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El cristianismo básico de Stott

“Hoy en día no se puede presuponer nada”, decía John Stott (1921-2011). Sin embargo, la mayoría de los mensajes que se transmiten por Internet son para iniciados. No es extraño que haya tantos mal entendidos y discusiones absurdas. La comprensión lectora ha disminuido a grados alarmantes, pero también lo que se dice es prácticamente incomprensible fuera del “nicho” al que el algoritmo te ha designado como tu “subcultura tribal”. Lo cierto es que unos por falta de inteligencia y otros porque no ven la necesidad de explicar nada, lo que caracteriza esta era de comunicación digital es la “ceremonia de la confusión”.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Agosto de 2021 ·.·★ Lectura de 10 minutos o 1962 palabras.


Entre tantas discusiones, no hay duda de que las más desagradables son las políticas y religiosas. Algunos huimos de ellas como de la peste. Te pueden hacer amargar el día. Pocas cosas le molestaban tanto a Stott como el llamado “odium theologicum”, la violencia verbal de las discrepancias doctrinales sobre religión. Para él, no tenían nada que ver con lo que él llamaba “Las controversias de Jesús” –título de uno de sus más famosos libros–. Como siempre, los discípulos tienen poco que ver con el Maestro. No hay mayor fanatismo que los seguidores de un dirigente político o religioso. ¡No se dejen engañar por sus banderas y etiquetas! No representan en realidad a quien defienden.

NUESTROS PRESUPUESTOS

Aunque todos tienen su libro favorito, no hay duda de que el más apreciado de Stott, por llegar a ser instrumental para la conversión de muchas personas, fue “Cristianismo básico” (1958). La obra es resultado de sus charlas en los años 50 en universidades de todo el mundo, pero tiene su antecedente en un librito llamado “Llegar a ser cristiano”. Lo hizo para mostrar cómo la esperanza cristiana es “la solución de Dios al mayor problema del hombre” y la fe, “la manera de recibir la salvación como regalo de Dios”. Se ha reeditado un centenar de veces. A finales del siglo pasado se habían hecho ya tres millones de ejemplares. Era mejor que cualquier folleto, pero no llegaba a ser el libro que hacía falta para explicar la fe al mundo de posguerra.

Aunque el volumen fue reescrito en 1971, Stott decía a principios de los 80 que entonces lo escribiría con otro punto de partida. En los 50 había una cierta idea de Dios. Lo que se discutía era la deidad de Jesús. A finales de siglo lo que se percibía ya era la paradoja del ser humano. Ahí comenzaría él, decía, si lo escribiera de nuevo. El lenguaje de “Cristianismo básico” es el de las evidencias de las palabras, carácter y resurrección de Jesús; nuestra necesidad de Él, para explicar el problema del pecado y la salvación; la cruz como centro del cristianismo; y nuestra respuesta a Él. El mensaje es el mismo, pero no se puede ya presuponer el conocimiento general que había entonces –decía con su mente joven, a su edad madura–.

A diferencia de lo que algunos creen, el título no viene tanto del “Mero cristianismo” o “Cristianismo esencial” de C.S. Lewis (1898-1963), ya que Stott como James I. Packer, le conocían demasiado para poder admirar tanto su obra, como nosotros –es evidente que con el tiempo llegamos a idealizar a ciertas figuras hasta el punto de convertir su persona en personaje–. Stott llama así a su libro, porque en los años 30 había una obra de consulta sobre el “Inglés Básico”, cuyo título combina con la introducción a la fe de Lewis, que eran charlas dadas por él en la BBC durante la Segunda Guerra Mundial –cuyas grabaciones han desaparecido–. La presentación que hace Stott de la fe es como la de Lewis, racional y lógica, pero apelando ya más al corazón, aunque todavía dirigida fundamentalmente a la mente. Nuestros presupuestos hoy ya no son tan racionales.

SIN AMBICIONES LITERARIAS

Stott nunca quiso ser escritor. No tenía ambiciones literarias. Había dirigido la revista del colegio de Rugby, pero fue por circunstancias, decía. Al principio de su ministerio publicó algunos folletos, pero pensando en los visitantes de la iglesia, nada más. Luego hablando de cómo compartir la fe, escribió otros como parte del curso que daban en All Souls. Dicho así, alguno pensará que es falsa humildad, pero les aseguro que eso es lo que él realmente sentía al respecto de su fama como autor. De hecho, contaba una historia increíble de cómo empezó a escribir.

El obispo William Wand no tenía nada de evangélico, decía Stott. De hecho, dada la aversión que “el tío John” o su amigo Dick Lucas tenían a los hábitos clericales, los evangélicos no le podía perdonar a ese obispo de Londres que no quisiera ordenar en la catedral de San Pablo a un candidato al ministerio anglicano que tenía objeciones de conciencia a llevar una estola –la vestidura que el sacerdote lleva al cuello para actos litúrgicos–. Se quejaron tanto, que acabaron ordenándole privadamente en la capilla del palacio de Funham. Lo que pasa es que Wand no era un obispo cualquiera. Hijo de un carnicero de Grantham, su padre había tocado el armonio en una capilla independiente de la iglesia anglicana y estaba muy influenciado por la enseñanza de santidad de Keswick.

Wand llegó a ser obispo de Londres siendo ya mayor, tras haber sido arzobispo de Brisbane en Australia, antes de pasar por Bath y Wells. Fue él quien ordenó a Stott en All Souls en 1950, cuando la iglesia se reunía todavía en San Pedro –que fue el lugar de culto durante la guerra y luego la sede del Instituto de Londres para el Cristianismo Contemporáneo en el que estudié a principios de los años 80–. Para sorpresa del “tío John”, el obispo dijo en el sermón que el nuevo “rector” debía tener tiempo para leer y escribir, pidiendo a la congregación que se asegurara de ello. Esto fue algo insólito para él, porque Stott no había escrito todavía un solo libro.

HOMBRES CON UN MENSAJE

Stott describía a Wand como “un académico y competente orador, porque hablaba siempre sin notas”, pero era “definitivamente, un católico liberal”. En su habitual generosidad, “no dudaba de su sincera devoción a Cristo”, pero con el justo equilibrio que siempre mostraba, creía que “su experiencia parecía más bien litúrgica, ceremonial y sacramental”. Desde luego, Stott “no sentía que entendiera en absoluto a los evangélicos”. Fue con perplejidad, que aceptó su encargo de escribir unas meditaciones para Cuaresma en 1954. Para sorpresa del obispo, supongo, las convirtió en una exposición de la doctrina de la inspiración y la autoridad de la Escritura. Es el libro “Hombres con un mensaje”, que luego se llamó “Introducción básica al Nuevo Testamento”. Lo publicó Longman con el prólogo de Wand.

Sus pensamientos sobre lo que luego llamó “la autoridad dual” de la Escritura, nacen de una serie de mensajes en la escuela bíblica anual de un movimiento cristiano de jóvenes, interdenominacional, para estudiar la Escritura y proclamar el Evangelio que se llama Unión de Cruzados, que se reunió en la iglesia de San Pedro en 1948. El capítulo dedicado a “El mensaje de Jesús” sorprende por la gran cantidad de citas del Antiguo Testamento y “El mensaje de Apocalipsis” por su distanciamiento de las diferentes interpretaciones escatológicas que hay entre los evangélicos. “Lo que una iglesia perseguida necesita no es un detallado pronóstico de acontecimientos futuros, que han de ser laboriosamente descifrados, sino una visión de Cristo”, dice en una de esas frases geniales que tenía Stott.

Tras un conocido folleto sobre la tarea misionera de la iglesia que debía llevar a cabo la propia congregación, escribe medio centenar de artículos para diversas revistas, dos de ellos convertidos en un librito en Estados Unidos sobre “Fundamentalismo y evangelización”. Hace algunos folletos como testimonio de fe –uno de ellos, curiosamente, para el Crematorio de Golders Green–. Y recopila sus predicaciones sobre los mensajes de Cristo a las siete iglesias de los tres primeros capítulos de Apocalipsis en un libro llamado “Los que Cristo piensa de la Iglesia”. Y empieza a preparar su manual para la confirmación en la fe de los que ya han sido bautizados de niños.

CONFIRMANDO LA FE

Para los muchos evangélicos que no conocen otra práctica que la bautista tras la profesión de fe como adultos, este es un aspecto de Stott que les sonará extraño. Para escribir este libro, John fue a Hookses, su nuevo lugar de retiros en Galés con su amigo John Collins y Dick Lucas. Lucas había sido convertido también por los campamentos que organizaba E. J. H. Nash para la Unión Bíblica en 1941, pero estuvo en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial. Al volver, estudió teología en Cambridge, donde se encuentra la enseñanza liberal a la que se enfrentó también Stott algo antes. Tras pasar como él, por Ridley, es ordenado al ministerio anglicano a principios de los años 50, pero como Stott, es conocido por su aversión a la indumentaria clerical, sólida teología evangélica, dedicación a la predicación y un carácter aún más marcadamente calvinista que “el tío John”, ya que está muy influenciado por el movimiento reformado anglicano de Sidney (Australia).

El estilo directo de Lucas, su extravagante carácter de soltero e inimitable humor irónico, hace que le manden a un “destino de castigo” en plena City de Londres en 1961. Allí no hay más que oficinas, pensaban. No hay nadie en domingo. No puede causar problemas. Poco se imaginaba su obispo que iba a empezar a llenar la iglesia durante la semana con reuniones al mediodía, durante la pausa del “sándwich”. Son reuniones evangelísticas, basadas en la predicación expositiva con un claro mensaje cristocéntrico que llevó a la conversión de muchos. En su retiro de Galés, Stott le dijo a Collins y a Lucas que escribieran algo durante el día, que por la noche leería cada uno a los demás, lo que habían hecho. Lo que Collins recuerda es que Stott hacía un nuevo capítulo cada día de su manual para la confirmación con un estilo y contenido impecable.

Si el sentido de la confirmación es incomprensible para el bautista, su base evangélica era inaceptable para la mayoría de los anglicanos. La crítica del medio oficial diocesano del arzobispo de Canterbury, firmada por su editor con iniciales, Raymond Clark, decía que tenía una “terminología avivamentalista evangélica” con una “cruda teoría sustitutoria de la expiación” y una “identificación del Señor del Antiguo Testamento con el Dios Padre”. Para las “iglesias libres”, Stott era demasiado anglicano, pero para los anglicanos era demasiado evangélico en su lenguaje de conversión, la doctrina de la cruz y aceptación de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento. El libro lo escribe en Galés, además, donde los evangélicos anglicanos se podían contar con los dedos de manos, decía Stott.

Su “Cristianismo básico” nos sigue haciendo, sin embargo, las mayores preguntas que podemos hacernos hoy: “¿Eres de verdad de cristiano?, ¿realmente comprometido? Tu respuesta depende de otra pregunta – no si vas a la iglesia, o no; si crees en el Credo, o no; si llevas una vida decente, no (por importante que sea todo esto) –, sino ¿a qué lado de la puerta está Jesucristo? ¿Dentro o fuera? Esa es la cuestión crucial.”


Esta es la versión resumida del artículo El cristianismo básico de Stott


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