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No Man′s Land: Tierra de Nadie

Dentro del resurgir del cine europeo destaca especialmente la obra de un realizador suizo llamado Alain Tanner, que a partir de su película Messidor (1978) decide traspasar las fronteras de su país a la vez que sus personajes. Así hace sus dos trabajos posteriores, A Años Luz (1980) en la maravillosa campiña irlandesa y En la Ciudad Blanca (1982/3) en la hechizante capital portuguesa. Pero luego, al igual que Bruno Ganz, el protagonista de esta última, Tanner vuelve al final a casa.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 2 minutos o 488 palabras.


Y se sitúa en la frontera, en tierra de nadie, en esa curiosa lí­nea ficticia que se dibuja en el mapa pero que no existe en la naturaleza. El espacio entre las fronteras francesa y suiza, que, como dice Tanner, "los conejos cuando pasan por el bosque lo cruzan sin saberlo, pero la gente sí­". Son las mismas lentas bicicletas, bares de carretera, granjas y vacas de sus primeras pelí­culas. Pero los personajes no son aquellos rebeldes del 68, ermitaños desencantados después, luego "progres" amargados. Ahora, en el 85, son seres realmente angustiados, heridos y endurecidos, pero sobre todo solos, tremendamente solos.

Todos quisieran "tener" algo (dinero, una historia), "estar" en otro sitio (Parí­s, Túnez, el campo), "hacer" otra cosa (volar, cantar, cuidar vacas), pero permanecen ahí­, en tierra fronteriza, sin saber si huir o quedarse. Pero entre Francia y Suiza hay un valle que está en "tierra de nadie", por el que se puede pasar: tiempo, gente sin papeles, trabajadores ilegales, billetes o lingotes de oro en sus mochilas. Hasta que interviene la policí­a, matando a uno de ellos, y dispersando a los demás.

Tanner está ya muy lejos del optimismo de mayo del 68 de Jonás. Ahora sus personajes no se unen por amor, amistad o solidaridad, y mucho menos voluntad de cambiar el mundo, sino porque están solos, terriblemente solos. Antes querí­an ir a otro lugar (utopí­a significa etimológicamente estar en otro lugar), pero ahora Paul se ha resignado a soñar con volar, Madeleine con cantar, la argelina Mali con imaginar que algún dí­a conozca la paz, y Jean con no querer nada.

Es todo un tramado de historias de amor fracasadas, parejas inquietas, a las que no puede unir el sexo siquiera. Desidia, angustia y un inmenso aburrimiento existencial. Vivimos en "tierra de nadie", y no podemos pertenecer a nadie, ni siquiera a nuestra propia pareja. El cuadro no puede ser más angustioso.

"Porque mis dí­as se han consumido como humo, y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido y seco como la yerba por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelí­cano del desierto; soy como el pájaro solitario sobre el tejado", decí­a el salmista del Viejo Libro (102). Es la soledad del hombre sin Dios.

Este artí­culo se publicó originalmente en la revista España cristiana (nº 21-22) en 1986. Ha sido transcrito por Anna de Kraker, con permiso del autor.

Esta es la versión resumida del artículo No Man′s Land: Tierra de Nadie


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