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La religión de Benito Pérez Galdós cien años después

“La verdad humana”, así es el subtítulo de la exposición que la Biblioteca Nacional ha dedicado a los cien años del fallecimiento de Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843 - Madrid, 1920). Con este lema los comisarios conmemoran “el modelo de un ser humano real, verdadero” que nos ofrece la literatura del autor canario. Este modelo abarca desde recuerdos de la infancia, pasando por comida y lugares con historia, hasta la política y la música. Por ello, en este artículo nos centraremos en un solo aspecto de este vasto mosaico humano que nos presentan las obras galdosianas. Una cuestión tan primordial para los personajes como para su creador: la religión. Como veremos, en la fe de sus protagonistas nos encontraremos con el Galdós que duda y cree; el anticlerical religioso; el que intercambia dedicatorias con Menéndez Pelayo y el que conversa con Don Miguel de Unamuno. Y así, comprobaremos que las palabras de la protagonista de “Lo prohibido” (1884-1885), también podrían ser la verdad humana de Galdós al final de sus días: “¡No, no quiero ver curas! Ya me las arreglaré yo sola con Dios."

Artículo escrito por Dani Sazo en Sevilla el 01 de Abril de 2020 ·.·★ Lectura de 20 minutos o 4023 palabras.


Como han mencionado varios lectores de Galdós, las obras del escritor canario tienen esa extraña cualidad de mantenerse actuales a pesar de su antigüedad. En pocas páginas uno puede sentirse ya parte de la familia Santa Cruz al leer “Fortunata y Jacinta” (1887) y es absurdo pensar que los problemas de “Tristana” (1892) son cosa del pasado para las mujeres de hoy. Porque lo que convierte a estas novelas en actualidad no son tramas enrevesadas o sucesos inesperados, sino la familiaridad con los deseos, pesadillas y esperanzas de los personajes. A través del rico lenguaje acorde a cada clase social y un realismo que va más allá de la mera descripción, Galdós dota a sus historias de una autenticidad y sinceridad que no pasan de moda. Su literatura, como menciona Elvira Lindo, es un “río de humanidad”.

Y en este compromiso con la humanidad de sus protagonistas, Galdós evita generalizaciones y rasgos estereotipados. Esto puede comprobarse fácilmente al atender a las diversas maneras en las que sus personajes se adscriben a la misma confesión religiosa. En su lectura política y cultural de la sociedad española existía un interés genuino por comprender. Pero este interés no siempre estuvo presente en la vida de Don Benito. Su niñez y gran parte de su juventud estuvieron marcadas por el conservadurismo militar de su familia y el fervor religioso de cualquier feligrés bautizado y confirmado. Como le confesaría a su amigo José María de Pereda, “en mi tiempo yo no perdía ripio y dondequiera que sonara un gori-gori allí estaba yo”, refiriéndose a la liturgia y a la música sacra. No es hasta 1862, con su llegada a Madrid, cuando la convulsión social de la capital empieza a plantearle dudas y escenarios muy diferentes a los que estaba acostumbrado.

Una vez instalado en una pensión de la calle Fuentes, en el barrio de Sol, Galdós conocerá de cerca el auge de los liberales y la violenta Noche de San Daniel en 1865, en la que adeptos al krausismo tendrían un papel muy importante en las protestas universitarias. Introducido por Julián Sanz del Río casi diez años antes, la secularización y las ideas panteístas del filósofo alemán Friedrich Krause atraían a varios estudiantes de la Universidad Central de Madrid. Y sin ser un movimiento revolucionario, el krausismo español proponía una separación radical entre el Estado y la Iglesia, así como una reconciliación entre ciencia y fe, y más libertad en la interpretación de los pasajes bíblicos. Con la Constitución de 1869 parecía que toda esta agitación había dado por fin sus frutos con la garantía del matrimonio civil, la enseñanza laica y la libertad de culto (la primera vez que aparece en España). Pero como sabemos, la Restauración de 1875 volvería a dar un paso atrás en estos asuntos. Sin embargo, el Sexenio Democrático ya había dejado en el joven Galdós una huella profunda en su pensamiento político y religioso.

Los sacerdotes de Galdós

En una de sus “Veintiocho cartas” a Pereda, Galdós le comenta a su confidente que “ninguna religión positiva, ni aun el catolicismo, satisface el pensamiento ni el corazón del hombre en nuestros días”. Este desencanto con la religión de sus padres se refleja claramente en sus novelas y no pasó desapercibida por sus lectores, entre los que había obispos que vieron en las novelas de Don Benito una amenaza para la religión cristiana. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Galdós nunca tuvo reparos en descubrir las vergüenzas de feligreses y sacerdotes en sus novelas.

Así nos encontramos con Muriel en “El Audaz” (1872) diciéndoles a los frailes que son "holgazanes, glotones, sibaritas, dueños de la mitad del territorio, disolutos, hipócritas". Y ya en su primera novela, “La Fontana de Oro” (1870) veíamos esta dura crítica al clero en la figura de Don Silvestre Entrambasaguas, un "clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo como hueco”. Como recuerda Carlos Rodríguez López-Brea, “no más ejemplares” son los sacerdotes de “Gloria” (1877) y “La Familia de León Roch” (1884). Mientras Don Silvestre Romero sólo se preocupa por sus fincas y la caza, el confesor de la familia Roch y “de media Madrid”, el padre Paoletti, resulta ser un hombre sin escrúpulos, mentiroso y fanático.

Sin embargo, para sorpresa del escritor, fue una obra teatral y no una novela la que acabó por enfrentar a Don Benito con las instituciones eclesiásticas de forma más directa. Aunque el título ya nos sugiere la influencia de los clásicos, lo cierto es que “Electra” (1901) mantiene una estrecha relación con el caso real de Adelaida Ubao. Siendo menor de edad, Adelaida decide ingresar en las Esclavas del Corazón de Jesús por consejo del jesuíta Fernando Cermeño y en contra de la voluntad de sus padres. La madre denuncia al clérigo por querer utilizar a su hija para recibir su cuantiosa herencia y el juez acaba dándole la razón a la familia. Mientras Galdós y la prensa española seguían el caso, el novel dramaturgo construye el siniestro personaje de Salvador de Pantoja, el jesuíta que intentará embaucar a la huérfana Electra. El ambiente caldeado por los efectos de la Restauración y los comentarios de Galdós al Diario de las Palmas acabarán por avivar la polémica: “En Electra puede decirse que he condensado la obra de toda mi vida, mi amor a la verdad, mi lucha constante contra la superstición y el fanatismo”.

El escándalo engrandece la fama de Galdós como dramaturgo y en Madrid se llega a representar la obra más de cien veces. También supone el reconocimiento internacional y “Electra” llama la atención de audiencias de París, Roma, Lima y Buenos Aires. Sin embargo, la heterodoxia de Galdós no sólo le dio fama en España sino también la incomprensión y el desprecio de sectores conservadores, así como la persecución obsesiva de los más fanáticos.

Ortodoxia y heterodoxia

No le falta razón a Antonio Muñoz Molina cuando afirma que el realismo de Galdós ha sido malentendido como un estilo rancio y conservador que no se compromete con nada. Prueba de ello es el debate galdosiano en torno a la religión. Unos quieren que se guarde sus opiniones y otros que grite más fuerte. Algunos se afanan por ver en el autor canario a un volteriano feminista o a un anticlerical devoto y otros a un peligroso antirreligioso. Pero nada de esto parece encajar en la personalidad reservada de Galdós. A pesar de su activa participación política y cultural, su verdadero compromiso nunca estuvo ligado a las banderas y panfletos que repartían uno u otro partido y que tanto siguen gustando hoy en España. El compromiso de Don Benito era con el debate literario; contar la historia y la política a través de diferentes voces. Porque si las contamos como “debemos”, no sólo se cae en una mueca falsa e hipócrita, sino en la negación de la realidad del otro. Por tanto, podemos decir que el realismo galdosiano sí que se compromete; no con una u otra facción ideológica o religiosa, sino con “contar las cosas tal y como creemos que suceden”, como dice Muñoz Molina.

Por todo ello, el escritor canario ve con tanto recelo a la institución religiosa. No tanto por sus creencias, las cuales añoró en alguna ocasión como reconoce en la correspondencia con Pereda (“Carezco de fe, carezco de ella en absoluto. He procurado poseerme de ella y no lo he podido conseguir.”), sino por su rigidez e intolerancia, culpable de “ese miedo religioso, funestisima plaga creada y difundida por la teocracia como instrumento de dominación”. Estas reflexiones religiosas, en las antípodas para muchos de sus contemporáneos, así como sus violentos arranques de pasión ecuménica o panteísta en los periódicos, acabarán por llamar la atención de personalidades tan poco partidarias de la heterodoxia como el obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain.

La obsesión fanática de este clérigo le llevó a proponer la quema pública de los libros de Galdós y a tratar de cancelar la apertura de la Casa Museo del escritor en 1964. Y aunque estas iniciativas nunca tuvieron la suficiente aceptación para llevarse a cabo, el obispo sí logró boicotear la Cátedra Pérez Galdós que proponía estudiar y reconocer la obra del autor en el ámbito académico. Por ello, para la biógrafa galdosiana, Yolanda Arencibia Santana, la relación entre Don Benito y Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), un católico conservador, es una conversación ejemplar de “disentir y tolerar” poco común en el territorio español (aún hoy en día). Como se puede leer en las líneas dedicadas al escritor en su conocida “Historia de los heterodoxos españoles” (1880), Menéndez Pelayo se encuentra perplejo ante la brillantez y la heterodoxia de Galdós: como católico, Pelayo no entiende la crítica de Galdós a la clerecía y lo percibe como un simple “enemigo implacable y frío del catolicismo”. Pero como hombre culto, el pensador santanderino reconoce que Galdós es “un narrador de altas dotes”. No existen documentos sobre la respuesta de Galdós a los comentarios de Pelayo en “Historia de los heterodoxos…” pero sí se sabe que esta admiración mutua permitió a ambos autores mantener un debate respetuoso por correspondencia. De hecho, en un momento dado intercambiaron regalos: Galdós le dio un ejemplar dedicado de “Gloria” y Pelayo al año siguiente le envió su “Epístola a mis amigos de Santander” (1879) con esta nota: “A mi amigo el eminente (aunque heterodoxo) novelista don B. P. G.”.

Arencibia, Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias de este año por su “Galdós. Una biografía” (Tusquets), también nos recuerda que Don Benito no estaba sólo en esta arriesgada heterodoxia que denuncian tanto intelectuales como fanáticos. Otro objetivo habitual de las amenazas de Pildain fue Don Miguel de Unamuno (1864-1936). Para la biógrafa, a pesar de la diferencia de estilos y temperamentos, ambos autores estuvieron “en la misma hoguera”, en esa incomprensión del que reconoce su propia contradicción. Pero Galdós y Unamuno no sólo comparten el haber sido perseguidos por la ortodoxia, sino también su interés por la que muchos consideraron la mayor de las herejías en España, la heterodoxia total: el protestantismo.

Daniel Morton: ¿judío o protestante?

A finales de los años setenta, el investigador estadounidense Alan Smith encuentra en el dorso de las cuartillas originales de “Episodios Nacionales”, una novela inédita de Galdós. Se trata de “Rosalía” (Cátedra, 1983), la historia entre un clérigo protestante y una joven cántabra. Según Smith, la novela fue escrita alrededor de 1872, por lo que a pesar de ser la última novela publicada del autor, “Rosalía” fue uno sus primeros relatos. Como describe tan bien Patrocinio Ríos Sánchez en “Galdós y un clérigo protestante en el Sexenio revolucionario” (Anales de Historia Contemporánea, 1993), lo que más sorprendió a los expertos de la literatura galdosiana de esta historia de amor heterodoxo, es el parecido entre Horacio Reynolds (el clérigo protestante) y Daniel Morton, el marinero judío de “Gloria”. Si uno ha leído ambas novelas, se habrá dado cuenta de que “Gloria” es claramente una reelaboración de “Rosalía”.

Y como “Gloria”, “Rosalía” trata también sobre una relación amorosa truncada por la intolerancia religiosa. Sin embargo, el personaje de Reynolds, a diferencia de Morton, se convertirá en el mártir galdosiano de una España atada a la tradición y a la ignorancia. En primer lugar, porque Reynolds no es un feligrés más, sino un ministro religioso con una formación rica y amplia en teología y ciencia (en contraste con la mayoría de sacerdotes que aparecen en la novela). Pero también porque en el protestante se reúnen las mayores virtudes de fraternidad y tolerancia. Representa el ideal del hombre religioso para Galdós: un cristiano que no ve peligro en las ciencias sino la obra del Creador y al mismo tiempo, un clérigo que considera al amor por encima de cualquier credo.

No están claras las razones por las cuales Galdós nunca quiso publicar el relato de Horacio y Rosalía. Ríos Sánchez piensa que una nota de Katherine Lee Bates podría zanjar la cuestión. Esta periodista del New York Times recoge en su libro “Spanish Highways and Byways” (MacMillan, 1900) un análisis literario del protestantismo en España a finales del siglo XIX. En uno de sus apuntes, Bates afirma que un amigo norteamericano de Galdós le comentó que “francamente no podía permitirse la introducción de un personaje protestante” ya que “no sólo mataría a ese libro” sino que además, “estaría arriesgando la pérdida de mis lectores”. Por tanto, concluye Sánchez, “Rosalía” podía suponer para el joven Don Benito “un alto riesgo para su futuro como novelista, debido a la denigratoria actitud observable en la sociedad española hacia el protestantismo”. Y sobre todo si ese protestante era el representante de las mejores virtudes, ya que en su ecumenismo este personaje manifiesta la máxima expresión de humildad y gracia que un clérigo puede tener, según Galdós. Es un individuo que trasciende la religión y su tradición para fundirse en un abrazo con la humanidad… El credo y la piedad ¡para los santos!

Buñuel y Galdós: santos inhumanos

Si muchos recordamos a Galdós hoy en día es por Luis Buñuel (1900-1983). Para el director aragonés Pérez Galdós era todo un referente. Un artista que había sabido plasmar en la literatura española esa sincera búsqueda espiritual, “una búsqueda de mayor verdad y autenticidad que tiene su origen y exponente máximo en el descontento”, como diría Francisco González Povedano. Y así lo demostró el director adaptando tres novelas de Galdós: “Nazarín” (1959), “Viridiana” (1961) y “Tristana” (1970).

Curiosamente, dos de estas películas forman parte del llamado ciclo del “naturalismo espiritual” de Galdós, ese término que el mismo escritor acuñó en la novela “Fortunata y Jacinta”. Este naturalismo se desprende del cientificismo y aboga nuevamente por una vuelta a lo trascendente y espiritual. Pero no desde la religión organizada e institucionalizada, sino desde una especie de cristianismo anárquico y místico que libera al individuo de los valores y estándares sociales. Por eso, vemos en el “Nazarín” de Buñuel al padre Nazario (Francisco Rabal) defendiendo a los pobres a pesar de las graves injusticias que padece por parte de las autoridades. Asimismo, en “Viridiana” se nos presenta a la joven novicia (Silvia Pinal) rebelándose contra la institución religiosa que la iba a acoger para comenzar una obra benéfica en la mansión de Don Jaime (Fernando Rey).

No obstante, los lectores de Galdós siempre han quedado perplejos frente a los cambios que Buñuel hace en la adaptación de estas novelas. En “Nazarín” el trágico desenlace del sacerdote se hace aún más evidente y absurdo con el tono surrealista que agrega el director. Por su parte, en “Viridiana” las modificaciones son interminables, comenzando por el título: la novela tiene como protagonista a la Condesa de Halma-Lautenberg, Catalina de Artal y de ahí el título que le da Galdós al relato, “Halma” (1895) (Buñuel toma el nombre de Viridiana de la santa en la que se inspira para caracterizar a Silvia Pinal). El director nos presenta a una futura novicia y en la novela Galdós nos habla de una viuda rica. Pero el cambio sustancial lo vemos una vez más al final del film: “Halma” acaba con la condesa casándose con su primo, José Antonio de Urrea, para llevar a cabo la labor de beneficencia sin obstáculos, mientras que la película de Buñuel finaliza con la buena de Viridiana sucumbiendo a la resignación y a la tentación.

Por tanto, lo que parece interesar más a Buñuel de los relatos galdosianos no son los gestos de fraternidad absoluta frente a la intransigencia de las instituciones, sino los fracasos de sus protagonistas. Allí donde hay un alma caritativa, el director aragonés nos revelará tarde o temprano la tragedia de una bondad corrompida por el deseo y el sinsentido de la vida. Como dice José de Segovia, “la santidad es algo imposible para Buñuel, porque es algo inhumano”. Por ello, el director se ríe de la caridad de Viridiana colocando a un ciego como Cristo en la representación de “La última cena”. Para Buñuel la piedad no es más que la negación de la realidad de quiénes somos. Sin embargo, Don Benito aun parece guardar cierta esperanza en la resignación de Halma, ya que el sentimiento de libertad de la protagonista se muestra más fuerte que las ataduras del matrimonio que le sugiere Nazarín. La piedad puede fracasar, pero el amor no.

La religión de Galdós

Y el amor no puede fracasar porque, según Don Benito, es el único valor universal, lo que realmente nos hace humanos. Y la amabilísima Benina de “Misericordia” (1897) es un buen ejemplo de ello. En esta novela que muchos aprecian por ser la que mejor representa el Madrid de Galdós en esa “claridad de su luz, de su aire, de su horizonte abierto” como decía María Zambrano, encontramos la que muchos autores consideran el verdadero ideal religioso del escritor canario. Para Benina Dios ya no está en los templos, ni en los púlpitos en los que se predica la salvación. La verdadera redención para Benina está en ayudar al prójimo y la tolerancia hacia el otro, independientemente de su etnia o religión. En sus quehaceres diarios esta protagonista ejemplifica la "superación, al mismo tiempo, de la religión positiva, del eclesiocentrismo y de la carencia de sentido a las acciones humanas”, como afirma el filósofo José Luis Mora.

En “Misericordia” se ven aunadas las influencias literarias que tanto perfilaron el estilo y las ideas de Galdós. En el discurso de Benina podemos ver al Balzac que Don Benito descubrió en París y al León Tolstói que acababa de ser traducido en España. En sus calles miserables y gloriosas de Madrid también vemos al Émile Zola y al Charles Dickens que Emilia Pardo Bazán le ha presentado con tanta pasión. Las voces populares se oyen con más claridad, sobre todo la de las mujeres olvidadas. Como dice López-Brea, “el protagonista ya no es un loco místico o un sacerdote desequilibrado, sino Benina, una mujer que mendiga para otros aún más pobres”. Se puede respirar claramente ese sueño literario que ha perseguido a Don Benito toda su vida, la religión a la que realmente se adscribe y que persigue en cada novela.

Pero no hay que olvidar que para Galdós esta religión es sólo un sueño, una verdadera ilusión. Sin llegar al cinismo o al surrealismo de Buñuel, en la sinceridad que le caracteriza, a excepción de “Misericordia” Don Benito a menudo baña de ironía las hazañas de sus beatos literarios. Así se puede ver en la primera novela que abre este ciclo espiritual, “Ángel Guerra” (1891). Ángel es un hombre viudo con ideas progresistas que se rebela abiertamente contra las imposiciones de la sociedad y de su familia. Sin embargo, todo este ideario se verá tambaleado cuando se enamore de Leré tras una crisis vital provocada por la muerte de su madre y de su hija. El problema está en que Leré no quiere casarse con Guerra, sino con Dios y aspira a ser una monja en Toledo. Dada esta situación, Guerra llega a la conclusión de que la única manera de amar a la que fue institutriz de su hija, es volviendo a la fe. De esta manera, el revolucionario acabará en un delirio galdosiano, hablando del fin de la política y la fundación de una iglesia española sin la opresión del catolicismo romano. La espiritualidad de Guerra acaba siendo un chiste trágico.

Algo similar ocurre con los desenlaces de “Rosalía” y “Gloria”. Después de una dura advertencia contra la herejía, Rosalía renuncia definitivamente al matrimonio con el ministro anglicano y al final, como afirma Ríos Sánchez, “Horacio considera que lo más apropiado a su situación es vivir “sin lazo ninguno en el mundo”. El paso al catolicismo es una renuncia, una fuga del mundo”. Así, Reynolds acaba siendo un sacerdote católico engullido por el drama de la intolerancia. Daniel Morton también acabará en el bando católico con una fe hipotecada, perdiendo la cabeza por la promesa hecha a Gloria en su lecho de muerte. Sin embargo, a este último relato Galdós añade un tono de esperanza ausente en “Rosalía” y en la mayoría de sus novelas espirituales: el hijo de Gloria recibe el nombre de Jesús y en él se depositan las esperanzas para redimir el amor imposible entre sus padres. La comparación con Jesucristo se hace más evidente cuando el narrador acaba diciéndole al niño: “hoy juegas y ríes e ignoras; pero tú tendrás treinta y tres años, y entonces quizás tu historia sea digna de ser contada”.

Este conmovedor final es el que realmente esperamos aquellos que hemos creído en la obra del Jesús al que nos dirige Galdós. Paradójicamente, por lo que leemos en sus escritos Don Benito acabó leyendo los Evangelios como muchos de los devotos que le despreciaban, considerando a Jesús de Nazaret como un ejemplo más de caridad, otro Nazarín con menos fortuna, un sueño más al que aspirar. Sin embargo, el Cristo que encontramos en los Evangelios afirma ser el Hijo de Dios. No nos indica cuál es el camino, sino que se presenta a sí mismo como el Camino, la Verdad y la Vida. Lejos de negar la realidad de los hombres y mujeres que en su intolerancia se desprecian por razón de género, etnia, religión, orientación sexual, etc. en Cristo Jesús, Dios hace todo lo contrario. En la cruz del Calvario Jesucristo carga con nuestra intransigencia y redime el amor imposible entre Dios y los seres humanos. Puede que esta sea la verdadera historia de amor y tolerancia digna de ser contada.


Esta es la versión resumida del artículo La religión de Benito Pérez Galdós cien años después


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