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Bécquer: Sobre arte, sangre y fantasmas en su literatura

La ignorancia es atrevida y en temas de espiritualidad lo es todavía más. No en vano se exalta el silencio como una virtud de los sabios desde la antigüedad. Los romanos, por ejemplo, habían demostrado una gran destreza en la guerra, la ingeniería e incluso la religión organizada, pero fracasaron estrepitosamente cuando quisieron lidiar con la espiritualidad de un entonces naciente cristianismo.

Artículo escrito por Pablo Fernández en Barcelona el 22 de Enero de 2020 ·.·★ Lectura de 9 minutos o 1781 palabras.


Los artistas y artesanos jugaron un papel muy importante en esta sangrienta historia desde el principio. El platero Demetrio de í‰feso, por ejemplo, hací­a pequeños templos de Diana a mediados del Siglo I y daba no poca ganancia al gremio que habí­a reunido aquel dí­a para animarles al levantamiento: ′Sabéis - decí­a el artista- que de este oficio obtenemos nuestra riqueza; pero veis y oí­s que este Pablo, no solamente en í‰feso, sino en casi toda Asia, ha apartado a mucha gente con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos′.

La sangre de los mártires vino a ser semilla de nuevos creyentes también en Hispania - que es el nombre que los romanos le habí­an dado a las tierras conquistadas en la Pení­nsula Ibérica. Bajo el gobierno del emperador Diocleciano, por ejemplo, se calcula que murieron ejecutados entre 3.000 y 3.500 cristianos que se negaban a dar culto a los dioses oficiales, pero han llegado a nosotros sólo los nombres de unos pocos nobles como Leocadia de Toledo o Eulalia de Mérida. ′No te detengas, pues, verdugo; quema, corta, divide estos mis miembros; es cosa fácil romper un vaso frágil, pero mi alma no morirá′ - aseguraba en el año 304 enfrentándose a la idolatrí­a y al imperio, una joven cristiana llamada Eulalia de Mérida.

Una nueva era de Ilustración

Muchas historias se habí­an escrito ya sobre aquellos primeros cristianos cuando llegaron a los oí­dos de Gustavo Adolfo Bécquer. Toda Europa estaba de vueltas, cansada ya de hecho, de la hegemoní­a del cristianismo cuando Bécquer nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836.

La industria de figuras de la virgen Marí­a se habí­a impuesto y sólo en España alrededor de 3.000 judí­os, musulmanes o protestantes habí­an sido ejecutados por el Tribunal de la Santa Inquisición. El gobierno liberal de Juan Mendizábal ordenaba entonces la expropiación forzosa y subasta pública de las tierras y bienes de la Iglesia Católica y peculiares viajeros como George Borrow pudieron iniciar libremente ese mismo año sus rutas por España.

Es bien sabido que el racionalismo no ha disfrutado siempre de los aplausos de los artistas y menos aún, entre los artistas del romanticismo. Según la profesora del Boston College Irene Mizrahi, Bécquer rinde en sus rimas un claro tributo a David Hume, considerado como el primero en hacer crí­tica de los crí­ticos de la religión. Lo hace como el filósofo escocés del Siglo XVIII, señalando que ′los filósofos de su época habí­an colocado sobre los altares vací­os del cristianismo otras divinidades, no menos quiméricas, conceptos divinizados, como los de la armoní­a universal′.

Lo que el salvaje que con torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios
y luego ante su obra se arrodilla,
eso hicimos tú y yo.

Dimos formas reales a un fantasma
de la mente ridí­cula invención
y hecho el í­dolo ya, sacrificamos
en su altar nuestro amor.

Bécquer, no satisfecho con su crí­tica a los racionalistas, aprovechó también para criticar a los poetas de su tiempo que pretendí­an confiar en sus principios arbitrarios, tratando de pasar por libres pensadores y actuando exactamente igual que aquellos a quienes condenaban. Al final el problema de idolatrí­a que describe resulta que es un problema que tenemos todos los seres humanos.

La historia del arte cristiano en España

Los dibujos que ilustran este artí­culo son de Gustavo Adolfo Bécquer. Gustavo habí­a recibido formación como pintor pero pronto mostró mucho más interés en la literatura de autores como Lord Byron o Heinrich Heine. Ahora que algunos creen encontrar el origen del estudio del arte cristiano en los recientes libros de Hans Rookmaaker o Francis Schaeffer, conviene recordar que la primera obra escrita reconocida de Bécquer fue realmente ′Historia de los templos de España′, una voluminosa y documentada obra ilustrada, donde se recogen cientos de reseñas de arte como las que se relacionan con Eulalia de Mérida.

La falta de recursos económicos arruinarí­a la continuidad de esta y otras muchas de sus iniciativas. Evitar de forma sistemática la forma de trabajar de los romanos o los racionalistas no le evitó a Bécquer, claro, acabar en brazos de la bohemia y el desamparo en Madrid. Tení­a 34 años cuando enfermó y murió de sí­filis. Sus editores limpiaron la imagen del autor asegurando que habí­a muerto de tuberculosis y ganaron para sí­ todo el dinero que le faltó en vida.

Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer

A pesar de que en su lecho de muerte Bécquer creí­a que serí­an sus rimas las que harí­an grande su nombre de forma póstuma, es en sus leyendas y últimos artí­culos donde realmente se muestra su humana excepcionalidad. Los nueve artí­culos que habí­a escrito poco antes de morir desde su ′escondido valle′, un antiguo monasterio cisterciense en Zaragoza, son realmente magní­ficos en su expresividad; transparentes al fin, en relación al valor que tení­a para él la vida: ′una pantomima muda e inexplicable, grotesca unas veces, terrible otras′ - escribí­a él.

En su leyenda titulada ′El Cristo de la Calavera′ dos caballeros se baten a muerte, mientras la doncella por la que arriesgan su vida disfruta en los brazos de un tercer pretendiente. Como los combatientes entonces son ignorantes de lo que pasa, es la voz de la Providencia la que les salva no sin una gran insistencia -- repito, no sin una persistencia, que personalmente me resulta muy familiar y evocadora. ′Qué dijo aquella voz medrosa y sobrehumana′ - escribe Bécquer - ′nunca pudo saberse; pero al oí­rla, ambos jóvenes se sintieron poseí­dos de tan profundo terror, que las espadas se escaparon de sus manos′.

El alcance del Cristo de la Calavera

Durante el 2016 los titulares de cultura han estado especialmente ocupados cubriendo la muerte de un gran número de artistas y han pasado por alto el aniversario del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer, que tanto tení­a que decir sobre la vanidad de la vida tal y como la conocemos. ¿Acaso podrí­a ser de otra forma en una cultura como la nuestra?

La experiencia de caminar durante una oscura noche por una calle con una anchura de apenas metro y medio, para ser sorprendido en una ventanita con luz mortecina y alguna escena sangrienta de Cristo, es algo que puede reproducirse en parte todaví­a hoy en Sevilla. Bécquer habí­a conocido sin duda esa imagen tan visual y dramática de Cristo.

Dudo, sin embargo, que Bécquer asistiese realmente a nada parecido a alguno de aquellos muchos fenómenos paranormales que describió en estas leyendas. Es mucho más probable que los evocó como muchos de nosotros, por el simple placer de trascender la realidad cotidiana que nos rodea.

Bécquer no ha sido el único que ha querido imaginar que esa imagen sangrienta sobre un escenario con nombre de Calavera, no es sino una puerta a un mundo donde la Providencia no sólo tiene el control sobre nuestra realidad sino que además tiene el profundo deseo de transformarla.

¡Tened ánimo, yo soy, no temáis!

Sinceramente no entiendo por qué muchos creen haber alcanzado el colmo de la madurez al mostrar su antipatí­a por las historias de miedo. El miedo en la Biblia es fundamental y las historias de terror y fantasmas asaltan sus páginas continuamente. Mi favorita es sin duda la que describen los evangelistas Mateo, Marcos y Juan en medio del mar, durante una oscura noche de tormenta.

Las personas, por regla general, tenemos una primera tendencia natural a creer en los peligros sobrenaturales y al mismo tiempo una segunda tendencia natural a desconfiar del Creador. Ese es el terreno perfecto para que germine la idolatrí­a. Podemos ver esa doble tendencia, podrí­amos decir que enfrentada, también en los discí­pulos. Ellos mismos no se molestan en embellecer episodios donde se muestran continuamente predispuestos a creer cualquier cosa, a pesar de que estaban cansados de ver prodigios de Cristo.

Esa oscura noche de tormenta los discí­pulos habí­an tenido ocasión de lamentar que su maestro no estuviese allí­ con ellos, en ese preciso momento de necesidad, pero cuando el maestro aparece finalmente, todos a una y sin excepción prefieren pensar que se trata de un fantasma.

Bécquer escribió desde su particular sanatorio que ′Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano tendida al pobre′. Y es que es justo eso lo que también salvó a los discí­pulos, la conciencia de pobreza y necesidad que precedí­a a ese momento en el que se les tendí­a la mano para decir: ′ ¡Tened ánimo, yo soy, no temáis!′. ¿Preferiremos seguir creyendo en nuestras propias abstracciones o nos aferraremos a esa insistente y paciente mano tendida de Cristo?


Esta es la versión resumida del artículo Bécquer: Sobre arte, sangre y fantasmas en su literatura


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