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La humildad de Schulz

Los cómics eran el primer medio de entretenimiento en Estados Unidos a principios del siglo XX, tras las novelas seriadas, las revistas ilustradas y los cuadernos de canciones populares, hasta la llegada del cine sonoro. En 1902 el magnate de prensa, William Randolph Hearst, tuvo la idea de venderles a otros periódicos, los derechos para reproducir sus tiras cómicas en cien ciudades, simultáneamente. Esta sindicación convirtió los cómics en una institución nacional, que se incluía en el diario como un suplemento, los domingos.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 06 de Febrero de 2022 ·.·★ Lectura de 9 minutos o 1856 palabras.


En los años 20 y 30 del pasado siglo había cómics para todo tipo de lectores: “domésticos” como “Gasolina Alley”; “casados” como “Educando a Papá”; aventuras como “Terry y los piratas”; “óperas espaciales” como “Buck Rogers” o “Flash Gordon”; y humor fácil para el más simple de los lectores, como “Lil Abner”. Eran cómics basados en personajes y sus taras. Los más queridos eran tal vez, los más deficientes. Evocaban una identificación personal que hace que a mediados de los años 30, los suplementos dominicales de historietas pasaran de las ocho páginas de los años 20 a dieciséis o treinta y dos. Algunos de ellos todavía se publican en castellano, como “Krazy Kat” de George Herriman o “Terry y los piratas” de Milton Caniff.

La sindicación había librado al profesional del triste escritorio en la parte trasera de la redacción de un periódico a la posibilidad de trabajar donde quisiera. Hasta entonces “pretender dibujar tiras diarias era una ambición tan descabellada como querer ir a la luna”, recuerda Schulz. Su madre le regaló a los 11 años un libro sobre “Cómo dibujar historietas”. Su autor había fallecido hace poco, Clare Briggs, que había hecho series de una sola viñeta con una mirada nostálgica a la pequeña ciudad de provincias con muchachos de buen corazón, humillados, frustrados y ridiculizados en un mundo sin padres. No hay duda de que el creador de Snoopy y Carlitos se inspiró mucho en ellos.

La serie favorita de Sparky –como llamaban familiarmente a Schulz– era “Buck Rogers en el siglo XXV DC”. Eran tiras que se publicaban los domingos en gran formato a todo color, que mostraban un universo donde señores de guerra orientales habían conquistado América. En 1934 se publicó el primer tebeo de la Historia, “Famous Funnies”, que compraba Sparky desde los 11 años. Era una especie de antología de tiras sindicadas reimpresas por diez céntimos. Cuatro años más tardes se pasó a la revista donde apareció Superman, “Action Comics”.

“GENTE CORRIENTE”

Superman es un ser extraordinario que enmascara sus poderes ante mortales como nosotros, normales y corrientes. Lo hace con su comportamiento tímido, un rostro vulgar, gafas anchas y un nombre como Schulz, Charles. Como Clark, se disfraza de periodista torpe y apocado. Naufrago de otro planeta, tiene padres corrientes y sencillos, cuando en realidad no son más que cariñosos custodios.

Sparky dibujaba historietas para llamar la atención de sus compañeros de instituto. Si venía un espectáculo de patinaje a St. Paul, era capaz de hacer un cartel de Popeye sobre el hielo, premiado por un jurado, pero era incapaz de hablar con los chicos que jugaban en la calle. No era alegre ni despreocupado. Jugaba solo o dibujaba en casa. Tenía compañeros, más que amigos, hijos únicos que vivían tan aislados y “perdidos” como él. Hasta que decidió formar un equipo de béisbol en el barrio. Se encontró entonces que “vivía dos vidas”. Puesto que “en la escuela no era nadie, pero en mi barrio, era alguien”, dice Schulz en una de sus sinceras entrevistas.

De niño le era “casi imposible ir a los columpios sin que otro niño mayor y más grande viniera a fastidiarle”. El caso es que cuando su biógrafo, David Michaelis, habló con sus compañeros, “ninguno recuerda a Sparky siendo golpeado, empujado o agredido”. Al final de su vida, llegó a admitir que quizá gran parte de ello estaría en su imaginación. En cierta forma, creamos nuestra biografía. Recordamos lo que queremos recordar. El personaje va sustituyendo a la persona. Así Sparky se acuerda de aquellos años como el único chico que llevaba guante de “cátcher”, Carlitos.

¿EL MEJOR AMIGO?

El verano de 1937 lo recordaba como uno de los mejores de su vida, ya que participó en una liguilla de béisbol con cuatro equipos. Jugaba martes y jueves, pero no podía dormir de la excitación, lunes y miércoles. Su equipo ganó el campeonato, pero no hay foto alguna en el álbum familiar, ya que sus padres nunca fueron a verle jugar. El padre estaba ocupado en la barbería y parece que tenía miedo a espacios abiertos o a que le dieran un pelotazo. Más compañía le era su perro Snooky, atropellado por un taxi, pero inmortalizado como Snoopy. Le sustituyó Spike.

Spike era blanco con manchas negras, más “pointer” que “beagle”. Sparky le enseñó habilidades varias, como llamar al timbre de la puerta, esperar el periódico vespertino, subir patatas del sótano o posar la pata sobre el sofá de Carl, su padre, para avisarle que era hora de buscar el periódico del domingo. Dormía en el pasillo, metido en un cesto de mimbre para la ropa, bajo una manta. No bebía de un cubo, sino del agua corriente del cuarto de baño, cuando alguien le abría el grifo, esperando con una pata encima. Se comía cualquier cosa, desde la banda elástica de una pelota de goma, pedazos de vidrio roto, alfileres del cesto de la costura, hasta tachuelas y tornillos del suelo del sótano. Parecía indestructible.

Los vecinos de Schulz recuerdan a Spike como el perro más malo de la manzana. No es extraño que Carlitos describa siempre a Snoopy como “un poco loco”. Cuando un chico se caía al suelo, mientras jugaba, se echaba sobre él gruñendo y les quitaba el gorro de lana de la cabeza. Curiosamente, Sparky muestra ya al futuro Snoopy en un periódico de 1937, donde publicaron un dibujo suyo con la descripción de su “estómago de hierro”.

MADRE SÓLO HAY UNA

La única persona que llena la vida de Schulz hasta su trágica perdida durante la Segunda Guerra Mundial es su madre. Ella estuvo siempre en el centro de su corazón. Su aspecto y cualidades aparecen en todas las mujeres de su vida y su arte. En sus recuerdos menciona siempre su voz grave y amable, como un susurro. El cáncer le producía un dolor tal, ya en 1940, que lloraba despierta por las noches. Era un cáncer cervical que comienza en el útero hasta hacer metástasis, bloqueando los conductos que conectan los riñones con la vejiga, llegando a estrangular el intestino. Se extiende por la pelvis, invadiendo el recto, los nódulos linfáticos y la vagina. Era cruel, degradante, maloliente y letal.

El médico le ocultó, al principio, la gravedad de la enfermedad. No le dijo que su vida estaba en peligro, ni que era un mal incurable. Sparky lo único que sabía es que no se encontraba bien. Al comienzo del cáncer, la familia no busca apoyo en la iglesia luterana, a la que pertenecían, ni siquiera en la Biblia. No encuentran consuelo y esperanza en su fe. Su muerte, sin embargo, traería la conversión de Schulz en una iglesia pentecostal. Durante los primeros años nadie hablaba de la enfermedad de su madre, pero cada vez que volvía del instituto, la encontraba en la cama. Algunas noches se despertaba con sus gritos de dolor, pero a la mañana siguiente sólo eran capaces de decirse “buenos días”. Ella cada vez comía menos y no tenía fuerzas para ir al mercado o cocinar.

Schulz decía que su vida consistía en aquellos años en “esperar que acabaran las clases y poder volver a casa” del instituto. La mayoría de sus compañeros hacían atletismo, jugaban a los bolos, o hacían radio en la emisora del centro. Sparky jugaba al golf, pero nadie lo sabía. Llegó a ganar un campeonato local en 1940. “No es que me odiaran”, decía: “Es que ni siquiera les importaba”. La verdad es que tampoco él hacía esfuerzos en causar mayor impresión. No recordaba sus nombres, ni se mostraba amistoso. Cuando llegó a ser cristiano, se dio cuenta de que su timidez era “una forma de egolatría”. En su desarmante honestidad, decía que era “la peor clase de ególatra, el que pretende ser humilde”.

FALSA HUMILDAD

Como tantos de nosotros, Schulz hizo que su rechazo adolescente de los demás, pareciera a sus ojos, como si los demás le rechazaran a él. Se consideraba inocente en su frustración de chico solitario e incomprendido. Su victimismo nos resulta demasiado reconocible para no vernos reflejados, muchos de nosotros en él. Como Caín, no nos consideramos “guardianes de nuestro hermano” (Génesis 3:9), pero nos sumergimos en nuestra autocompasión (v. 14), pensando que todos buscan nuestro mal. Es el triste destino de los hijos de Adán, tras su rebelión, alejados de Dios y los unos de los otros.

Si hay un rasgo que caracteriza al seguidor de Jesús, esa es “la humildad y mansedumbre” (Mateo 11:29). Sin embargo, el mundo cristiano está lleno de personalismo y orgullo cubierto de falsa humildad. Sabemos que cuando alguien dice “yo, humildemente pienso”, lo que viene a continuación es de todo, menos humilde. Somos tan egocéntricos que vivimos como si el mundo girara en torno nuestro. Y luego culpamos a los demás de que no se preocupan de nosotros.

Vivimos en una sociedad profundamente egoísta, donde todos se consideran víctimas y nadie es responsable de nada. Estamos ante una larga cadena de damnificados, donde todos sufren abusos e injusticias, pero ninguno es capaz de asumir su culpa. Todos reclaman derechos, pero nadie parece tener deber alguno. Cuando desplazamos a Dios del centro de la vida, quien ocupa su lugar, somos nosotros. Hemos creído la mentira diabólica de que podemos ser como Dios (Génesis 3:5). Se han abierto nuestros ojos, como la Serpiente dijo, pero lo que vemos es que estamos “desnudos” (v. 7).

Sólo Dios puede “vestirnos” (Génesis 3:21), pero hasta que no reconocemos nuestra “desnudez”, intentamos cubrirnos con las apariencias de un personaje inventado, víctima de todo y culpable de nada. Incluso aquellos que creemos en Dios, nos cuesta aceptar nuestra indignidad, orgullo y miseria. Nos rodeamos de una falsa humildad con la que aparentemos ser otra cosa de lo que en realidad somos, cuando Dios es el único que puede “vestirnos” con una dignidad que no es nuestra, sino de Cristo Jesús. El es “el cordero inmolado” (Apocalipsis 5:18). Suyo es “el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza”. Los que así lo reconocen, “recibirán la tierra por herencia” (Mateo 5:5). No hay otro futuro para nuestro planeta.


Esta es la versión resumida del artículo La humildad de Schulz


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