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La decepción con Carrère

Se ha publicado la traducción al español de Yoga, el último libro del autor francés Emmanuel Carrère. Una obra que el escritor ha calificado como “un retrato de su caída a los infiernos”, donde trata de descubrir las profundidades de su mente a través de ciertos episodios de su vida entre 2015 y 2018, como la depresión que experimenta después de divorciarse.

Artículo escrito por Jonatán Soriano en Tarragona el 20 de Mayo de 2021 ·.·★ Lectura de 7 minutos o 1360 palabras.


Es su libro posterior a El Reino (2014), el que quizá sea su texto más íntimo a nivel espiritual y donde plasma su particular crisis con lo que él llama ‘cristianismo’, aunque en realidad tiene que ver más con la continuidad en la práctica católica y una reflexión crítica sobre algunos de sus dogmas. Sin embargo, para Carrère el ‘cristianismo’, su ‘cristianismo’, parece todavía un filón. Preguntado sobre las similitudes con las que aborda el yoga y el ‘cristianismo’ en ambos libros, el autor galo responde: “Para mí, el cristianismo es como el yoga, una religión laica, que sirve para acercarnos a nuestro interior”.

A pesar de que Carrère dice no sentirse “muy alejado de lo que intentó creer hace años”, y de admitir que “la lectura de los Evangelios sigue siendo algo muy valioso” para él, continúa explotando la decepción que narra precisamente en El Reino cuando afirma que el cristianismo “no tiene trascendencia” y que no sabe lo que significa creer en Dios. Una decepción que, en su libro, tal y como él lo plasma, tiene que ver con el dolor y el cansancio que provoca la idea de una posible regeneración partiendo de nuestro propio esfuerzo. Es como un cuadro que me recuerda a la confesión que se haría efectiva en los que habían de ser renovados en Judá, y cómo acabarían reconociendo que su esfuerzo por revertir su situación solo sirvió para “concebir y dar a luz viento”. (Isaías 26:18)

Una espiritualidad mecanizada

Muchas personas se acercan a la espiritualidad creyendo que pueden abordarla igual que sus necesidades físicas, sus trabajos o sus rutinas más arraigadas. Es así que muchos ven la cuestión espiritual como algo que se puede activar como un reloj, cuando se adopta una postura determinada con el cuerpo o cuando se emiten ciertos sonidos. Pero la realidad espiritual que presenta el texto bíblico no tiene nada que ver con solamente juntar las manos. Y este, me atrevo a decir, es quizá uno de los elementos que precipitan la decepción de Carrère. Recuerdo un fragmento de El Reino en el que explica su modus operandi a la hora de trabajar. Cómo se traslada cada día a su estudio y se pasa las horas escribiendo, con un breve descanso entre medio para comer un frugal bol de arroz, como le gusta remarcar. Y esa misma actitud la aplica el escritor a lo que él denomina su intento por creer en el cristianismo.

En realidad no se trata de otra cosa que asistir a las misas, forzarse a amar a alguien en concreto muy diferente de él (y sin éxito), reunirse periódicamente con una anciana entrañable que le hace las veces de mentora, y leer y volver a leer el texto bíblico, especialmente el de los evangelios, sin más guía ni dirección que la del comentario de la Biblia de Jerusalén y los apuntes de Ernest Renan, engullendo las dudas al principio, como algo que no permitirse, y aferrándose a la disciplina con la esperanza de que esta desarrolle la fe. Así es como describe Carrère su espiral de decadencia creyente.

El problema es que las dudas ignoradas y mal digeridas del principio, vuelven más adelante, dando forma a su atormentado ánimo. Y de la disciplina como base para sostenerlo todo, al final uno se cansa. Más bien se agota. “Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay”, recuerda el autor de Hebreos en su capítulo monográfico sobre la fe (11:6).

Pero, sobre todo, el problema de Carrère, según relata en El Reino, es que busca una espiritualidad acomodada a sí mismo, algo sobre lo que tener el control y desarrollar como el propio libro que uno escribe, o el plan de pensiones que otro comienza a prever al llegar a los 40, o el bol de arroz que se mete en el microondas cada día a las dos de la tarde. Si para muchos, hablar de fe tiene que ver solamente con la imagen de un grupo de personas entre cuatro paredes evidenciando a través de muestras públicas aquello que dicen creer, también para muchos la espiritualidad es un camino a labrar, una disciplina, algo parecido a ir a un gimnasio o a estudiar. Pero cuando se lee el diálogo de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo, en Juan 4:1-42, se debe reconocer que el planteamiento que el evangelio hace de la espiritualidad dista mucho de cualquier mecanismo de activación por causa del esfuerzo humano. “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (4:14), dice Jesús.

El problema de la experimentación

En El Reino, Carrère realiza un tratamiento de la fe cristiana como una cuestión experimental, sujeta a demostrar su eficacia por medio de los diferentes test y pruebas que va planteando el desarrollo de la vida en nosotros. Y, claro, cuando la rutina y la disciplina fracasan, el autor parece llegar a la conclusión de que su intento por creer el ‘cristianismo’ ha sido vano, que es algo que no puede. Me parece un hastío similar al del joven rico (Marcos 10:17-30), que creía que podía acercarse a Jesús solo mediante aquello de lo que había sido capaz. Pero es el Espíritu Santo el que nos capacita para vivir en sintonía con el evangelio.

Algo que me motivó a leer El Reino fueron los comentarios de un amigo que conservo de la universidad, que siempre me ha dicho que no puede creer en Dios porque no es capaz, y que no dejaba de repetirme que Carrère había escrito un libro sobre ‘el cristianismo’ y la Biblia. No. Carrère ha escrito un libro en el que proyecta su decepción en cuanto a la idea que él ha tenido del ‘cristianismo’. No ha seguido, en este caso, la estela de aquel escritor minucioso, que se enfrasca en un caso y se aparta a sí mismo para dar el protagonismo al fruto de su investigación, como recuerdo en El adversario, el libro que escribió sobre Jean-Claude Romand.

Me pregunto cuál ha sido el peso de esa decepción que parece iniciarse con El Reino en su último libro, Yoga. De hecho, la periodista Hélène Devynck, su exmujer, le ha acusado de engañarla a ella y a sus lectores con la obra. “Este relato presentado como autobiográfico, es falso, arreglado para servir a la imagen del autor y totalmente extraño a lo que mi familia y yo vivimos a su lado”, ha dicho Devynck. De hecho, en El Reino, Carrère critica el texto bíblico de Lucas y de Hechos por estar hecho a medida, dice. Y da rienda suelta a su imaginación a la hora de generar conflictos y conspiraciones entre Pablo y Pedro, entre Pablo y Santiago, entre Pablo y Juan. Me pregunto cuánto del propio autor hay proyectado en su visión sobre el texto bíblico.

Hay una frase en concreto de El Reino que me conmovió al leerla. Es cuando Carrère está explicando el distanciamiento definitivo de su ‘fe cristiana’. En un momento determinado escribe: “Te abandono, Señor. Tú no me abandones”. Precisamente, la Biblia nos enseña que incluso cuando actuamos de forma infiel, Dios permanece fiel porque “no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13). La cuestión es que esto no es extrapolable a todos, sino que sirve para aquellos para quien Cristo es justicia y esperan su gloria eterna sobre la base de su salvación.


Esta es la versión resumida del artículo La decepción con Carrère


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