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El Templo del Pueblo busca la Tierra Prometida

¿Quién no ha tenido el deseo de huir a un lugar mejor? La historia del Templo del Pueblo es la búsqueda de la Tierra Prometida en este mundo. El itinerario que lleva a Jim Jones de Indiana a la Guayana pasa por dos lugares que conformaron su iglesia y personalidad, Brasil y California. Al primero llegó en medio de una crisis y en el segundo vivirá la expansión de su visión con “el verano del amor” en San Francisco, pero de eso hablaremos en el siguiente artículo. En esta entrega vemos su anhelo de un mundo mejor, pero también su duda en cómo llegar a él, por la entrega del sacrificio o la estrategia de la manipulación.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 13 minutos o 2512 palabras.


Belo Horizonte se habí­a convertido en la primera ciudad industrial de Brasil a principios del siglo pasado. Allí­ llegó en 1958 con un barco japonés de inmigrantes un misionero estadounidense llamado Edward Malmin. Viajaba con su esposa Judy y su hijo Mark, acompañados de una hija adolescente llamada Bonnie. El padre se habí­a convertido al cristianismo evangélico en Chicago, tras pasar por un reformatorio debido a sus problemas con el alcohol y la violencia. Se casaron y fueron al seminario de Aimee Semple McPherson "la evangelista que fundó en Los ángeles la Iglesia del Evangelio Cuadrángular, cuyo escándalo inspiró pelí­culas como El fuego y la palabra (Elmer Gantry, 1960) de Richard Brooks" y una escuela bí­blica pentecostal de Costa Mesa.

Un dí­a a principios de 1962 Malmin estaba en la oficina de correos cuando un empleado le pidió si podí­a hablar con un estadounidense que vení­a a recoger un paquete y no entendí­a más que inglés. Se presentó como un ministro de Indiana que se habí­a trasladado a Brasil por su "amor a los negros". Le dijo que llegaron a dispararle, envenenar su comida y le gritaban por la calle por tener un niño negro. Lo que le habí­a producido una crisis mental y emocional. Los Jones habí­an alquilado una casa en los suburbios de San Antonio, donde invitaron a comer a los Malmin. A su hija Bonnie le sorprendió el carácter interracial de la familia, ya que tení­a un novio brasileño, que no gustaba a los misioneros. Y pidió a sus padres pasar unos meses con los Jones hasta entrar en una escuela bí­blica en Minnesota. Admiraba a Jim por su discurso contra la hipocresí­a religiosa y a su esposa por su entrega a los pobres.

Jim Jones habí­a dejado el Templo del Pueblo a cargo de Winberg, el pastor blanco que tení­a menos conciencia social y cuya esposa querí­a volver a recobrar la centralidad bí­blica de esta iglesia pentecostal caracterizada por la integración racial. El biógrafo de Jones, Tim Reiterman, cree que él ya sabí­a que eso iba a dividir la congregación, pero sabí­a que la mayorí­a apoyarí­a al pastor afroamericano Ijames. Los ingresos de los Jones dependí­an de los asilos que llevaba su suegra. Winberg tení­a que mandarles dinero y las propiedades de la iglesia estaban a nombre de su madre. Viví­an austeramente, pero dada su generosidad, compartí­an la comida con niños de la calle y alimentaban a los pobres.

LA SOMBRA DE LA MEMORIA

Malmin habló con el biógrafo de Jones, después de la masacre de Guayana. Todo para él adquiere entonces una sombra siniestra, por la que todo lo que decí­a le parece sospechoso. Dice que se presentaba como un antiguo infante de marina que habí­a luchado por su paí­s, lo que no era verdad. Y pretendí­a trabajar en una lavanderí­a de una ciudad cercana. Sus vecinos le veí­an salir de casa con una mujer de piel oscura, que podrí­a ser una señora de la limpieza o un contacto de los anuncios que habí­a puesto en el periódico ofreciendo ayuda espiritual. Lo que está claro es que Jones era inteligente y sabí­a que habí­a cosas que Malmin no entendí­a, por sus ideas conservadoras. Lo que si explotaba era el relato de las angustias que le habí­an llevado a una crisis nerviosa.

Jim Jones iba al culto de la iglesia de Malmin. Se sentaba en la última fila y el misionero dice que escuchaba con aire distraí­do, pero se le veí­a molesto cuando intentaba librar a personas de influencias demoní­acas que vení­an por el vudú. Eso lo dice porque en el fondo cree que estaba dominado por espí­ritus malignos. Le cuenta a Reiterman que tení­an la extraña sensación de que habí­a algo turbio y oscuro en torno a él. Le pareció que percibí­an siempre el poder de las tinieblas a su alrededor, cosa que dudo, dada su larga amistad y colaboración durante más de dos años. A posteriori todos son sospechas, porque no puede explicar lo que pasó.

Según Bonnie Malmin, Jones se habrí­a dedicado en Brasil hasta a investigar la "macumba" para aprender "artes ocultas" que reforzaran su poder espiritual. Según esta familia, la supuesta capacidad extrasensorial del predicador no serí­an más que fuerzas diabólicas que actuaran por medio de él. Esto no encaja con la aceptación de Malmin de ir a Indianápolis como custodio de Jones, hasta que volviera al Templo. Allí­ es cierto que se encontrará un montón de facturas sin pagar, un frí­o recibimiento y una congregación resentida, a la que ni siquiera Jim habí­a advertido de su llegada. Las tensiones aumentaron y Winberg se sintió despreciado. Por lo que decidió marcharse con unos veinte o treinta miembros. El Templo pasó de dos mil a un centenar de miembros.

Al llegar Jones, Malmin se marcha poco después. Todo lo recuerda luego como muy oscuro. La memoria es así­ de caprichosa. Nos acordamos de las cosas y las personas, según nos conviene y a la luz de la experiencia que hayamos tenido finalmente de ellas. Los recuerdos son siempre selectivos. Cuando alguien es responsable de una barbaridad como la que ocurrió en Jonestown, todo el mundo dice que se veí­a venir. Nadie tiene ya dudas del carácter sectario de Jim. El problema es que antes, pocos lo percibí­an. No queremos reconocer lo fácilmente que somos engañados. Todos creemos distinguir bien a las personas, cuando se pone en evidencia su lado oscuro. Lo difí­cil es percibirlo en uno mismo, cuando nuestras motivaciones nos parecen tan dignas, como la conciencia por la justicia social de Jones.

EL LADO OSCURO DE LA FILANTROPíA

Otro de los responsables del Templo del Pueblo, Jack Beam, se habí­a unido a ellos em Brasil a finales de 1962, tras vender su casa. Su idea era trabajar con los niños pobres en un programa que diera ropa y comida a doscientos de ellos. El problema es que no hablaban portugués. Abandonaron entonces su plan de migración en masa a Brasil. Beam regresó a Indiana y Jim Jones se mudó a Rí­o de Janeiro, donde se instala en un edificio de apartamentos frente a la playa de Copacabana. Daba clases de inglés, media jornada, mientras trabajaban con los pobres de las "favelas" y daban de comer a los niños de un orfanato.

El Templo del Pueblo es un claro ejemplo de lo simplista que es la idea de que las sectas sólo buscan dinero para enriquecerse. Si la iglesia de Jones se endeuda cuando está en Brasil, es porque dedicaban la mayor parte de sus fondos a ayudar a los necesitados. La conciencia humanitaria de nuestro tiempo cree poder diferenciar una ONG de una secta por su dedicación a los pobres, pero la tragedia de Jonestown te muestra cómo la caridad puede tener consecuencias terribles inesperadas. Esto es algo difí­cil de entender para aquellos que piensan que las buenas intenciones lo justifican todo. Muchos creen que, si haces algo de corazón, no puede hacer más que bien, pero el ejemplo de Jones te muestra que esto no es siempre así­.

Las causas humanitarias tienen buena imagen en un mundo como este. Yo no creo que esa fuera la preocupación de Jones, porque entonces no eran tan populares. Muchas veces lo que ocurre es que simplemente nos dejamos llevar por nuestra necedad. Así­ el ministro afroamericano Ijames tiene la idea de que, igual que Jones recomendaba la adopción de niños negros, serí­a bueno que él y los que pertenecí­an a minorí­as raciales en la congregación adoptaran niños blancos. Para eso no sólo habí­a problemas legales, sino que muchos lo veí­an como un experimento absurdo, pero Ijames decí­a que "Dios se lo habí­a puesto en su corazón y nadie podí­a impedí­rselo".

Era el sistema de Jim Jones. Cuando alguien le cuestionaba algo, acusaba a esa persona desde el púlpito diciendo que estaba en contra de la voluntad de Dios. Para sustentar su posición, Jim decí­a que el Espí­ritu Santo le habí­a dicho esto o aquello. La poca humildad que tení­a se habí­a convertido en una preocupación por el poder, a causa del miedo y la inseguridad. Hablaba cada vez más como un profeta, pero sus mensajes eran cada vez más paranoicos sobre la amenaza de un holocausto nuclear. Su autoadulación contrastaba con la manera con que criticaba cada vez más la Biblia, poniéndose él en su lugar. Una radio cristiana se negó a seguir transmitiendo sus programas, por las cosas que decí­a. Hasta Ijones se asustaba a veces y le amonestaba en privado: "Van a decir que parecemos una secta".

EL PODER DE LA MANIPULACIÓN

A finales de 1964 Jim empezó a hacer viajes de reconocimiento a California, donde dos de sus colaboradores, Jack Beam y Ross Case, buscaban un lugar donde trasladar a la comunidad. A principios del 65 Jim Jones decide ir ya allí­ con su familia. Antes interroga a todos los miembros de la iglesia, para comprobar su lealtad y separar a aquellos que no estaban de acuerdo. Un domingo anunció que habí­a llegado el momento. Abrazó a sus fieles y repitió la amenaza del peligro nuclear, que fechaba ya en dí­a y año, el 15 de julio de 1967. Sus seguidores lo creí­an tan fielmente que Case habí­a subastado o regalado todas sus propiedades, dejando su empleo, para marcharse en el aeroplano que habí­an alquilado, pilotado por el hermano de Ijames. Hasta 140 familias se trasladaron con ellos.

Desde la "fiebre del oro", el condado de Mendecino era el mayor productor de vino de California. El sur de la bahí­a de San Francisco estaba lleno de viñedos, pero la población donde se establece entonces el Templo del Pueblo, Ukiah, viví­a de la industria maderera. Muchos de los miembros encuentran trabajo, sin embargo, en el hospital del estado, como la esposa de Jim, Marceline Jones. Jim busca empleo como maestro de escuela, igual que Ross. En cuanto llega Jones empieza a sondear también hasta dónde llegaba la fidelidad de Case, que habí­a criticado su exceso de autoridad. Utiliza para ello un medio indirecto, como era Harold Cordell, un contable que escribe seis páginas de elogios a Jones, pero también de criticas a la Biblia, cuestionando la historia de la creación y milagros como los demonios expulsados por Jesús, que considera como gérmenes.

Cuando Beam visita a Case poco después, el maestro sospecha que viene para comunicar a Jim Jones cuál es su reacción ante las provocaciones que ha escrito Cordell. Beam le pidió que leyera la carta en voz alta. Case lo hace sin inmutarse, como si no le molestara lo más mí­nimo. No cae en la trampa de Jones hasta que Beam vuelve un mes después con Ijames. Case cuestiona el cristianismo del pastor afroamericano, que se muestra más como un universalista que como un evangélico ortodoxo. Ijames le dice que ya no hay más lugar para discusiones en el Templo del Pueblo. Case abandona la iglesia en 1965, antes de Jones llegar a ser profesor de la escuela de adultos de Ukiah.

A Jim le vuelve a entrar la paranoia de que espí­an lo que enseña en la escuela. Hace que cierren puertas y ventanas, para que nadie le escuche. Sus discursos van de la religión a la polí­tica, pasando por demostraciones de su percepción extrasensorial y desvarí­os como que los católicos se oponen al aborto, porque quieren gobernar al mundo y que la masturbación sustituya al acto sexual. Es interesante la estrategia que usa para conseguir acólitos. Dice que, para no hacer proselitismo, ningún estudiante podrá afiliarse al Templo, para que no digan que recluta gente en sus clases. Era la forma que tení­a de provocar el interés de muchos en hacerse miembros de la iglesia, poniéndoselo difí­cil. Así­ de sutiles eran sus manipulaciones.

¡Qué distinto es el ministerio apostólico! Pablo dice que ha renunciado a la persuasión manipuladora al conocer "el temor del Señor" (2 Corintios 5:11). El apóstol no empuja a las personas a un rincón emocional para forzar una decisión. Confí­a en "la demostración del Espí­ritu y de poder, para que la fe no esté fundada en la sabidurí­a de los hombres, sino en el poder de Dios" (1 Corintios 2:4-5). Cuando predica a Cristo crucificado no es sólo el mensaje de la cruz, sino la manera de la cruz. Entiende que la sabidurí­a de Dios no es la de los hombres. Por lo que el poder de Dios se manifiesta en la debilidad (2 Corintios 12). No hay mayor persuasión que esta.


Esta es la versión resumida del artículo El Templo del Pueblo busca la Tierra Prometida


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