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Sin noticias de Dios: Propuestas arriesgadas

Una de las grandes perdedoras de los premïos Goya, a pesar de sus muchas nominaciones, ha sido una película con un título impactante: Sin noticias de Dios. Su autor, Agustín Díaz Yanes, ha hecho con ella una obra contra corriente Una historia complicada, distinta y original, pero llena de propuestas arriesgadas. Se trata de una fábula simbólica sobre dos ángeles, uno bueno (Victoria Abril) y otro malo (Penélope Cruz), que luchan por el alma de un boxeador retirado.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 4 minutos o 835 palabras.


Hay pelí­culas que nacen ya con vocación de malditas, por su pretensión marginal y escasos medios. Otras como Sin noticias de Dios, parecen destinadas a serlo, a pesar de su gran presupuesto. Dí­az Yanes se presentó de una forma espectacular, siendo galardonado con el premio especial de San Sebasián y ocho premios Goya, pero ha tardado seis años en volver a rodar. Se habí­an despertado muchas expectativas de este prestigioso guionista, después de su unánime reconocimiento como director.

Dí­az Yanes, más conocido por el sobrenombre de Tano, es hijo de una familia republicana de tradición taurina. Su padre fue un banderillero que habí­a luchado con Lí­ster hasta su exilio en Francia. Su madre era militante comunista desde la época universitaria, y estuvo a punto de ser fusilada en Zaragoza. Agustí­n consiguió una beca para ir a los Estados Unidos el año 68. Pero mientrás su hermano acabó siendo cirujano, y su hermana concertista de piano, Tano preferí­a el baloncesto, los amigos, la lectura y el cine. Tras estudiar Historia, Dí­az Yanes entra en el PCE, hace traducciones y da cursos sobre la guerra civil en algunas universidades americanas, hasta comenzar su carrera de guionista.

Su primera pelí­cula como director, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995) demuestra su clara predilección por el cine negro americano, pero sus imágenes están atravesadas de dolor y rabia. Su cine revela una mirada profundamente moral, que filma con hondura, sinceridad y energí­a. Hay una historia apasionante dentro de ella que podí­amos llamar el gángster y Dios. Está protagonizada por el actor argentino Federico Lupi. En ella un asesino a sueldo de la mafí­a mexicana, que vive atormentado por el juicio de Dios y la enfermedad de su hija, se confiesa en un coche ante un cura español. Su terrible final nos anuncia ya la tragedí­a de que estamos sin noticias de Dios...

Rodada en cuatro idiomas, su segunda pelí­cula comienza con la voz turbia y desgarrada de Bob Dylan, que abre uno de sus álbumes más espirituales de los últimos años, Oh, Mercy. ′Vivimos en un mundo polí­tico′, dice su canción, en que ′no hay sitio para el amor′. Filmado con una cámara al hombro, un largo plano secuencia acompaña a Victoria Abril y Penélope Cruz subiendo por escaleras, mientras recitan pasajes de la Biblia, cruzando pasillos y encasquetándose unas caretas de la reina Isabel II para cometer un atraco. Así­ de extraño se inician estas dos horas de una producción que mezcla la serie negra, el ensayo y la comedia, con una rareza tal que se acaba hablando hasta en latí­n.

En ella se constata que los intereses del Cielo están en declive, debido a que pocas almas superan los exámenes de entrada. En el Infierno sin embargo hay problemas de espacio. Ambos operan con el organigrama propio de una gran empresa, con su presidente, consejeros delegados y directores regionales. Pero el Infierno es como un establecimiento de comida rápida, donde se habla en inglés americano, mientrás que el Cielo se parece a un Parí­s en blanco y negro de los años cincuenta. La historia cuenta como la madre de un boxeador retirado, ruega al Cielo por la salvación de su hijo, que arrastra deudas con la policí­a corrupta. El ángel que interpreta Victoria Abril es enviado entonces para hacerse pasar por su mujer, y ganar su alma. Pero tendrá que enfrentarse con ese agente del Infierno que es Penélope Cruz. Pronto descubriremos que el bien y el mal son conceptos puramente teóricos.

′El mundo es injusto′, dice Dí­az Yanes, ′y lo triste es que vivimos en la mejor sociedad posible hoy en dí­a′. Pero finalmente tiene que haber justicia. Ese dí­a veremos que hay un universo moral absoluto del que depende el castigo y la felicidad eterna. Así­ que tengamos cuidado con pedir justicia, porque podí­amos conseguirla. Hay noticias de Dios: tenemos sólo dos opciones. Su peso puede caer sobre nuestros hombros, o sobre esa cruz en la que el mismo Juez ha sufrido un infierno en nuestro lugar, para que nosotros no tengamos que pasar por él. La elección es ahora nuestra.

Esta es la versión resumida del artículo Sin noticias de Dios: Propuestas arriesgadas


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