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El dolor de los demás y el fantasma del pasado de Miguel Ángel Hernández

Hay libros de los que, desde el primer momento, resulta difícil desconectar. Ese es el caso de “El dolor de los demás”, una de las novelas más destacadas de los últimos meses, en el que el joven escritor murciano Miguel Ángel Hernández cuenta una historia real, vivida por él en primera persona: en las navidades de 1995, su mejor amigo asesinó a su propia hermana y luego se suicidó. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Cómo fue su mejor amigo capaz de hacer semejante acto? ¿Qué lógica se escondía tras ello?

Artículo escrito por Miguel Palomo en Sevilla el 22 de Enero de 2020 / Lectura de 7 minutos o 1386 palabras.


El libro comienza con una cita de Susan Sontag que expresa perfectamente el mensaje que viene a traer: “La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos”. Además, las primeras líneas de la obra relatan lo que muchos podrían entender como el final de la historia, contando lo que ocurrió la nochebuena de 1995, en lugar de recrear los hechos morbosamente como si se tratase de un serial televisivo.

En aquella noche fría, lo que se sabe en principio es que los habitantes de la pequeña localidad murciana de la que procede el escritor se despertaron de madrugada entre gritos y lamentos. La primera noticia es que habían asesinado a una chica y se habían llevado al hermano, Nicolás, el mejor amigo de Miguel Ángel. Hasta que poco a poco los vecinos fueron ampliando información y se descubrió la terrible verdad: que Nicolás era, en verdad, el asesino, y que además había cometido suicidio tras ello. Pocas cosas se me ocurren tan terribles, pero lo cierto es que la realidad tiene ese “algo” que continuamente parece superar la ficción, de lo cual es testigo este relato.

El hecho de que Miguel Ángel Hernández haya reconstruido su vivencia de los hechos ya una vez conocido el caso para el lector, permite que la historia se base en el descubrimiento de la vivencia en sí en lugar del descubrimiento de los hechos. De haber sido de otro modo, el libro se habría convertido en una retorcida reconstrucción de la tragedia. Sin embargo, se trata más bien de un ejercicio existencial en el que no es tan importante lo que ocurrió sino el desvelar por qué ocurrió y qué sentido tuvo que aquello ocurriera. Esta diferencia es muy relevante, ya que lo primero (lo que ocurrió), lo sabe todo el mundo: que su amigo mató a su hermana y luego se suicidó. Lo segundo, es decir, el por qué, las motivaciones, el cómo una persona en apariencia normal puede cometer tales tipos de actos, nadie puede responder con seguridad, y por ello todo el mundo pareció enterrar la pregunta y seguir adelante con sus vidas, al no poder encontrar una respuesta mínimamente satisfacible. El mismo Miguel Ángel, al comienzo del libro, lo refleja del siguiente modo: “Por excepcional que pueda parecer, yo apenas regresé a esa noche amarga. Preferí dejar la mente en blanco y huir hacia delante como si nada hubiera sucedido”.

Hacer presente el pasado

La obra, por tanto, no se trata de un trabajo de investigación, a pesar de que el autor no tiene más remedio que reconstruir los hechos preguntando a diferentes personas que vivieron, como él, aunque de distinto modo, aquella terrible navidad. Más bien el libro trata el pasado y la comprensión de los hechos como si se tratase de un puzzle imposible.

Miguel Ángel Hernández, además de escritor, es historiador del arte en la Universidad de Murcia. Creo que este trasfondo académico marca la narrativa, pues en la obra nos encontramos navegando entre un aspecto histórico (la reconstrucción de un hecho pasado) junto con el aspecto estético o filosófico (la comprensión de un hecho). Esto le da un valor narrativo que no se encuentra en otros textos de no ficción que se dedican solamente a la reconstrucción (y, muchos otros, simplemente al morbo). Miguel Ángel, contrariamente, presenta en su narrativa una riqueza existencial no presentes en otros lugares. Esta es la historia no solamente de lo que pasó aquella navidad, sino de la reconstrucción personal de sí mismo y de su relación con su amigo Nicolás, que no es otro que el asesino, de cara a los demás.

Aunque no todo el mundo hayamos pasado por situaciones tan difíciles y traumáticas como las de Miguel Ángel, creo que de un modo u otro al adulto siempre le llega el momento de reconciliarse con su pasado, y muchos de nuestros males parecen provenir de no saber o no poder mirar atrás y poner nombre a cada cosa. Hace poco escuchaba una conferencia del filósofo Javier Gomá, en la que señalaba que hay personas que en las crisis existenciales propias de la edad no saben asentarse en la configuración del mundo que se les ha presentado y que han ido desarrollando. El ejemplo que propone no podía ser otro que el Quijote, cuyo protagonista, ya bien superada la cuarentena, entra en la locura porque desea ser ese caballero andante que nunca fue, pero que siempre ha querido ser, en un ejercicio que parece negar la realidad de lo que uno es y lo que nunca ha sido; negar el pasado desde el momento presente, para crear un futuro desequilibrado. El ejercicio que Miguel Ángel Hernández realiza en “El dolor de los demás”, sin embargo, es lo contrario: la búsqueda de un equilibrio emocional y existencial, aceptar lo que nos ha venido y prepararse para un futuro todavía inexistente.

La muerte, la ausencia, el dolor

En “El dolor de los demás” hay mucha iconografía religiosa, así como varias concesiones al papel de Dios. El escritor confiesa que tanto él como Nicolás fueron monaguillos en su infancia, y que el mismo Miguel Ángel tenía planeado hacerse sacerdote. También realizó todo tipo de servicios en la iglesia, desde tocar himnos al órgano en las misas hasta ser miembro de la hermandad de su pueblo y cargar a la virgen en procesión. Pero también afirma que “jamás experimenté la más mínima devoción para dar sentido a lo que allí ocurría”. Me parece que ello apunta a una verdad incómoda: que en la tradición española ha habido más estética que fe, y cabría preguntarse la relación entre ambas en el imaginario castellano, es decir, hasta qué punto la estética requiere de una fe para comprenderla, y hasta qué punto la fe se convierte en estética. A pesar de ello, Miguel Ángel Hernández no niega que aunque ha dejado de creer, la puerta está abierta a que exista un mundo trascendental al que ven nuestros ojos.

¿Dónde está Dios en casos como el de Nicolás? Puede parecer una pregunta paradójica dentro de una vida rodeada de religión. Sin embargo, aunque estamos rodeados de iglesias, de sacerdotes, de imaginería, o de pastores e incluso de Biblias, nada de eso nos acerca más a Dios. Son estas preguntas, estas dudas, este dolor sincero el que nos humilla como seres humanos y nos lleva a enfrentarnos al dolor mismo de la existencia. Como decía C. S. Lewis, con el placer Dios nos susurra, pero con el dolor nos grita para despertar a un mundo adormecido.

“No hay justicia” decía el padre de Miguel Ángel aquella fatídica noche. El dolor es probablemente uno de los misterios más grandes de la historia de la humanidad, y su sentido ha sido tratado por algunas de las mentes más brillantes, como Leibniz o Kierkegaard. El papel del dolor en la existencia es difícil de comprender cuando lo sufre el ser humano, pero parece incluso más difícil de comprender cuando lo sufre el mismo Dios, colgado en un madero. ¿Sufrió Dios cuando dio a su único hijo para morir por seres despreciables, como los seres humanos? ¿Sufrió Dios cuando su hijo le pedía que, por favor, pasase esa copa de él si era su voluntad, respondiendo negativamente a la oración? Sería pretencioso por mi parte dar una respuesta, pero creo que podemos encontrarla en el pensamiento que cada padre y madre tendrá si se le pide que su hijo dé la vida por personas que no lo merecen. Cabría decir que ese dolor de los demás, y hasta qué punto reparamos en ello, está perfectamente reflejado en el texto de Miguel Ángel Hernández.


Esta es la versión resumida del artículo El dolor de los demás y el fantasma del pasado de Miguel Ángel Hernández


′Un Dios que se relaciona con su creación′ por José de Segovia

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