejor Libro del Año en 2019 y con más de sesenta y cuatro mil copias vendidas en Estados Unidos en tan sólo cuatro meses, era de esperar que la novela saltase a la pantalla. Y lo ha hecho en formato de serie en una magnífica adaptación creada por la BBC en colaboración con Hulu y Screen Ireland. Su estreno en España no llegó hasta este verano por medio de la plataforma Starzplay. El ritmo pausado de la serie, su bonita fotografía grisácea y las magníficas actuaciones de Daisy Edgar-Jones y Paul Mescal, logran captar con asombroso talento el drama sereno y lleno de deseo de Normal People.

Esta novela sigue los acontecimientos que suceden a lo largo de cuatro años en la relación entre Marianne Sheridan y Connell Waldron. La historia comienza con ambos personajes aun en el instituto y a medida que transcurre el relato, nos situamos en Trinity College, donde Marianne y Connell descubrirán que su relación está lejos de ser clara y satisfactoria. En la serie, algunos sucesos parecen precipitados pero la novela transmite muy bien el desgaste y la creciente tensión que aumenta con el pasar de los años. Dista mucho de ser el típico pastelazo adolescente, ambos protagonistas reconocen las demandas morales del amor mientras descubren el intenso deseo que les atrae, y al mismo tiempo, también comienzan a ser conscientes de su vulnerabilidad y de la difícil situación a la que les expone entregarse al otro. Cansada de la arrogancia que le protege, Marianne busca desesperadamente algo de humildad, pero pierde el control y sólo encuentra humillación; la ansiedad de Connell demanda una petición de ayuda, pero acaba estrellándose con el silencio de su orgullo.

A través de estos personajes paradójicos y contradictorios lo que hallamos en la novela de Sally Rooney es que la normalidad es en realidad algo anormal para muchos de nosotros. Marianne se presenta a sus amistades como una mujer segura de sí misma, inteligente y con claras convicciones políticas, pero a través de su relación con los hombres, reconoce en ella un fuerte impulso por ser dominada y despreciada. Esta manera de exponer la confusión y el dolor que ningún millennial quiere reconocer en sus relaciones, es la que atrae a tantos lectores. Por ello, para muchos de nosotros, es el compromiso con la verdad en un mundo obsesionado con la imagen pública, lo que hace a Rooney una gran autora de historias de amor: “existe esta asunción de que mis personajes tienen que vivir en un universo feminista ideal en el que no internalizan ninguno de los problemas de habitar una sociedad patriarcal, y actúan de forma independiente. Esas no son las novelas que quiero escribir. No quiero caer en estereotipos ofensivos, pero quiero tener la libertad de crear personajes femeninos que no sean robots feministas, que nunca hayan cometido errores”.

Por esto mismo, al hablar con Collins sobre religión, Rooney, que en varias ocasiones se ha identificado como marxista, no tiene reparos en decir que admira el llamado anticapitalista de Jesús “a dejar atrás nuestras pertenencias materiales” por una causa mayor. Esta visión del Jesús antisistema es un tanto predecible en muchos militantes comunistas, pero lo que es realmente llamativo de Rooney en relación al cristianismo es que su compromiso con la verdad también le lleva a considerar la visión caída de la condición humana que nos presenta el Evangelio y sus implicaciones prácticas: “otro aspecto del cristianismo que encuentro bastante convincente es que todos somos pecadores, se acepta que ninguno de nosotros vivirá jamás a la altura de la imagen de Cristo. Así que se trata de humildad, al mismo tiempo que de autosacrificio. Es darte cuenta de ‘no estoy haciendo un buen trabajo’ ”.

Esta es la razón por la que las complejas historias de Rooney siempre empiezan por resolverse cuando los protagonistas reconocen en sí mismos la incapacidad para cumplir con las demandas morales del amor; Connell sólo logra comprender a Marianne cuando recuerda que “tenían la misma innombrable herida espiritual” que les hace sentir “que nunca encajarán en el mundo”. Pero si todos somos incapaces de estar a la altura del amor ¿de qué forma puede existir una relación entre dos personas? Como nos demuestra al final de sus novelas, para la autora irlandesa sólo hay una alternativa: el sacrificio del amante. Como resume muy bien Collins, la propuesta más arriesgada de Rooney, su argumento más desconcertante es que hay cierta trascendencia en la interdependencia, “hay salvación en darse completamente al otro. […] Podemos dejar de protegernos a nosotros mismos. Podemos amarnos con corazones que sangran, imperfectos”.

Por eso, amar en la cruda verdad de nuestra imperfección, implica necesariamente arrepentimiento y perdón por ambas partes. Como dice Timothy Keller en sus famosas conferencias sobre el matrimonio basadas en Efesios 5:21-33, esta es la única manera en que puede sobrevivir una relación. Sólo cuando los amantes dejan de recriminarse, justificarse y autoflagelarse, como Connell y Marianne, dejando atrás el pasado por medio de la gracia y el perdón inmerecido, es cuando descubren el verdadero “significado del matrimonio”.

Un amante y un sacrificio eternos

Por extraña e incómoda que nos parezca a los millennials esta conclusión sacrificial de las relaciones, es difícil negarla y como se pregunta Recalcati “¿no es ésta, en el fondo, la extravagante sustancia de la que está hecho el amor? Sustancia que cuanto más se da, más se cede, más se consuma, más se enriquece, más aumenta, más se acrecienta”. Por eso, quienes hemos experimentado esta clase de amor, tarde o temprano nos enfrentamos a la dura realidad de la separación y la desilusión, ya sea por la naturaleza caída de nuestra moral como por la violencia estruendosa de la muerte. Hay trascendencia en abandonar nuestro narcisismo, en entregarse y contemplar a otro; como dice Tempest, “cuando me siento débil y me vengo abajo/me detengo sollozando en la estación de tren porque puedo ver vuestras caras/ Me encantan las caras de la gente” (“People´s Faces”). Pero tarde o temprano nuestros rostros se difuminan en las tinieblas del pecado y la muerte… Queremos darnos infinitamente, pero nos encontramos con la trágica finitud de nuestro ser. Nuestro “amor es como nube matutina, como rocío que temprano se evapora” (Oseas 6:4).

Entonces “¿cómo puede existir un amor infinito dada la finitud de nuestras vidas?” se pregunta el psicoanalista. El Evangelio nos desvela el misterio de este profundo deseo afirmando que si este anhelo es infinito es porque el objeto de su amor también lo es. Es por eso, como dice Keller, que el gran problema de nuestras relaciones no es simplemente la falta de amor o el odio, sino la idolatría. Hemos depositado en el otro, finito e imperfecto, las esperanzas que sólo podemos tener garantizadas en el Creador eterno y justo. Esto no sólo nos lleva a las típicas exigencias y frustraciones inherentes a toda relación humana. Al sustituir a Dios como objeto de nuestro amor y deseo, también hemos renunciado a su verdad, a su ley y perfecta voluntad, convirtiéndonos en sus enemigos. Faltar al deber moral de un amor infinito, tiene como consecuencia un castigo eterno. Pero como toda buena historia de amor, La Biblia también nos habla del sacrificio del amante.

Casi al final de la primera temporada de “Valeria”, Lola dice que “nos creemos muy modernos por querer tener pareja sin llamarlo pareja, pero al final buscamos lo mismo que el resto de la humanidad: alguien que nos quiera para toda la vida”. Según el texto bíblico, esta persona que nos puede amar perfectamente y para siempre sólo puede ser Dios mismo por medio de Su Hijo. Si nuestro orgullo y desobediencia han hecho imposible la relación entre Dios y los hombres, el perfecto sacrificio de Cristo vuelve a hacer posible una nueva historia de amor. Como el amante que perdona la infidelidad o el desprecio del otro cargando consigo el dolor de la vergüenza y la traición, Jesús de Nazaret ha cargado consigo nuestra maldad, llevando el castigo que recaía sobre nosotros. En su perfección, este sacrificio del amante ha sellado un amor eterno: “una vez y para siempre” (Hebreos 10:10).

Todas las generaciones se han enfrentado al duro dilema moral al que nos conduce el amor. En términos generales, unas han insistido en que deberíamos esforzarnos en ser mejores amantes y otras en que deberíamos olvidarnos de los requisitos morales del amor. Todas han fracasado; las primeras ignorando el perdón y la gracia que requiere el amor, resultando en vidas atiborradas de un moralismo frío y distante. Las segundas, ignorando la verdad de quiénes somos, resultando en relaciones superficiales, inestables y poco convincentes. Sin embargo, como nos dice José Grau, “en la Escritura, la verdad y el amor no sólo van juntos, sino que se complementan ineludiblemente”. Es por eso que en el Evangelio, ya no hay lugar para la recriminación, ni para las excusas. Si en Cristo Jesús podemos obtener verdadero arrepentimiento, es porque en Su cruz hay verdadera gracia y perdón. Sólo en el Sacrificio del Amante que nos muestran los Evangelios podemos reconocer, en palabras de Keller, que somos peores de lo que pensábamos y al mismo tiempo, más amados y aceptados de lo que nunca llegamos a imaginar.

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