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Dejarlo todo y marcharse de misión agrícola

¿Quién no ha querido alguna vez dejarlo todo y escapar a un lugar lejano? La idea del Caribe como el Paraíso en la tierra se extendió desde los relatos de marinos en siglos pasados hasta la actual publicidad turística, pero la jungla donde el Templo del Pueblo establece Jonestown estaba lejos de ser el Edén perdido. Cuando Jim Jones anunció por primera vez en San Francisco que la iglesia iba a conseguir unos terrenos al sur del ecuador –aunque Guyana está un poco al norte–, pensaba que todos los que le escuchaban querrían irse allí, pero antes tenían que reconstruir el Paraíso. Y eso costaba dinero.

Artículo escrito por José de Segovia en Madrid el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 10 minutos o 1919 palabras.


El plan nunca fue recibir allí­ a más quinientas o seiscientas personas, pero Jim Jones creí­a que la mitad del Templo "unos cuatro mil o cinco mil miembros" se apuntarí­an. El comité de planificación empezó a hacer una lista de aquellos que tení­an prioridad, hombres y mujeres fuertes que podí­an hacer el duro trabajo necesario en la jungla, pero también jóvenes que podí­an dar problemas en California, maestros para enseñar y miembros mayores, cuyas pensiones podí­an ser usadas para el mantenimiento de la "misión agrí­cola".

Las peticiones de dinero se multiplicaron. Los que tení­an seguros de vida, debí­an anularlos para invertir los fondos en el proyecto. En cada culto los miembros del Templo tení­an que entregar a Jones un "sobre de compromiso" con el veinticinco por ciento de sus ingresos semanales, por lo menos. Para comprobarlo, habí­a que escribir en el exterior del sobre la cantidad de salario que uno recibí­a. Todo para "dar de comer a los pobres del mundo". A lo que se añadí­an solicitudes para adquirir maquinaria en concreto, como una taladradora o un generador. Para reducir gastos, los que viví­an en comunidad, empezaron a comer juntos en la iglesia de San Francisco.

Matthews Ridge era un pueblo minero de manganeso que estaba comunicado por el rí­o Kaituma con la capital, Georgetown, así­ como con el océano Atlántico a Miami. La iglesia compró un barco, pero utilizaba sobre todo la pista de aviación que habí­a en Port Kaituma. La tierra que habí­an empezado a despejar los anteriores colonos fue arrendada por cinco años. El Templo debí­a pagar al gobierno de Guyana la cantidad anual de veinticinco céntimos por acre. En California se dijo que el representante del gobierno le puso el nombre a la "misión agrí­cola" de Jonestown, aunque era la idea de Jones, ¡claro!

MáS DESERCIONES

Jim Jones pidió al predicador afroamericano Archie Ijames que se encargara de la construcción, dada su experiencia como carpintero y administrador del Templo, además de fiel colaborador del pastor desde sus inicios en Indianápolis. El no estaba muy dispuesto, a causa de su esposa, que se quedó en California. Ijames y el abogado del Templo, Gene Chaikin, presentaron el proyecto al gobierno de Georgetown, firmado por Ijames. Al salir de las oficinas, le anunció a Chalkin que, ya que él aparecí­a como director legalmente, lo iba a ser en realidad. Cuando Jones se enteró, le acusó en una reunión de hacer alianzas por su cuenta. Y sacó a la luz un antiguo asunto del predicador afroamericano con una chica de Indiana. Era siempre el arma de Jones, cuando no podí­a comprar a alguien, le acusaba de algo impropio, sexualmente. Nunca fallaba. Siempre tení­a el efecto deseado.

A la mañana siguiente mandó a los Touchette, padre e hijo, una familia de Indiana que habí­a seguido a Jim Jones a California. El hijo era de la edad de Stephan Jones, casado con una hija de Ijames y parte de la comisión de planificación. La hija desertó con "los ocho revolucionarios", pero regresó con los demás, cuando volvieron arrepentidos. La madre de los Touchette era tan fiel a Jones como la esposa de Ijames, que se creyó las acusaciones contra su marido. Ella le obligó a vender su casa en California y él fue sometido a un castigo psicológico de aislamiento, humillaciones e insultos. El predicador afroamericano era un hombre sensible, que se asustó cuando su mujer le dijo que Jones habí­a solicitado voluntarios para matarle. Escapó entonces a Georgetown con su esposa y los 45.000 dólares que le habí­an confiado. Cuando Jones le descubrió, Ijames se puso a llorar y devolvió el dinero.

La otra deserción más importante en ese momento fue la de Grace Stoen. El desencanto de la esposa del ayudante de fiscal y segunda persona más importante del Templo, después de Jim Jones, fue creciendo a la vez que se distanciaba de su matrimonio e intimaba con otro miembro del Templo llamado Walter Jones "que no era familia del pastor". Los dos dejaron la iglesia, pero ella dio permiso por escrito para que llevaran su hijo a Guyana, a cambio de que pudiera verlo y no emprendiera acción alguna contra el Templo. El papel de Tim Stoen en todo esto es curioso. He vuelto a ver el documental que hizo Mel White en 1979 "antes de caer en desgracia en el mundo evangélico por su homosexualidad, después de haber sido pastor, profesor de Fuller y "escritor fantasma" para predicadores como Billy Graham. Me ha sorprendido lo bueno que sigue siendo, pero también lo extraño que es saber ahora lo que callaban entonces Tim y Grace Stoen en la entrevista con White "que ocupa un lugar central en el documental. El silencio acerca de hechos como el de que el hijo muerto en Jonestown habí­a sido concebido por Jim Jones y ella se habí­a ido del Templo con otro hombre.

"AñO ASCENDIENTE"

En 1976 ya no habí­a reportajes periodí­sticos contra el Templo del Pueblo. Todo lo contrario. El alcalde de San Francisco le propuso llevar la Autoridad de Vivienda de la ciudad, que aceptó después de honrarle con su presencia en una cena de homenaje, junto al dirigente radical negro Eldridge Cleaver. La esposa de Jimmy Carter, Rosalynn, se entrevistó con él a su paso por San Francisco, para conseguir su apoyo. Lo mismo hizo el vicepresidente Walter Mondale. Jones fue incluso elogiado por el senado del estado de California en Sacramento.

La única persona que hablaba en su contra era el antiguo sacerdote ortodoxo griego Katsaris, que denunciaba que el Templo tení­a a su hija Maria cautiva. Jim Jones se defenderí­a como siempre, acusándole de abusar sexualmente de su hija. Como bien sabemos en estos tiempos de MeToo, no hay arma de combate como esta. Si tienes el valor y la falta de escrúpulos suficiente, dejarás a tu enemigo marcado para siempre, aunque quede después absuelto en un proceso. La gente es tan ingenua que no va a dudar de la veracidad de semejante acusación. Basta acusar a alguien de abusos sexuales, que acabarás con su reputación para siempre.

Marceline Jones sufrió un duro golpe a principios de año, cuando su marido le dijo que él se llevarí­a a sus hijos a Guyana y ella se quedarí­a en California, a cargo del Templo. Esto la hundió hasta el punto de acabar teniendo tratamiento psiquiátrico. Durante una visita a sus padres fue hospitalizada unas semanas a principios del año siguiente, 1977, por serios problemas respiratorios, que le obligarí­an a dejar su trabajo en la sanidad de San Francisco. A raí­z del viaje que hizo Jim Jones a Guyana a finales del 74, la tí­mida e inocente Maria Katsaris se convierte en amante de su marido y fuerte dirigente del Templo "junto a Carolyn Moore, que tení­a ahora un hijo de Jones, aunque se habí­a casado con el portavoz del Templo, Michael Prokes". Las tres mujeres "Marceline, Maria y Carolyn" tienen rasgos comunes, tanto fí­sicos como de carácter. Las tres eran de piel blanca, esbeltas e inteligentes. Se ocupaban muy bien de todos los detalles y suplí­an perfectamente la ineptitud administrativa de Jones.

OSCUROS PRESAGIOS

Aunque le fuera bien en la vida, en la complicada psicologí­a de Jim Jones siempre habí­a oscuros presagios de muerte. Una extraña fuerza autodestructiva le dominaba constantemente. Sus incoherentes sermones se hací­an cada vez más extraños. Lo mismo se creí­a Dios, que le desafiaba. Tan pronto hablaba como si Jesús hubiera estado en la India, como sugerí­a que él mismo fuera extraterrestre. Cuando uno los escucha ahora, parecen desvarí­os de un loco con delirios de grandeza, pero obviamente, sus seguidores los percibí­an de otro modo. Es un misterio la extraña influencia que tení­a Jones en sus seguidores.

Hablaba con frecuencia de Masada, la fortaleza montañosa de Israel donde casi mil rebeldes judí­os se suicidaron, incluidos mujeres y niños, antes de rendirse a los romanos. El Templo tení­a un rancho con viñas en el condado de Mendocino. Daba pocas uvas, pero suficientes para hacer algo de vino. Jim Jones estaba en contra del alcohol, pero una noche de septiembre de 1975 dijo a los miembros del comité de planificación que podí­an beber esta vez. Cuando habí­an vaciado los vasos, Jones les informó que habí­a echado veneno y en menos de una hora estarí­an muertos, ya que no habí­a antí­doto para ello. Patty Cartmell chilló y saltó de la silla, para intentar escapar del lugar de reunión. Michael Prokes disparó varias veces al aire. Y a los tres cuartos de hora varios empezaron a desvanecerse, cuando Jones anunció que no habí­a veneno en el vino.

Era una prueba de lealtad, la primera de muchas hasta la que los llevó a la muerte en Jonestown. Cuando les dijo eso, Cartmell se unió al grupo. Nadie criticó a Jones por su engaño. Años después, varios de los que estaban allí­ dicen ahora que sabí­an que era un truco. Nadie consideró la posibilidad de lo que Jim Jones estaba dispuesto a hacer, ¡matarlos a todos! Así­ de ciegos estamos cuando seguimos a una persona como si fuera Dios. Confiamos en ella tanto, que darí­amos la vida, si hiciera falta. Jeremí­as advierte del mal que viene de "confiar en el hombre" (17:5). Cuando hacemos eso, "nuestro corazón se aparta del Señor", dice el profeta. Debemos preguntarnos, por lo tanto, ¿dónde está nuestro corazón? Porque si lo hemos puesto en el lugar y la persona equivocada, no habrá más que decepción y muerte. "El ladrón viene para robar, matar y destruir las ovejas", pero el buen Pastor que es Cristo, "viene para que tengamos vida y vida en abundancia" (Juan 10:10).


Esta es la versión resumida del artículo Dejarlo todo y marcharse de misión agrícola


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