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La astuta política de Jim Jones

El hambre de poder que tenía Jim Jones le llevó a una inteligente política de adulación a las autoridades, por la que presentaba al Templo del Pueblo como una causa humanitaria independiente de cualquier partido. Si los cristianos hoy son conocidos por su agenda partidista de queja continua por una y otra cosa, Jones los felicitaba a todos, a pesar de tener una orientación política tan definida. La astucia y sutileza de este dirigente sectario contrasta con la torpeza que la mayoría de los evangélicos siguen mostrando frente al poder establecido.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 10 minutos o 2086 palabras.


El Templo del Pueblo sabí­a cómo cortejar a los polí­ticos y funcionarios públicos. No sólo escribí­an cartas alabándolos según su tendencia, sino que adjuntaban pequeños obsequios como dulces. Su correspondencia incluí­a agradecimientos de figuras tan lejanas a Jim Jones, como el entonces gobernador de California, el conservador Ronald Reagan, o el anticomunista jefe del FBI, Edgar Hoover. Hací­an donaciones a familias de policí­as asesinados en San Francisco, o mostraban su simpatí­a y buenos deseos a los vecinos con pasteles o comidas, por defunciones, salidas del hospital, crisis y éxitos personales. No faltaban los detalles para ganar a la gente.

Cuesta entender hoy cómo alguien que es calificado por la sociedad americana como comunista, tuviera tan buenas relaciones con el partido republicano. No sólo su principal colaborador, el ayudante del fiscal Tim Stoen, era un destacado miembro del partido, sino que una popular maestra de escuela del Templo, Jean Brown, estaba en el Comité Central Republicano. Miembros de la iglesia hací­an prestaciones voluntarias al partido. Y en sus conversaciones telefónicas con Marge Boynton, directora del Comité Central Republicano, Jones le dijo que apoyaba la candidatura de Nixon a la presidencia" ¿Cómo es esto posible?

CONOCE A TU ENEMIGO

Mucha gente no entiende que el apoyo polí­tico no viene de lo moderado de tu agenda, ya que en el caso de Jim Jones no podí­a ser más radical, sino de la complicidad que uno tiene con sus enemigos. No hace falta ir a casos contemporáneos como el del fallecido pastor fundamentalista y dirigente unionista de Irlanda del Norte Ian Paisley, que acabó gobernando la provincia con el antiguo terrorista republicano Martin McGuinness, sino que se ve ya en casos tan extraños como la extraña relación del supuestamente comunista Jim Jones con el juez que presidí­a la importante organización ultraconservadora anticomunista Sociedad John Birch, Walter Heady. Ambos tuvieron tal complicidad que Heady visitaba a Jones y el pastor del Templo del Pueblo publicó un artí­culo en el periódico de la iglesia elogiando a Heady. Hasta le invitó a presentar y proyectar pelí­culas de la Sociedad Birch en los locales de la iglesia en Redwood Valley y San Francisco. Supongo que para "conocer a tu enemigo".

El sheriff Reno Bartolomie habí­a observado la buena influencia del Templo en apartar a jóvenes de la droga y Jones le apoyó para su reelección en 1974. Como no estaban seguros de que siguiera en el puesto, hizo que el Templo apoyara también a su oponente, Tom Jondahl, jefe de policí­a de Fort Bragg, que venció inesperadamente al antiguo alguacil. Jones tení­a siempre "una carta escondida". Jugaba con "todas las cartas". No era tan necio como los cristianos que se comprometen con cierto partido y luego se decepcionan, o fracasa. Sabí­a bien lo que hací­a, aunque a veces cometí­a errores.

Es cierto que no todos entraban en su juego polí­tico. Ese era el caso del director del departamento de asistencia social del condado, Dennis Denny. A él no le impresionaba la reputación filantrópica que tení­a la iglesia, ya que habí­a tenido experiencia en el condado de Orange hasta 1969 con organizaciones religiosas y sectas que intentaban abusar o defraudar al sistema. Denny creí­a que Jones se habí­a instalado en Ukiah debido al Plan Mendocino para albergar pacientes recluidos en hospitales psiquiátricos en residencias locales. El estimaba que a través de las diez residencias que tení­a el Templo del Pueblo con más de quince pacientes cada una de ellas, Jones tení­a una impresionante fuente de ingresos, además de una forma de reclutamiento de fieles.

Lo que Denny no se daba cuenta es que tení­a entre cinco u ocho miembros del Templo trabajando en su departamento. Una de esas personas especialmente, Sharon Amos, actuaba de agente doble. Filtraba información a unos y a otros. Cuando los inspectores se presentaban sin previo aviso, encontraban las residencias limpias y en orden. Al cerrarse finales de 1972 el hospital estatal, muchos miembros de la iglesia se quedaron sin trabajo. Hubo unas reuniones a alto nivel en el Templo, para compensar la falta de ingresos con ayudas del estado a residencias para huérfanos o chicos con problemas en la zona de la bahí­a de San Francisco. Amos advirtió a Denny de los planes del Templo y él se adelantó solicitando licencias con amenazas de procesamiento. En estos casos Jones daba marcha atrás, pero esa vez cometió el error de llamarle de madrugada en tono amenazante. Y Denny lo denunció a las autoridades.

LA COMISIÓN DE PLANIFICACIÓN

La iglesia habí­a pasado de los 150 colonizadores que vinieron de Indiana a los 3000 miembros de mediados de los 70. Por su oposición al racismo, el predominio era ahora negro, pero los fieles seguí­an siendo de origen evangélico. La organización del Templo recaí­a, sin embargo, en una minorí­a blanca liberal de jóvenes entre los veinte y treinta años. Estos tení­an experiencia en leyes, contabilidad, sanidad, enseñanza, música y administración. Se encargaban de las relaciones públicas, las finanzas y las responsabilidades sociales. Tení­an su trabajo fuera del Templo, donde ganaban buenos sueldos.

Tras la organización visible estaba, sin embargo, el verdadero "estado mayor" de la iglesia que no salió de la sombra hasta principios de los 70. La Comisión de Planificación estaba formada al principio por una serie de mujeres blancas universitarias, seleccionadas por Jim Jones como la élite de confianza a la que se confiaban las misiones más delicadas. Eran de ocho a diez mujeres. Veamos el caso de dos de ellas. Sandy Brandshaw fue una de las primeras. En 1970 viví­a con un hombre de raza negra en San Francisco llamado Lee Ingram. Los dos eran de Nueva York. Ella era socialista y atea, educada en el metodismo, cuando conoció a Jim Jones. Trabajaba con menores junto a Patty Cartmell, una matrona que llegó también al Templo.

Jim Jones confiaba a Brandshaw y Cartmell tareas tan sensibles como conseguir información de miembros o allegados del Templo, para usar en sus reuniones. Estos datos a veces los usaba porque pretendí­a tener un conocimiento milagroso de las personas, o simplemente para presionarlas. Su amante, Carolyn Layton, fue quizás la primera que se dedicó a estas tareas e inició a las demás en ello. No era un "trabajo agradable", el de aquellas mujeres. Tení­as que carecer de escrúpulos morales y pensar que "el fin justifica los medios". Las misiones eran tan arriesgadas como cuando Jones mandó a Brandshaw y Cartmell a una casa en Pittsburg, donde viví­a una persona que habí­a manifestado su interés de asistir a las reuniones. Tení­an que recabar toda la información que pudieran, pero para ello tení­an que disfrazarse y entrar en el baño, a mirar las medicinas que tení­an, o ponerse ropa oscura, saltar tapias y eludir vigilantes. A menudo debí­an hurgar en los cubos de basura para encontrar datos bancarios, hábitos de alimentación, facturas, papeles y cartas.

Como toda "policí­a secreta", la élite del Comité de Planificación era despreciada por el resto de los miembros del Templo. Se la solí­a culpar de la acciones y polí­tica impopular de Jones, pero eso era lo que él precisamente querí­a. Desviaba así­ las crí­ticas a su persona, haciendo que recayeran contra sus "lugartenientes". A estas alababa y adulaba, consciente de que, si se volví­an contra él, podí­an hacerle mucho daño. Por eso las elegí­a muy cuidadosamente. Tení­an que tener recursos, como cuando a Cartmell la arrestan en un barrio negro y dice a la policí­a que salí­a a escondidas de ver a un amante afroamericano. Lo curioso es que, a pesar de formar parte de estas maquinaciones, seguí­an creyendo que Jones tení­a poderes sobrenaturales, como que sabí­a lo que decí­a un dossier de información, antes de leerlo. Otras simulaban curaciones, como cuando Linda Dunn podí­a convertirse en una anciana sueca en silla de ruedas, que se levantaba poco a poco, por la sanidad de Jones.

LEALTAD EQUIVOCADA

Detrás de ese deseo enfermizo de control de Jim Jones, no hay duda de que está la preocupación infantil por quedarse solo y desprotegido. Es ahí­, sin duda, donde está su atracción por el socialismo. No es algo intelectual, sino emocional. Jones llegó a meter después en la Comisión de Planificación de cincuenta a cien personas, pero algunas sólo estaban con el objeto de delatar a otras. Así­ cuando alguien estaba celoso del honor que habí­a recibido otro, se le premiaba con esa posición. Otras veces era para vigilar a otros. La figura destacada era, sin duda, Tim Stoen. La técnica de Jones era callarse hasta que todos habí­an dado su opinión y decir entonces, la última palabra.

Las reuniones no eran todas discusiones administrativas. También habí­a una especie de sesiones de seudopsicoterapia para poner de relieve las debilidades de cada uno. Buscaba especialmente conocer los intereses y practicas sexuales de algunos, para explotarlos luego de forma despiadada. No sólo habí­a "matrimonios abiertos" en la iglesia. También era habitual la bisexualidad y la homosexualidad. Todo cabí­a en la iglesia, pero Jones era "el gran amante".

Esa devoción a Jones se hace ciega un domingo de 1971. Los músicos estaban afinando los instrumentos para el culto de las once de la mañana, cuando tras un silencio, Jones subió al púlpito entre aplausos, como solí­a hacer. Llevaba una túnica sobre un suéter con cuello de cisne blanco. El mechón de cabellos le caí­a sobre la frente y sus ojos se escondí­an detrás de sus gafas oscuras. Se sentaba en un taburete alto de bar, aunque parecí­a que estaba de pí­e. Sus mensajes solí­an ser algo impresionistas. Eran bastante contradictorios y escapaban el análisis, pero lograban ese dramatismo de gestos inesperados.

Es cierto que Jim Jones habí­a despreciado la Biblia en muchas ocasiones, pero sólo la pisó una vez, dejándola caer con estrepito, entre aplausos. El contexto era un llamado al socialismo y a la libertad de seguir a Dios por uno mismo. Puso los pí­es encima de una Biblia de color negro, diciendo "no es sagrada". Querí­a decir que "aunque la tiréis, no moriréis". Balanceaba su cuerpo sobre ella, mientras decí­a: "Deseo que comprendáis que vosotros mismos debéis ser la Biblia". Según muchos de sus crí­ticos, llegó a decir ese dí­a que era dios. No hay duda de que a partir de ese momento, su iglesia se convirtió en una secta.


Esta es la versión resumida del artículo La astuta política de Jim Jones


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