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La alegre fe de Mendelssohn

"Es un alivio encontrar un músico que fuera realmente feliz la mayor parte de su vida" -dice Siegmund Spaeth-, "aunque ésta fuera tan corta" como la de Mendelssohn (1809-1847), que hace ahora doscientos años que nació. Aunque era judío, se convirtió al cristianismo, llegando a ser uno de los principales compositores protestantes. Dedicó una de sus sinfonías a la Reforma y recuperó La Pasión según San Mateo de Bach. Su fe evangélica le llevó a hacer un oratorio sobre Pablo, usando solamente el texto bíblico, y otro sobre Elías, con algunos de los mejores coros de alabanza que se han hecho en la historia de la música.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 7 minutos o 1450 palabras.


Hace algunos años un escritor checo llamado Jiri Weil escribió una novela titulada Mendelssohn en el tejado. Durante la ocupación nazi de Praga, un oficial de las SS recibe órdenes de quitar la estatua de este músico del techo de una sala de conciertos. El problema es que el tejado estaba lleno de figuras de diferentes compositores, y no tení­an nombres para identificarlas. El oficial nazi recordó lo que le enseñaron en su curso de ′ciencia racial′ sobre que los judí­os tení­an grandes narices. Quitó entonces la estatua más nariguda que habí­a, pero resultó ser la del propio Wagner, quien mantení­a que por muy luterano que Mendelssohn fuera, al fin y al cabo era judí­o. Por lo que su música fue prohibida por los nazis"

Es la paradoja de un músico cuyo cristianismo era tan sincero, que hasta los estudiosos judí­os reconocen que su conversión fue auténtica. Es cierto que nació en Hamburgo en 1809 de padres judí­os, pero se bautizó antes que ellos. Su abuelo Moisés era un importante rabino y filósofo, cuyo judaí­smo era realmente ortodoxo, aunque cinco de sus hijos se hicieron cristianos. El padre del compositor, Abraham, era un banquero, dedicado a los negocios. Su hijo Félix se confirmó a los catorce años en la iglesia luterana, después de hacer que se bautizara a los seis, para ser mejor aceptado en la sociedad alemana. Su padre quiso cambiarle el nombre por Batholdy, pero Félix mantuvo su apellido judí­o de Mendelssohn. Según el rabino Stahl, ′aunque Félix era un cristiano convencido, nunca se avergonzó de sus raí­ces judí­as′"

NIñO PRODIGIO

Como Mozart, Mendelssohn parecí­a un niño prodigio. Hizo su primera actuación pública como pianista cuando tení­a nueve años, empezando a escribir música el año siguiente. Educado por su madre en una cultura exquisita y refinada, dominaba el latí­n y el griego, además de pintar y dibujar muy bien. Era un buen deportista, pero destacaba sobre todo por su talento para la música. Tocaba como un maestro del piano y el órgano, pero era también un excelente intérprete de violí­n y viola. A los dieciséis años escribe su encantadora obertura al Sueño de una noche de verano de Shakespeare. Algunos piensan que nunca superó la genialidad de esta obra romántica.

Su familia se traslada a Berlí­n en 1812, donde Félix estudia con Carl Zelter, un hombre vinculado a la familia Bach, que le presenta al anciano Goethe. El joven estaba muy unido desde pequeño a su hermana Fanny, conocida pianista y compositora, que publicó varias de sus obras bajo el nombre de Félix. Mientras tanto estudiaba en la Universidad de Berlí­n estética con Hegel, además de geografí­a e historia. Su memoria era tan impresionante que cuentan que cuando interpretó su obertura al Sueño de una noche de verano en Inglaterra, se dejó la partitura en un coche, pero se sentó y reescribió toda la obra inmediatamente.

HOMBRE APASIONADO

A los doce años estudia ya La Pasión según San Mateo de Bach en la Biblioteca Real de Berlí­n, donde se conservaba un manuscrito. Su madre le regala una copia para su cumpleaños, hecha especialmente para él, ya que no habí­a sido todaví­a publicada. Ocho años después la presenta en Berlí­n, como uno de los más grandes acontecimientos de la historia de la música. La obra se volverá a representar el cumpleaños de Bach, el 21 de marzo de 1829, llegando a ser un famoso director a los veinte años.

La mayor parte de los grandes compositores tienen un carácter francamente irritante. No es éste el caso de Mendelssohn. Según todos los testimonios, era un hombre modesto y de carácter alegre - como su nombre indica -, aunque algo nervioso. Se casó con la hija de un pastor protestante francés, Cecile Jeanrenaud, con la que tuvo cinco hijos. Ella era más bien reservada, mientras que él era extrovertido, pero se entendí­an bien. Ella pintaba, mientras él hací­a música. Su pasión sin embargo era tal que a veces estaba tan excitado que sufrí­a colapsos, como el que provocó su muerte, a los 38 años, muriendo poco después su esposa. Estuvieron casados sólo diez años.

LA ALEGRíA DE VIVIR

Muchos se han preguntado de dónde provení­a la energí­a vital que llenaba a Mendelssohn de esa extraña alegrí­a de vivir. Para él, ′la Biblia era lo mejor de todo′. Así­ lo declaró cuando hizo su oratorio sobre Pablo, basado en el texto bí­blico y las corales de Bach. Amaba tanto las Escrituras, que sus palabras resuenan con un poder tal - en esta obra y la que hizo sobre Elí­as -, que muchos comparan su interpretación con un acto de culto y adoración pública. Su música es una verdadera celebración de la fe.

Su cantante preferida era la soprano sueca Jenny Lind, que conoció en 1844. Para ella escribió algunas de sus obras, pero ella se retiró cuando estaba en la cumbre de su carrera. El biógrafo de Mendelssohn, Philip Radcliffe, cuenta que un amigo le preguntó por qué abandonaba la música, precisamente en este momento. Su respuesta fue: ′¿Qué otra cosa puedo hacer, si cada dí­a me hace pensar menos en la Biblia?′

CASTILLO FUERTE

Mendelssohn es famoso por su marcha nupcial, unas pequeñas e í­ntimas piezas para piano conocidas como Romances sin palabras, su popular Concierto para violí­n en mi menor (grabado recientemente por Anna Sophie Mutter para Deutsche Grammophon en ocasión de su bicentenario) y sus sinfoní­as Escocesa e Italiana. Los protestantes le recordamos sin embargo especialmente por la obra que escribió en conmemoración de los 300 años de la Confesión de Augsburgo. Su Sinfoní­a de la Reforma acaba con el himno de Lutero, Castillo fuerte es nuestro Dios, basado en las palabras del Salmo 46, que acaba con esta gloriosa declaración del reformador:

Sin destruirla dejarán,
aún mal de su agrado,
esta Palabra del Señor;
í‰l lucha a nuestro lado.

Que lleven con furor
los bienes, vida, honor,
los hijos, la mujer,
todo ha de perecer.
De Dios el Reino queda

Sobre su tumba hay una gran cruz blanca en el cementerio de la Trinidad en Berlí­n-Kreuzberg. En la Iglesia Evangélica Paulina seiscientas voces cantaron a Cristo y la Resurrección. Tras varios ataques, Félix dejaba este mundo, seis meses después de su hermana Fanny - que sufrí­a como sus padres y sus abuelos de apoplejí­a -. Sus últimos años tuvo mala salud, problemas nerviosos y demasiado trabajo, pero se mantuvo sin embargo en su fe hasta el final.

Aunque para los nazis, no era más que un judí­o, al que quitar su estatua en Leipzig y expulsar sus descendientes, no pudieron destruir esa Palabra, que le dio fuerzas y alegrí­a para vivir. Cerraron el negocio familiar, demolieron su figura, pero a pesar de su furor, aunque todo haya de perecer, de Dios el Reino queda.

Esta es la versión resumida del artículo La alegre fe de Mendelssohn


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