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El luteranismo de Schulz

El creador de Snoopy y Carlitos era de origen alemán. Cuando el padre de Schulz (1922-2000) abre una barbería en el Medio Oeste de Estados Unidos, no podía poner su nombre al establecimiento, porque la primavera de 1918 hacía sólo un año que su país estaba en guerra con Alemania. La mayoría de los inmigrantes alemanes adoptaban nombres anglosajones, para salvar a sus hijos del odio asociado a un apellido alemán. En esta segunda entrega por el centenario del artista, profundizamos en el luteranismo de su familia.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 30 de Enero de 2022 ·.·★ Lectura de 11 minutos o 2181 palabras.


Carl había nacido en Stendhal, al norte de Alemania en 1897, pero se había criado en una granja junto a un lago de Wisconsin, aunque fue al colegio alemán y ninguno de sus padres llegó a aprender inglés. De hecho, no se hizo ciudadano estadounidense hasta que tuvo 37 años, aunque hacía como que no sabía alemán. Su socio en la barbería, que llamó Familiar, era de origen sueco, emigrado en 1913. Llegó a tener hasta tres barberías a la vez y dos gasolineras. Era alguien ambicioso.

La familia del creador de las tiras que se conocen en inglés como “Peanuts” (Cacahuetes) era luterana. Su pastor, Frederick Shackleton, recuerda a su padre como alguien que “trabajaba demasiado, intentaba hacer demasiadas cosas y sufrió una especie de colapso”, que le hizo “renunciar a sus otros negocios”. Desayunaba todas las mañanas en la pastelería casera de Labelle, cerca del trabajo, un sencillo plato de cereales calientes. Como dibujó en una de sus tiras, su padre no tenía tiempo para el amor: “estaba demasiado ocupado para eso”.

Dena Bertina Halverson tenía una bonita sonrisa y un corazón maternal, ya que había cuidado de cinco hermanos pequeños. Como su hijo, tenía algo enigmático, ya que cuando conoció a su marido, Carl Schulz, no le dijo que era cuatro años mayor que él. Y hasta el día de su fallecimiento de cáncer, su esposo no lo sabía. Se casaron en 1920 en una iglesia luterana de Minneapolis, una ciudad predominantemente protestante, pero dos años después se fueron a St. Paul, que era mayormente católica. Dena era luterana noruega y desconfiaba de los católicos.

“CHARLIE / SPARKY”

El dibujante se llamaba Charles Monroe, por el hermano de Dena. Nació ahora hace casi cien años en 1922, a finales de noviembre. Pocos días después de nacer le pusieron el apodo de Sparky por unos cómics de unas historias de carreras de caballos que hizo Billy DeBeck con el nombre de “Barney Google”, como el buscador informático. Era sobre las desventuras de un jugador, pero Sparky era el nombre del caballo. La mayoría le llamaba, sin embargo, Charlie, como su personaje. Dena decía a su marido, Schulz.

Aunque parecía amable y cariñosa, Dena podía ser orgullosa y desdeñosa. Aunque era hija de unos pobres granjeros noruegos, llegados a Estados Unidos en 1866, vivía como si fuera una familia próspera burguesa. No tenía más estudios que los primarios, pero se creía más culta que la familia de su marido. El luteranismo noruego no era tan fuerte como el alemán. Tenía algo de vanidosa. Y si los domingos vestía a su hijo de gala, era más por la familia de su esposo, que por ir a la iglesia. La institución que más apreciaba era la granja familiar. Sentía cierta desconfianza hacia todo lo nuevo y moderno. No tenían teléfono y en los urbanizados años veinte, seguía apegada a la tierra.

Carl no se sentía a gusto, sin embargo, ni entre su propia familia. Era un hombre solo. En eso Sparky era un Schulz: “Nunca vi a ningún miembro de mi familia mostrarse cariñoso con los demás, o tocarse, ni siquiera utilizar nombres cariñosos”. El dibujante recordaba que “nunca estaba seguro de quién era quién” en su familia. Odiaba tener que ir de visita. Siempre se sentía incómodo y se alegraba a la hora de marcharse. Como no tenían teléfono, las visitas eran sin anunciar. “Los parientes son como los catálogos de venta por correo”, dice Snoopy: “Aparecen como de la nada”.

INFANCIA SOLITARIA

Sparky no se metía en líos, ni corría riesgos innecesarios. Hasta los 8 años, jugaba con chicas. Tuvo triciclo, luego bicicleta. Y le gustaban primero, los dibujos animados, después, las películas del Oeste. Era educado y ordenado. En una tira del 51, dice que “seguro que sería una buena ama de casa”, cuando una expresión así no tenía todavía connotaciones sexuales. Lo que odiaba era ser uno de los pocos niños que llevaba gafas. Carlitos decía que las usaba ya con 4 años.

Durante las visitas a la granja de la familia, se refugiaba en los rincones con un lápiz y un papel, para dibujar. Sus primas le pedían a veces, retratos. En aquella época, dibujar se consideraba algo extrañamente, femenino. Los chicos de Wisconsin cazaban y pescaban. Los Halverson bebían hasta en la Prohibición, que hacían licor de pasas. Dos tíos de Sparky murieron a causa de la bebida y sus primos cayeron también en el alcoholismo, como su abuelo, el padre de Dena. Es por eso que hasta el día de su muerte, Schulz apenas probó el alcohol. Incluso una copa de vino era demasiado.

Su padre es una figura ausente. Nunca tuvo vacaciones y trabajaba seis días a la semana de ocho de la mañana a seis de la tarde, cortando el pelo. Su única debilidad era el puro que fumaba en etapas a lo largo del día, pero nunca atendiendo a un cliente. Hasta que acabó la primaria, el dibujante tenía el colegio al lado de casa. Por lo que su madre estaba a una manzana de distancia. Sus parientes la recuerdan como alguien “dura de visitar”. Era “fría ante el mundo, aunque cálida en casa”, pero “alegre un minuto y distante al siguiente”. Parecía que “no tenía afán por hacerse querer”.

Sparky tuvo un amigo en su infancia, Sherman Pepler, que vivía a la vuelta de la esquina. Era también hijo único. Tocaba el violín y su madre era una buena pianista, rumana de nacimiento. El padre era un judío escapado de los “progroms” de la Rusia zarista. Amaba a Beethoven, como el personaje de Schulz, Schroeder. Fue la primera familia judía que conoció. Sus hogares eran conocidos por su amor a la música clásica. A Sparky le gustaba la madre de Sherman. Era muy extrovertida, lo contrario a su madre.

“SNOOKY / SNOOPY”

A partir de los 6 años, su familia deja a Charles en el olvido, para ser siempre Sparky. Su personaje, Carlitos (Charlie en inglés) dice, curiosamente, que fue también a los 6 años que “despertó a las decepciones de la vida”. En 1929 el clan Halverson recibió tres duros golpes en sólo unos meses. Primero, muere la hermana mayor de Dena de tuberculosis, a los 41 años. Luego, otro tío, que era policía en St. Paul, muere en un tiroteo. Y a su hijo le diagnostican tuberculosis. Todo esto hace que la familia se traslade a un pueblo de California, Needles, donde Carl establece su barbería en un pueblo de “mala muerte” en un entorno desolado y lejano.

Sparky tenía un “bull terrier” de Boston, llamado Snooky. Vivían en una cabaña de alquiler económico, que había levantado el ferrocarril en 1901. Paredes, techos y suelo, estaban siempre cubiertos de polvo con el tren de Santa Fe como vecino permanente. Para colmo, el artista tenía una prima de 8 años, que le perseguía todo el tiempo con una pequeña serpiente viva de cascabel de una especie conocida como “cornuda”. Era hija única también, tras el fallecimiento de su hermana por meningitis. Tenía un carácter que entonces, llamaban de “marimacho”, que molestaba al retraído y tímido Sparky. El que conozca sus tiras, seguro que adivina el personaje que inspiró.

Como muchos niños americanos, Sparky repartía una revista por el vecindario, para sacar unos céntimos. Con ellos empezó a comprar unos cuadernillos para saber “Cómo dibujar”. A los 7 años le regalaron sus padres un triciclo grande, por su cumpleaños. Con él buscaba a una chica que setenta años más tarde, aún recordaba como “muy mona”. Marie Holland era hija de un ingeniero del ferrocarril. Tenía el pelo castaño, pero Sparky la admiraba por su inteligencia. En 1931 tuvo que despedirse de ella, al regresar su familia a Minnesota.

“DISFRAZ PERFECTO”

St. Paul no era la misma ciudad que había dejado el verano del 29. Se había vuelto “un hervidero de crimen” en los años 30, un auténtico “santuario para criminales”. Los católicos dominaban la ciudad, cuya catedral se erigía sobre la cima de Summit Hill. Sparky llevaba todavía pantalones cortos y gafas de montura gruesa. Sus compañeros le recuerdan por su baja estatura, pero también la gorra de aviador de la Primera Guerra Mundial, que popularizará Snoopy. Tuvo honores en el colegio, donde llego a subir de curso, pero no se sentía valorado.

De repente, al llegar a octavo de primaria, empieza a suspender asignaturas. Hasta ese momento sus notas eran excelentes, pero ahora no aprueba ni aritmética, algebra, latín o inglés. Curiosamente, sus padres no se enfadaron por ello. Es como si no se percataran. Nunca le castigaron por sus malas notas. Su padre decía que era por falta de curiosidad, ya que “si a Sparky le interesaba algo, lo aprendía”. Repitió octavo y en 1936 va al instituto de secundaria Maria Sanford. El dibujante los describe “como una cárcel”. Todo estaba reglamentado. Los estudiantes iban a clase como un pelotón. Sonaba la campana y se ponían en fila en los pasillos, para andar al compás de una marcha militar, que sonaba por los altavoces. Los maestros eran “estrictos y severos”.

Es entonces, cuando Schulz adquiere lo que llama su “disfraz perfecto”. Es cierto que en su familia había un temor a la ostentación. No gustaba que la gente se creyera mejor. Expresar el talento y la valía de uno mismo, era una impertinencia. Su biógrafo, David Michaelis, cree que se debe al luteranismo y su severa disciplina personal. En palabras del artista: “uno no quiere sentirse demasiado bien con lo que hace, ni quiere alzar demasiado la cabeza, no vaya a ser que alguien te dé en ella”.

UN SOLO LIBRO

La madre de Schulz venía de una familia luterana noruega, cuya primera generación norteamericana, sólo había tenido un libro: la Biblia. En casa la leían con rigor, pero también creían como Jesús, que si en algo podían ser como Él, era en su “mansedumbre y humildad” (Mateo 11:29). En su familia nadie hablaba de sí mismo. Es más, “si no les hablabas, nadie decía nada”. Y se “limitaban a quedarse sentados con los brazos cruzados”. Sólo la radio rompía aquel silencio. Escuchaban los seriales con la historia de una familia de aparceros afroamericanos, que habían emigrado de la Georgia rural al sur de Chicago.

El familiar con el que más se identificaba Sparky era la hermana más pequeña de su madre, Marion. La admiraba porque sabía hablar. Tenía opiniones sobre cualquier tema. Sólo tenía una manía, el Papa, que llamaba despectivamente “La Caca” (The Poop, que suena parecida al Papa en inglés, The Pope), por su anticatolicismo. Los padres del dibujante no tenían mucha curiosidad y Sparky tenía miedo a aburrir diciendo cosas tediosas e insulsas. Su tía le empezó a interesar por la literatura, ya que siempre estaba leyendo. Lo que intentó es que no se le subiera a la cabeza. Hizo de su aspecto “normal y corriente”, su “disfraz perfecto”.

Ese único Libro de su familia, cambiaría un día su vida. Siempre quiso seguir siendo “normal y corriente”, pero como él decía, se convirtió en un “hijo de Dios” (Juan 1:12). Al “poner la mira en las cosas de arriba”, no se hizo más espiritual, si no que buscó una “nueva vida” en Cristo. Su “disfraz” respondía también a una realidad: “su vida estaba escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:1-3).

Como Schulz, cuando llegamos a ser cristianos, no parecemos tan diferentes como creemos. Es “cuando Cristo nuestra vida se manifieste”, que “nosotros seremos manifestados con Él en gloria” (Colosenses 3:4). Esa esperanza esperamos que nos transforme. Aunque todavía estemos lejos de esa pureza (1 Juan 3:3), que un día tendremos. A los ojos del mundo, mientras tanto, parecemos “disfrazados” con nuestro aspecto “normal y corriente”, pero ese día, ¡no habrá quién nos reconozca!


Esta es la versión resumida del artículo El luteranismo de Schulz


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