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Robert Eggers y las torres de sombra en El Faro

En nuestra “isla de plácida ignorancia” como diría Lovecraft, nos gusta pensar que somos seres predecibles, que estamos seguros de quiénes somos, plenamente conscientes de nuestro lugar en el mundo y de nuestros deseos. Pero basta con dejar a una persona a solas con sus pensamientos durante unos días para llegar a la conclusión de que “no se puede saber lo que le puede pasar a un hombre completamente solo”. Con esta frase comienza Edgar Allan Poe el relato inacabado que ha inspirado la película “El faro” (“The Lighthouse”, 2019), candidata a recibir un Oscar este próximo domingo por su increíble fotografía. El último trabajo del joven director, Robert Eggers (New Hampshire, 1983), nos presenta una pesadilla marítima de la que nadie puede escapar ¡ni siquiera el espectador! Es un ascenso hacia lo desconocido, hacia la cima de la locura, un viaje hacia esa “luz funesta” que revela la confusión y ambigüedad de nuestra existencia.

Artículo escrito por Dani Sazo en Sevilla el 02 de Febrero de 2020 / Lectura de 13 minutos o 2508 palabras.


Como comenta Eggers en numerosas entrevistas, la idea de crear una película en torno a un faro la tuvo su hermano, Max, quien le ayuda a redactar los guiones de sus películas. Al principio sólo se trataba de “un fantasma que merodea un faro”, recuerda el director, pero después de revisar el borrador inicial, leer el relato de Edgar Allan Poe (con el mismo título que la película) y descubrir la trágica historia real de dos fareros en Gales con el mismo nombre, los hermanos Eggers deciden crear una historia mucho más inquietante: a finales del siglo XIX, Ephraim Winslow (Robert Pattinson) es enviado como personal de mantenimiento a un faro en una isla frente a las costas de Nueva Inglaterra. En aquel inhóspito paraje le espera Thomas Wake (Willem Dafoe), su supervisor, un viejo lobo de mar que hará más fatigosa la labor de su pupilo. Aislados durante más tiempo de lo esperado por culpa de una tormenta, la estabilidad psíquica de ambos protagonistas se verá afectada, dando lugar a un escenario cada vez más caótico.

Cómo construir una pesadilla

“Crusty, dusty, rusty, musty”, responden casi al unísono el director y los dos actores cuando les preguntan cómo calificarían la película. Esta forma de hablar del film, que se ha vuelto casi una broma entre ellos, tiene que ver con ese aire rancio, rudo y crudo que desprenden las escenas de “El faro”. Para los que ya estamos un poco cansados de películas atiborradas de efectismo, la tensión silenciosa que mantiene el largometraje de Eggers es algo hipnótico. La claustrofobia y la angustia que transmite la película no sólo tienen que ver con el estrecho ratio de pantalla (1.19:1) que ha elegido Eggers para su cuento de terror, sino con el propio proceso de rodaje.

Como describe el diseñador de producción Craig Lathrop para Arquitectural Digest, la construcción del faro de 21 metros de altura que vemos en la película tuvo que llevarse a cabo durante el duro invierno del Cabo Forchu, Nueva Escocia, donde filmaron los exteriores en primavera. “Estábamos aislados en esa pequeña comunidad de pescadores, en medio de la nada, casi volviéndonos locos” bromea Eggers con Steve Rose en una entrevista para The Guardian. Incluso las actuaciones parecen haber sido pulidas por estas condiciones extremas. Si la barba desaliñada y la pipa desgastada de Wake apenas dejan rastro de un Defoe que sigue en forma, la expresión constreñida y hastiada de Winslow hace irreconocible a Robert Pattinson, quien ha demostrado con este trabajo que puede ser mucho más que el guaperas de una saga de vampiros adolescentes. La continua ventisca, el vaho en las lentes y los problemas con las gaviotas llevan al equipo de “El Faro” a la misma desesperación de los protagonistas de esta historia. Por todo ello, el director reconoce que ahora entiende mejor de dónde surge ese interés por las sirenas y Neptuno que tanto caracteriza a la mitología del marinero. Según Eggers, toda esta imaginería “viene de intentar organizar el caos” en una vida que lucha incesantemente con el mar.

Todo este esfuerzo monumental y arriesgado no es algo casual. La obsesión de los Eggers por el realismo y la precisión histórica son las que permiten esa sinceridad y autenticidad que uno percibe en sus películas. Por eso, a estos hermanos no les importa hacer hoy en día un largometraje sin protagonistas femeninas o sobre las comunidades puritanas, desentendiéndose rápidamente de cualquier etiqueta presente. Así, cuando le comentan a Robert que “La Bruja” trata sobre los antecedentes del feminismo, él responde: “esa no era mi intención; tan sólo quería hacer una película sobre brujas”. Lo que parece interesar a estos jóvenes guionistas no son las lecciones morales de la historia, sino el modo en que hemos afrontado el misterio de la vida misma, llena de incertidumbre y dolor en cada época y sociedad. Por ello, para los hermanos Eggers la investigación histórica del lenguaje debe ser rigurosa: desde consultar con lingüistas especializados en la jerga antigua de los marineros de Nueva Inglaterra, pasando por el estudio del manual del farero que aparece en la película (“Instructions to Light-keepers”, 1881), hasta la lectura de cartas personales de finales de siglo. Por ello, este tremendo realismo es el contraste perfecto para sus personajes ambiguos y enigmáticos. Es aquí donde encontramos de forma brillante el elemento inquietante y terrorífico de estas historias. El lenguaje, la vestimenta, los edificios, y hasta la comida: todo es auténtico y preciso en los cuentos de Eggers, excepto la naturaleza de sus protagonistas y su destino final.

Plegarias de una bruja

Mi interés por el trabajo de Robert Eggers surge a partir de su debut cinematográfico, “La Bruja” (“The Witch: a New England folktale”, 2015). Este relato también se sitúa en la región natal del director, Nueva Inglaterra, en el periodo de las primeras colonias de Plymouth en el Siglo XVII. En una de estas comunidades puritanas, la familia de William (Ralph Ineson) es desterrada debido a una disputa con los líderes religiosos de la comunidad. Tras su salida, la familia decide construir una pequeña granja junto a un frondoso bosque no muy lejos de la colonia. Allí, el aislamiento y el dolor comenzarán a cuestionar sus verdaderas motivaciones, empujando a la familia a encontrar respuestas cada vez más oscuras y misteriosas.

Si en “El Faro” notamos el trabajo literario de Eggers a través de las anécdotas y maldiciones del viejo Wake, en “La Bruja”, son las plegarias las que dan fe del esfuerzo de los creadores por comprender quiénes eran y cómo pensaban estas primeras familias inglesas en el continente americano. “Merezco sufrimiento en esta vida y el fuego eterno. Pero te ruego por Tu Hijo que me perdones”, dice Thomasin (Anya Taylor-Joy) en primer plano, en un acto de confesión íntimo y sincero impregnado de citas bíblicas. Sin embargo, en contraste con las “películas cristianas”, aquí no nos vamos a encontrar con el “milagro predecible” o con la piedad repentina de los nuevos conversos tras sus buenas plegarias. Justo después de la oración, Samuel, el hermano de Thomasin, desaparece inexplicablemente.

A pesar de ello, en lugar de ceder ante las expectativas del gran público creando una caricatura simplista de los puritanos como obsesos de un Dios severo y cruel, Eggers continúa el relato ciñéndose a sus fuentes y nos regala una de las oraciones más conmovedoras e impactantes que se han escuchado en el cine. Thomasin se acerca donde yace su madre abatida por la pérdida de su hijo pequeño y un breve susurro se eleva por encima de su llanto: “y que Tu Espíritu Santo venga sobre mí, para que me enseñe que Tu eres mi Padre y yo soy Tu hija…”. De esta manera, el director nos presenta de forma excepcional la tensión constante entre la esperanza que nos anuncia el evangelio de Jesucristo y la incertidumbre que trae consigo la muerte y el dolor en la vida de todo creyente.

La cuestión es por tanto, si la teología será suficiente para salvar a esta familia de la locura del sufrimiento. En un ejercicio de catequesis mientras cazan en el bosque, William le pregunta a su hijo si ha nacido pecador, y casi con orgullo, este le responde con el salmo 51: “en maldad he sido formado, y en pecado fui concebido”. La doctrina es clara pero a medida que transcurre el film los personajes descubren en sí mismos deseos y secretos confusos. Como en “El faro”, Eggers deja para el final el enigma innombrable que hunde a sus personajes en la más profunda desesperación. Por ello, la última oración de esta familia piadosa es la confesión final de William, la verdad aterradora de quién es: “Pecado. Tu eres mi padre”.

¿Qué hay en el faro?

Está claro que la gran obra del director de fotografía de “El faro”, Jarin Blaschke, candidato al Oscar, se inspira en directores como Andrei Tarkovski o Ingmar Bergman, amantes del enigma trascendente en el lenguaje cinematográfico. Y como comentan varios autores, incluso el formato estrecho de pantalla que encierra a las escenas en un círculo onírico de grises (más que de blancos y negros) parece hacer referencia al cine mudo del gran ilusionista Geórges Méliès. No obstante, es importante reconocer que ese aura de ensoñación donde se desdibuja la realidad de forma grotesca y extraña en el guión de Eggers, también tiene su fundamento en la obra literaria del llamado “Renacimiento Americano”.

Uno de estos referentes es el novelista Herman Melville (1819-1891). Quienes hayan leído “Moby Dick” (1851) coincidirán conmigo en que el histrionismo de Thomas Wake es hijo de los soliloquios esperpénticos del capitán Ahab. La influencia de esta novela en “El Faro” es más relevante de lo que podría parecer en un principio, ya que la locura del cazador de ballenas y la de los fareros gira en torno a la lucha incesante contra una fuerza poderosa e inexplicable. Para Ahab esta fuerza la encarna la ballena, y Melville se encarga de dejarnos claro que es símbolo de la lucha del hombre contra Dios y sus designios. En el caso de Wake y Winslow es a veces el mar, otras la luz del faro e incluso una sirena. Todos símbolos femeninos, objetos que despiertan el deseo en ambos personajes con una fuerza descontrolada y frenética. Pero si Melville nos habla del Creador ¿de qué nos habla Eggers?

Inspirado en las obras de H.P. Lovecraft (1890-1937), Eggers nos habla de lo que no podemos conocer ¿Qué hay en la luz del faro? ¿Qué es lo que ve Winslow dentro de las lentes de Fresnel? Como le dice a Karen Han para Polygon, “si hubiese colocado esa imagen, habrías tenido el mismo final [que Winslow] y no puedo hacerle eso a la audiencia”. “El miedo a lo desconocido” para Lovecraft es contemplar la dimensión del cosmos y hacernos conscientes de lo insignificante que somos. Para Eggers ese miedo tiene que ver con nuestros propios deseos y hacernos conscientes de nuestra incapacidad para saber quiénes somos en realidad.

Torres de luz y de sombras

Uno de los comentarios más interesantes que he leído sobre “El Faro”, es el ensayo del doctorando de Harvard Raymond De Luca, “To the Lighthouse: Cinematic Lighthouses in Shutter Island, Annihilation, and The Lighthouse”. Como se deduce por su título, el autor revisa la figura del faro en el cine a partir de tres películas, “Shutter Island” (2010), “Annihilation” (2018) y “El faro”. Lo que llama la atención de De Luca es que en estos últimos años el faro se ha convertido “en una topografía de la mente” que vuelve a cuestionar la identidad de los protagonistas tal y como lo hicieron las obras neogóticas del siglo diecinueve.

La invención de los faros, tal y como aparecen en la película de Eggers fueron todo un hito en su momento. El faro moderno facilitó el dominio sobre los mares que por mucho tiempo habían supuesto un obstáculo insalvable para muchos navegantes. Como menciona De Luca, se convirtieron en todo “un símbolo de la agudeza humana”. Y por esta misma razón los escritores románticos y góticos como Edgar Allan Poe redefinieron su simbología: “en su rechazo hacia las creencias de la Ilustración [“Iluminación” en la traducción literal del inglés] sobre el conocimiento y la claridad, [los escritores neogóticos] enfatizaron lo macabro y lo misterioso” de este artilugio. Dejaron de ser torres de luz y se convirtieron en “torres de sombra”.

Y ahora ¿Por qué ha vuelto este interés por la arquitectura del siglo diecinueve en el cine? “Tal vez porque los faros son un desafío para nuestra ambición por sistematizar el espacio hoy en día”, responde De Luca, “el interés renovado por los faros en la gran pantalla en la segunda década del siglo XXI sugiere una falta de fe en nuestra capacidad de entender el espacio y a nosotros mismos en él […] Estas torres nos revelan cuán poco sabemos acerca de nosotros mismos”. En una época en la que contamos con tantas facilidades tecnológicas para intentar apropiarnos del espacio y de ese modo sentirnos más seguros, el faro vuelve a convertirse en un ataque al “culto racionalista”, invitándonos a comprobar la irracionalidad que guía nuestras decisiones. “Lo que nos hace ser nosotros, nos elude”, concluye De Luca.

Es por todo ello que la primera frase en aparecer en “El Faro” es un salmo terrorífico, una plegaria que vaticina el porvenir de estas dos almas solitarias y atormentadas por sus deseos insatisfechos y la sombra de la culpa: "Si la muerte pálida, con agudos temores, hiciera que el océano se derrumbara en nuestra cama, Dios, que escucha las marejadas, se dignará para salvar el alma suplicante”. Como los personajes de “La Bruja” y el propio Winslow, un “hombre de Dios” como se define él mismo mientras cae rendido por el alcohol, también muchos de nosotros nos encontramos aturdidos y perdidos en medio del océano de incertidumbre y contradicción que hallamos en nuestras propias vidas. Hemos intentado huir de nuestro pasado y subimos a buscar la luz en todas partes para justificar nuestros actos y nuestra existencia pero como Winslow, no hemos encontrado más que confusión y sinsentido. Por eso, el evangelio de Juan comienza anunciándonos que no hay luz que buscar en nosotros, ni somos nosotros los que vamos a la luz, sino que “la luz vino al mundo”. Esa luz ha abierto nuestros ojos a la realidad de quiénes somos, y como diría Lovecraft, ahora conocemos “la aterradora posición que ocupamos en ella”: hemos “amado más a las tinieblas que a la luz”. Sólo poniendo nuestra mirada en Cristo Jesús, “el faro del mundo”, confiando en su obra de gracia en la cruz, iremos abandonando nuestras torres de sombra, hasta aquel día, en que “no habrá más necesidad de luz de lámpara” porque en la justicia de Su Hijo, el Padre nos iluminará eternamente.


Esta es la versión resumida del artículo Robert Eggers y las torres de sombra en El Faro


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