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Lozano y Margarit: ¿Ahorro de Lux aeterna?

La poesía se vuelve siempre elegía ante la muerte. Dos poetas españoles se han acercado estos días a esa ′cita ineludible′ con dos visiones diferentes. El catalán Joan Margarit narra en Joana la crónica de ocho meses de enfermedad terminal de su hija, que soportó a largo de treinta años un doloroso síndrome. Su desesperación contrasta con la fe del castellano José Jiménez Lozano, que con sus Elegías menores trae una luz de esperanza, que levanta ′la losa de los sueños′.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 5 minutos o 942 palabras.


Joana (Hiperión, Madrid, 2002) es un libro de horror. Su poesí­a descarnada e intensa refleja un episodio angustioso de la vida de Margarit. El poeta perdió a su hija el año pasado, enferma del sí­ndrome de Rubinstein-Taybe, la segunda ya que ha muerto en una familia que es bastante numerosa. La utilización que un artista haga de su biografí­a supone siempre un riesgo. El autor por eso dice en la nota final, que "este libro fue escrito vulnerando todos los consejos que los poetas damos sobre la obligada distancia entre los hechos y el poema". Pero sorprende el equilibrio, y la capacidad de distanciamento con que logra hacer de esta experiencia una verdadera anatomí­a del sufrimiento. El resultado es estremecedor. Es la crónica de una agoní­a interminable. Nos habla de la muerte, y de un vací­o sin asideros, que revela un dolor terrible.

"Necesito cerrar este tiempo para volver a encontrar si es posible, a la Joana de entonces", explica Margarit en el prólogo. "El mundo sin Joana se parece al que vivimos juntos, pero no es el mismo". Puesto que el poeta cree que "el abismo que nos separa es el nunca más". El autor intercala recuerdos, vaticinios y diálogos imaginarios con su hija, a la vez que relata el proceso irreversible desde el primer diagnóstico hasta la ausencia que trae el olvido. Se le ve aferrado a la mano de su mujer, llorando en la oscuridad de un cine, viendo una pelí­cula sobre un chico deficiente mental. Se acuerda de la noche en que nació, cuando deseó en secreto que ya estuviera muerta. Ya que a ese dolor se añade la culpa, que hace de la desolación de estos versos un libro de terror y desamparo.

La soledad ("que me digas que hago de mi vida, / mientras los dí­as van, con lluvia o cielo azul, / organizando ya la soledad") se une al desasosiego ("Veí­a en todas partes a Joana: / surgí­a en todas partes la mirada / del cuerpo contrahecho / donde aprendí­ que era la belleza") en la fuerza del amor como única forma de resistencia ("Me detuve sintiéndote muy cerca. / Y sintiendo que ya, en cualquier instante / podrí­a hacer surgir tesoros de la muerte"). La ve antes de entrar en el quirófano ("en un intento desesperado / de salvarse, le dijo te quiero al medico"), y se repite a sí­ mismo, mientras ella agoniza, que "morir aún es vivir". Se pregunta: "¿Dejaré de estar contigo porque tú ya no estés?". Ya que no sabe si le quedarán recuerdos suficientes para simular su vida, porque "incluso / cuando uno ama a alguien, llega el olvido".

Las elegí­as de Margarit contrastan con la esperanza de la fe de José Jiménez Lozano, uno de los pocos escritores católicos de verdad que hay en nuestro paí­s, pero con una religiosidad que siempre muestra un marcado carácter jansenista, casi protestante. Sus Elegí­as menores (Pre-textos, Valencia, 2002) me han hecho pensar mucho. Son cerca de doscientos poemas breves, que destacan por su concisión y poder reflexivo. Ese carácter filosófico no es sorprendente en un autor conocido por sus ensayos, entre ellos algunos muy queridos para nosotros, como Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1978) o su Meditación española sobre la libertad religiosa (1966), pero su tema es la mí­stica española. Su narrativa está llena de temas trascendentales, pero también su poesí­a, que ha aparecido algo tardí­a en su vida. Su obra es siempre peculiar e inclasificable, al margen de modas y corrientes en boga.

A su ya avanzada edad, Jiménez Lozano muestra una vigorosa intuición que hace que sus poemas parezcan a veces borradores de algo incompleto, como la vida misma. En sus Elegí­as abundan las referencias evangélicas. La primera parte tiene como gran protagonista a la naturaleza, y lleva el significativo tí­tulo de Los lirios del campo y las aves del cielo. Sus versos están llenos de preguntas, pero también de ironí­a. Así­ la sátira Horaciana del escritor castellano pone en tela de juicio el tópico hedonista de gozar el instante ("Carpe diem, dijiste, pero, / ¿y los que no tienen dí­a y sólo noche? / Y los que gimen siempre bajo el látigo, / y quieren que oscurezca pronto con la muerte, / ¿no tendrán ni un verso tuyo?"). Ante "los hombres huecos" de los que hablaba T.S. Eliot, la muerte aparece bruscamente, para poner de manifiesto lo paradójico de nuestra vida.

Siempre fue un desgarro
la muerte, mas, ahora,
los hombres huecos y redondos
mueren contentos de no ser para siempre.
Se aplaude en los entierros.
¡Por fin la nada! ¡Qué alegrí­a!
¡Cuánto ahorro
de luz eterna innecesaria!


Esta es la versión resumida del artículo Lozano y Margarit: ¿Ahorro de Lux aeterna?


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