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Sombras y obleas negras: revisitando la poesía de Leopold Sédar Senghor

En plena Segunda Guerra Mundial, bajo los tejados de París, el poeta senegalés, que más tarde fue durante dos décadas presidente de su país recientemente independizado, ora por perdón y paz al Dios que descubrió de la mano de sus colonizadores.

Artículo escrito por Joëlle Philippe en Brussels el 14 de Diciembre de 2021 ·.·★ Lectura de 9 minutos o 1896 palabras.


El 20 de diciembre se cumplen 20 años de la muerte del poeta senegalés Leopoldo Sédar Senghor (Senegal, 1906-2001). Poco conocido en el mundo hispanohablante, Senghor fue presidente de Senegal durante dos décadas tras la independencia y uno de los africanos más influyentes del siglo XX. Acuñó, junto al martiniqués Aimé Cesaire, el concepto de “négritude”, un término desfasado en la era del “Black Lives Matter”, pero que fue clave para la identidad de los jóvenes estados africanos francófonos en el período postcolonial. Era, según Cesaire, “el simple reconocimiento del hecho de ser negro, y la aceptación de ese hecho”, y Senghor completa, “un nudo de realidades”, “el conjunto de valores culturales del mundo negro”.

Casi idolatrado en su país de origen, Senghor es para mí, un personaje de contradicciones fascinante. Hombre de estado y poeta. Primer presidente católico de un país cuya población es al 90% musulmana. Gran defensor de la Francia laica, pero a la vez, con una gratitud infinita a ese colonizador que le trajo “las Buenas Nuevas y le abrió los párpados pesados a la luz de la fe” (Prière de paix, Hosties Noires, enero 1945).

Nació en el pueblo cristiano pesquero de Joal, a unos 100 km al sur de Dakar y uno de los grandes puertos de pesca artesanal de África del Oeste, en el seno de una familia católica poligámica. Hijo de la tercera esposa de un comerciante, se crió con la familia materna y asistió a varias escuelas católicas, donde se apasionó por la literatura. Con 22 años y una beca, llegó a París en 1928. Allí se relacionó con los grandes intelectuales franceses y de las colonias, pero también se enfrentó al racismo. La guerra le pilló como joven profesor y formó parte de esa larga lista de “dogos negros del imperio”, aquellos que nunca obtuvieron reconocimiento por haber luchado junto a sus colonizadores. “No dejaré – ¡no! - las alabanzas de desprecio enterraros furtivamente. No sois pobres con bolsillos vacíos de honor. Pero despedazaré las risas banania sobre todos los muros de Francia” (Poème liminaire, Hosties noires, abril 1940).

Lúcido frente al racismo, Senghor, como muchos otros intelectuales africanos, no puede evitar venerar esa Francia “que convirtió a los esclavos del día en hombres libres iguales y fraternales” y que “osó proclamar el advenimiento de los pobres a la realeza” (Prière de paix). Aunque por su culpa sus “niños de cabeza corta […] declinan la rosa y sus antepasados, los galos” (Le message, Chants d′ombre, 1945). Y es que la enseñanza francesa educaba a los niños senegaleses exactamente del mismo modo que en la Métropole [Francia continental]. Los niños del imperio tenían que entender los valores de la República, estudiar la gloriosa historia de la revolución, e incluso remontar hasta aquellos antepasados irreductibles.

Pero “brota de los metales de nuestras bocas, la Marsellesa” (À l’appel de la race de Saba, Hosties Noires, 1936), una admiración esquizofrénica que plaga su poesía:

“¡Ah! No me digáis que no amo Francia – no soy Francia, lo sé – sé que ese pueblo de fuego, cada vez que ha liberado sus manos
ha escrito fraternidad sobre la primera página de sus monumentos
Que ha distribuido el hambre del espíritu como de la libertad
a todos esos pueblos de la tierra invitados solemnemente al festín católico [en el sentido ′universal′, NDT].
¡Ah! ¿No estoy ya suficientemente dividido?
[...]

Perdonadme, Sira Badral, perdona estrella del Sur de mi sangre...” (Poème liminaire)

Aun así, con Chants d′Ombre [Cantos de sombra], su primera colección de poemas, Senghor reafirmó la importancia de la fidelidad a su cultura original, a la oralidad de su educación, al valor intrínseco de su negritud: “que mi sangre no pierda su sabor como un asimilado como un civilizado” (À l’appel de la race de Saba). La corá [instrumento de cuerda de África del Oeste, NDT] y el balafón [xilófono con resonadores de calabaza, NDT] colorean sus líneas, tintadas de rojo, de negro y de ébano, cuyas referencias orales se pierden en nuestro laberinto occidental de sabiduría documentada.

Sin dejar a un lado su lealtad a Francia y su gratitud por la evangelización del continente africano, lamenta que los mensajeros de Buenas Nuevas “han rastreado a mis sacerdotes como ciervos y hecho una gran carnicería de imágenes piadosas” (Prière de paix). Como el apóstol Pablo, el poeta africano ve en las formas autóctonas de religión una especie de altar al dios desconocido (Hechos 17:23, la Biblia), la prueba de que los seres humanos ven las “cualidades invisibles de Dios” percibidas a través de la creación (Romanos 1:20, La Biblia). Estas imágenes piadosas eran para él precursoras, una preparación para que los pueblos africanos recibieran las Buenas Nuevas, “de la tierra a Tu cielo la escalera de Jacob” (Prière de paix).

Senghor deplora, como Steve Biko, activista sudafricano, la “arrogancia y el monopolio de la verdad” de aquellos misioneros que empujaron a los primeros convertidos a “despreciar su cultura y tradiciones” cuando el mensaje del cristianismo, “como toda verdad universal”, no debería “reemplazar el orden vigente” sino más bien “encontrar aplicación para las situaciones particulares” (Black consciousness and the quest for a true humanity, 1970). Sin embargo, Senghor no va tan lejos – Biko proponía una “Teología negra” para hacer un dios a la imagen del hombre negro -, sino que entiende el valor de esa verdad universal para el continente africano junto a la belleza de la diversidad, del potencial de un diálogo abierto entre las dos culturas como el que hay entre pares, de que el hierro se afila con el hierro (Proverbios 27:17).

Su poesía, llena de referencias bíblicas, exige también que el lector vuelva al contexto. Desde luego, fue escrita en un mundo que ya ha pasado a la historia, un mundo donde dos ideologías, comunismo y capitalismo, se oponían y donde los estados africanos, de camino a la independencia o bien recientemente independizados, necesitaban posicionarse. Era una época de grandes esperanzas e ilusiones para aquellas jóvenes democracias, pero también, y como hoy en día, una época de reivindicaciones y deseos de venganza. En la nueva República del Congo, hoy República Democrática del Congo, por ejemplo, tras el anuncio de la independencia, una ola de violaciones a mujeres blancas en la zona del Bas Congo (ver “Congo. Una historia épica” de David van Reybrouck, 2010) contrastó con la candidez y credulidad plasmadas en la rumba “Indépendance Cha Cha, lo conseguimos” de Joseph Kabasele, Le Grand Kallé (L′African Jazz, 1960).

El poeta de Senegal conoce su naturaleza y su debilidad, igual que todo ser humano: el deseo de hacerse cargo uno mismo de la justicia. Su fe le da la cosmovisión para cuestionar sus propios sentimientos: “ellos que han suprimido doscientos millones […] Señor el espejo de mis ojos se empaña y he aquí la serpiente del odio levanta la cabeza en mi corazón, esa serpiente que yo creía muerta” (Prière de paix). Esa misma fe le da la respuesta, porque Senghor entiende que la serpiente del odio necesita ser aplastada... y que sólo Cristo puede hacerlo (Génesis 3:15), ya que él es nuestra paz (Efesios 2:14): “mátala Señor, porque necesito proseguir mi camino, y quiero orar especialmente por Francia” (Prière de paix).

En vez de la ira y el odio, Senghor pide el don de perdonar como Dios ha perdonado primero, y es capaz de bendecir aquellos que le han “mostrado la vía correcta y han caminado por senderos torcidos, que le han dado pan con la mano derecha y que con la izquierda le han retirado la mitad”. Senghor decide abrir los ojos también a los sufrimientos de los franceses, y de todos aquellos pueblos que padecen a manos de “la manada bulímica de los poderosos y los verdugos”. Decide también ver aquello bueno que Francia le ha aportado, la iniciación a un mundo más amplio que el de la sabana tórrida de Senegal, ya que “me ha mostrado el arco iris de los rostros nuevos de mis hermanos”: Mohamed, Razafymahatratra y Pham-Manh-Tuong (Prière de paix). Este arco iris – una referencia distinta de la que tenemos hoy en día –, de Algeria, de Madagascar, de Indochina, se reunió para estudiar en la Métropole, aunque tal vez este copioso intercambio fue algo sólo reservado a la élite de los pueblos colonizados…

Aun así, el poeta se enraíza en la riqueza de la diversidad. Y quiere que los negros respondan “presente al renacimiento del Mundo así como la levadura es necesaria para la harina blanca” (Prière aux masques, Chants d′ombre, 1945). La imagen de la escalera de Jacob (Génesis 28:10-22, La Biblia) es clave; en este pasaje Dios se revela de forma personal a Jacob, le dice que la tierra donde está tumbado será para su descendencia y que todas las familias de la tierra serán bendecidas a través de ella. Al final de la segunda guerra mundial, Senghor hace así un paralelismo entre Betel y África: África será para la descendencia africana y los africanos serán una bendición para el mundo. “Ya que ¿quién enseñaría el ritmo al mundo difunto de máquinas y cañones? [...] Nos llaman los hombres del algodón del café del aceite. Nos llaman hombres de la muerte. Somos hombres del baile, cuyos pies renuevan sus fuerzas golpeando el suelo duro” (Prière aux masques).

Senghor empieza pues por bendecir a sus enemigos, aun con lágrimas:

“No sacaré mi reserva de odio […]
Mi corazón, Señor, ha fundido como la nieve sobre los tejados de París bajo el sol de tu ternura.
Es tierno para mis enemigos, para mis hermanos de las manos blancas sin nieve, debido también a las manos de rocío, la noche, a lo largo de mis mejillas ardientes”

(Neige sur Paris, Chants d′ombre, 1945).

Porque el mismo sol y la misma lluvia iluminan y riegan la misma humanidad (Mateo 5:45). Senghor tiene la esperanza de que ese Dios es el mismo para todos los que están “bajo el arco iris de Su paz” (Prière de paix). Ese Dios que no vive en iglesias construidas por los misioneros, ni se deja servir por manos humanas, sean quienes sean, como si dependiera de ellos. Porque, al contrario, él es quien da la vida a todos. Ese Dios creó a las naciones para que habitaran la tierra, y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios... Ese Dios que lo hizo así para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren.

En realidad, ese Dios no está lejos de ninguno de nosotros...


Esta es la versión resumida del artículo Sombras y obleas negras: revisitando la poesía de Leopold Sédar Senghor


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