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Tom Rosenthal corriendo a ninguna parte y persiguiendo principalmente nada

El cantautor británico Tom Rosenthal vuelve al eterno cuestionamiento del ser humano: cuál es el sentido de la vida, y subraya lo absurdos que son a veces los esfuerzos humanos por pretender alcanzar la felicidad de una forma u otra, sea ocupándonos para olvidar, intentando no perdernos nada, o a través de las relaciones. Este es, claro, el tema que ocupa también a Eclesiastés, ese libro de la Bíblia, escrito según algunos por Salomón, y que medita sobre la vanidad de las cosas que hacemos.

Artículo escrito por Joëlle Philippe en Brussels el 18 de Marzo de 2021 ·.·★ Lectura de 10 minutos o 1984 palabras.


Descubrí a Tom Rosenthal (Londres, 1986) como suelo descubrir a la mayoría de artistas: por casualidad. Hace unos años, mi compañero de piso solía poner ‘Go solo’ (“Por mí mismo”) en bucle cuando le tocaba a él limpiar el piso. Hay que decir que la canción motiva y engancha y busqué al artista en Youtube para llegar rápidamente a sus vídeos más absurdos, ‘Watermelon’ (“Sandía”) y ‘Away with the fairies’ (“En las nubes”), que todavía miro cuando necesito reírme un rato.

Una vez, vi un comentario que decía que Tom debía de ser uno de los artistas más subestimados del Reino Unido. Es probablemente cierto. En internet desde 2010, nunca ha saltado a la fama realmente, aunque empezó a dar conciertos en 2019. Sus canciones se pueden escuchar en bandas sonoras como la biografía de Jacques Cousteau (La Odisea, 2016) y otros filmes independientes, y más recientemente en los vídeos de Tik Tok...

Se dice que es artista de Indie Folk, pero a mí, me parece difícil definir su arte. Muy minimalista, Tom acompaña su voz, temblante a veces, otras veces en falsete, a veces hablando simplemente, con una guitarra o un monótono ostinato en el piano. Seguramente son las historias que cuenta Tom, las que hacen que sus canciones sean atractivas y cercanas. Historias de cada día, como en ‘Every sock has a hole’ (“Todo calcetín tiene un agujero”), ‘Asleep on a train’ (“Dormido en un tren”), ‘Melania’ (sobre la ex primera dama de Estados Unidos, a quien le pide que rape la cabeza a su marido), o ‘Hey Luis, don’t bite me’ (“Hey Luis, no me muerdas,” en honor al futbolista Luis Suarez).

Otras veces tiene canciones totalmente absurdas, como absurda y divertida es la vida. Rosenthal empuja hasta el límite este sinsentido, tanteando hasta dónde puede llegar exactamente el arte, o la paciencia de sus fans. Durante el confinamiento, sacó ‘157’, en la cual literalmente canta hasta 157 a lo largo de 11 minutos. Sus videos son también experimentos en los que hace participar a sus amigos o gente que se encuentra en la calle. En ‘Hugging you’ (“Abrazándote”), juntó imágenes que pidió a sus seguidores por internet. Por esta razón, sus videos tienen algo entrañable.

Vacío o deseo de eternidad

Pero más allá de lo absurdo, muchas letras del artista británico nos hacen reflexionar. Obviamente en lo absurdo de la sociedad y para él, claro, la vida, que empieza cuando “tus padres tuvieron sexo, tal vez te buscaban, tal vez te dijeron que te buscaban, pero ahora el mundo puede confirmar que eres el espermatozoide más rápido” (‘Little big mistakes’, “Pequeños grandes errores”- una frase cínica, aunque no del todo correcta biológicamente). La falta de sentido que tiene la vida para él se refleja en sus letras existencialistas: “haz el amor conduciendo bajo la lluvia y continúa la cadena cósmica”, pero sobre todo “no te lo tomes todo tan a pecho”.

Este existencialismo refleja el miedo al vacío: “He estado corriendo, principalmente a ninguna parte. He estado persiguiendo, principalmente nada”, declara en ‘We’re all a bit scared’ (“Todos estamos un poco asustados”), pero nos dice “no seas un debilucho”. Con este pozo sin fondo (en Eclesiastés 3:11 el término es “deseo de eternidad”), buscamos ocuparnos sin parar, en una sociedad que no se detiene y que busca sentido en el hacer más que en el ser: “¿No sabes cuán importante y ocupado estoy? Tengo tanto por hacer. Invítame a cenar el viernes por la noche, no podré, tengo demasiado por hacer. Tal vez sólo estoy intentando distraerme de mi mortalidad”. (‘Don’t you know how busy and important I am?’) Y en este frenesí perdemos de vista lo importante: “Oh, estoy demasiado ocupado para ver el cielo, estoy demasiado ocupado para saber, demasiado ocupado para volar, para morir, para que mi alma encuentre descanso”.

Una forma de ocuparse es la versión 2.0 del carpe diem, que ahora según el diccionario urbano se dice ‘Yolo’ en referencia a la frase “you only live once” (“solo vives una vez”). “Nada me para, me vuelvo Yolo: ¿Voy a comprar? Yolo ¿Me llevo al perro? Yolo ¿Me voy a la luna? Yolo ¿Me subo a un árbol? Yolo. Probablemente entiendes de qué se trata ahora.” Rosenthal critica esta forma de vivir en que nunca tomamos decisiones, porque al fin y al cabo es todo Yolo. Pero es que este cosechar el día es agotador: “Me dormí, Yolo es demasiado para mí.”

Sus canciones desgranan también con cuidado la sociedad individualista que vive bajo la dictadura de la felicidad, o la happycracia, como la ha acuñado la socióloga Eva Illouz: “Tengo un gran tarro de humus y estoy bien. Mamá dice que me quiere, qué vida más solitaria y la mayoría de mis sueños nunca verán la luz, pero nada va a arruinar mi día” (‘Big pot of hummus’). Y subraya la soledad más terrible que se junta a la adicción a las pantallas: “Hay alguien a quien quiero pero no está en esta habitación” y “me dicen que la vida es corta, pero hoy es un día largo y creo que no hay ni un solo grupo al que pertenezco, pero nada va a arruinar mi día.” En ‘You Will marry the wrong person’ (“Te casarás con la persona equivocada”) dice que “la vida de soltero es dura, con solitarias noches de sábado. Y todas las noches. Y hacemos cosas divertidas, para escaparnos, para conformarnos con algo antes de que sea demasiado tarde.”

Nunca aprendimos cómo amar

En este sentido, Rosenthal es bastante fatalista y, aunque tiene algunas canciones más romanticonas, tiene otras que muestran las dificultades que tenemos en relacionarnos, como por ejemplo ‘Toby Carr’s difficult relationship with Tuna’ (“La relación difícil de Toby Carr con Atún,” sí, habéis leído bien). Y a veces explica lo que nos cuesta decidirnos por una persona, lo que buscamos en el otro, generalmente para satisfacer nuestras propias necesidades egoístas: “Por favor vuelve, cariño, me pongo nervioso cuando no estás. Hice un ruido con la sartén y no había nadie para recibir mi sonido. Pero dicho esto, dicho esto, me gusta cuando no estás” (‘I like it when you are gone’).

Con las relaciones es cuando el artista británico se vuelve más moralista. Para él, hay dos problemas: el primero es que es muy difícil entender al otro: “Me haces muchas preguntas […] pero no sé cómo entender el resto de ti” (‘Big on questions’). “El primer problema es que no nos entendemos del todo a nosotros mismos. Y si no podemos hacer esto, ¿cómo vamos a entender a los demás?” (‘You Will marry the wrong person’) El segundo problema, igual de profundo, es que no nos han enseñado nada: “Hay una gran probabilidad que rechaces a la persona adecuada”. Porque lo más importante de todo, el amor, “que aprendimos como niños, era más oscuro de lo que pensábamos”. “Si no aprendemos a conducir, probablemente tendremos un accidente… Y no aprendemos nada del amor, nada.”

Llegamos pues, a una vida sin sentido y sin un manual para conducirla. Y es que, para Tom Rosenthal, vanos son nuestros bríos humanos por llenar este vacío, sea ocupándonos para no pensar o para no perdernos nada, o buscando satisfacción en las relaciones. Hay un libro en la Biblia que también se preocupa por la vanidad de las ocupaciones del hombre, y de la vida en general. “Lo más absurdo de lo absurdo, —dice el Maestro—, lo más absurdo de lo absurdo, ¡todo es un absurdo!” empieza Eclesiastés, con la traducción NVI.

El Maestro cuenta que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo es aburridísimo. El Maestro lo ha probado todo, tal vez como el personaje de Tom en la canción “Yolo”, pero no ha encontrado satisfacción en nada y “todo es absurdo y correr tras el viento”. Un motto que va repitiendo en los primeros capítulos. “Aborrecí entonces la vida, pues todo cuanto se hace en ella me resultaba repugnante.” (2:17) Parece que según escribe el Maestro cada vez se vuelve más amargo, porque si no es suficiente con la absurdez de la vida, se lamenta también en su injusticia: “En la tierra suceden cosas absurdas, pues hay hombres justos a quienes les va como si fueran malvados, y hay malvados a quienes les va como si fueran justos.” (10:14)

Un final abierto

Muchos encuentran este libro desalentador, sin embargo, da muchas más respuestas a las críticas de Rosenthal de lo que podríamos pensar. De buenas a primeras, el Maestro reconoce que las bendiciones vienen de Dios (2:24). La existencia de un Creador, aunque no entendamos sus intenciones, nos permite descansar en que Él sí tiene un designio. De hecho, el Maestro dice que justamente Dios nos deja incógnitas a propósito para que le temamos y le busquemos (3:11-14).

A nuestros agotamientos (burn out), el Maestro nos dice que no sirven de nada “pues, ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol?” (2:22) y nos llama a disfrutar de los frutos de nuestro trabajo. A la happycracia, que hay un tiempo también para llorar (3:4) y que “vale más llorar que reír; pues entristece el rostro, pero le hace bien al corazón” (7:3). A las relaciones, que más valen dos que uno, porque si uno cae, lo levanta el otro (4:9-10) pero también que tenemos que dar con fe y generosamente, de nuestro tiempo, de nuestro amor, de nuestros recursos, aun corriendo el riesgo de perderlo todo: “Lanza tu pan sobre el agua; después de algún tiempo volverás a encontrarlo” (11:1-2).

Ante las incoherencias de esta vida absurda, el Maestro nos dice que la vida sí tiene sentido, pero que este, según la soberanía de Dios, no nos ha sido revelado (11:5). Que el pozo sin fondo, la eternidad puesta en nuestro corazón (3:11) apunta a nuestra necesidad de Dios. Y que es mucho mejor acercarnos a este Dios mientras somos jóvenes, porque si no, más tarde nos arrepentiremos: “Acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos…” (12:1-7).

Claro, es que los días malos vendrán. El final de Eclesiastés parece abierto. Pero muchas de sus preguntas encuentran respuestas en otros libros de la Biblia. En el mundo caído en el que vivimos, nos preguntamos igual que el Maestro: “Contempla las obras de Dios: ¿quién puede enderezar lo que él ha torcido?” (Eclesiastés 7:13). ¿Y lo que otros han torcido o nosotros mismos hemos torcido…?

El único que puede hacerlo, claro, es el mismo Dios, que dice a su ungido, Jesús de Nazareth, aquél que anunciaron los profetas como Isaías: “Yo iré delante de ti y enderezaré los lugares torcidos” (45:2 RV95). Este Jesús, a quien también llamaban Maestro, enseñando un sábado en una sinagoga vio a una mujer que andaba encorvada “por causa de un demonio”, “puso las manos sobre ella, y al instante la mujer se enderezó” (Lucas 13:11,13).


Esta es la versión resumida del artículo Tom Rosenthal corriendo a ninguna parte y persiguiendo principalmente nada


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