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Reyes II [12/31] Sitió a Samaria

Segundo libro de los Reyes. Capítulo 6, Versículo 24ss
por José de Segovia

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En una situación de desesperación fácilmente sale de nosotros nuestra peor parte:

Dicen que en momentos desesperados la gente es capaz a veces de hacer grandes heroicidades. Seguramente habéis oído como en un momento de necesidad hay personas que han sido capaces incluso de sacrificar su vida, de poner en riesgo su existencia para poder salvar a otra persona, para hacer algo en un esfuerzo casi titánico por lograr la liberación a veces desinteresada y sin el menor egoísmo. Pero otras muchas veces, y eso se dice mucho menos pero es igual de verdad, en los momentos de necesidad y desesperación aflora a veces lo peor que hay en el ser humano. Cuando hay una situación desesperada la gente no solamente piensa más que en sí misma sino que no llega a pesar ni siquiera en aquellos en los que piensa habitualmente. Las noticias mismas nos hablan con frecuencia de gente que es capaz de abandonar a sus propios hijos por la locura en la que se ve metida, en medio de una adicción, de una situación desesperada, ¿cómo hay gente que es capaz de hacer las cosas más horrendas?, ¿incluso las que leemos en esta historia en medio de un sitio de Samaria? Han ocurrido una y otra vez esta historia. Ocurrió así en Babilonia, leemos y muchas veces a lo largo del mundo antiguo y ocurre hasta el día de hoy; y vemos que ocurrió igualmente hasta en los días del Nuevo Testamento. En Jerusalén ocurrió algo parecido, nos dice el historiador Flabio Josefo. Así que en primer lugar vemos en esta historia la situación desesperada en la que está aquí el pueblo de Dios y en la que podemos llegar a estar nosotros también.

Selección de apuntes:

  1. Dios no va pasarlo todo por alto
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  2. Los hombres esperan a que les haga falta para pensar en Dios
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  3. Los momentos de desesperación nos enseñan cuán insuficientes somos
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  4. La fe no es creer cualquier cosa sino creer lo que dice Dios
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  5. La fe es creer que porque Dios vive nosotros también viviremos
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  6. La fe es no querer negociar con Dios
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  7. Dios anuncia su misericordiosa salvación en medio de nuestra desesperación
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  8. Dios anuncia su salvación por medio de personas anónimas o menospreciadas
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  9. La palabra de Dios se cumple a pesar de nuestra incredulidad
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  10. Que el Señor nos de la fe para creer que nuestra salvación está en él
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Exposición utilizada con permiso de y grabada en Madrid, el 1 de Marzo de 2007. Consulta los titulares de ese día en El País, El Mundo o ABC.

Texto en el que se basa la exposición:

Después de esto aconteció que Ben-adad rey de Siria reunió todo su ejército, y subió y sitió a Samaria. Y hubo gran hambre en Samaria, a consecuencia de aquel sitio; tanto que la cabeza de un asno se vendía por ochenta piezas de plata, y la cuarta parte de un cab de estiércol de palomas por cinco piezas de plata. Y pasando el rey de Israel por el muro, una mujer le gritó, y dijo: Salva, rey señor mío. Y él dijo: Si no te salva Jehová, ¿de dónde te puedo salvar yo? ¿Del granero, o del lagar? Y le dijo el rey: ¿Qué tienes? Ella respondió: Esta mujer me dijo: Da acá tu hijo, y comámoslo hoy, y mañana comeremos el mío. Cocimos, pues, a mi hijo, y lo comimos. El día siguiente yo le dije: Da acá tu hijo, y comámoslo. Mas ella ha escondido a su hijo. Cuando el rey oyó las palabras de aquella mujer, rasgó sus vestidos, y pasó así por el muro; y el pueblo vio el cilicio que traía interiormente sobre su cuerpo. Y él dijo: Así me haga Dios, y aun me añada, si la cabeza de Eliseo hijo de Safat queda sobre él hoy. Y Eliseo estaba sentado en su casa, y con él estaban sentados los ancianos; y el rey envió a él un hombre. Mas antes que el mensajero viniese a él, dijo él a los ancianos: ¿No habéis visto cómo este hijo de homicida envía a cortarme la cabeza? Mirad, pues, y cuando viniere el mensajero, cerrad la puerta, e impedidle la entrada. ¿No se oye tras él el ruido de los pasos de su amo? Aún estaba él hablando con ellos, y he aquí el mensajero que descendía a él; y dijo: Ciertamente este mal de Jehová viene. ¿Para qué he de esperar más a Jehová? Dijo entonces Eliseo: Oíd palabra de Jehová: Así dijo Jehová: Mañana a estas horas valdrá el seah de flor de harina un siclo, y dos seahs de cebada un siclo, a la puerta de Samaria. Y un príncipe sobre cuyo brazo el rey se apoyaba, respondió al varón de Dios, y dijo: Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto así? Y él dijo: He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de ello. Había a la entrada de la puerta cuatro hombres leprosos, los cuales dijeron el uno al otro: ¿Para qué nos estamos aquí hasta que muramos? Si tratáremos de entrar en la ciudad, por el hambre que hay en la ciudad moriremos en ella; y si nos quedamos aquí, también moriremos. Vamos, pues, ahora, y pasemos al campamento de los sirios; si ellos nos dieren la vida, viviremos; y si nos dieren la muerte, moriremos. Se levantaron, pues, al anochecer, para ir al campamento de los sirios; y llegando a la entrada del campamento de los sirios, no había allí nadie. Porque Jehová había hecho que en el campamento de los sirios se oyese estruendo de carros, ruido de caballos, y estrépito de gran ejército; y se dijeron unos a otros: He aquí, el rey de Israel ha tomado a sueldo contra nosotros a los reyes de los heteos y a los reyes de los egipcios, para que vengan contra nosotros. Y así se levantaron y huyeron al anochecer, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus asnos, y el campamento como estaba; y habían huido para salvar sus vidas. Cuando los leprosos llegaron a la entrada del campamento, entraron en una tienda y comieron y bebieron, y tomaron de allí plata y oro y vestidos, y fueron y lo escondieron; y vueltos, entraron en otra tienda, y de allí también tomaron, y fueron y lo escondieron. Luego se dijeron el uno al otro: No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará nuestra maldad. Vamos pues, ahora, entremos y demos la nueva en casa del rey. Vinieron, pues, y gritaron a los guardas de la puerta de la ciudad, y les declararon, diciendo: Nosotros fuimos al campamento de los sirios, y he aquí que no había allí nadie, ni voz de hombre, sino caballos atados, asnos también atados, y el campamento intacto. Los porteros gritaron, y lo anunciaron dentro, en el palacio del rey. Y se levantó el rey de noche, y dijo a sus siervos: Yo os declararé lo que nos han hecho los sirios. Ellos saben que tenemos hambre, y han salido de las tiendas y se han escondido en el campo, diciendo: Cuando hayan salido de la ciudad, los tomaremos vivos, y entraremos en la ciudad. Entonces respondió uno de sus siervos y dijo: Tomen ahora cinco de los caballos que han quedado en la ciudad (porque los que quedan acá también perecerán como toda la multitud de Israel que ya ha perecido), y enviemos y veamos qué hay. Tomaron, pues, dos caballos de un carro, y envió el rey al campamento de los sirios, diciendo: Id y ved. Y ellos fueron, y los siguieron hasta el Jordán; y he aquí que todo el camino estaba lleno de vestidos y enseres que los sirios habían arrojado por la premura. Y volvieron los mensajeros y lo hicieron saber al rey. Entonces el pueblo salió, y saqueó el campamento de los sirios. Y fue vendido un seah de flor de harina por un siclo, y dos seahs de cebada por un siclo, conforme a la palabra de Jehová. Y el rey puso a la puerta a aquel príncipe sobre cuyo brazo él se apoyaba; y lo atropelló el pueblo a la entrada, y murió, conforme a lo que había dicho el varón de Dios, cuando el rey descendió a él. Aconteció, pues, de la manera que el varón de Dios había hablado al rey, diciendo: Dos seahs de cebada por un siclo, y el seah de flor de harina será vendido por un siclo mañana a estas horas, a la puerta de Samaria. A lo cual aquel príncipe había respondido al varón de Dios, diciendo: Si Jehová hiciese ventanas en el cielo, ¿pudiera suceder esto? Y él dijo: He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de ello. Y le sucedió así; porque el pueblo le atropelló a la entrada, y murió.

Segundo libro de los Reyes. Capítulo 6, Versículo 24ss

Traducción de Reina-Valera (Revisión de 1960) | Compáralo con otras versiones

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